1. G. Garc?a M?rquez, Cien a?os de soledad (1967), ed. de Jacques Joset, C?tedra, 1994, p. 79. Hacer un poema como la naturaleza hace un ?rbol Vicente Huidobro Todas nuestras ideas provienen del mundo natural: ?rboles=Paraguas Wallace Stevens De improviso, inopinadamente, llega el d?a en que el lector se topa con una expresi?n que despe- ga del escrito y trepa hasta el o?do para percutir y trepanar al fondo de la audici?n interna de su lectura, para sonar como el eco de una detonaci?n sorda bajo la superficie de letra escrita que est? leyendo. Yo vine a dar hace unos d?as con una de ellas; fue a bocajarro. Sucedi? entonces que se me llen? el pensamiento de reflexiones exc?ntricas, o al menos perif?ric- as. Suele sucederme a menudo. En una de ellas fui a parar donde Garc?a M?rquez puso inicio a Cien a?os de soledad. Escribi? all?: "El mundo era tan reciente, que muchas cosas carec?an de nombre, y para mencionarlas hab?a que se?alarlas con el dedo"1. As? pues, el hombre, al comienzo de los tiempos, dej? su huella sobre las cosas al nombrarlas por primera vez. El hombre carec?a por entonces de cualquiera otra clase de lenguaje diferente del ostensivo, del mostrador. Se?alaba las cosas con el dedo para mencionarlas. De esa huella nos hace revelaci?n a luz ultravioleta la Teor?a de la Lengua, que posee sus propias t?cnicas de identificaci?n dactilosc?pica, para se?alando determinado n?mero de cretas recuperar las trazas prehist?ricas del lenguaje. Tienen los ling?is- tas una oculta vocaci?n detectivesca, que alimentan asimismo con habilidades arqueol?gicas y saberes antropol?gicos. Entre ellos es el fil?logo un rastreador que husmea en la pista idiom?tica de una palabra, aspirando profundamente en ella, a la b?squeda de su origen, a la caza de su etimolog?a. Pero no quiero perder yo el rastro de lo que iba diciendo, que era aquello del primer hombre, Ad?n, dejando su huella en las cosas al nombrarlas, poco antes de convertirlas en palabras. La m?s remota forma de lenguaje se ligaba a un proceso t?ctil. Es de imaginar que producir?a estremecimientos sensitivos; a trav?s de las yemas de los dedos, de sentir el tacto de las cosas, lo tangible, el nombre de las cosas se hac?a perceptible. La creaci?n del lenguaje en el ?ndice de la mano. Contemplando los frescos de Miguel ?ngel en la capilla Sixtina nos admiramos al observar el dedo ?ndice de Dios, que toca y crea el mundo, y a nosotros mismos. El mundo y el hombre estaban en el ?ndice de la divinidad, que al principio era el Verbo y estaba solo, y cre? al mundo y al hombre a su imagen y seme- janza, por eso tambi?n mundo y hombre son indicio de Dios. Y como Dios, asimismo el hombre toc? el mundo y cre? el lenguaje, y tambi?n como ?l estaba solo, y tambi?n lo instituy? a su imagen y semejanza. La naturaleza corporal como m?tica originaria del lenguaje (O c?mo hacer palabras con cosas) Jos? Calvo Gonz?lez paradigma - 20 Me parece importante resaltar todo esto. Tocando, imponiendo sus manos sobre el mundo, palp?ndolo, cre? el hombre su primitivo lenguaje para sentirse menos solo, y debi? hacerlo del ?nico modo que pudo, a ima- gen y semejanza propia, pues no ve?a -s?lo o?a el Verbo divino- a nadie m?s a su alrededor. Era la edad arcaica en que un ?nico hombre hab?a sobre el mundo, un hombre muy joven, en un mundo que era igualmente tan reciente que estaba del todo intacto. Ese mundo era en efecto completa- mente flamante, transparente, resplandeciente, sin otra huella que la dejada por el invisible ?ndice de Dios, instrumento del lenguaje divino. Ad?n lo antropomorfiz? con el lenguaje humano cuando tras tentarse y manosearse a s? mismo se reflej? en el mundo, en el entorno, en el panorama, en la naturaleza circundante. Nombr? todo aquel paisaje natural con su dedo instituyendo un mundo ling??stico-gestual, todav?a no ver- bal, de equivalencias con su propio paisaje corporal. As?, pues, ciertamente, si convenimos con Wittgenstein en que "los l?mites de mi lenguaje son los l?mites de mi mundo"2, la demarcaci?n del mundo natural en el primer lenguaje, en el primitivo modo de nombrar el mundo, fue al comienzo el conjunto de marcas del que el hombre dispon?a a trav?s del surtido de las distintas partes de su cuerpo. Lo que estaba m?s pr?ximo al hombre primitivo era su intr?nseca real- idad corporal, la geograf?a (topograf?a, cartograf?a, geodesia) de su naturaleza humana. Lo que ten?a m?s a la mano eran sus propias manos, y la proyecci?n de ellas en los dedos, y entre ellos el que m?s directa- mente apuntaba de todos, el dedo ?ndice. As? pues, "el mundo era tan reciente, que muchas cosas carec?an de nombre, y para mencionarlas hab?a que se?alarlas con el dedo" ?ndice. Mucho m?s tarde aprendi? a articular sonidos y pronunciar en palabras los nombres de las cosas. Pero para esa fecha le hab?a quedado aquella costumbre f?sica de nombrar el mundo a raz?n los l?mites de su mundo corporal. De ah? que la expresi?n ling??stico-verbal del mundo todav?a mantenga huellas que se pueden seguir sin demasiada dificultad precisamente en las met?foras antropom?rficas del lenguaje. Se forma con ellas algo parecido a una especie de Frankenstein verbal; expresiones formadas con pedazos de cuerpo humano, hechas con piezas corporales, compuestas de pr?tesis que derivan de aquel lenguaje, el m?s aborigen de todos, el ostensivo, de se?alamiento del mundo por medio del cuerpo humano, o casi humano, del hombre primitivo. Todav?a hoy hablamos del pie del ?rbol, del vientre de la montana, de la garganta del desfiladero, del ojo del hurac?n, de la lengua del glaciar, de la piel de la fruta y, conforme nuestra civilizaci?n ha evolu- cionado, tambi?n del cuello de la botella, de la boca del t?nel, de los ojos del puente, del o?do de la guitar- ra, de los dientes de sierra, del cuerpo de la letra y hasta de la cabeza del alfiler, o tantas otras? Al hombre primitivo podemos considerarlo como el poeta del lenguaje puro, que encontraba inspiraci?n al elegir sus recursos expresivos a partir de lo que exhib?a su propia anatom?a. "El hombre es el nombrador; en eso reconocemos que desde ?l habla el lenguaje puro" (Ur-Sprache), dice Benjamin3. El hombre primitivo, que ante todo era un denominador indicial, fue por eso poeta del lenguaje puro. En ade- lante, y por extensi?n, quienes han continuado nombrando el mundo se hacen acreedores de ese t?tulo. Poeta, escribe Foucault, "es el que, por debajo de las diferencias nombradas y cotidianamente previstas, reencuen tra los parentescos huidizos de las cosas, sus similitudes dispersas. Bajo los signos estable cidos, y a pesar de ellos, oye otro discurso, m?s profundo, que recuerda el tiempo en el que las palabras centelleaban en la semejanza universal de las cosas: la Soberan?a de lo Mismo, tan dif?cil de enunciar, borra en su lenguaje la distinci?n de los signos"4. 2. L. Wittgenstein, Tractatus Logico-Philosophicus, con introd. de Bertrand Russell, ver. espa?ola de E. Tierno Galv?n, Alianza, Madrid, 1973, ? 5.6. 3. W. Benjamin, "Sobre el lenguaje en general y sobre el lenguaje de los humanos" (1916), trad. de R. Blatt, en Id., Para una cr?tica de la violencia y otros ensayos. Iluminaciones IV, Taurus, Madrid, 1991, p. 63. 4. M. Foucault, Las palabras y las cosas. Una arqueolog?a de las ciencias humanas, trad. de E. C. Frost, Siglo XXI de Espa?a, M?xico, p. 56. paradigma - 21 Merecen as? t?tulo de herederos leg?timos de los originarios o primigenios poetas puros, por ejemplo, aquellos que al nombrar unidades de longitud utilizan medidas antropom?tricas; los brit?nicos tienen en su sistema m?trico nombres como el pie, equivalente a doce pulgadas. Claramente, pues, "los l?mites de mi lenguaje son los l?mites de mi mundo", y no por otro mejor motivo que aquel que revela el limite del mundo calculado, en efecto, a la medida del l?mite del propio mundo corporal. M?s a?n, si fuere preciso acudir a una referencia m?s universal, v?lida en cualquier lugar y cultura mundial, tambi?n existe. Es el codo, unidad que med?a la distancia entre el codo y el final de la mano abierta. "Unidades de medida t?ctil" las llama Georges Braque5, quien igualmente afirma que "el lenguaje es el firme testigo de una ?poca"6. El originario y primi- genio daba testimonio del tiempo en que el hombre se expresaba con y desde su corporalidad. As? fue, por tanto, como el hombre puso nombre al mundo, vali?ndose de su propio cuerpo para insti- tuirlo de un lenguaje que al principio carec?a de sonoridad, que era s?lo gestual. Aparecer?an luego, mucho despu?s, los sonidos que poco a poco fueron dulcific?ndose en palabras, y m?s tarde a?n el sistema s?gnico que las transform? en escritura, en palabra escrita. Y de nuevo al cuerpo, y en concreto a la mano, corre- spondi? una funci?n principal?sima. No ?nicamente porque se escribiera con la mano, pues esto parece evi- dente, sino porque lo escrito con ella era tambi?n le?do con apoyo en ella, y en particular otra vez con el dedo ?ndice. En efecto, las palabras que hab?an salido del mundo corporal del hombre para nombrar el mundo exte- rior sustituyeron al mundo mediante su representaci?n escritural. Las palabras fueron finalmente el mundo, y otra vez, como digo, devino fundamental el contacto f?sico con la palabra, ahora ya, puesta por escrito. Todos, en el momento m?s p?rvulo de nuestro aprendizaje del mundo a trav?s de la comprensi?n de la escrit- ura, esto es, mediante la lectura, hemos recurrido al dedo ?ndice. Suced?a cuando frente al mundo de la letra escrita, que era tan reciente, carec?amos de habilidad para nombrarlo, y para mencionarlo, para pronunciar- lo, hab?a que letrear las palabras con el dedo. El dedo que al leer se?alaba las palabras, que segu?a la letra de la palabra, el dedo que tocaba la palabra que era representaci?n del mundo, el dedo que hac?a contacto con la graf?a, nos acercaba al mundo. Los l?mites de mi mundo corporal, la yema del dedo que recorr?a la pal- abra, marcaba el l?mite del mundo comprensible. Muchos creen un h?bito a corregir esa forma de leer; yo, sin embargo, nunca ha reprendido a un ni?o se?alar con el dedo la letra impresa. Pienso en ese gesto abso- lutamente natural, con independencia de que luego se abandone, como el momento feliz en que por primera vez todo el mundo, el real e igualmente el imaginado, contenido en la letra escrita, y acaso tambi?n sobre- puesto en impresa, quedaba al alcance de la punta de los dedos. Palpar el mundo tocando f?sicamente la pal- abra en cada una de sus letras y s?labas me abri? todos los imaginables l?mites del mundo. En lo dem?s, uno de los episodios a los que cuando se aborda el tema del lenguaje suele hacerse inex- cusable alusi?n es el del embrollo bab?lico. Como todos sabemos, en la f?brica de la Torre de Babel tuvo lugar un tan extraordinario barullo entre operarios, oficiales y maestros que acab? desembocando en un fenome- nal galimat?as, y su construcci?n qued? inacabada y la especie humana se dispers? por toda la faz de la tier- ra. Y aquel fue tiempo de confusi?n y diseminaci?n. Todo un ejemplo de que "el lenguaje es el firme testigo de una ?poca". En Babel sucedi? algo parad?jico: la lengua originaria ("el labio ?nico" del que habla el G?nesis XI, 1-9) se enmara?a, se enreda, y los hablantes se esparcen y desperdigan. La fabula docit de la leyenda es, por lo dem?s, desoladora: en adelante, a los hombres no les queda m?s posibilidad de entenderse que alejarse unos de otros y constituir grupos aislados. "Aclararse" pasa ineludiblemente por apartarse y disgre- garse. El lenguaje moderno, impuro como confundido, que surge en la desintegraci?n es, por tanto, raz?n del distanciamiento entre los hombres. De las varias conclusiones extra?bles una es, no insignificante, tambi?n el alejamiento entre die Kultur y die Natur. Despu?s de Babel7, en la situaci?n bab?lica de nuestro presente, parece el ?nico remedio recobrar lo que tambi?n parecer?a irrecobrable, die reine Sprache. De ello s?lo los poetas son capaces. Se precisan nuevos 5. G. Braque, El d?a y la noche. Cuadernos 1917-1952. Seguidos de Pensamientos y reflexiones sobre la pintura (1917), trad. de R. Andr?s y R. Rius, El Acantilado, Barcelona, 2001, p. 37. 6. Ibid., p. 31. 7. G. Steiner, Despu?s de Babel. Aspectos del lenguaje y la traducci?n (1975), trad. de A. Casta??n, FCE de Espa?a, Madrid, 1981. paradigma - 22 poetas. Poeta, pensaba Borges, es "aquel hombre/ Que, como el rojo Ad?n del para?so/ Impone a cada cosa su preciso/ Y verdadero y no sabido nombre"8. Una nueva nominaci?n, una redenominaci?n. La Poes?a, despu?s de Babel, deber?a intentar trasladarnos desde nuestro envejecido mundo hacia el que "era tan reciente, que muchas cosas carec?an de nombre, y para mencionarlas hab?a que se?alarlas con el dedo". Llevar su mensaje desde la desintegraci?n cultural a la reintegraci?n natural. Ese esfuerzo de traslado y devoluci?n exige comprender aquello que el lenguaje de unos hombres tiene y tendr? siempre en com?n con el de otros; y es percibir lo que un hom- bre, cualquier hombre, tiene en com?n con el resto de los hombres, en cualquier lengua: su humanidad. Reencontrar ese parentesco consiste en reconstruir una imbricaci?n, a veces una hibridaci?n m?s bien, de naturaleza y lenguaje; m?s a?n, pues la naturaleza no se explica ling??sticamente sin el hombre y su lengua, sea la que fuere, sin ese lenguaje antropom?rfico, lenguaje puro del primer poeta. Y es verdad que despu?s de Babel ?nicamente los poetas han desandado el largo camino de la dis- locaci?n entre Naturaleza y Cultura y procurado reunir la legendaria desbandada. ?C?mo? "Un poema es y seguir? siendo -sostiene Gadamer- una recolecci?n de sentido, incluso cuando s?lo es recolecci?n de fragmentos de sentido", y a?ade: "La pregunta por la unidad del sentido queda como una ?ltima pregunta por el sentido y encuentra su respuesta en el poema"9. Del prop?sito de devoluci?n de la Cultura a la Naturaleza, del retorno a la Soberan?a de lo Mismo, hace prueba la po?tica de las met?foras naturalistas. Se produce al nombrar el llanto como un r?o de l?gri- mas y la vida como r?os que van a parar al mar, la maledicencia como venenosa lengua de v?bora, al hablar de la imaginaci?n como un potro desbocado, o de dar rienda suelta a la imaginaci?n, del amanecer o la pri- mavera del amor, del invierno de los sentimientos, de la esbeltez de una cintura de avispa, del volc?n de la pasi?n, de la humedad de un beso como la del oc?ano todo cuando la lengua de la amada llena la boca de olas, de la menta de tu mirada, de la manzana de tu hombro... Los versos del poeta Octavio Paz en Piedra de sol expresar?n siempre mejor la idea: "El mundo ya es visible por tu cuerpo (?) Voy por tu cuerpo como por el mundo, Tu vientre es una plaza soleada, (?) voy por tu talle como por un r?o, voy por tu cuerpo como por un bosque"10 A?n sabi?ndome no poeta, s? que esa restituci?n, esa reposici?n, esa reintegraci?n es posible. En realidad, soy jurista, y ello refuerza esta convicci?n. Siquiera porque, como escribiera Giraudoux para el par- lamento de uno de sus personajes, "el derecho es la m?s potente de las escuelas de la imaginaci?n: ning?n poeta ha interpretado la naturaleza tan libremente como un jurista la realidad"11. Y m?s: "No por casuali- dad -explica asimismo Magris- muchos mitos dicen que los poetas fueron, tambi?n, los primeros legis- ladores"12. No parece, por tanto, que debamos renunciar a la esperanza de que una met?fora logre cam- biar el mundo. 8. J. L. Borges, "La Luna", en El hacedor, Emec?, Buenos Aires, 1960. 9. H. G. Gadamer, Poema y di?logo, trad. de D. Nasmias y J. Navarro, Gedisa, Barcelona, 1993, p. 148. 10. O. Paz. Piedra de sol, con Lectura de Pere Gimferrer, Mondadori, Barcelona, 1998, p. 56 y 58. 11. J. Giraudoux, La guerre de Troie n?aura pas lieu, 1935), Librairie G?n?rale Fran?aise, Paris, 1963, p. 111. 12. Vid. C. Magris, "Los poetas y los legisladores", en La Naci?n (Buenos Aires) 12 de marzo, 2006, Cultura, p. 1 Jos? Calvo Gonz?lez es Profesor Titular de Teor?a y Filosof?a del Derecho de la Universidad de M?laga paradigma - 23