MARGARITA DE VALOIS. MARGARITA D E VALOIS, NOVELA HISTÓRICA, ESCRITA EN FRANCÉS POR Y TRADUCIDA AL CASTELLANO por l\, A. O. TOMO"T~ SÍÍYÉLLA. hn¡nviiía de Gome/ editor, calle de la Muela, núin. 3 2 . = 1 8 4 9 . BIBL IOTECA U N I V E R S I D A D DE M A L A G A 6104876921 ¡Qué noche de badal murmuraba: el esposo l'inje de mi, >j el anmute me abandona! IV!AUGAIUTA D E VALOIS. CAPITULO I. El latin'de Mr. de Gaisa. L lunes 18 de agosto de 1572, había gran fun- ción en el Louvre . Las ventanas de la ant igua morada real , o rd inar iamente tan sombr ías , e s - t aban i luminadas con la mayor profusion: las plazas y las calles c e r c a m s , hab i tua lmen te t a n solitarias, apenas daban las nueve en San Ger- main I' Auxcrrois , es taban apiñadas de gente á pesar de ser ya la media noche. — (i — Este concurso amenazador , oprimido y b u - llicioso, parecía cu la oscuridad una mar Som- bría y a l te rada , en la ( [uceada movimiento for- m a b a una ola rugiente : esta mar esparcida s o - b re el muelle donde desaguaba por la calle de San Gerrnain y por la de Las t ruce , venia ó h e - r i r con su ílujo el pié de las mura l las del Lou- v r e , yr con su redujo las de! palacio de l iorbon, s i tuado en frente. A pesar de la fiesta real , y quizá á causa de la misma fiesta real , había en esto p o p u - lacho algo de amenazador , porque el pueblo presagiaba (pie esta solemnidad, á la que asis- tía como mero espectador , era solo el p re lu - dio de otra señalada para dent ro de ocho días, á la que seria convidado, y donde se, d ive r - tirla de todo corazón. La corte ce lebraba las bodas de Margarita de Valois, hija del rey Enr ique lí y hermana del rey Garlos J \ \ con Enr ique de Borbon, rey de N a v a r r a . El cardenal de Borbon había unido en la misma mañana los dos esposos, sobre un tablado erijido á la puer ta de nues t ra Señora , con lodo el ceremonial acos tumbrado en las bodas de las pr incesas de Francia . Es te mat r imonio había admirado á lodo el m u n d o , y daba mucho en (pié pensar á los que velan algo mas claro que los oíros; no podía comprenderse la alianza do dos par t idos tan enconados como ¡o es taban entonces , el part i - do protes tante y e! part ido católico. Se p regun- t a b a n m u t u a m e n t e , cómo perdonaría el joven pi iuf-ipe de í.lotii.lt! al duque de Anjon, h e r m a - no del rey, la muer te «lo su padru asesinado en Jamar, por Montos(]ui(Mi, y cómo perdona- rla el ¡oven duque de tiuisa al a lni i rante de Coligo y la muer te del suyo, asesinado en O r - leans por Poltrot de Mere. Habia mas aun : Juana de Navar ra , la vale- rosa esposa del débil Antonio de Borbon, q u habia acompañado á su hijo á los reales de s - posorios que le agua rdaban , habia muer to ha- cia apenas dos meses, y acerca do su m u e r t e repentina se referían anédoctas bas tan te s i n - gulares . Por {odas parios se decía en voz baja, y en algunas en voz a l ta , que Juana habia sor- prendido un secreto terr ible , y que Catalina de Médici; temiendo la revelación de este se - creto la habia envenenado con unos guantes perfumados, confeccionados por un tal Rene, su compatr iota , y m u y hábil en esta clase da negocios. listos rumores es taban t an to mas esparcidos y confirmados, cuanto que después de la muer te de la gran reina, accediendo á la petición de su hijo, habían sido autorizados dos médicos, ent re ellos el famoso Ambrosio ¡'aré, para abr i r y examinar el cuerpo, pero no el cerebro . Luego como era por el olfato por donde iiabian envenenado a Juana de Na- var ra , el que dehia presentar las señales del crimen era el cerebro, única pa r te de su c u e r - po eseluida de la autopsia. Decimos cr imen, porque nadie dudaba que _ 8 — se hubiese cometido. No era esto todo: el rey Carlos pa r t i cu la rmente se había in te re - sado con una persistencia parecida ya á la necedad por este mat r imonio , que no solo restablecía la paz en su re ino, sino que atraía á París los pr ins ipales hugonotes de Francia . Como los dos prometidos pertenecían el uno á la religión católica y el otro á la p ro - tes tan te , se habían visto obligados á solicitar una dispensa del papa Gregorio XH1, que estaba entonces en Koma. La dispensa t a r - d a b a , y este re la rdo inquietaba mucho á la difunta reina do Navar ra ; Juana indicó un día á Carlos IX sus temores de que la d i s - pensa no llegase nunca , á lo que el rey le había respondido: «No temáis , mi buena tia, yo os respeto mas que al papa, y amo mas á mi he rmana que le temo á é l . No soy h u - gonote, pero tampoco soy necio, y si el s e - ñor papa se empeña en hacer el oso, yo mismo tomo á Margarita por la mano y la llevo á casarse con vues t ro hijo, a u n q u e sea enmedio de un sermón.» Es ta s espresiones se hab ían divulgado por el Louvre y por la c iudad, y al mismo t iempo que halagaban á los hugonotes d a - ban mucho en qué pensar á los católicos, que p regun taban en voz baja, sí el rey les hacia rea lmente traición, ó si esto era solo una comedia que lendria una hermosa n o - che ó una mañana el desenlace mas inespe- rado . — 9 — Sobro todo, lo que parecía mas ¡nesplica-» ble , era la conducta de Carlos IX para con el a lmirante Coligny, que desde cinco ó seis años á esta par le hacia una guerra e n c a r n i - zada contra el rey; después de habe r ofre- cido por su cabeza c incuenta mil escudos de oro, el rey ju raba s iempre por su n o m - b r e , le l lamaba su padre , y decía en voz alta que á él solo quería confiar en ade lan te la dirección de la guer ra ; esta predilección llegaba á tal p u n t o , que Catalina de Médicis, que hasta entonces había dirigido la v o l u n - tad y las acciones del joven príncipe, e m - pezaba á inquietarse, y no sin razón, p o r - que en un momento de efusión Carlos IX habia dicho al a lmi ran te , hab lando de la guerra de Flandes : «Padre mió, hay una cosa co:i la que es preciso es tar a ler ta : y es, que la reina madre , que como sabéis quiere mezclarse en todo, no sepa nada de esta empresa : es preciso gua rda r tal secre- to , que no pueda ella dist inguir la menor luz, porque siendo tan embrol lona como es , nos lo echará U.do á perder .» Por m u y p ruden te , por muy esper imentado que fuese Coligny, no habia podido g u a r - dar secreto sobre una confianza tan ¡limita- da; y aunque habia llegado á Paris con el alma llena de recelos, a u n q u e á su par t ida de Chalillon una paisana se habia arrojado á sus p'ies gr i tando: «¡Oh! señorl señor! nuest ro buen amo! no vayáis á Paris ; si vais . — 10 — moriréis vos y cuantos os acompañen.» Estas sospechas se habian estinguido poco á poco en su corazón, así como en el de su yerno Tel ig- n y , á quien el rey hacia t ambién grandes aga - sajos l lamándole he rmano , lo mismo que l la- maba padre al a lmi ran te , y tu teándole como hacia con sus mas ínt imos amigos. Los h u g o n o - tes (si esceptuamos algunos espír i tus tr istes v desconfiados) es taban en te ramen te t r anqu i l i za - dos ; la m u e r t e de la reina de Navar ra decían habe r sido causada por un dolor de costado, y los vas tos salones del Louvre es taban llenos de todos los bravos protes tantes á quienes el m a - t r imonio de su geíe el joven Enr ique prometía un cambio de fortuna bien inesperado. El a lmi ran te Coligny, Larochefoucault, el pr íncipe de Conde, (hijo), Teligny, todos los pr incipales del par t ido , t r iunfaban en fin, al ver llenos de poder en el Louvre y tan bien re - cibidos en Paris los mismos á quienes el rey Carlos y la reina Catalina quer ían colgar t res meses an t e s , en horcas mas al tas aun que las de los asesinos. En vano se buscaba en t r e sus he rmanos al mariscal de Montmorency; ninguna p r o m e - sa había podido seducir le , n ingún semblan te había logrado engañar le ; permanecía ret i rado en un castillo de Pisle Adam dando por es- cusa el dolor que le causaba todavía la m u e r - t e de su padre el gran condestable Anne de Montmorency, ,muer to de un pistoletazo por Roberto S t u a r t , en la batalla de Saint Denís. — 11 — Pero, como habían pasado ya mas de dos años después de este suceso, y la sensibil i- dad era una v i r tud m u y poco á la moda en esta época, el pueblo in terpre tó según su a n - tojo este duelo s ingularmente p ro longado . Todos culpaban al mariscal de Montmo- rency : el rey , la reina, el d u q u e de Anjou, y el d u q u e de Aleneon hacian marav i l losamente los honores de la (iesta real . El duque de Anjou recibía hasta de los h u g o - notes merecidos elogios sobre las dos bata l las de Ja rnac y de Moncontour, que habia g a n a - do antes de cumpli r diez y ocho años, m a s precoz aun en hazañas que César y Alejandro con quien le c o m p a r a b a n , dando por s u p u e s - to la inferioridad á los vencedores de Issus y de Pharsa l ia . El d u q u e de Aleneon lo contemplaba todo con una espresion falsa y adu ladora . La reina Catalina estaba rad ian te de alegría, felicitan- do graciosamente al pr íncipe D. Enr ique d e Conde, sobre su reciente enlace con María de Cleves; en fin, los mismos Guisas se sonreían con los mas esforzados enemigos de su casa, y el duque de Mayenne discurría con Mr. de Tavannes y el a lmi ran te sobre la próxima guer - ra que se t r a t aba de declarar á Felipe II. En medio do todos estos grupos pasaba y r e - pasaba un joven de diez y nueve años : con la cabeza l igeramente inclinada, el oido a t e n - to á todas las conversaciones, la mirada p e - ne t ran te , los cabellos negeos y m u y cor tados , — 12 — las cejas espesas, la nariz cncorbada como I pico de un ¿güila, una sonrisa burlona, y >1 bigote y la barba apenas visibles a u n . E s - te joven, que solo se había hecho notable en el combate de A r n a y - l e - D u c , donde había combat ido como un b ravo , y por lo que r e - cibía mil elogios de todos, era el discípulo bien amado de Goligny, y el héroe de la épo- ca; t r e s meses an tes , es decir, en la época en que su madre vivía aun , le l lamaban el p r í n - cipe de Bearne, hoy se le l lamaba «el rey de Navar ra ,» en tan to que llegaba á ser E n - r ique IV. De vez en cuando pasaba sobre su frente una nube rápida y sombr ía : era sin duda el recuerdo de q u e apenas habían t rascurr ido dos meses después de la muer te de su madre , y nadie creía mas f i rmemente que Enr ique q u e había sido envenenada . Pero esta n u b e era pasajera y desaparecía como una sombra flo- t a n t e , porque los que le hab l aban , los que le felicitaban, los que le rodeaban , eran los m i s - mos que habían asesinado á la valerosa Juana de Alb re t . A algunos pasos del rey de N a v a r - r a , y casi t an pensat ivo como Enr ique afec- taba es tar a legre, el joven duque de Guisa hab laba con Teligni. Mas dichoso que el Bear - nés , a u n q u e á la edad de veinte y dos años , su fama casi llegaba ya á la de su padre el gran Francisco de Guisa. El joven d u q u e era un elegante de alta e s t a tu ra , de mirada fiera y orgullosa, y sobre todo dotado de esa mages- — 13 — tad na tura l que hacia decir á todos cuando pa- saba: «á su lado, los príncipes parecen hijos del pueblo.» A pesar d e s e r t a n joven , los c a - tólicos veían en él el gefe de su par t ido , así como los hugonotes veían el suyo en el joven Enr ique de Navarra cuyo re t ra to acabamos de t razar . Enr ique de Guisa habia llevado el t í - tulo de príncipe de Joinville, y habia peleado por la primera vez en el sitio de Orleans al la- do de su padre , que murió en t re s u s brazos , designando al a lmiran te Coligny como su ase- sino. Entonces el joven d u q u e hizo como A n - nibal un ju ramen to solemne: el de vengar la muer te de su padre sobre el a lmi ran te , s o - bre toda su familia, y perseguir á los de la religión protes tante sin t regua ni descanso, ha- biendo prometido á Dios ser un ángel £>s- terminador sobre la t ier ra , hasta el día en que fuese es terminado el ú l t imo herege. Por tanto , no podía menos de causar una p r o - funda admiración, ver á este príncipe o r d i - nar iamente taft fiel á su pa l ab ra , t ender la mano á los que habia ju rado mirar como á sus enemigos mortales , y hablar familiarmente con el yerno de aquel cuya muer te habia p r o m e t i - do á su padre mor ibundo . Pero ya lo hemos dicho, esta noi-he, era la noche de las sorpresas . En efecto, con .ese conocimiento del porvenir que falta felizmen- te á los hombres ; con esa facultad de ver en los corazones que desg rac iadamente solo pertenece á Dios; el observador privilegiado á. — 14 _ quien se hubiese permi t ido asistir á esta fies- ta, hubiera gozado c i e r t amen te del e spec t á - culo mas in teresante que ofrecen los anales de la t r is te comedia h u m a n a . Pero ese observador que faltaba en las ga- lerías del Lovre cont inuaba en la calle, lan- zando sobre el palacio sus ojos de fuego y m u r m u r a n d o con una voz amenazadora : este observador era el pueblo, que con su inst into maravi l losamente aguzado por el odio, miraba danzar las sombras de sus implacables e n e - migos, y t raducía sus impresiones lo mas c l a - r a m e n t e que puede hacerlo un curioso de lan- te de las ventanas de un salón de baile he r - mét icamente cer rado . La música embriaga al bailarín y regla sus pasos, en tanto que el curioso ve solo el m o - vimiento y se ríe de ese figurín que se agita sin motivo, porque el curioso no oye la música . La música que embr iagaba á los hunogotes, era la voz de su orgullo. Es tas luces que p a s a - ban ante los ojos do los parisienses en m e - dio de la oscuridad de la noche , eran los re- lámpagos de su odio que i luminaban el p o r - veni r . No obs t an t e , todo cont inuaba bello y r i - sueño en el inter ior ; un murmul lo mas dulce y mas grato que nunca corría entonces por todo el Louvre . La joven desposada después de haber ido á despojarse de su traje de e t ique- ta , de su largo man to , y de su velo blanco co- mo la nieve, habia vuelto á e n t r a r en la sala de baile, acompañada de la hermosa d u q u e - sa de Nevcrs, su mejor amiga, y conducida por su hermano Carlos IX; quien la p resen taba á sus principales huéspedes . Esta desposada era la hija de Enr ique II, era la perla de la corona de Francia , era Mar- carita de Valois, á quien el rey Carlos IX en su ternura familiar por ella, l lamaba s iempre «mi hermana Margarita.» Nunca una acojida semejante por magnífica que fuese, habia s i - do mejor merecida que la que se hacia en este momento á la reina de Navar ra . Margari- ta tenia entonces apenas veinte años, y era ya el objeto de las a labanzas de lodos los p o e - tas, que la comparaban unos á la Aurora y otros á Cilerea; era en electo una hermosura sin rival en esa corte donde Catalina de Mé-< dicis habia reunido, para t rasformarlas en si- renas , las mugeres mas bellas que se habían podido hallar . Tenia los cabellos negros, la tez br i l lan te , los ojos voluptuosos y velados por largas p e s - tañas , los labios rojos y finos, el cuello e l e - gante , el talle rico y ilexible, y un pié de niña perdido en una babucha de raso. Los franceses se enorgullecían al ver Uorecer en su país una llor tan magnífica, y los estranjeros que a t ravesaban la Francia, volvían la c a - beza para mirarla des lumhrados por su h e r - mosura sí la habían visto, admirados de su e íen- ciu si la habían escuchado. Margarita era no solamente la mas h e n n o - — 10 — s a , s i n o la mas sabia de todas las mugeres de su época, y se referia por todas pa r t e s el dicho de un sabio italiano que le habian p r e - sentado, y que después de haber hablado con ella d u r a n t e una hora en i tal iano, español y lat in, habia esclamado con entus iasmo al par - t i r : «ver la corte sin ver á Margarita de V a - lois, es no ver ni la Francia ni la córlel» Por todas par tes se dirijian arengas al rey Garlos IX y á la reina de Navar ra ; ya se sabe que los hugonotes tenian gran placer en a r e n - gar . En medio de estas arengas iban d ies t r a - men te dirij idas al rey muchas alusiones á lo pasado, muchas peticiones para el porvenir ; pero á todas estas a lusiones , el rey respondió most rando sobre sus labios pálidos una sonrisa sut i l : «Dando mi he rmana Margarita á Enr ique de Nava r ra , la doy á lodos los pro tes tantes del reino;» espresion que t ranqui l izaba á los unos, y hacían sonreír á los otros; porque esta e s p r e - sion tenia rea lmente dos sent idos;uno pa te rna l , dicho sencil lamente por Carlos IX según su pensamien to , el otro injurioso para la desposa- da , para su esposo y para el mismo que lo d e - cía, porque con sus pa labras recordaba a lgu- nos escándalos referidos á media voz, con que la crónica cor tesana habia ya manchado el man to nupcial de Margarita de Valois. Mr. de Guisa, hab laba como hemos dicho con Teligny; pero no le pres taba una atención tan sostenida, que dejase de volver la cabeza de cuando en cuando , para lanzar una mirada s o - — 17 — bre el grupo de d a m a s en cuyo centro r e s p l a n - decía la reina de N a v a r r a . Si las miradas de la princesa se encont raban entonces con las del joven duque , una lijera n u b e obscurecía por un momento aquella frente encan tadora , a l rededor de la cual las estrellas de d iamantes formaban una aureola flecsible, y e n s u ac t i tud impacien- te y agitada se. percibía un designio vago é i n - definible. La princesa Claudia, he rmana mayor de Mar- gari ta, casada hacia a lgunos años con el d u q u e de Lorcna, habia notado esa inqu ie tud , y se acercaba para preguntar le la causa, cuando s e - parándose lodos para dejar paso á la reina m a - dre que se ade lan taba apoyada en el brazo del joven príncipe de Conde, ¡a pr incesa , empuja - da por el t ropel , se halló bas tan te lejos de su h e r m a n a . Hubo entonces un movimiento gene - ra l , del que se aprovechó el d u q u e de üu i s a para acercarse á Mdma. d e N e v e r s , su cuñada , y por consiguiente á Margarita: m a d a m a de Lo- rcna , que no perdía á la reina de vista, vio e n - tonces que en lugar de la n u b e q u e le e m p a - ñaba la frente, una llama ard iente pasaba s o - bre sus mejillas. El duque se acercaba cada vez mas , y cuando se halló á dos pasos de Mar - gari ta, esta que parecía sentirle mas bien q u e verle, se volvió haciendo un esfuerzo violento, para d a r á su s emblan t e la calma de la ind i fe - rencia; entonces el d u q u e la saludó r e s p e t u o - samente , é inclinándose de lan te de ella m u r - muró á media voz: TOMO 1. 2 — 18 — lpse a t t u l i . Que quiere decir: La he t ra ído, ó la he traido yo m i s m o . Margari ta volvió el saludo al d u q u e , y al le- v a n t a r la cabeza dejó percibir esta respues ta . Noctu pro more . Que significa: Es ta noehe como de c o s t u m b r e . Es tas dulces pa labras , perdidas en t re la enor- me gorguera a lmidonada de la pr incesa, como en t re el canon de una bocina, solo fueron o í - das de la persona á quien iban dirigidas; pero por muy corto que parezca este diálogo, sin d u d a abrazaba todo lo que los dos jóvenes t e - nían que decirse , porque después de este c a m - bio de dos pa labras contra t res , so separaron , Margarita con el rostro mas pensat ivo, y el du - que con la frente mas radiante que antes de h a - berse acercado. Esta escena había p a s i d o sin que el hombre mas interesado en observar la pareciese poner la menor atención, porque el rey de N a v a r r a , por su lado, tampoco tenia ojos mas que para fijar en una persona que reunía en rededor suyo una cor te casi tan n u - merosa como la de Margarita de Valois: esta persona era la hermosa Mdma. de S a u v e . Carlota de Beaune Semblancay , nieta del desdichado Semblancay y esposa de Simón de Fiezes barón da Sauve , era una de las d a m a s camare ras de Catalina de Médicis, y uno de los m a s temibles ausil iares de esta reina que p r e sen t aba á sus enemigos el filtro del amor , — 1í) — cuando no se atrevía á ofrecerles el veneno florentino: pequeña, rubia , rad ian te de v iva- cidad, ó dulcemente lánguida de melancolía, s iempre pronta al amor y á la intr iga, las dos grandes ocupaciones que desde hacía 50 años ocupaban ¡a corte en los tres reinados q u e se habían sucedido; muger en toda la acepción de ia pa labra , y con todos los encantos de su sexo, desde los ojos azules , lánguidos ó fla- mígeros, hasta los menudos pies, rebe ldes y encorvados en sus babuehi tas de terciopelo, M d m e . d e Sauve se habia amparado hacia ya algunos meses de todas las facultades del r ey de Navarra , novicio entonces en la ca r re ra amorosa así como en la carrera política, de ta l modo, que , Margarita de Nava r ra , belleza magnífica y real, no habia encont rado en el corazón de su esposo ni un sent imiento de admiración; y cosa cs l raña que admi raba al m u n d o , á pesar de que conocían aquella alma llena de t inieblas y de misterios, Catalina de Médicis, al mismo t iempo que arreglaba el p r o - yecto de unión entre su hija y el rey de N a - var ra , no habia dejado de favorecer casi ab ie r ta - mente los amores de este con madama de Sauve . Pero á despecho de esta ayuda poderosa, y á despecho de las cos tumbres ligeras de la época, la bella Carlota habia resistido has ta entonces, y esta resistencia desconocida, incre í - ble , inaudita , mas bien que la he rmosura y la imaginación de la que resistía, habia hecho na- cer en el corazón del Bearnés una pasión qué — 20 —- no pudiendo satisfacerse, se reconcentró en sí misma y devoró en el corazón del joven rey , la t imidez, el orgullo y hasta esa indiferencia, mi- tad pereza, mitad filosofía que formaba el fondo de su ca rác te r . Madama Sauve acababa de e n t r a r en la sala de! baile hacia a lgunos minutos ; sea despecho, sea dolor, se había resuel lo en un principio á no asistir al triunfo de su r iva l , y bajo el p re tes to de una indisposición, habia dejado á su mar ido , secretario de Kstado hacia cinco años , asist ir solo al Louvre; pero Catalina de Médicis, no tando que el barón de Sauve no e s - taba acompañado de su mugor, so apresuró á informarse de las causas que delenian á su bien amada Carlota, y sabiendo que solo era una le- ve indisposición, le escribió algunas pa labras inv i tándola , cuya orden se apresuró á obedecer la joven d a m a . E n r i q u e , a t r i s tado en un principio por su ausencia , respiró con mas l ibertad cuando vio á Mr. de Sauve llegar solo: pero en el m o - men to en que no aguardando ninguna aparición se dirigía susp i rando hacia la amable criatura q u e es taba obligado á amar , ó al menos á t ra ta r como esposa, v io aparecer á Mdma. de Sauve en el es t remo de la g-dería; entonces pe rmane - ció clavado en su sitio, con los ojos lijos sobre esa Circe que le encadenaba con un nudo mági- co, y en lugar de cont inuar su marcha hacia su esposa, se lanzó hacia madama de Sauve con un ligero movimiento de duda , que indicaba — -21 — m a s bien la admiración que el t emor . Los cor- tesanos por su par te , viendo al rey de N a v a r r a (cuyo corazón inflamable conocían) acercarse á madama de Sauve , no tuvieron el valor de opo- nerse á esta dulce reunión, y se alejaron s o n - riéndose de modo que en el mismo ins t an t e en que Margarita de Valois y el d u q u e de Guisa cambiaban algunas espresiones lat inas que h e - mos citado ya, En r ique en tab laba con m a d a m a de Sauve una conversación mucho menos mis - teriosa, y en francés bas t an te inteligible, a u n - que salpicado de acento gascón. —Oh! amiga mia, ¡e dijo, he aquí que volvéis en el momento en que se me habia dicho q u e estabais enferma, y cuando ya había pe rd ido toda la esperanza de veros. —Tendrá vuestra magostad, respondió m a - d a m a de Sauve , la pretensión de hace rme c ree r que le ha costado mucho perder esa esperanza? —Sangre de Dios! replicó el BVarnés; ya lo creo. ¿No sabéis que sois mi sol d u r a n t e el d i a , y misestrel las duran te la noche? En ve rdad , m e creía en la oscuridad mas profunda, pero apa- recisteis, y ya lo habéis i luminado todo. — E n ese caso , os hago m u y mal tercio, monseñor . —¿Qué queréis decir? preguntó E n r i q u e . —Quiero decir , que cuando uno es d u e - ño de la mujer mas hermosa de F ranc ia , lo que uno debe desear es que la luz d e - saparezca, y nos deje en la o scu r idad . . . por- q u e es en la oscur idad donde nos a g u a r d a la d icha . 22 = E s 3 dicha infame sabéis m u y bien q u e solo está en las manos de una persona y que esa persona se rio del pobre E n r i q u e . —Oh! replicó la baronesa ; yo habia c re í - do todo lo contrar io , es decir , que esa per- sona era el jugue te del rey de N a v a r r a . En r ique quedó espantado al ver esta a c - t i tud host i l , pero reflecsioiió que en ella se traslucía el despecho, y que el despecho es la máscara del a m o r . — E n verdad querida Carlota, le dijo-, q u e me hacéis un reproche injusto, y no p u e - do comprende r como una boca tan bonita, es al mismo t iempo tan cruel , ¿creéis por ventura que soy yo el que me caso? E h ! no! ¡vcnlrc saint gr is ! no soy yo. —Vaya , pues , seré yo, replicó agr iamente la baronesa , si alguna vez puede pa recemos agria la voz de la muger que nos ama , y nos reprocha que no la amemos . —Con tan hermosos ojos, baronesa , ¿no habéis visto mas lejos? No, no ; no es E n - r ique de Navar ra quien se casa con Marga- r i ta de Valois. —¿Y quién es entonces? — ¡ E h , sangre de Dios! es la religión refor- mada que se casa con el Papa, he aqu í t o - do lo que hay . —Neni , neni , monseñor , no me dejo yo p render por los resortes de vues t ra imag i - nación: vuestra magostad ama á madama Mar- gar i ta , y estoy muy lejos de acusares pop ello. Dios me libre! Es bas tan te hermosa para ser amada . Enr ique reílecsionó un ins tan te , y en t an - to que reflecsionaba, una sonrisa sagaz r e - plegó los estreñios de s u boca hacia las m e - ji l las. —Baronesa, la dijo, se me figura q u e os queréis querel lar conmigo, y sin emba rgo , no tenéis derecho para hacerlo, veamos. ¿Qué habéis hecho pa ra impedi r mi en lace con Margarita? Nada; al contrar io , me habéis desesperado. —Y he hecho m u y bien, monseñor , r e s p o n - dió madama de Sauve . —Cómo? —Porque hoy os casáis con o t ra . — A h ! yo me caso con eila p o r q u e vos no me amáis . —Si os hubiera amado , señor , me seria p r e - ciso morir den t ro de una hora! —Dentro de una horal ¿qué queréis decir? y de qué maer te? —De celos. . . . Sí, de celos, p o r q u e d e n - tro de una hora la reina de Navarra despedi - rá sus camare ras , y vuestra Magestad sus g e n - tiles hombres . — E s ve rdade ramen te esa idea la que os preocupa, amiga mío? —Yo no digo eso . . . yo digo que sí os h u - biera amado , me preocuparía ho r r ib l emen te . — Y bien! esclamó Enr ique lleno d e a l e - gría al escuchar esta confesión, la p r imera — 24 — que habia oido de boca de lo Sauve , y bien! si el rey de Navar ra no despidiese esta noche sus gentiles hombres? —Señor , dijo Carlota mi rando fijamente al rey con una admiración que por* esta vez no era fingida, estáis diciendo cosas imposi - bles , y sobre todo increíbles. —¿Qué es preciso hacer para que las creáis? —Seria preciso d a r m e p ruebas , y estas p r u e - b a s no podéis dá rme la s . — S í , ba ronesa , sí, todo al contrar io , os las d a r é . . . . lo j u ro por S. Eugenio, esclamó el rey devorando á la joven con una ardiente mirada llena de pasión. —Oh! m u r m u r ó la bella Carlota bajando la voz y los ojos al mismo t i empo . . . . no c o m - p r e n d o . . . no n o . . . . imposible que r e n u n - ciéis á la felicidad que os espera . —Hay cuatro Enr iques en esta sala, ado- rada mía, replico el r ey : Enr ique do Franc ia , E n r i q u e de Conde, Enr ique de Guisa; pero no hay m a s q u e un Enr ique de N a v a r r a . —¿Y bien? — Y bien; si tuvieseis cerca de vos esc E n - r ique de Navar ra toda esta noche? —Toda esta noche? —Sí ; /.Estaríais cierta entonces de que no la habia pasado con otra muger? — A h ! si hacéis eso, señor, esclamó madama de S a u v e . . . . —Lo haré á fé de gentil h o m b r e . Madama do Sauvi: levantó sus grandes ojos húmedos y llenos de promesas voluptuosas h a - cia Enr ique , cuyo corazón es taba embr iagado de alegría, y se sonrió. —Veamos, ¡a dijo: ¿En ese caso q u é d i - ríais? —Oh! en ese caso, replicó Carlota , en ese caso diria que soy ve rdade ramen te amada de vuestra mages tad . —Vent re saint grisl lo diréis, ba ronesa , p o r - que es verdad . —Pero ¿cómo hacer? m u r m u r ó madama de Sauve . —Por Dios, baronesa , no tenéis alguna c a - marera , alguna dama de compañía , de quien podáis liaros? —jOhl Tengo á Dariola, que se dejaría ha - cor tajadas por mí: es un verdadero tesoro . —¡Sangre de Diosl Baronesa, decid é esa joven que yo me encargo de hacer su fortuna cuando sea rey , como me lo predicen los a s - trólogos. Carlota se sonrió, porque en esta época ya tenia el l iearnés bien establecida su r e p u t a - ción, respecto á la fidelidad con que cumplía sus p romesas . = Q u é deseáis de Dariola? p reguntó á E n - r ique. —Bien poco para ella y todo para mí . —¿En fin.. . .? —Vuest ra habitación está prec isamente e n - cima de la mia. — 20 — — E s cier to. — Q u e aguarde de t rá s de la p u e r t a . Daré du lcemente t res golpes. Dariola me abr i rá , y tendréis la p rueba que os he ofrecido. Madama de Sauve guardó silencio du ran te a lgunos minutos ; luego, como si mirase en rededor suyo para no ser oída, fijó un ins- t a n t e la vista sobre el grupo donde estaba la reina m a d r e ; por corto que fuese este ins tan- t e , bastó para que Catalina y su camarera cambiasen una mirada de inteligencia. —¡Ohl si yo quis iera , dijo madama de Sauve , con un acento de sirena que hubiera penetra- do hasta en los oidos de Ulises, si yo quisiera coger á vuestra mageslad en una ment i ra . — E n s a y a d vida rnia, ensayad . . . —¡Ahí os confieso que estoy combat iendo ese deseo. —Dejaos vencer, las mugeres nunca son mas fuertes que después de s u de r ro ta . —Señor , retengo la promesa que habéis h e - cho para cuando seáis rey de Franc ia . E n r i q u e arrojó un grito de alegría. E n el momento que se escapaba este gr i - to de la boca del Bearnés , era cuando Mar- garita respondió a! d u q u e de Guisa. Noctu p r o m o r e . Alejóse entonces Enr ique de m a d a m a de Sauve , tan feliz como lo era el d u q u e de Gui- sa separándose de Margarita de Valois. Una hora después de la doble escena q u e acabamos- de referir, el rey Garlos y la reina m a d r e se retiraron á sus habi taciones; casi a! mismo tiempo, los salones fueron q u e d a n d o despoblados, las galerías dejaron ver la ba - se de sus columnas de m á r m o l . El a l m i r a n - te y el príncipe de Conde par t ie ron a c o m - pañados de cuatrocientos gentiles hombres h u - gonotes en medio de un populacho que m u r - muraba haciéndoles paso. Luego salieron E n - r ique de Guisa, los señores de Lorena, y los católicos, escoltados por los gritos de alegría y los aplausos del pueb lo . En cuanto é Margarita de Valois, En r ique de Navarra y madama de Sauve habi taban en el mismo Louvre . CAPITULO II. La cámara de la reina de Navarra. EL d u q u e de Guisa acompañó á su c u ñ a - da la duquesa de Nevers hasta su palacio s i - tuado, en la calle del Ghaume, enfrente á la de Brac , y después de haber la entregado á sus doncellas , pasó á su habitación para m u - da r se de t r age , t omar una capita de noche, y a r m a r s e con uno de esos puñales cortos y agudos q u e se l levaban sin espada, á los q u e l l amaban entonces «una fé de gentil hombre;» pero en el m om en to en que tomaba el p u - ñal de sobre la mesa, reparó en un billeti- llo oculto en t re la hoja y la va ina . Le abrió y leyó lo q u e sigue: — 29 — «Espero que el señor de Guisa, no volverá esta noche al Louvre , ó que si vuelve t o m a - rá al menos la precaución de a r m a r s e con una cota de malla y una buena espada.» —Ahí ahí dijo el d u q u e volviéndose h a - cia su ayuda de cámara , he aquí un aviso singular, maest ro Robin: haced me la gracia de decirme ¿qué personas han pene t rado aqu í du ran t e mi ausencia? —Una sola, monseñor . —Cuál? —Mr. Du Gas t . —Ah! ah! ea efecto, me parecía reconocer la escr i tura; ¿y estás seguro de que haya ve- nid» Du Gast? Le has visto tú? —He hecho mas , monseñor , le hab lé . —Bueno; en ese caso seguiré el consejo. T a - mos, mi cota, y mí espada . El ayuda de cámara acos tumbrado á estas mutaciones de traje, trajo a m b a s cosas. El duque se paso entonces la cota que es taba h e - cha de malla tan fina, que la t r a m a de ace- ro no abu l t aba mas que si luera de t e r - ciopelo; luego se puso encima un capuchón, y una ropilla de seda gris y plata que eran . sus colores favoritos, unas bolas largas q u e le subían hasta la mitad de los mus los , c u - brió su cabeza con una g o m i a de terciope- lo negro, sin p luma ni pedrer ías , se e n v o l - vió en una ancha capa de color sombr ío , c o - locó un puñal en su c in tu ron , y poniendo su espada en manos de un pase , única escolla — 30 — q u e quiso le acompañase, tomó el camino del Louvre . En el momento en que ponia el pie fuera del palacio, el vigia de Saint Gcrmain l 'Auxerrois acababa de cantar la una de la m a ñ a n a . A pesar de la hora avanzada , y de lo poco seguras que eran las calles en esta época, nada sucedió al príncipe aven tu re ro d u r a n t e su ca - mino, y llegó sano y salvo de lan te de la masa colosal del caduco Louvre , en el q u e todas las ' luces es taban ya est inguidas, y que se l e v a n - t aba como un fantasma formidable en medio del silencio y de la oscur idad. Delante del palacio real se estendía un foso profundo sobre el cual daban la mayor par te de la habitaciones do los príncipes que habi taban en el palacio. La habitación de Margarita e s t a - ba s i tuada en el p r imer piso. Pero este pr imer piso, bas tante accesible, si no hubiese foso, se hal laba, gracias á esta t r i n - chera , como á t reinta pies de elevación y por lo mismo, fuera de los a t aques de aman tes ó ladrones; pero esto no impidió que Mr. de Gui - sa bajase resue l t amente al foso. En el mismo ins tan te se oyó el ruido de una ven tana que se abría en el piso bajo. Esta ventana tenia rejas; pero apareció en ella una mano , levantó una de las ba r ra s de hierro desvencijada ya de an temano , y d e - jó colgar por la ober tura un cordón de seda. —¿Sois vos , Gillona? p reguntó el d u q u e en voz baja. — 31 — —Sí , monseñor, respondió u n a voz de m u - jer en voz mas baja a u n . —Y Margarita? —Os aguarda. —Bien. A estas palabras el d u q u e hizo una sena á su page, quien abr iendo su capa desenvo l - vió una escalenta de cuerdas . El pr íncipe ató uno de los estreñios de la escala al cor- don que pendía de la ven tana . Gillona tiró por ¡¡escalera hacia a r r i b a , la sujetó só l idamen- te y el príncipe después de haber abrochado su espada al c in lu ron , empezó á subi r por la e s - calera v llegó arriba sin ningún accidente . Apenas subió, la barra de hierro volvió á ocupar su lugar, la ventana se cerró , y el page después de haber visto á su señor en t ra r t ranqui lamente en el Lsuvrc , adonde le ha- bía acompañado del mismo modo mas de veinte veces, lué á acostarse envuel to en su capa á la sombra del muro sobre las yerbas del ancho foso. La noche era sombr ía , y de las nubes ca r - gadas de azufre y electr icidad, se desprendían grandes golas de agua l ibia. El d u q u e de (luisa siguió á su c o n d u c - tora, que era nada menos que la hija de Jacobo Malignon, mariscal de Franc ia , era la confidenta par t icu lar de Margarita, q u e no tenia secretos para ella, y se decía q u e entre los misterios (pie encer raba su i n c o r - rupt ible fidelidad, los había t an t e r r ib les , — ,12 — que eran los q u e la obligaban á guardar los res tan tes con igual sigilo. Ninguna luz bri l laba en los cuar tos bajos ni en los corredores ; de cuando en cuando un relámpago lívido i luminaba las sombrías habitaciones con un reflejo azulado que d e - saparecía en el mismo ins tan te . El d u q u e , s iempre guiado por su conduc- tora q u e le llevaba de la mano , llegó a! fin á una escalera en espiral , pract icada en el grueso de una pared que comunicaba por una puer ta secreta é, invisible con la an tecámara de la habitación de Margarita. En la an tecámara así como en las salas del piso bajo, los corredores y la escalera reinal).:; la oscuridad mas profunda. Apenas llegaron á esta a n t e c á m a r a , (¡¡¡Dona- se de tuvo . —¿Habéis t raído lo que tan to desea la reina? p reguntó en voz baja. —Sí , respondió el deGu i sa , pero á S. M. lo en - t r e g a r é . . . . á ella sola. —¡Venid, pues , sin pe rde r un ins tante! e s - c lamó una voz en la oscur idad . Esta voz hizo es t remecer al d u q u e ; era !a de Margar i ta . Levantóse entonces una cortina ele t e r c io - pelo de color de violeta cubier ta de flores de lis bo rdadas en oro, y el d u q u e aperc i - bió en la sombra á la reina que en su i m p a - ciencia lesal ia al encuen t ro . —Aquí estoy, señora, dijo entonces el de Guiso, y pasó ráb idamente del otro lado de la — :YA — eorl ína, (¡uo volvió á caer á s u s espa ldas . Margarita do Valéis sirvió entonces de guia al duque en esta habitación, que ya tenia bien conocida, en tanto que (¡illona, que habia q u e - dado á la puer ta , ponia un dedo en los labios para t ranqui l izará su real señora. Margarita como si hubiera conocido la celosa inquietud del d u q u e le condujo hasta su a lco- ba: allí se de tuvo . —Y bien, estáis contento , duque? •—Contento, señora? preguntó este; contento? d e qué? —De esta prueba que os doy, respondió Mar- garita con una ligera espresion de despecho, de que pertenezco á un hombre que en el dia de su matr imonio, en la noche de boda me estima bas tante poco, para no haber venido siquiera á darme las gracias, por el honor que hice no en elegirle, s inoco aceptarle por esposo. —Oh señora! respondió t r i s t emente el d u q u e ; tranquilízaos; vendrá , sobro todo si vos lo deseáis. —Y sois vos quien decís esto, Enr ique? escla- mó Margarita; vos que sabéis mejor que nadie todo lo contrario de ío que estáis diciendo? Si tuviese el deseo que me suponéis ¿os ha- bría suplieado (¡ue vinieseis al l.ouvre? — Me habéis suplicado que viniese al l .ouvre, Margarita, porque queréis eslinguir hasta el menor vestigio de lo [lasado, y este pasado existe no solo en mi corazón sino en este cofre- cillo de plata que os devuelvo. Tosió I, 3 — M — —Queréis que os diga una cosa, Enr ique? respondió Margarita mirando fijamente al d u - que ; mas bien parecéis un es tudian te que un pr ínc ipe . ¡Negar yo que os he amado! querer yo estinguir una llama que morirá tal vez, pero cuyo reflejo du ra rá siemprel porque los amores en las personas de mi rango, i luminan y m u - chas veces devoran toda la época con temporá- nea; no, no, d u q u e mío! podéis gua rda r todas las ca r tas de vuestra Margarita, y el eofrecito quee l la os ha dado . De todas las ca i tas que con- t iene , solo os pide una , y si os la reclama es porque esa carta es tan peligrosa para vos como para ella. — E s t á á vuestra disposición, dijo el duque ; escojed en t re ellas la que queréis des t ru i r . —Margari ta regis tró v ivamente el cofrecillo abier to , y con mano temblor-osa tomó una á una hasta una docena de car tas , conten tándose con mirar los sobres, como si solo con in s - peccionar así las cubier tas recordase en su memoria el contenido de es tas ca r t a s . Conclui- do su examen , miró fijamente al d u q u e y pa- lideció. —Señor , le dijo, la que busco no está aquí : ¿la habré is perdido? porque en cuanto á h a b e r - la en t r egado . . . . —Cuál es la q u e buscáis , señora? —Aquel la en que os decía que os casaseis sin t a rdanza . —Para escusar vuestra infidelidad? Margarita alzó las espaldas . —- ;i'> — — N o ; sino para salvaros la vida. Aquella er. que os decia que el rey viendo nues t ro amor , y los esfuerzos que yo hacia para impedir v u e s - t ra futura unión con la infanta de Por tugal , había hecho venir á su hermano el bas ta rdo de Angulema, y le había dicho most rándole dos espadas: «Mata con esta á Enr ique de Guisa, en esta misma noche, ó te mato yo á tí m a ñ a - na con la otra.» Esta car ta dónele está? —lióla aquí , dijo el d u q u e de Guisa s a c á n d o - la del pecho. Margarita casi se la a r rancó de las manos , la abrió áv idamente , se aseguró de que era a q u e - lla la que buscaba, arrojó un grito de alegría , aproximó la carta á la bugía, el fuego se c o m u - nicó al instante (le la mecha al papel , que fué consumido por las l lamas en un segundo . Lue- go, como si temiera que pudiesen descubr i r s u imprudente consejo por las cenizas, Margarita las pisoteó. Duran te esta acción febril, el de Guisa tenia los ojos fijos en su quer ida . —Y bien, Margarita, dijo el d u q u e luego que la reina hubo concluido; ¿estáis ahora contenta? —Sí , porque ahora os habéis casado con la princesa de Porcian, y mi hermano me p e r d o - nará vues t ro amor , así como no me perdonar ía nunca la revelación de un serrólo, como el que en mi debilidad por vos no he tenido valor p a - ra ocul taros . — Es verdad, respondió Guisa; en aquel t iem- po me amaba i s . — :u) — —Y os amo todavía, Enr ique , t a n t e ó mas que nunca . —Vos? — S í , yo, porque hoy mas que nunca, ten- go necesidad de un amigo sincero y lie!: -rei- na , no tengo t rono; rnuger, no tengo esposo. El^ joven pr íncipe, sacudió t r i s t emente la cabeza. —Cuando os digo, En r ique , q u e mi m a - rido, no solo no me ama , sino que me a b o r - rece, que me desprec ia . . . . ademas , vuestra presencia en la cámara donde él debería de es ta r , prueba bas tan te este odio y este d e s - precio. —-No es tarde todavía , señora: el rey de Navar ra necesita algún t iempo para despedir á sus gentiles h o m b r e s , y si no ha venido a u n , no t a r d a r á . —Os digo, esclamó Margarita con un d e s - pecho que aumentaba por grados, os digo que no v e n d r á . —Señora , esclamó Gillona abr iendo la p u e r - ta y levantando la cor t ina ; señora, el rey de Navar ra sale de su habi tación. —Oh! yo sabia bien que vendría! esclamó el de Guisa . — E n r i q u e , dijo Margarita con voz breve, tomando al d u q u e por la mano; l ín r ique , vais á ver si soy muger de pa labra , y si se p u e - de contar sobre l o q u e yo digo. E n r i q u e en- t r ad en este gabinete . —Dejadme par t i r , señora, de jadme part i r — ,»i — si aun es t i empo, porque , pensadlo b ien , á ia primera muestra «le amor que os dé , s a l - go de! gabinete, y enloí iees . . . ay de éi! —Estáis locii? en t r ad , en t rad os digo yo respondo de lodo. Y empujó al duque en e! gabine te . Va era t iempo, porque apenas se corrió la puerta por donde en t ró el pr íncipe, a p a r e - ció en el umbra l de la habitación el rey de Navarra, corriendo y escollado por dos p a - gos que l levaban echo an torchas do cera r o - sada sobre dos candela 1 n o s . Margarita ocultó su turbación haciendo una profunda revererenei. . . —¿No estáis aun acostada, señora? p r e - guntó el i iearnés con su fisonomía franca y alegre. ¿Me aguardabais acaso? —No, señor, respondió Margar i ta , po rque me habéis dicho ayer que sabíais m u y bien que nuest ro matr imonio era solo una alianza política y que no me contrar iar ía is n u n c a . —Enhorabuena ; pero eso no era razón p a - ••a que no hablemos un poco. Gillona, c e r - rad la puerta y dejadnos. Margarita que estaba sentada se levantó, y eslendió la mano como para o rdena rá los p a - gos (pie se quedasen . —¿Queréis que l lame vuestras doncellas? preguntó el rey ; lo liaré si tal es vuest ro deseo, a u n q u e os lo confieso, para lo que tenia que deciros, preferiría que estuviésemos solos. Y el rey de Navar ra se adelanto hacia el gabinete . — 38 = —No! csclamó Margarita lanzándose de lan- te de él con impetuosidad; es inút i l , estoy pron- ta á escucharos . El Boarnós sabia ya lo que deseaba s a - ber , y lanzó una mirada rápida y profun- da hacia el gabinete , como si á pesar de ia puer ta quisiera pene t r a r en sus sombríos r i n - cones; luego volviendo sus ojos á su bella esposa que es taba pálida de te r ror , la dijo con una voz perfectamente t r anqu i la . — E n ese caso, señora, hablemos un i n s - t an t e . —Como gusto S. M., dijo la joven cayen- do mas bien que sentándose sobre el sillón que le indicaba su mar ido . El Bearnés se sentó cerca de ella. = S r ñ o r a , cont inuó, por mucho que digan, yo creo (pie nues t ro matr imonio, es un buen matr imonio . Yo soy todo vuest ro y vos sois mia . — P e r o . . . . dijo Margarita a sus tada . —Debemos en consecuencia, cont inuó el rey de Nava r r a fingiendo no apercibir la turbación de Margari ta, debemos obra r como dos buenos aliados, pues que hoy mismo nos hemos j u r a - do alianza de lan te de Dios. ¿No es este vuestro parecer? —Sin duda , señor . —Yo sé muy bien, señora, cuan grande es vuestra penetración; sé que el te r reno de la corteestá sembrado de abismos peligrosos; l u e - go yo soy joven, y a u n q u e riunea hice mal á — :j<) — nadie , tengo un buen número de enemigos. ¿En q u é campo debr- colocar á la que lleva mi n o m - bre , v que me ha ju rado afección al pie del al tar? —¡Oh! señor, podéis pensa r . . . —No pienso nada , señora; espero v quiero asegurarme de que mi esperanza es fundada; porque es muy cierto que nues t ro matr imonio no es mas (pie un protesto o un lazo. Margarita se estremeció. Tal vez el mismo pensamiento se habia presentado en su i m a - ginación. —Ahora ¿cuál de los dos? continuó Enr ique de Navarra . El rey me aborrece, el d u q u e de Anjou me aborrecí ' , el duque de Aleneon me aborrece . Catalina de Mediéis odiaba demasia- do á mi madre , para no abo r r ece rme . —Oh! señor, ¿qué decís? —La verdad, señora, replicó el rey ; y desea- ría á fin de. que no creyesen habe rme engañado, respecto el asesinato de Mr. de Mouy, y del e n - venenamiento de mi madre , desearía que h u - biese aquí alguno que pudiese o í rme. —Oh! señor, dijo v ivamente Margarita con la espresion mas t ranqui la y mas dulce que pudo tomar , sabéis muy bien (pie aquí no hay mas que \ o s y v o . —lié aquí lo que me hace hablaros con a b a n - dono, hé aquí lo (pie me hace a t r e v e r m e á de- ciros, que ni me engañan las caricias que me prodiga la casa de ¡''rancia, ni las de la casa de Lorcna. — 40 — —Sire! respondió Margarita. —Y bien, ¿qué hay , amiga mia? pregunte á su vez Enr ique sonriendo. —Hay , señor, que semejantes discursos son bien pel igrosos. . . . —Pero no cuando es tamos solos. Yo os de - cía, pues Margarita estaba vis iblemente en un suplicio, hubiera dado su vida por detener las palabras sobre los labios del rey; pero Enr ique con t i - nuó con su aparen te hombría de bien. —Os decia que es taba amenazado por todos lados; amenazado por el rey , amenazado por el d u q u e de Aleneon, amenazado por el duque de Anjou, amenazado por la reina madre , por el d u q u e de Guisa, por el d u q u e de Mayenno, por el cardenal de Lorena, amenazado en fin, por todo el m u n d o . Esto se conoce por inst into, ya lo sabéis, señora. Y bien, contra todas esta» amenazas q u e no pueden la rdar en conver t i rse en a t aques , solo con vuestro socorro puedo d e - fenderme; porque vos sois amada de todas las personas que me de tes tan . - ¿ Y o ? —Sí , vos, replicó E n r i q u e de Navar ra con una serenidad perfecta; sí, vos sois amada del rey Carlos, amada (y acentuó fuertemente esta palabra) del d u q u e de Aleneon, amada de la reina Catal ina, amada en lin, del d u q u e de Guisa. — S e ñ o r l . . . . m u r m u r ó Margarita. —Y bien, ¿qué t iene de par t icular que todo el mundo os ame? Todos los que acabo de n o m - brar son vuestros hermanos ó par ien tes . A m a r á sus parientes y á sus hermanos es vivir s e - gún la ley de Dios, —Pero. . . . repl icó Margarita oprimida, á don - de vais a parar , señor? — A lo mismo que os he dicho ya: que si os hacéis, no digo mi amiga, sino t an solo al iada, puedo hacer frente á todo, en t an to que al con- trario, si os hacéis mi enemiga, estoy perd ido . —Oh! . . . . vuest ra enemiga . . . . j amás , s e - ñor! j amás! esclamó Margari ta . —Pero tampoco mi amiga? —Tal ve/.. = Y mi aliada? —Oh! eso sí. —Y Margarita se volvió tendiendo su m a - no ó Enr ique . E! rey la tomó, la besó con galanter ía , y guardándola en t re las suyas , mas bien por un deseo de investigación (pie por un s e n - timiento de t e rnu ra . —Os creo, señora, la dijo, os creo, y os acepto por aliada. Así, pue-5, nos han casado, y sin que nos conociésemos, sin que nos a m á - senlos; se nos ha casado sin consul tarnos s i - quiera. Como marido y muger nada nos d e - bemos. Ya veis, señora, (pie adivino v u e s - tros sent imientos , y (pie os confirmo esta n o - che lo mismo que os he dicho ayer ; pero ahora nos aliamos l ib remente , sin que nadie nos obligue á ello. Nos aliamos como dos c o - — t a - razones leales que se deben protección mu- t ua ; ¿lo entendéis vos así? —Sí , sí, respondió Margarita quer iendo r e - t i r a r su m a n o . —Y bien, cont inuó el Bearnés con los ojos s iempre sobre la puer ta del gabinete , como la pr imera p rueba de una alianza franca, es una confianza abso lu ta , voy á par t ic iparos con todos sus detalles el plan que he formado para poder combat i r v ic tor iosamente todas estas enemis tades . — S e ñ o r . . . . m u r m u r ó Margarita volviendo á su vez los ojos hacia el gabinete , en t a n t o q u e el Bearnés viendo el buen éxito de su as tuc ia , se sonreía maliciosamente. —He aqu í lo que voy á hacer, continuó él sin q u e pareciese notar en lo mas mín i - mo la turbación de su esposa; voy — —Señor ! esclaraó Margarita levantándose v ivamente y coiiendo al rey por el b razo . . . . pe rmi t idme que respire; la emoción . . . . el c a - lo r . . . . me ahogo. . . . Y en efecto, Margarita estaba pálida y c o n - vu l sa , como si fuese á dejarse caer sobre la a l - fombra . E n r i q u e se dirigió á una ventana s i tuada á buena dis tancia , y la abr ió . Esta v e n t a - na daba sobre el rio. Margari ta le siguió. —Silencio! silencio! sire! por piedad por vosl m u r m u r ó ella. — E h ! señora, dijo el Bearnés son r i endo - — 4 3 — ce á su manera, ¿no me habéis dicho q u e es- tamos solos? —Sí ; pero no habéis oído decir q u e por medio de una cerbatana introducida en un cielo raso ó una pared se puede oir todo? —Bien, bien, respondió v ivamen te en voz baja el Bearnés, no me amáis , es cierto, p e - ro sois una cscelente muge r . —Qué queréis decir, señor? —Quiero decir, que si fueseis capaz de hacer - me traición, me hubierais dejado cont inuar ya que yo mismo me vend ía . . . . Vos me habéis d e - tenido. \o sé ahora que alguno está oculto aquí conozco (pie sois una esposa infiel, pero una fiel aliada, y en este momento , a ñ a - dió sonriendo, confieso que tengo mas n e c e - sidad de felicidad en política que en amor . —Sírel m u r m u r ó Margarita confusa. —Bueno, bueno; mas ta rde ya hab la remos de esto, dijo Enr ique cuando nos conoz - camos mejor . Luego alzando la voz: —Y bten, señora, ¿respiráis ya con mas l ibertad? —Oh! sí, sí, m u r m u r ó la re ina . — E n este caso, continuó el Bearnés, no q u i e - ro impor tunaros mas . He debido venir á of re- ceros mis respetos , y a lgunas ofertas de una buena amis tad . Dignaos aceptar las po rque os las ofrezco de corazón; descansad, y buenas noches. Margarita lijó en su esposo ana mirada r a - diante de reconocimiento, y le tendió la m a - no diciendo: — E s t a m o s convenidos. —Alianza política, franca y leal? preguntó E n r i q u e . —¡Franca y leal! Eutonces el Bearnés se dirigió hacia la p u e r - ta, a t rayendo á Margarita con sus miradas co- mo si la hubiese fascinado. Luego que la co r - t ina que cerraba el dormitorio volvió á caer á sus espaldas , cuando ya estuvieron separados en la alcoba: —Grac ias ! dijo v ivamente Enr ique en voz baja; gracias, Margarita, sois una verdadera hija d e F r a n c i a , par lo t ranqui lo ; á falta de vues- t ro amor , vuestra amis tad no me hará traición. Cueu tocon vos, lo mismo que vos podéis c o n - tar conmigo. Adiós, señora. Y Enr ique besó la mano de su esposa, e s - t rechándola dulcemente ; luego se volvió con agilidad á su habitación, p reguntándose en voz baja en t an to que a t ravesaba el cor re - dor : —Quién diablos es tará en su cuarto? ?Se- rá el rey , el d u q u e de Anjou, el d u q u e de Alencon ó el d u q u e i!e Guisa? ¿Será un her- mano , un a m a n t e , ó a m b a s cosas? En ve r - dad , casi me pesa haber pedido ahora esta cita á la baronesa; pero ya que la he dado mi palabra y q u e Darioia me espera no impor ta ; Carlota perderá un poco . . . tal c reo . . . : en que yo haya pasado por la alcoba de mi — / 1 5 — muger , para ir á la suya porque (ven l re sa int gris! esta Margari ta, como la l lama mi cuñado Carlos IX, es una cr ia tura adorab le ! Y Enr ique de Navar ra subió la escalera que conducía á la habitación de Mdma. de Sa l i - ve , con un paso (pie indicaba una ligera d u - da. Margarita le siguió con la vista hasta que le vio desaparecer , y entonces so volvió á su cuar to . El d u q u e estaba ya á la p u e r t a dei gabine te . . . . esta vista casi le inspiró un r e - mordimiento. El d u q u e por su pa r te es taba serio, y la contracción de sus cejas indicaba una preocupación amarga . —Margarita es neutral hoy, la dijo. M a r - * garita será hostil dent ro de ocho d ias . —Ali! habéis escuchado? dijo la re ina . —Y que queríais que hiciese en este g a - binete? —Y os parece que obre" de otro modo que como debe obrar la reina de Navarra? —No; pero sí muy di ferentemente de c o - mo debía hacerlo la quer ida de! d u q u e de Guisa. —Señor , respondió la reina, yo no puedo amar á mi marido, pero nadie tiene d e r e - cho á exijír de mi que lo haga traición. Decid- me de buena fé, haríais traición ¡i los s e c r e - tos de vues t ra esposa la princesa de Porcian? —Vamos, vamos , señora, dijo el d u q u e m e - neando la cabe/.a, está bien. Ya veo que no me amáis como en aquellos días en que me decíais lodo lo que el rey t r amaba contra mí, y contra los míos. 40 —El rey era el fuerte y vosotros los d é b i - les. Hoy Enr ique es el débil y vosotros los fuertes. Ya veis que defiendo s iempre la m i s - ma causa . —Con la diferencia que os pasáis de un cam- po á o t ro . — E s un derecho que adquir í salvándoos la vida. —Bien, señora; pero como cuando dos a m a n - tes se separan se devuelven lodo lo que se han dado, os salvaré la vida á mi vez, y quedaremos iguales. Y el d u q u e se inclinó y salió sin que Mar- garita hiciese el menor gesto para detenerle . En la an tecámara encontró á Gillona que le condujo hasta la ventana del piso bajo, y en el foso á su page que lo acompañó al pa la - cio de Guisa. En t a n t o , Margarita tr iste y pensativa se a r - r imó á la ven tana . — | Q u é noche de bodal m u r m u r a b a : el espo- so h u y e de mí , y el aman te me abandona! — E n este momento pasó del otro lado del foso, viniendo del lado de la torre del Bos- que y r emontando hacia el molino de la Mo- neda, un joven es tud ian te , apoyando la ma- no sobre la cadera y can tando : ¿Por qué si quiero, ángel bello, tocar t u hermoso cabello, ó besar tu boca amada, y tu garganta bendita , imitas á la monjita _ ra — dentro del claustro encerrada? ¿Para qué guardas t u s ojos? ¿Para qué tus labios rojos y tu rosada mejilla? ¿Para besar á PÍuton aquel dia en que Carón te conduzca en su barquil la? Ayl ta rde entonces será bellal pues allí es tará tu boca descolorida; y aunque aquí tan to te amé, nunca á las sombras diré que tú fuiste mi quer ida . Un tanto que tengas vida muda de opinión quer ida , dame tu boca de miel, porque el dia en que te mue ra s yo sé concluyó la cola.'ion pasó el rev con ellos a su cámara , donde se ocu- paba en csplicar/es el ingenioso mecanismo de una t r ampa para cojer lobos, que ora invención suya , cuando in te r rumpiéndose de repente preguntó : —¿No vendrá esta noche el señor a lmi ran- te'? Quién le. ha visto hoy q u e pueda d a r - me noticias su vas? —Yo, dijo el rey de N a v a r r a , y en el caso d e q u e S. M. esté inquieto por la s a - lud de Coligny, yo puedo t ranqui l izar lo , por - q u e le he vislo á las seis de la mañana y á las siete de la m a ñ a n a . —Ah! esc'.amó el rey cuyos ojos se Miaron con la mayor curiosidad sobre su cuñado Enr iqu i to , TOMO 1. i — f)0 — madrugáis bástanlo para ser un marido joven. — Cier tamente , sire, respondió el rey d e B e a m , quería p regun ta r al a lmi ran te , que losabe todo , s ia lgunos gent i les -hombres que aguardo , es tán ya e n c a m i n o p a r a venir . —Todavía mas gen t i l e s -hombres ! ya teníais ochocientos el dia de boda, y cada dia os llegan otros nuevos; ¿queréis invadirnos? añadió Carlos IX riendo. El d u q u e de Guisa frunció las cejas. —Si re , replicó el Bearnés , se habla de una ten ta t iva sobre F landes , y por eso reúno en r e - dedot mío todos los que creo que os pueden ser út i les ; ya sean de mi pais ó de las cercanías . El de Guisa, recordando entonces el proyecto de que el Bearnés habia hablado á .Marga- rita el dia de su boda, escuchó con mas a t e n - ción. —Bueno, bueno , replicó el rey con su sonr i - sa leonada. Cuantos mas haya mejor; t r aed , En r ique , t raed , ¿pero quienes son estos cabal le- ros? espero que serán val ientes . —Si re , ignoro si mis gen t i l e s -hombres igua- larán á los de V . M., á los del d u q u e de Anjou, ó á ios de! d u q u e de Guisa; pero los conozco muy bien, y estoy seguro de que liarán todo lo que pueden . —Aguardá i s muchos? —Diez ó doce. —Cómo se l laman? —Sire , he olvidado sus nombres , á escepcíon del de uno que me ha recomendado Teligni, co- — 51 — mo un gent i l -hombre cumpl ido , y que se l lama Mr. de la Mole, no podré dec i r . . . . —De la Mole? replicó el rey es l raord inar ia - men le versado en la ciencia genealógica, ¿no es un tal Lerac de la Mole, un provenzal? —Precisamente , sire: ya veis que rec lulo hasta en Pro venza. —Y yo, dijo el d u q u e de Guisa con una s o n - risa bur lona, yo voy mas lejos aun q u e S. M. el rey de Nava r ra , porque traigo has ta del P i a - rnonte cuantos católicos fieles puedo hal lar en él. —Católicos 6 hugonotes, in ter rumpió el rey , poco me importa con tal que sean valientes. Al pronunciar estas pa labras que mezclaban en su imaginación loo católicos y los hugonotes , el rey tenia un semblan te tan indiferente, que el mismo d u q u e de Guisa quedó a d m i r a d o . —V. M. se ocupa, pues , de nues t ros flamen- eos, dijo el a lmi ran te á quien el rey habia con- cedido pocos (lias antes el favor de en t r a r en su cámara sin ser anunc iado , y que acababa de oir las ú l t imas pa labras de S . M. —Ahí he aquí á mi padre el a lmi ran t e , e s - clamó Carlos IX abriendo los brazos; se habla de guerra , de caballeros valientes, y ahí está: escomo el imán que a t rae el hierro; mi cuñado el de Navarra y mi primo Guisa aguardan r e - fuerzos para vuestra a rmada : he aquí de lo que habla l iamos. —Y estos refuerzos llegan; dijo el a lmi ran te . —Tenéis ya algunas noticias, señor? p r e g u n - tó el Bearnés. —Sí , hijo mio, y pa r t i cu la rmente do Mr. áf la Mole rpío oslaba ayer en Or leans , v UP:Í,;Ie¡'i á Paris mafiana ó pasado man.ma á mas l a rda r . —Pesici es preciso quo el señor a lmi ran te sea nigromántico para saber todo lo que pasa á t re in ta ó cuarenta leguas de dis tancia . Yo al menos desearía ¡micho poder saber con lanía certeza lo que pasará ó lo (pie ha pasado cerca de Or leans . Goligny permaneció impasible á este dardo sangriento del d u q u e de Guisa que aludía e v i - den t emen te á la muer te de Francisco de Guisa, su p a d r e , asesinado cerca de Orleans por Pol - t ro t de Mere, no sin que se sospechase que el a lmi ran te lo había aconsejado aquel cr imen. —Señor , replicó fríamente y con dignidad, soy nigromántico s iempre quequ ic ro saber p o - s i t ivamente lo que interesa á mis negocioso á los del rey . Mi correo ha llegado de O r - leans hace una hora, y gracias á la posta , hizo treinta y seis leguas en un dia; Mr. de la Mole que viaja en su caballo, no anda mas cinc diez por día, y no puede llegar hasta el 24.- he aquí teda la magic . —Bravo! patire mio! bien dicho, dijo Garlos IX, haced ver a estos jóvenes que no solo es la edad la (¡ue ha hecho b lanquear v u e s - tra barba y vues t ros cabellos, sino también la sabidur ía : con que vamos á enviarles á que hablen de sus torneos y de sus amores , v quedémonos ¡untos para hablar de nues- í rus guer ras . Padre mío, los buenos consc- ¡oros hacen los buenos res es. Seuoros , r e t í - rense Yds. , longo i |ue hablar con el a lm i r an t e . Les dos jóvenes salieron, el rey ejércitos. Si me dejan cazar á mi gusto en el b o s - q u e de San Germán y Ramboui l le l , es lodo. Mi cuñado el de Navar ra es demasiado j o - ven y poco esper imentado . Por otra par te me parece que t iene muchos pun tos de su pa - dre, Antonio, á quien echó á perder en t o - do t iempo su pasión por las mugeres . Solo t ú , padre mió, sólo tú eres á la vez b ravo como Julio César y sabio como Platón; d e manera que no sé en verdad lo que he de h a - ce r . . . . ¿Te guardaré como consejero, ó te en- v iaré á la guerra como general? Si me a c o n - sejas, quién mandará? Si m a n d a s , ¿quién me aconsejará? —Si re , dijo Coügny, es preciso vencer p r i - mero , luego el consejo vendrá después de la victoria. = E s tu parecer , padre mió; ¡bienl sea , se h a r í según dices. El lunes tú par t i rás pa - ra Flandes y vo par.i Amboise. — V . M. deja á Paris? —Sí; M I estoy (aligado con tan to ruido y t an ta fiesta. Yo no soy un h o m b r e de acción, sino un visionario. No había nacido yo para rey sino para poeta. Formarás una especie de consejo (pie gobierne; en tanto (pie estés en él, todo irá bien. En cuanto á mí, ya he prevenido á Ronsard para que se reúna con - migo, y allí, lejos los dos del ru ido , lejos del mundo, lejos de los malvados , bajo n u e s - t ras grandes bóvedas del bosque , á orillas del río y escuchando el m u r m u l l o de los a r royos hablaremos de Dios, única compensación que existe en el m u n d o para las cosas de los h o m - b r e s . . . . Escacha, escucha estos versos con que le invito á reunirse conmigo; los hice esta mañana . Coligny se sonrió. Garlos IX pasó la mano so - bre su frente pu ' ida y amari l la como el marfil; y recitó con una especie de canto acompasado los siguientes ver.-os: (i) Ronsard, yo conozco que lejos de mi Olvidas muy pronto la voz de tu rey , A mí tus recuerdos me sirven de ley, Y escribo mis versos por pensar en tí; Y porque entusiasta remontes tu vuelo, Te envío este escrito con férvido celo. M) La demasiada l ritualidad con que están escritos estos versos hace su traducción casi imposible, por lo que he preferido traducirlos lo mas literalmente cjuc me ha sido posible, á prestarles un lenguage florido que no tienen en el original. |N . de la T.) — ,)(» — No mas te eutrelenga domést ico afán; Deja Ins jardines f|ue no es t iempo alioia. Y sigue los pasos del rey que le adora Por los dulces versos (pie gloria le dan; Y si no vinieres á Amboise á encon t ra rme , Con un grande enojo ju ro (pie has de ¡tallarme. —¡Bravo! bravo! dijo Col igny , \o entiendo al- go mas de guerra que de poesía; pero me parece (¡ue esos versos pueden competir con ios mejo- res de í lonsard , Doral, y aun con los de Mr. Miguel del Hospital , Canciller de !Yane>¡a. —¡Áh, padre mío! ¡que no digas la verdad! po rque mira an te todas cosas el l í t u lodepoe ta , es lo que yo ambiciono; y como \ o decía á Í lon- sard hace algunos dias: El ar te adorable de ta poesía Merece mas premio que no el de reinar; Si en t r ambos coronas llevamos hoy dia, Yo rey las heredo; lú las puedes da r . Tu mente inflamada de celeste fuego Brilla por si sola, yo por mi esplendor; Y si en t re los dioses ventajas anhelo, Si yo soy su imagen, Í lonsard es su amor : Tu lira que aman te las a lmas seduce, De los mil vasallos la men te encantó , Y te hace su dueño , y allá le introduce Do nunca el t i rano su imperio llevó. —Si re , dijo Goligny, ya sabia yo que V. ftj. se ent re tenía con las musas , pero ignoraba que ellas fuesen su consejero principal . = D e s p u e s de t í , padre mió, después de t í ; y precisamente por lo que yo quiero poner te á la cabeza do lodo, es para que no me tu rben en vnis relaciones con ella, iiscuelia, es preciso que \ o responda ahora mismo á un nuevo m a d r i - gal (pie me lia enviado mi grande y quer ido poeta por consiguiente no puedo ('.arte a h o - ra todos los papeles que necesi tas para poner te al corriente de la gran cuestión que me m a l - quista con Felipe II. Hay ademas una especio de plan de campaña hecho por mis minis t ros . Yo te lo buscare" todo y te lo enviaré mañana por la m a ñ a n a . —A qué hora , sire? —A las diez: y si por casualidad estoy ocu - pado en hacer versos, si estoy encer rado en mi gabinete de es tudio . . . . en t r a rás y tomarás t o - dos los papeles que halles sobre esta mesa e n - cerrados en esta ca l lera encarnada ; el color es bien vivo, y no podrás equivocar te ; yo voy á esonbi r á Ronsard . —Adiós, sire. —Adiós, padre mió. —Vuestra mano? —Qué dices? mi mano? Ven á mis brazos , so- bre mi corazón, que aqui es tu lugar . Ven, mi antiguo guerrero , ven . Y Garlos IX a t rayendo á Celignv que se i i- clinó, posó sus labios sobre sus cabellos b l a n - cos. Jíl a lmiran te salió enjugando una lágr ima. Carlos IX le siguió con la vista en t a n - to <¡ue pudo dis t inguir le , y tendió el oido en tanto que pudo oirle; luego cuando ya no — 58 — vio ni oyó nada , dejó caer su cabeza p a n - da sobre la espalda como lo tenia de cos - t u m b r e , y pasó len tamente de la habitación donde se hallaba á su gabinete de a r m a s . Es te gabinete era la morada favorita del rey ; allí era donde tomaba sus lecciones de esgrima con Pompeyo, y sus lecciones de poe - sía con Ronsard . Habia reunido en él una g rande cant idad de a r m a s ofensivas y defensivas; de las mas hermosas que se habían podido hal lar . Las paredes es taban tapizadas de hachas , e s c u - dos , picas, a l aba rdas , pistolas y mosquetes , y aquel mismo dia le habia traído un cé le - bre a rmero un magnífico a rcabuz , sobre c u - yo canon es taban incrus tados en plata estos cua t ro versos que habia compuesto el mis - mo poeta real . Para sostener la fé, Soy tan belle como fiel, Rey, para tus enemigos Tan be'lo como crue l . Garlos IX en t ró como hemos dicho en e s - te gabinete , y después de haber cerrado la puer ta principal por donde habia en t r ado , levantó un tapiz que ocultaba un pasadizo que conducía á un cuar to pequeño; en él es taba una muger rezando arrodillada sobre un recl inator io . Como este movimiento habia sido ejecu- tado con lent i tud, y (pie los pasos del rey ahogados por la alfombra no habían r e so - — 5!) — nado mas que si fueson los de un f an t a s - ma, la muger que rezaba que nada habia oído, ni siquiera se volvió y cont inuó r e - zando. Garlos permaneció un momento pensat ivo contemplándola con atención. Era una muger como de t re inta y c u a - tro á cuart i l la años, cuya hermosura fuerte y enérgica, estaba aun realzada por el t r a - go de las paisanas de los a l rededores d e C a u x . Tenia puesto el alto gorro que habia sido t an de moda du ran t e el reinado de Isabel de B a - viera, y su corpino encarnado es taba b o r - dado de oro como lo están todavía los c o r - piños que llevan las a ldeanas de Nel luno y Lora. El aposento que ocupaba hacia ve in- te años estaba contiguo al dormitor io del r ey , y ofrecía un aspecto s ingular de elegancia y rust ic ismo. El palacio se habia mezclado con la c a - b a n a , y en proporción casi igual, la c a b a - na se habia mezclado con el palacio. De suer - te que esta habitación era u n té rmino m e - dio en t re la sencillez de la paisana y el l u - jo de la gran d a m a . En efecto, el rec l ina- torio í-obre que oslaba arrodil lada era de m a - dera de encina maravi l losamente esculpido, y cubierto de terciopelo con franjas de oro, en tanto que la Biblia (porque esta muger pertenecía á la religión reformada) en t an to que la Biblia por donde leía sus oraciones era uno de estos libros ant iguos medio des t rozados, como suelen verse en las casas mas pobres . Todo es taba allí por el estilo del reclina- torio y la Biblia. —¡Ébl Medaleneta! dijo el rey . Al oír esta voz familiar, la muger que e s - taba de rodillas se sonrió, luego dijo levan- t ándose . —;AyI eres tú, hijo mío? —Sí nodriza, ven acá . Carlos IX volvió á dejar caer la cortina y vino á sen ta rse de nuevo sobre el braz de un sillón. La nodriza se presentó . —¿Qué me quieres , Carlitos? le dijo. —Ven aqu í , y responde en voz baja. La nodriza se acercó con una familiaridad que podia proceder de ¡a t e rnura na tura l que una muger concibe por el niño á quien ha cr iado, pero á lo cual los folletos satíricos dan una causa mucho menos p u r a . —Heme aquí , hab la . = E 1 hombre que hice l lamar , está ahí? -—Hace ya media ho ra . Carlos se levantó , se acercó á la ventana, miró si no estaba nadie en acecho, se ace r - có á la pue r t a , escuchó para ver sí a lguno le espiaba, sacudió el polvo de sus trofeos de a r m a s , acarició á un gran lebrel que le s e - guía paso á paso, parándose cuando su amo se paraba , volviendo á anda r c u a n d o s u a m o so ponía en movimiento; y luego volviéndose hacia su nodriza: —- <;i —- —Bien, le dijo, hazle en t r a r , nodriza. La buena muger salió por (l mismo pasa- dizo (¡ue le habia dado en t rada , en t a n t o q u e el rey fué á apoyarse en una mesa , sobre ia que estaban puestas a rmas de todas clases. Apenas se habia acercado ella cuando la cortina se levantó de nuevo, y dio en t rada al que él aguardaba . E s l e e r a un hombre como de unos c u a r e n - ta años, ojos grises y falsos, nariz enco rva - da como el pico de una lechuza y el rostro muy ensanchado por los huesos de las m e - jillas que eran en es l remo abul tados ; su semblante se esforzó en espresar el respeto, pero lo único que consiguió lué hacer brillar una sonrisa hipócrita, sobre sus labios pá l i - dos de miedo. Carlos alargó dulcemente una mano por detras de sí, y la apoyó sobre un puño de pistola de nueva invención, que se d i spara - ba por medio de una piedra puesta en con- tacto con una rueda de acero en lugar fie dispararse por medio de una mecha, y c o n - templó con sus ojos empañados d u r a n t e a l - gunos ins tan tes , al personage que acabamos de introducir en la escena; en lanío que le ecsaminaba, s ' lbaba con un compás y una melodía notables una de sus canciones fa - voritas de caza. Después de algunos segundos, du ran t e los cuales el rostro del es t rangero se descomponía mas v mas: •—Sois vos, le dijo el rey, el q u e l laman F r a n - cisco de Louvier-Maurevel? —Sí , Sire . —¿Comandante de petarderos? —Sí , Sire . = H e quer ido veros . Maurevel se inclinó. —Sabé i s , cont inuó Carlos acen tuando fuer- t emen te cada pa labra , que yo amo igualmen- te todos mis subditos? — S é , balbuceó Maurevel, que V. M. es el p a d r e de su pueblo . —Y que hugonotes y católicos son igualmen- te mis hijos. Maurevel permaneció mudo, y solo el t e m - blor de su cuerpo se hizo visible á la mi- rada pene t r an te del rey, bien que aquel á quien dirigía la palabra es tuviese casi o c u l - to en la sombra . —Esto os contrar ía , cont inuó el rey , vos que habéis hecho una guerra tan cruel á los hugonotes . Maurevel cayó de rodillas. —Si re , ba lbuceó, c r e e d . . . . — C r e o , cont inuó Carlos IX, clamando sobre Maurevel una mirada q u e empanada en un pr incipio, se t ransformó luego en casi fla- mígera, creo que teníais grandes deseos de m a t a r al a lmi r an t e que acaba de salir de aquí en Monlcontour: creo que habéis er rado el golpe, y q u e entonces os pasasteis al e j é r - cito del d u q u e de Anjou . . . . de mi he rmano; — 03 — en fin, creo que os habéis pasado á los p r ín - cipes por segunda vez, y que habéis e n - t rado á servir en la compañía de Mr. de Mony de San-Phale . —Oh! Sire. —Un bravo caballero picardo. —Sirel Sire! esclamó Maurevel , no me ab rumé i s . —¡Era un digno oficial! cont inuó Garlos IX, y según hablaba , su rostro iba tomando una espresion de crueldad casi feroz; era un digno oficial que os acogió como á un hijo, os hospedó, os vistió, os a l imentó . Maurevel dejó escapar un suspiro de d e - sesperación. —Hasta creo que le l lamabais vuestro p a - dre, continuó implacablemente el rey, y que os ligaba á su hijo el joven do Mony, la amistad mas t ierna. Maurevel s iempre arrodil lado se encorvaba mas y mas,destrozado por las pa labras de Car- los IX, que permanecía de pie impasible y semejante A una estatua q u e solo tuviese vi- da en los labios. —A propósito, continuó el rey, ¿no eran diez mil escudos los que debía pagaros el d u q u e de Guisa, en el caso de que hubieseis muer to al a lmirante? El asesino cons ternado, golpeaba el suelo con la frente. — E n cuanto al señor de Mony, vues t ro p a - dre, le escoltabais uu dia en un reconocimiento — f).t — que quiso hacer hacia Chevreux . Dejó caer su látigo, y se apeó para recogerle, l is tabais solo con él , tomasteis una pistola de vuestras p i s - toleras, y en tanto que él se incl inaba, le r o m - pisteis los r íñones; luego, viéndole muer to , por- que le matasteis del pr imer t i ro, os tugasteis en el mismo caballo que os habia dado . Creo que esta es la historia; y como Maurevel permanecía mudo ó esta acusación, cuyos detal les eran tan verdaderos , Carlos IX. se puso de nuevo á silvar con la misma precisión, y la misma melodía, la misma canción de caza que habia silvado an tes . —Hola! hola! señor asesino, dijo después do un ins tan te . ¿Sabéis que longo grandes deseos de haceros ahorcar? —¡Oh! magostad! esclamó Maurevel . —El joven de Mony me lo suplicaba aun ayer , y á la verdad yo no sabia que responder- le, porque su petición era muy j u s t a . Maurevel j un tó las manos . —Con tan to mas motivo que como vos me decíais soy el padre del pueblo, y que como yo respondí , «ahora que estoy reconciliado con los hugonotes , son tan hijos mios como los ca tó - licos.» —Si re , dijo Maurevel comple tamente desa - n imado , mi vida está cu vuest ras manos, haced de ella lo que querá is . —Tenéis razón, y yo no daria por ella un óbolo. —Pero Sire, p reguntó el asesino, ¿no habrá un medio de redimir mi crimen? — 65 — —No sé n inguno . . . . en fin, si me hal lase en ¡ugar vuest ro , io que no sucede, ¡á Dios gracias! —¿Y bien, siró ¿si estuvieseis en lugar mió? murmuró Maurevel con la mirada sus- pendida en los labios de Car los . . . —Creo que sabría salir del apu ro , conti- nuó el rey. Maurevel se levantó sobre una rodilla y una mano, lijando sus miradas sobre C a r - los, para asegurarse de que no se bu r l aba de él. Sin duda (pie amo mucho al joven de Mony prosiguió el rey, pero también amo mucho á ni i primo Guisa, y si este me pidiese la vida (fe mi hombre cuya muer te me h u b i e - se pedido el otro, confieso que me vería m u y embarazado para decidir . No obs tan te , en buena política como en buena religión, de - bería conceder lo que me pidiese mi p r imo Guisa, porque de Mony, a u n q u e es un c a - pitán valiente, es bien poco comparado con un príncipe de la casa de Lorena. En tanto (pie el rey pronunciaba estas pa - labras, Maurevel se incorporaba len tamente como un hombre (pie vuelve á la vida. Luego, en la situación es l remosaen que os halláis, lo único (pie os seria útil era gana r la voluntad de mi pr imo Guisa; y á p r o p ó - sito, recuerdo una cosa que me contaba a y e r . Maurevel, dio un paso para ace rca rse . — «Figuraos, sire, me decia, que m ¡ c n e m i - TOMO S . SÍ — 66 — go mortal |tasa todas las mañanas á las diez por la calle de San Germa in - I ' -Auxe r ro i s , de vuelta del Louvre , yo le veo desde una ven tana enrejada del piso bajo; es la v e n t a - na de la habitación de mi ant iguo preceptor , el canónigo Pedro Pile. Veo, pues , pasar á mi enemigo todos los días , y lodos los dias ruego al diablo para que lo abisme en las en t rañas de la tierra.» Decidme, maest ro Slaurevel . . . . Si vos fueseis el d iablo , eso agradaría quizás á mi pr imo Guisa. Maurevel volvió á tomar su sonrisa infer- na l , y sus labios pálidos de espanto t o d a - vía, dejaron caer estas pa labras . —Pero sire, yo no tengo el poder de abr i r la t i e r r a . — Y sin embargo , se la habéis abierto al b r a - vo de Mony, si mal no me acuerdo. lis verdad q u e me diréis q u e era con una pis to la . . . y bien ¿esa pistola no la tenéis ya? —Perdonad , sire, respondió el asesino c a - si t ranqui l izado, pero tiro aun mejor con ar- cabuz que con pistola. —¡Oh! oh! dijo Carlos IX, poco le importa á mi pr imo Guisa, que sea con pistola ó ar- cabuz; estoy seguro de que no d isputará so - b r e la clase de medios. —Pero s i re , necesito una arma sobre cuya precisión pueda contar , porque tal vez ten- d r é que t i rar de lejos. f —ITav aquí diez a rcabuces , con los que acierto á un escudo de oro, á ciento cin- — 67 — cuenta pasos. ¿Queréis p robar uno? —Ohl señor, con el mayor p lacer . . . e sc l a - mó Maurevel, dirigiéndose hacia el que e s - taba colocado en una esquina , y que era el mismo que acababan de t raer á Carlos IX en el mismo dia . —Ese no, ese no , gritó el rey , ese me le reservo para mí . Uno de estos dias t e n d r é una gran caza, en la que espero se rv i rme de él; pero podéis escojer cualquiera o t r o . Maurevel desprendió un a rcabuz de uno de los trofeos. —Y ahora, sire, preguntó el asesino. ¿Quién es este enemigo? —¿Acaso lo sé yo? respondió Carlos IX, confundiendo al miserable con sus mi radas desdeñosas. Lo p regun ta ré entonces á Mr. de (luisa, balbuceó Maurevel. El rey alzó las espa ldas . —No le preguntéis nada , dijo al fin; Mr . de Guisa, no os responderá . ¿Acaso se res - ponde á semejantes preguntas? Los que no quieren ser ahorcados deben adivinar . —Pero en fin, ¿como le conoceré? -—Ya os digo que pasa todas las m a ñ a - nas á las diez por de lante de la ven tana del canónigo. —Por delante de esa venían?, muchos pa- sarán: dígnese V. M. indicarme siquiera a n a señal cualquiera (pie sea. __ 08 — — ¡Oh! eso es bien fáeil; m a ñ a n a , por e j e m - plo, llevará debajo del brazo una cartera de tafilete enca rnado . —Basta , s ire, me bas ta . —¿Tenéis aun aquel caballo que os h a d a - do Mr. de Mony, y que corre tanto? —Si re , tengo un caballo á r a b e de los mas veloces. —Ohl no temo por vos, so lamente que es bueno que sepáis , q u e el c laust ro t iene una pue r t a t r a se ra . = G r a c i a s , s i re . Ahora rogad á Dios por mí. — E h l con mil demonios! Rogad mas bien al d iablo , pues solo con su protección podréis l ibraros de la cue rda . —Adiós , s i re . —Adiós . ¡Ah! á propósi to , Mr. Maurcvel , sabed que si de una manera ó de o t ra , se oye hab la r de vos mañana an tes de las diez de la m a ñ a n a , ó si no se oye hablar d e s - pués , hay una cárcel pe rpe tua en el Louvre . Y Carlos IX se puso á silvar t r anqu i l amen te , y con mejor compás que nunca su canción favorita de caza. CAPITULO IV. La larde ddVi-de, agosto de 1572. W o habrá olvidado el lector que en el c a - pítulo anterior se hace mención de un genti l - hombre l lamado la Mole, á quien E n r i q u e de Navar ra aguardaba con la mayor i m p a - ciencia. Este joven según lo había a n u n c i a - do el a lmiran te , en t raba en París por la p u e r - ta de San Marcelo, a u n a hora bas t an te a v a n - zada de la tarde del 24 de agosto de 1572 , y arrojando una mirada desdeñosa sobre las numerosas fondas que desplegaban á derecha 6 izquierda sus pintorescos largelones , dejó pene t r a r su corcel humean te hasta el centro de la c iudad , donde después de haber a t r a - vesado la plaza Mauber t , el pe t i l -pon t , el puente de Nuestra Señora y paseado á lo l a r - go del muelle , se de tuvo al es t remo de la calle de Bresec, á la que hemos dddo d e s - pués el nombre de la calle del Árbol seco, — 70 — y á la que para mayor c la r idad , l lamaremos por su n o m b r e moderno . Es te n o m b r e le agradó sin d u d a , porque e n - t ró en ella, y l lamándole la atención una mag- nífica plancha de hierro batido chillando so - b re una varilla de hierro, t ambién ornada de campani l las , volvió la vista hacia la izquier- da y se de tuvo para leer estas pa labras : «A la buena Estrel la,» escri tas como lema bajo una p in tu ra que represen taba el s imulacro mas encantador para un viajero hambr i en to : era una polla asada en medio de un cielo negro, en t an to que un hombre de capa e n - ca rnada , tendía sus brazos , su bolsa y sus deseos, bacía este astro de nueva especie. —He a q u í , dijo el joven , una fonda que se anuncia bas tan te bien y el huésped de - be de ser sin duda un compadre m u y i n - genioso. He oido decir s iempre que la calle del Árbol seco estaba en el cuar te l dei L o u - vre; y por m u y poco que el interior del e s - tablecimiento corresponda con el anuncio , e s - t a ré aquí á las mil maravi l las . En tan to que el recien llegado ejecutaba e s - te soliloquio, otro joven que en t raba por el e s t remo contrar io de la calle, es decir , por ia calle de San Honorato , se detenia y pe r - manecía con igual es tas i s , delante de la m u e s - t ra de la Buena Est re l la . El que conocemos,al menos de n o m b r e , m o n - taba un caballo blanco, de raza española,y v e s - tía una ropilla de terciopelo negro gua rnec í - — 71 — «la de azabache. Su capa era de terciopelo color de violeta oscuro; llevaba botas de pie! negra, una espada con e m p u ñ a d u r ¡ de h ier - ro cincelado, y un puña l , parecido. Ahora si pasamos do su vestido á su ros t ro , d i remos que era un joven de veinte; y cua t ro á vein- te y cinco años, tez tos tada , ojos azules, bi- gote fino, dientes br i l lantes , en tal grado, que parecían i luminar su rostro cada vez que su boca de una forma esquísi ta , se abría para sonreirse con una sonrisa dulce y melancó- lica. El segundo viajero, formaba respecto al pr imero, el contras te mas perfecto. Bajo su sombrero de anchas alas levantadas hacia el borde, se dejaban ver ricos y a b u n d a n t e s ca- bellos mas bien encarnados que rubios . Ba- jo este sombrero , se divisaba un ojo gris b r i - llando á la menor cont rar iedad, con un fue- go tan radiante que se hubiera creído q u e era un ojo negro. El resto de su fisonomía, se componía de una tez rosada, labios delgados, cubiertos por un bigote aleonado y dientes magníficos. Era en suma con su tez b lanca , su gallarda es ta tura y ancha espalda, un h e r - moso caballero, en la acepción ordinaria de esta espresion, y en tanto que levantaba los ojos hacia todas las ventanas con el pretesto de buscar mues t r a s de fondas, las mugeres no habían cesado de mirar le : en cuanto A los hom- bres á quienes habia quizá movido á risa su capa es t recha, sus calzones ajustados y sus — TI — botas de forma ant igua , habían concluido la risa empezada , por un «Dios os guarde» de los mas graciosos, examinando esta fisonomía, que tomaba en un minu to diez espresiones di- ferentes, conservando s iempre , sin embargo , la espresion benevolente que caracteriza en t o - das ocasiones el rostro de un provincial e m b a - razado. Este fué el que se dirigió el pr imero al otro cabal lero, que como ya hemos dicho, c o n t e m - plaba como él la fonda de la Buena Estre l la . —Mordí! cabal lero, le dijo con ese acento horr ible de la mon taña , que baria conocer á un p iamontés en t re cien eslranjeros, ¿no es- tamos cerca del Louvre? De todos modos, creo que tengáis el mismo gusto que yo, y eso es m u y lisonjero pura mi señoría. —Cabal lero , respondió el otro con un acento provenzal que rio cedía en nada al acento p i a - montés de su compañero , creo en efecto que esta fonda está cerca del Louvre . No obs tan te , me pregunto todavía si tendré el honor de ser de vues t ra opinión. Lo estoy pensando . —¿No estáis aun decidido? La casa es encan- t adora . Luego yo me he dejado tentar al veros aqu í . Confesad al menos que es una linda pin- tu ra . = O h ! sin duda! y eso es j u s t amen te lo que me hace d u d a r de la realidad: me han dicho que París está lleno de t ramposos , y lo mismo se puede engañar con una mues t ra que con cualesquiera otra cosa. — 7;J — —Mordi! replicó el p iamonlés , yo no me i n - quieto por las t r ampas , y si el huésped me p re - senta una polla peor asada que la que está en la mues t r a , le pongo á él mismo en el asador, y no le quito hasta que esté r egu la rmen te achi - cha r rado . Ent remos . —Me habéis decidido, dijo el provenzal r i e n - do, tened la bondad de serv i rme de guía, os lo suplico. = O h ! por mi alma que no lo ha ré , porque no soy mas que vuestro servidor el conde Anuibal de Goconnas. —Y yo no soy mas que vues t ro servidor el conde José Bonifacio de Lerac de la Mole. — E n ese caso, caballero, d a d m e el brazo y entremos j u n t o s . El resultado de esta proposición conciliadora fué que los dos jóvenes se apearon de sus caba- llos, pusieron las br idas en manos de un p a l a - frenero, se cojieron del brazo y se ade lan ta ron hacia la puer ta de la hostería: el huésped es ta- ba de pie, sobre el u m b r a l . Pero contra la cos tumbre de esta clase de gentes , el digno propietario pareció no hacer la menor atención á los recien llegados, ocupado esclusivamenle en hablar con interés á un j o - ven, al to, seco y oculto bajo una capa de coloi- de yesca, como un buho bajo sus p lumas . Los dos jóvenes habían llegado ya tan cerca del huésped y del h o m b r e de la capa de color de yesca, qucCoconnas impacientado al ver la poca importancia que les daban , así á él como — 74 — á su compañero, tiró al huésped por la manga de la ropilla. Entonces se volvió como quien despier ta sobresal tado, y despidió á su in ter lo- cutor con un «adiós hasta la vis ta , venid p r o n - to , y sobre todo no dejéis de dec i rme la hora.» —-Ehl t u n a n t e , dijo Cocorinas, ¿no veis que hab lamos con vos? —Ahí perdón, señores , dijo el huésped , no os habia visto. — E h l Mordil era preciso vernos ; y ahora q u e ya nos habéis visto, en lugar de decirnos, señor , á secas, decid señor conde, si os place. La Mole es taba un poco mas a t r á s dejando hab la r á Coconnas, que parecía haber tomado el negocio por su cuen ta . No obs tan te , era fá- cil leer en sus cejas fruncidas, que estaba p r o n - to á venir en su ayuda apenas llegase el m o - mento de ob ra r . —Bien . . . ¿y qué deseáis, señor conde? p r e - gun tó el huésped con la mayor ca lma . —Bien! . . . . esto es ya algo mejor ¿es verdad? dijo Coconnas volviéndose hacia la Mole que h i - zo una señal afirmativa con la cabeza. El señor conde y yo, atraídos por vues t ra m u e s t r a , d e - seamos cenar y dormi r en vues t ra hostería. —Cabal le ros , mucho siento decíroslo, pero solo hay un cua r to , y temo que no sea de vues- t ro gus to . —Tan to mejor, dijo la Mole, iremos á a lo ja r - nos á otro lado. — E h ! no, no, replicó Coconnas, yo me q u e - do; mí caballo está cansado y pues vos no le queréis , yo tomo el cua r to . — 75 — —Esta es otra! dijo c! huésped conse rvando siempre la misma flema imper t inen te . Si no sois mas que uno no puedo alojaros t ampoco . —Mordí! he aquí el animal tnas bur lón q u e he vislol hace un momento , dos é r a m o s m u c b o , y ahora uno no es bas tante! T u n a n t e , di que no quieres hospedarnos. =4señores, á fó mia, ya que lo tomáis por ese tono, os hablaré con toda franqueza. —Pues habla, pero p ron to , p ron to . —Pues bien; prefiero no tener el honor de hospedaros. —Por qué? preguntó Goconnas palidecien- do de cólera. —Porque no tenéis lacayo, y con daros u n cuarto de caballero me quedar ían los de lacayo vacíos. Luego, si os doy la habitación de a m o , me arriesgo á no alqui lar las o t ras dos . —Mr. de la Mole, di joCoconnas volviéndose, ¿no os parece lo mismo que á mí , que v a m o s á hacer tajadas á este bribón? —pSs insufriblel respondió la Mole p r e p a r á n - dose como su compañero á dar de latigazos al huésped . Pero á pesar de esta doble demostración q u e no tenia nada de broma de pa r te de los g e n t i - l es -hombres que parecían es tar bien de te rmi - nados, el huésped ni siquiera se asus tó , y con- tentándose con da r un paso a t r a s a fin de es ta r en su casa. —Bien se conoce, les dijo, que estos cabal le- ros llegan de las provincias . En París ya pasó — 76 — la moda do asesinar á los fondistas que no quie- ren alqui lar sus habi taciones. Los que se matan son los grandes señores y no ¡os paisanos: y si gritáis muy al to, voy á l lamar á mis vecinos, de suer te que á vosotros serán á los (pie mole- rán á palos t r a t amien to bas t an t e indigno pa- ra gen t i l es -hombres . —Se bur la de nosotros , csclamó Coconnas exasperado , Mordil Mordi! —Gregorio, mi a rcabuz ; dijo el huésped á su criado con el mismo tono que si hubiera di- cho, u n a silla á este caballero. —Tripa del Papa! gritó Coconnas con un r u - gido, calentaos, Mr. de la Mole, calentaos. —No ta l , si os place porque en tanto que nos ca lentamos , la cena so enfriará. —Cómo ¿creéis? m u r m u r ó Coconnas. —Creo , que Mr. de la Buena Estrel la , tiene razón, solamente que no sabe por tarse bien con los viajeros, sobre todo cuando son caballeros. En lugar do decirnos b ru t a lmen te : caballeros, no os quiero hospedar; hubiera hecho mejor ea decirnos pol i t icamente , e n t r a d , señores, y po- ner después ó la cuen ta : «habitación de amo, t an to ; habitación de lacayo tanto;» atiendo á q u e si no tenemos lacayos pensamos lomar- los. Y diciendo es lo , la Mole separó dulcemente al fondista q u e ya eslendia la mano hacia su arca- buz , y haciendo pasar á Coconnas el primero, en l ró de t rás do él en la casa . —No importa , dijo Coconnas, me cuesta mu- — 77 — elio trabajo meter mi espada en la va ina , sin haberme asegurado antes de q u e pica tan bien como los cuchillos de mechar de es te t u - nante . —Paciencia, mi querido compañero , le dijo la Mole, todas las hosterías están llenas de gen t i - les-hombres, que las Tiestas del mat r imonio real, y la próxima guerra de Glandes, han r e u - nido en París, y asi no hallaríamos donde h o s - pedarnos; luego tal vez sea uso en París recibir asi á los eslranjeros . —Mordí', tenéis buena paciencia, Mr. de la Mole, murmuró Cocorinas retorciendo su bigo- te con una fspresion de rabia y devorando al huésped con sus miradas . Pero (pie tenga c u i - dado consigo ese bribón, porque sí su cocina no es do lo mejor, sí la cama está d u r a , si su vino no está embotellado al menos desde hace t res años, si su lacayo no es flexible como un junco —Ah! ahí caballero mió, dijo el huésped afi- lando sobre un cuero el cuchillo que l levaba ó la c in tura , t ranquil izaos, estáis en el país de Cocagne. Luego añadió en voz baja y sacudiendo la c a - beza: —lis te es sin duda algún hugonote; los infa- mes están tan ufanos é insolentes desde el en- lace de su Bearués con la señorita Margarita! Luego, añadió de nuevo con una sonrisa que hubiera hecho es t remecerse á sus huéspedes , si la hubiesen visto. — 78 — — E h ! ehl seria una cosa l inda, que jus ta - mente me hubiesen caido aquí los hugo to - nes y que —Eh? cenaremos? p regun tó agr iamente Co- connas in te r rumpiendo los apa r t e s de su hués- ped. —Como querá i s , señor conde , respondió este u n poco mas conten to , sin duda por el p e n - samiento que acababa de tener . — Y bien? q u e r e m o s . . . . p ron t amen te , p ron- t a m e n t e , respondió Coconnas. Y volviéndose hacia la Mole: — S e ñ o r conde, le dijo, en tan to que nos p reparan el cua r to , decidme, ¿qué os parece de París? Halláis alegre la ciudad? = N o , á fé mia, respondió la Mole, me p a - rece que no he visto aun otra cosa m a s q u e rostros ásperos ó espantados . Tal vez los p a - risienses temen la t empes tad . Mirad, ¿no veis que negro está el cielo, y q u é pesado es el i ré que corre? • —Decidme conde, ¿buscáis el Louvre , no es verdad? —Y vos t amb ién , señor de Coconnas. —Btieno; si queréis lo buscaremos j u n t o s . —Mein! m u r m u r ó la Mole, noes ya un poco tarde para salir? —Tarde? oh! no, es preciso que yo salga. Tengo órdenes precisas de llegar lo mas p ron- to ó París , y apenas llegue, comunicar con el d u q u e de Guisa. Al n o m b r e de Guisa el huésped se acer- có m u y a ten to . — 79 — —Creo que ese t u n a n t e nos escucha, dijo Coconnas que en su cualidad de p i a m o n t é s era e s t r emadamenlo rencoroso, y no podía pe rdonar al duefio do la Buena Estrel la las maneras poco civiles, con que recibía á los viajeros. —Sí , señores, os escucho, dijo este l l evan- do la mano a su gorra , pero es para s e r v í - ros. Oigo hablar del gran d u q u e de Guisa, y llego ¿en qué puedo serv i ros , señores mios? —Ahí ahí ese n o m b r e es mágico sin d u d a , porque de insolente te has vuelto obsequio- so. Mordí! m a e s t r o . . . . m a e s t r o . . . . ¿Como te l la- mas? —Maestro la Hurr íere , respondió el h u é s - ped inclinándose. —Y bien, maestro la I lur r ie re , crees q u e mi brazo sea menos pesado que el del d u - que de Guisa, que t iene el privilegio de h a - certe político? —No, señor conde , pero es menos la rgo, replicó la Hurr icre ; por otra p a r t e , añadió , es preciso deciros que este gran E n r i q u e es n u e s - tro ídolo, el ídolo de todos los que somos p a - r ientes . —Qué Enr ique? preguntó la Mole. —Creo qne no hay mas que uno, respondió el fondista. —Y cuál? — E n r i q u e de Guisa. —Perdonad , amigo mío, pero hay ot ro , del que os aconsejo no decir mal; es Enr ique de — 80 — Navarra , sin contar Enr ique do Conde, que no deja de tener su mér i to . —No los conozco, respondió el huésped . —Pero los conozco yo, dijo la Mole, y co- mo vengo recomendado al rey Enr ique de N a - var ra , os invito á no hab la r ¡nal do él de lan te de m\. El huésped sin responder á la Mole, se c o n - tentó con tocar l igeramente á su gorra , y si- guió poniendo un semblan te dulce y como de inteligencia á Coconnas. —Con que el señor va á hab la r al gran d u - que de Guisa? El señor conde os un caba l le - ro m u y dichoso, y sin iluda viene p a r a . . . —Para qué? pregunto Coconnas. —Para la función, respondió el huésped con una sonrisa s ingular . —Mejor hubierais dicho para las funciones, porque según he oido decir, Paris se d e s - hace en fiestas; á lo monos no so habla mas que de bailes, festines y ca r r e ra s ; oh! ¿no es cierto que la gente se divierto mucho en Paris? —Moderadamente , señor, al menos hasta la presente ; pero creo que se va uno á diver- tir ahora luego. — L a s bodas de S . M. oí rey do Navar ra atrajeron mucha gente á Par is , dijo la Mole. —Muchos hugonotes, si, respondió b r u s - camente la H u m e r o ; luego recordando: ah! perdón; tal voz estos señores son t ambién de la religión? —Yo de la religión! cscSamó Coconnas; soy u n católico como nues t ro santo padre i 'apa. La l lur r ic re se volvió hacia la Mole como para interrogarle; pero la Mole ó no compren- dió su mirada, ó juzgó mas apropósito no r e s - ponder á ella. —Si no conocéis á S. M. el rey de Na- var ra , maestro la l lu r r ic re , conoceréis tal vez al señor a lmirante . He oido decir que este gozaba de algún favor en la cor te , y como soy también su recomendado, desearía , si es que las señas do su casa no os ab rasan la lengua, saber dónde vive. —Vivía en la calle de Bethisty, aquí á la derecha, respondió el huésped con una sa- tisfacción tan interior, que no pudo menos de conocerse aun ester iormento. —Como? vivía? preguntó la Mole, pues q u e se ha mudado? —Sí , acaso de este mundo al o t ro . —Qué queréis decir? csclamaron á un t i em- po los dos jóvenes. VA a lmi ran te mudar se de este mundo al otro? —Ca! Mr. de Goconnas, prosiguió el hués - ped con una sonrisa maligna, sois de los de Guisa, y lo ignoráis? —¿Pero (pié? —Que antes de ayer pasando el a l m i r a n - te por la plaza de Saint Germain l 'Auxerro is , ha recibido un tiro de arcabuz delante de la casa dei canónigo Pedro Piles. —Le han muer to ! esclamó la Mole. TOJIO I. G •— H'2 — —No, no, el tiro solo le rompió el b r a - zo, y le llevó dos dedos; pero se espera que las balas estuviesen envenenadas . —Cómo, miserable! esciamó la Mole; se e s - pe ra ! . . . —Quiero decir, que se cree , replicó el h u é s - ped, no nos enojemos por una espresion; me he equivocado: y maest ro la Hurriere vol- viendo la espalda á la Mole, sacó la lengua frente á Coconnas del modo mas picaresco, acompañando este gesto con una mirada de inteligencia. — E n verdad! dijo Coconnas rad ian te . — E n verdad! repitió la Mole con una estu- pefacción dolorosa. — Es lo mismo que he tenido el honor de referíroslo, añadió el huésped . = E n ese caso, dijo la Mole, voy al Louvre sin perder un momento . ¿Encont raré allí al rey Enrique? — Es probable , porque allí hab i ta . —También yo voy, gritó Coconnas. ¿Encon- t ra ré allí al d u q u e de Guisa? — E s probable , p o r q u e acabo de verle p a - sar hace un ins tante con doscientos gent i les - h o m b r e s . — E n t o n c e s venid, Mr. de Coconnas, dijo la Mole. —Ya os sigo, respondió el p iamontés . —Y vuestra cena, caballeros? preguntó la Hurr iere . —Ah! dijo la Mole; yo cenaré quizá con el rey de Navar ra . — 83 — —Y yo con el duque de Guisa, dijo C o - eonnas . —Y yo, anadio el huésped después de haber seguido de vista largo tiempo a los dos jóvenes que tomaban el camino del Louvre, yo voy á limpiar mi celada, á mechar mi a rcabuz y af i- lar mi par tesana . Nadie sabe lo que puede su- ceder. CAPITULO VI. I'kl Lonvre en par!icniar y de la virtud en ¡¡eneral. L o s dos jóvenes, guiados por la pr imera p e r s o - na que hallaron, lomaron la calle de Averon , la de Saint Germain I' Auxerrois , y se hal laron bien pronto de lan te del Louvre, cuyas torres empezaban á confundirse en las pr imeras som- bras de la noche. —Qué tenéis? preguntó Cocón ñas á la Mole, que admirado á la vista del ant iguo edificio con- templaba ron una especie de respeto esos p u e n - tes levadizos, esas -,cotanas estrechas, y esos campanar ios agíalos que se ofrecían de repente á sus ojos. •—No lo sé, á fé mia, dijo ia Male, el corazón roo la le sin cesar . No soy t ímido en demasía, pero no sé por (pié este palacio me parece som- brío, casi t e r r ib le . —Y bien, yo no sé lo (pie me pasa, dijo Co- connas ; pero espei'imenlo una alegría ra ra . El trago es un poco á la negügé, añadió recorriendo de una ojeada su vesiido de \ iaje; poro vaya, vaya, tiene uno maneras de caballero y esto bas ta . Luego mis órdenes me recomendaban la p ron t i tud , y seré bien recibido, pues que o b e - decí p u n t u a l m e n t e . "V los dos jóvenes cont inua- ron su camino agitados por los diversos s e n t i - mientos que acababan de esper imenla r . Había buena guardia en oi Lonvre: a! pare- cer habían dobhido todas las cent inelas . N u e s - t ros jóvenes se hal laban en es t remo embaraza - dos , cuando Goeonnas, «pie había notado q u e el n o m b r e del duque de Guisa era una especie de ta l ismán para con todos los par is ienses , se acer- có á un cent inela , y r ec l amando ese nombre Todo-poderoso , p reguntó si con esa sa lvaguar - dia no podía p e n e t r a r en el Louvre . Es te nombre pareció hacer sobre el soldado su efecto ordinar io ; sin embargo , p reguntó a Coconnas si no tenia la cont raseña . Goeonnas se \ ió forzado á confesar q u e no la tenia . — E n t o n c e s largo caballero mió, dijo el soldados. En esto instante un hombre que hablaba con el oficial de la guardia, y que en lauto que ha - blaba había dido á Coconnas reclamar su a d m i - sión en el l.ouvro, in ter rumpió su conve r sa - ción, y viniendo hacia el ¡'¡amonios, io dijo: —¿Querer los á mon'-cr (ionisa? —Yo querer hablar le , dijo Coconnas s o n - riendo. —Imposiblel El d u q u e oslar con ei rey. —No importa , traigo una car ta orí qnc SO me ordena venir pronto a Par is . —Ahí ios, haíor una carta do afiso? —Sí , y llego do muy lejos. = A h l fos llegar de muy lejos? —Vengo del Piamonle . —Píen, píen, oso es otra cosa. Y fos lia- mar . . . . ? —El conde Annibal de Cocorinas. —Tadme la ca r ia , morinir Annipal , t a d m e . —lie aquí un buen hombro , so dijo la Mole. ¿No podro yo haya r otro semejante para i n t r o - ducirme con el rey do Navarra? —Pero, lad la car ta , cont inuó oí gentil h o m - bro aloman, esieiuliendo la mano hacia Cocori- nas (pie aun dudaba . —ilord i l replicó el Piamonlés , desconfiado como un medio italiano, no só si debo . . . No tengo el honor do conoceros caballero. = S o y Pesme, y borlenecü al d u q u e de (jouisa. —Pesme . . . m u r m u r ó Coconnas, no conozco ese nombre . — 80 — — E s Mr. de Besme, cabal lero, dijo el cent i- nela; la pronunciación os engaña, he aquí lo que hay . Dad vuestra car ta al señor, que yo os r e spondo . — A h ! Mr. de Besme! esclamó Coconnas Yo lo creo, que os conozco, y con el mayor placer, hó anuí mi car ta , y escusad mi descon- fianza, porque es preciso desconfiar cuando se quiere ser fiel. —Píen , pien, no tenéis necesidad de esgusa . —A fe mia, cabal lero, dijo la Mole ace rcán - dose á su vez, pues que sois tan bondadoso, ¿querríais encargaros de mi carta al mismo t iempo que lleváis la de mi compañero? —Gomo fos l lamar? = E I conde Lerac de la Mole. —El gonte berag de la Mole? — S i . — M i n o gonocer fos. — E s bien sencillo, que no me conozcáis; soy cs t ranjero , y llego esta l a rde de bien lejos, lo mismo que e leendo de Coconnas. —¿Y te tonde llegar tos? —De Provenza . —¿Con eina carta lampión? — S í , con una ca r t a . — P a r a monsir deGouisa? — N o ; para S. M. el rey de N a v a r r a . —Yo no soy de Nafarra, monsir , respondió Besme con una frialdad súb i ta , y así no puedo encargarme de íueslra car ta . Y volviendo la espalda á la Mole, en t ró en el Louvre , haciendo una seña á Coconnas p a - ra que ie siguiera. La Mole quedó solo. En el mismo ins tan te , salió por la puer ta del Louvre , paralela, á la (pie hahia dedo e n - trada á Bosnio y á Coconnas, una tropa de gent i les-hombres á caballo, que ascendía lo menos á ciento. —Ahí ah! dijo el centinela á su ca .narada , es de Mouy con sus hugonotes , están r ad i an - tes. El rey les habrá promet ido la muer t e del asesino del Almirante , y como es el mismo que mató al padre de Mouy, el hijo matará dos pá- jaros de un t iro. —Perdonad , respondió la Mole, dirigiéndose al soldado; ¿pero no habéis dicho, mi bravo camarada, (pie este oficial era Air. de Mouy? — J u s t a m e n t e . —V que los que le acompañaban e r a n . . . —Eran parpailloles id). —Gracias, dijo la Mole Ungiendo no aperci- birse del término despreciativo empleado por el centinela, lio aquí todo lo que deseaba s a - ber . Y dirigiéndose hacia el gefe de los caba- lleros; —Señor , le dijo abordándole , acabo de s a - ber que sois Mi', do Mouy. —En efecto, respondió el oficial con c o r - tesanía. (1) Xoinbrc desprecia!ico con que designa el pueblo ú /os protestantes.—'A7, déla T.) — 8 8 — Vuestro n o m b r e , har to conocido en t re los de la religión, me anima á dir igirme ú vos pa- ra pediros un favor. — C u á l ? — Pero antes de lodo, ¿á quién t e n - go el honor de hab la r . —Al conde I.erac de la Mole. Los dos jóvenes se sa ludaron . —Üs escucho, dijo d c M o u y . —Llego do Aix con una car ta de Mr. de Aunac , gobernador de Pro venza. l ista car ta cont iene noticias impor tan tes y urgentes , y está dirijida al rey de Nava r r a . ¿Cómo podré remit írsela? ¿cómo podré en t r a r en el Lou- vre? - - N a d a mas fácil que en t r a r en el Louvre , cabal lero , solo t emo q u e el rey de Navar ra es - té ahora demas iado ocupado, para recibiros. Pero no impor ta , »i queréis seguirme, os con- duci ré hasta su c u a r t o . El resto es cuenta vues t r a . —Gracias , gracias mil veces. —Venid , venid, dijo de Mouy. De Mouy se apeó, puso la brida en manos de un lacayo, se encaminó al postigo, se h i - zo reconocer por el cent inela , introdujo á la Mole en el palacio, y abr iendo la puer ta de la habi tación (leí rey de Navar ra . — E n t r a d , le dijo, é informaos. Yr s a ludando á la Mole, se ret i ró. Apenas la Mole se vio solo, arrojó una m i - rada en rededor suyo . La antecámara es ta - ba vacía, pero una de las puer tas interiores — Sí) — estaba abier ta , dio algunos pasos, y se halló en un pazadizo. Tocó á la puer ta , l lamó, nadie respondía . El nías profundo silencio reinaba en toda esta pe r íe del Louvre. —Y me hablaban de esta et iqueta tan s e - vera! pensó la Mole, cuando se viene y se va en el interior del palacio, como en una plaza pública. Llamó de nuevo , pero sin ob tener mejor resultado que la pr imera vez. —Vamos, vamos adelante , t a rde ó t e m p r a - no acabaremos por hal lar á a lguno. Y echó á andar por el pasadizo que era cada vez mas sombrío. Abrióse de repente la puerta s i tuada al es- tremo opuesto del pasadizo, y aparecieron en ella dos pages que llevaban an torchas en las manos, i luminando á u n j niuger de una e s - la tura imponente , de un rostro niagestuoso, y sobre todo de una hermosura admi rab le . La luz dio de lleno sobre la Mole, que q u e - dó inmóvil . La dama se de tuvo, lo mismo que la Mole. —Qué queréis? preguntó al joven con una voz (jue resonó en sus oidos como una m ú - sica deliciosa. —Oh! señora! dijo la Mole bajando los ojos, cscusíidme, os lo suplico. Acallo de s e p a r a r - me de Mr. de Mouy, que ha tenido la b o n - dad de conduci rme hasta aquí , y busco al rey de Nava r r a . — 90 — — S . M. no está en este cuar to , me p a - rece quees t á con su cuñado . Pero en su ausen- cia ¿rio podríais decir á la reina? —Sin duda , replicó la Mole, sin duda si a lguno se dignase conduc i rme delante de ella. —Ya estáis . —Como! esclamó la Mole. —Yo soy la reina de Nava r ra , dijo Mar- gar i ta . La Mole hizo un movimien to tan brusco de pavor y de temor , que la reina se s o n - r ió . —Hablad p ron to , p ron to , le dijo, porque me agua rdan en la habitación de la reina ma- d r e . —Obi señora! si os aguardan por i n s t a n - tes , pe rmi t idme que me aleje, po rque me s e - ria imposible e s p i g a r m e aho ra . . . . No puedo reuni r dos ideas; vuestra vista me ha d e s l u m - h rado . Ya no pienso; admiro . Margarita se adelantó llena do gracia y de bondad hacia el hermoso joven , que sin s a - ber lo , acababa de esplicarse como el cortesano mas refinado. —Tranqui l izaos , joven, agua rda ré , y me a g u a r d a r á n , dijo la reina. —Ohl pe rdonadme, señora, si no he s a lu - dado á V. M. con todo el respeto (pie tiene derecho á exigir de sus mas humildes s e r - vidores, pero —Pero , cont inuó Margari ta , me habíais t o - mado por una de mis mugeres . — !)1 — —No, sonora; os haliia tomado por Ha s o m - bra de la hermosa Diana de Poiliers. Me han dicho que se aparecía en el L o u v r e . —Vamos , caballero, ya no me inquieto por vos: liareis fortuna en la cor te . Me habéis d i - cho que traéis una carta para el r ey , ¿es ve r - dad? Era inútil , pe ro . . . . Pero no impor ta , d á d - mela. ¿Donde está? Yo so la e n t r e g a r é . D e s p a - chaos; os lo suplico. La Moledesabrochó en menos de un segundo los a lamares de su ropil la, y sacó del pecho una carta envuelta en una cubier ta de seda . Margarita tomó la car ta y miró el sobre . —No sois Mr. de la Mole? —Sí , sí, señora. Oh! Dios miol tendr ía yo la dicha de que mi nombre fuese ya conocido de V. M.? —Le he oído pronunc ia r al rey mi esposo y á mi hermano el d u q u e de Alencon. Y deslizó en su seno cubier to de bordados y pedrerías, aquella carta que saüa de la ropilla del joven, y que estaba tibia aun del calor de su pecho. La Mole seguía ávidamente con los ojos, todos ¡os movimientos de Margarita. —Ahora , cabal lero, bajad á la galería, y aguardad hasta que venga alguno de parte del rey de Navarra ó del duque de Alencon. Uno de mis pages os conduc i rá . A estas palabras Margarita continuó su c a - mino. La Mole se a r r imó cuanto pudo á la pared., — {):> — pero el pasadizo era tan estrecho y las faldas de! vestido de la reina tan anchas , que la seda tocó al pasar el vestido del joven , en tanto que un perfume penet rante se esparcía por donde ella había pasado. Un es t iemecimientosúbi to recor- rió lodos los mionbros ile la Mole, y conociendo q u e iba á caer se apoyó contra la pared . Marga- rita desapareció como una visión. = V e m s , caballero? le preguntó el pago encar- gado de conducir á la .Mole á la galería i n - ferior. —Sí , si, csclamó la Mole embr iagado, pues como el joven le indicaba el camino por donde habia desaparecido Margari ta, apresurando el paso tenia todavía esperanza de, alcanzarla y volverla á ver . En efecto, al l l egará lo alto de la escalera pudo apercibir el piso inferior, y sea casual idad, sea q u e e! ruido de sus pasos hubiese llegado hasta Margarita, esta levantó la cabeza y la Mo- le tuvo el placer de volverla á ver . —Ohl esclamó siguiendo al page, esta no e i una mor ta l , es una diosa, y como dice Virgi- lio Maro: Et vera vicessu paluil, dea. —Y bien? preguntó el joven page. — A q u í es toy, respondió la Mole; perdón , ya os sigo. El pago precedió á la Mole; bajó un piso, abrió una puer ta , luego otra, y deteniéndose en el umbra l : —l!é aquí donde debéis aguardar , le dijo. — í»3 — La Mole entró en la galería, y sintió la puer ta cerrarse á sus espaldas. La galería estaba vacía, á escopcion de un joven que se pascaba en ella, y que parecía también aguardar alguna cosa. La tarde empezaba ya á hacer descender largas sómbrase l e lo alto de las bóvedas , y aunque los dos jóvenes es taban á veinte p a - sos uno de otro, no podían dist inguirse el rostro. La Mole se acercó. —Dios me perdone! m u r m u r ó cuando e s - taba á cinco ó sois pasos do su compañero , es el señor conde do Coconnas el que hallo? Al ruido do sus pasos el p iamontés se h a - bía ya vuelto, y miraba á la Molo con igual admiración. —Mordí! osclamó, el diablo me lleve si no es Mr. de la Molo ¡ouf! quo hago? ju ra r en pala- cio? pe ro . . . . ba th! parece, sor que el rey ju ra todavía mas quo yo, y hasta en la iglesia Vamos, henos aquí en el Louvre . —Ya veis, Mr. de Bosnio os ha in t rodu- cido —Sí ; esto Mr. de Besme es un buen a le- mán, pero vos . . . quién os ha servido de guía? —Mr. de Mouy. . . bien os decía yo que los hugonotes no es taban del todo mal en la cor te . Y habéis hablado al d u q u e do Guisa? —Todavía no . . . . y vos ¿habéis obtenido au- diencia del rey de Navarra? — D I — —No; pero no puede t a rda r : me han condu- cido aqu í , y me han dicho que aguardase . —Ya veréis como se t ra ta de alguna gran cena y como estamos á la mesa uno al l a - do de o t ro . . . vaya , á la v e r d a d . . . qué suerte t an singular! hace dos horas que el destino nos casa . . . p e r o . . . qué tenéis? Parecí! que estáis preocupado. —Yo? preguntó v ivamente la Mole es t reme- ciéndose, porque aun permanecía des lumhrado por la visión q u e se le había aparecido; yo? no; pero el sitio en que nos hallamos hace nacer en mí un tropel de reflexiones. —Filosóficas, ¿es ve rdad? . . . . vaya, lo mismo que á mí; j u s t amen te cuando entrasteis se me es taban viniendo á la imaginación todas las r e - comendaciones de mi preceptor . ¿Señor conde, eonoccis á Plutarco? —Gomo! dijo la Mole sonr iendo, es uno de mis au tores favoritos. — P u e s bien, cont inuó Coconnas con g r a v e - dad , me parece que ese, g rande h o m b r e no se ha engañado comparando los dones de la na tu- raleza con las p lan tas balsámicas de un per - fume perenne , y de una eficacia soberana pa- ra c u r a r las her idas . —¿Sabé is , pues , el griego, Mr. do. Cocon- nas? dijo la Mole mirando li jamente á su in- ter locutor . = N o ; pero mi preceptor lo sabia , y me ha recomendado que cuando estuviese en la cor- te refleesionase mucho sobre la v i r tud . Es to , — <>r> — me dijo ó!, es muy út i l , do modo que sobre este par t icular estoy defendido por una b u e - na coraza. A propósito ¿tenéis hambre? = N o . —No obstante , me pareció que mirabais con buenos ojos á la polia (pie está en el asador de la Buena Estrella; yo al menos me estoy muriendo de inanición. —Y bien, Mr. de Cocorinas, hé aquí una hermosa ocasión de utilizar vues t ros a r g u m e n - tos sobre la vir tud y de p robar vues t ra ad- miración por P lu tarco , porque este grande hombre dice en sus obras : «es bueno ejerci- ta r el alma en c! dolor, y el estómago en el hambre .» Prepon estilen nien psuchen odune tonde g.ister.i semo asúeni . —Ali! con (pie sabéis el griego? esclamó Co- connas esl upe laclo. —Sí , á íé m i l , respondió la Mole, mi p r e c e p - tor me lo ha enseñado. —Mordil conde, ya está aecha vues t ra for tu- na , porque en ese caso, liareis versos con el rey Carlos IX, y hablareis el griego con la reina Mar- gar i ta . —Sin contar que puedo hablar el gascón con ti de Navar ra , añadió la Mole r iendo. En este nionii nlo, el e- i remo de la galería que llegaba á las habi taciones del rey se abr ió , oyéronse algunos pasos y distinguióse en la o s - cur idad una sombra (¡un se acercaba. Esta sombra se trasi'ormó en un cuerpo, y este c u e r - po era el de Mr. de Besme. — % — Miró, se acercó á los dos jóvenes para reco- nocer el suyo, é hizo una sena á Coconnas para que le siguiese. Coconnas saludó á la Mole con la mano . De Hesme condujo ó Coconnas al es t remo de la galería, abr ió una puer ta , y se hallaron en la escalera. Detúvose entonces Besme, y mirando en re- dedor suyo y al suelo y al lecho; —Monsir Gogonas, le dijo, dónde vivís? — E n la hostería de la Buena Estrel la , calle del Árbol seco. — P u e n o , pueno , estar á dos pasos de aquí; folfeos luego á fueslra casa, y esta noche . . . . Y arrojó en rededor cuyo otra mirada . — Y bien, qué hay esta ¡tocho? preguntó Co- connas . —Sta noche folfer aquí cosí una cruz [llanca en fuestro sombrero . La contraseña será «Goui- sa.» Chut! poca cer rada . —Pero , á qué hora vendré? —Guando oigáis le doguesin. —Como le doguesin? —Sí , le doguesin: p u m ! p u m l —Ahí le tocsin! (1) — S í , sí, eso es lo que yo decía. —Bien, no fa l taré . . . . Y Coconnas sa ludando á Besme se alejó, p r e - guntándose en voz baja: —Qué diablos quiere decir esto? A qué a sun - [\) Le tocsin, locar á arrebato. — 9 7 — to tocarán á arrebato? ¡No importa! persisto en mi opinión, este Mr. Besme es un a lemán e n - can tador . ¿Aguardaré al conde de la Mole?. . . . Ah! . . . . no, no, es probable que cene con el rey de Nava r r a . Y Coeonnas se dirigió á la calle del Árbol seco, donde lo atraía como un imán la mues t ra de la Buena Estrel la . En tanto una puer ta de la galería que c o r - respondía á las habitaciones del rey de N a - varra , se abr ió , y un page se adelantó hacia la Mole. —Sois el conde de la Mole? —El mismo. —Dónde habitáis? —Calle del Árbol soco, en la Buena E s - trella. = B u e n o , es á la puer ta del Louvre . E s c u - chad . . . S. M. dice que no puede recibiros ahora, pero que tal vez os enviará á buscar esta misma noche. De lodos modos , si m a - ñana no habéis tenido noticias suyas , venid al Louvre . = Y si la centinela me rehusa la en t rada? — A h ! . . . . es ve rdad . . . la contraseña es «Na- varra;» pronunciad esta pa labra y todas las puer tas se os a b r i r á n . —Grac ia s . —Aguardad , cabal lero , tengo orden de c o n - duciros hasta el postigo, de miedo de q u e s perdáis en el Louvre . —A propósito ¿y Coeonnas? se dijo la Mole al TOMO I. 7 — 9 8 — verso ya lucra del palacio. Oh! sin duda se ha quedado á cenar con el d u q u e de Guisa. Pero al en t ra r en casa del maestro la l lu r r i c - re , la pr imera persona que apercibió fué Cecon- uas sentado á la mesa, disponiéndose á devorar una gigante tortilla de tocino. —Ohl oh! esclamó Goconnas riendo á ca rca - jadas , parece que habéis cenado con el rey de Nava r r a , lo mismo que yo con el d u q u e de Guisa. — N o , á fé mia . — Y el h a m b r e va llegando? —Creo que sí. — Y Plutarco? —Señor conde, respondió la Mole r iendo. Plu- tarco dice también en otra pa r t e , «que es p rec i - so que el que t iene parta con el que no tiene:)) ¿queréis, pues , por amor ó Plutarco, par t i r vuestra tortilla conmigo? En t an toquo comemos os prometo hab la r de la v i r t u d . — O h l . . . n o . . . no, dijo Goconnas, es bueno hab la r de la v i r tud cuando uno está en el Lou- vre , que t eme que le escuchen, y (pie tiene el estómago vacio. Ahora sentaos ahí y (tenemos. — V a m o s , está decidido; la suerte nos hace inseparab les . ¿Dormís aquí? —No sé nada . —Ni yo tampoco . —De lodos modos sé muy bien donde he de pasar la noche . —Dónde? = ü o n d e la paséis vos; esto es infalible. — <)<) — Y los dos jóvenes se echaron á reir , haciendo los honores a la tortilla del maest ro l a l l u r r i e r e , lo mejor que les fué posible. CAPITULO VI. La deuda pagada. Si el lector tiene curiosidad de saber por q u é Mr. de la Mole no ha sido recibido por el rey de Navar ra , por qué Coeonnas no había podido ver al duque do Guisa, y por qué en fin, en lugar de cenaren el Louvro faisanes, perdices y ca- brito, cenaban en la hostería de la Buena E s - trella una tortilla de tocino, os preciso q u e t e n - ga la complacencia do en t r a r con nosotros en el antiguo palacio de los reyes , y de seguir á la reina Margarita de Navar ra , cuando la Mole la perdió de vista á la en t rada de la galería . E n tanto que Margarita bajaba la escalora, el d u - que Enr ique do Guisa, á quien no habia vuel to á ver desde la noche de boda, estaba en ol g a - binete del rey. En la escalera que bajaba Mar- garita habia una salida, en el gabinete donde estaba el d u q u e do Guisa, habia una puerta y esta puerta y esta salida daban á un gran c o r - redor que conducía á las habitaciones de la r e i - na madre Catalina de Médiois. Catalina do Módicis estaba sola, sen tada c e r - ca de su mesa, el codo apoyado sobre u n l i - — 100 — bro do horns en t reab ie r to , y la cabeza r.po yada sobre su mano, no tab lemente bella aun , gracias á los cosméticos q u e le proporciona- ba el florentino Hené, que reunía el doble e m - pleo de perfumista y envenenador de la r e i - na m a d r e . La viuda de Enrique, II llevaba aun el lulo que no había dejado desde la muer te de su mar ido; era en esta época una muger de 52 á 53 años poco m á s e m e n o s , pero queeonse r - vaba gracias á su fresca robus l é i , algunos r a s - gos de su pr imera belleza. Su habitación, así co- mo su trago, exhalaba viudez. Todo era allí de un carác ter sombrío : te las , paredes , muebles . Solamente que encima de una especie de dosel q u e cubría un sillón real , sobre el cual dor- mía en este momento la galgita favorita de la reina madre , que era un presente de su yerno Enr ique de Navarra , y á la que h a - bían dado el nombre mitológico de Phoebé, se veía pintado al na tura l un arco iris, rodea- do de, esta divisa griega que le había dado el rey Francisco 1: «Plios phe re i sé de kai aithzen» que puede t raduci rse as í : «El t rae la luz y la calma.» De repente y en el momento en que la r e i - na madre parecía sumergida en un pensamien- to profundo, que hacía aparecer sobre sus la- bios p in tados de ca rmín , una sonrisa lenta y llena de d u d a s , un hombre abr ió la pue r t a , levantó la tapicería , y mostró »u rost ro p á l i - do cscla mando: —Todo va mal! — 101 — Catalina levantó la cabeza y reconoció al du - que de Guisa. —Cómo? todo va malí respondió ella: qué queréis decir, Enrique? —Quiero decir (pie el rey está apasionado mas que nunca por esos malditos hugonotes , y que si aguardamos su permiso para e jecu- tar la gran empresa , t endremos (pie agua rda r largo tiempo tal vez s iempre . —Qué ha sucedido? preguntó Catal ina con ese rostro t ranqui lo (pie le era hab i tua l , y al cual sabia dar sin embargo las espresiones mas encontradas , según lo requer ían las c i rcuns - tancias . —Hay, que en este mismo ins tan te quise por Ja centésima vez saber de S. si h a b í a - mos de seguir sufriendo las b r a v a t a s q u e se permiten los de la religión después de la herida de su a lmi ran t e . . . . —Y qué os ha respondido mi hijo? p regun tó Catalina. —Me ha respondido: «Señor d u q u e , el p u e - blo debe sospechar (pie sois el au to r del a s e - sinato cometido en mi segundo padre el señor a lmirante , defendeos como querá is . En cuan- to á mí si me insultan \ o me defenderé:» y me volvió la espalda para ir á dar de c e n a r á sus perros. — V no habéis in ten tado detenerle? —Sí; pero me ha respondido con esa voz (pie conocéis muy bien, y mi rándome con esa csprcswn que él solo posee: «Señor d u q u e , mis — 102 — perros t ienen h a m b r e , y no son hombres para que yo les haga esperar» He aquí por qué he venido á preveni ros . —Habéis hecho bien. —Pero , qué resolvéis? — T e n t a r el úl t imo esfuerzo. —Y quién le ten tará? —Yol Está solo el rey? — N o , está con Mr. do Tavanncs . — A g u a r d a d m e aquí ó mas bien seguidme de lejos. Catalina se levantó y tomó el camino d é l a habitación donde reposaban sobre tapices de Turqu ía y coginos de terciopelo, los galgos fa- voritos del rey; sobre perchas sujetas ó la pa - red es taban dos ó t res halcones escejidos y una peguila si lvestre con la que so divert ía el rey Carlos en hacer volar á los pajaritos del j a rd ín del Louvre y á los del jardín de l a sTu- llerias que se empezaban entonces á ediíioar. Duran t e el camino, la reina m a d r e habia dado á su semblan te una palidez y una e s - presion llena de agonía. Sobre sus mejillas rodaba la úl t ima ó mas bien la primera lá - g r ima . Catalina so acercó sin hacer el me- nor ru ido á Garlos IX que estaba r e p a r t i e n - do á sus perros fragmentos do to r ta , c o r - tados en porciones iguales. Hijo mió ! . . . . dijo Catalina con una voz t an temblorosa , que hizo es t remecer al rey . —Qué tenéis , señora? preguntó Carlos vol- viéndose v i v a m e n t e . — 103 — —Tengo, hijo mió, q u e vengo á pediros el permiso de re t i ra rme á uno de vues t ros c a s - tillos, cualquiera que sea . . . poco me i m p o r - ta dónde , con tal (pie esto bien lejos de Pa r i s . —Y por qué, señora? p reguntó Carlos IX fijando sobre su madre sus ojos variados q u e tan penetrantes e ran en a lgunas ocasiones. —Porque cada dia recibo nuevos ul t roges de los de la religión, po rque hoy mismo he oído á los p ro tes tan tes amenazaros en vues - t ro mismo Louvre y no quiero asistir á s e - mejantes espectáculos. —Pero en fin, madre mia, dijo Carlos IX con una espresion de convicción; les han q u e - rido malar su a lmi ran te . Un infame a se s i - no les Iiahia asesinado ya al bravo de Mouy, á esas pobres gentes; por vida do m u e r t e , m a d r e mia! que es preciso hacer justicia para sostener el reino. —Ohl estad t r anqu i lo , hijo mió no les faltará justicia; porque si vos no se la hacéis, ya se la lomarán ellos á su mane ra ; hoy so - bre Mr. de (luisa, mañana sobre mí , mas t a r - de sobre vos. —Señora! esclamó Garlos IX dejando p e r - cibir en el acento de su voz un mov imien - to de duda , ¿creéis? —Eh! hijo mió, replicó Catalina a b a n d o - nándose á toda la violencia de sus p e n s a m i e n - tos, no veis que no se t ra ta ya de la m u e r - te de Francisco de Guisa, ni de la del a l - — 101 — miran te de la religión pro tes tan te , ni de la católica, sino de sus t i tu i r muy sencil lamente el hijo de Antonio de Borbon al hijo de E n - r ique 11? —Vamos vamos , m a d r e mia, he aquí don- de volvéis á caer en vues t r a s exageraciones habi tua les . —¿Cuál es vues t ra opinión, hijo mió? — A g u a r d a r , madre mia, agua rda r . Esta pa- labra encierra toda la sabiduría h u m a n a . El mayor , el mas fuerte, y sobre todo el mas sut i l , es el que sabe agua rda r . — P u e s aguarda r enhorabuena pero y o . . . . no aguardare 5 . Catalina hizo una reverencia , y ace rcán- dose á la pue r t a , se dispuso á tomar el c a - mino do su habi tación. Carlos IX la de tuvo . —Pero en fin ¿qué es preciso hacer, m a d r e mia? Porque ante todas cosas soy jus to , y quisiera (pie todos estuviesen satisfechos de n i . Cal auna se acercó. —Venid , señor conde; dijo á Tavanncs que acariciaba la peguita del rey, venid, y decid al rey lo que es preciso hacer, según vues- tra opinión. —Lo permi te V. M.? preguntó el conde . —Habla , Tavanncs , habla . —Qué' hace V. M. en la caza cuando el j a - val! herido se arroja sobre ella? —Muerte de Dios! le aguardo á pié fir — io:> — n:e, respondió Carlos IX, y le paso la g a r g a n - la con mi venablo. —Únicamente para impedir le que os haga daño, añadió Catalina. —Y por diver t i rme, dijo el rey con una sonrisa que indicaba el valor llevado hasta la ferocidad; pero no me divertir ía en ma ta r v a s a - llos, porque al fin los hugotones son mis hijos, io mismo que loscatólicos. —Entonces , sirc, di joCalal ina, vues t ros s u b - ditos los hugolones, ha rán lo que el jabal í á quien no se pasa la garganta coa un venab lo . . . . de r r ibarán el t rono . —Bathl ¿y lo creéis, señora? preguntó Carlos IX con un aire que indicaba la poca fé que le inspiraban las predicciones de su m a d r e . —Pero no habéis visto hoy á Mr. de Mouy y á los suyos? —-Ya se vé que los he visto, pues que los acabo de dejar; pero ¿(pié me ha pedido que no sea justo? Me ha pedido la muer te del matador de su padre , y la del asesino del a lmi ran te : pues qué , madre mia, ¿no hemos castigado no- sotros también á Montgomery por la muer te de mi padre y vuest ro esposo, a u n q u e esta muer te fuese una simple casualidad? —Bien, bien, sin;, dijo Catalina picada, no hablemos mas de este a s u n t o . V. M. eslá bajo la protección del Dios (pie dá la fuerza, la sabi - duría y la confianza. Pero yo, pobre muger , á quien Dios a b a n d o n a , sin duda á causa de mis muchos [iccados, yo temo, y cedo. — too — Y Catalina saludó por segunda vez, y salió haciendo una seña r.l d u q u e d e í l u i s a que a c a - baba de en t ra r , para (pie ten tase aun el úl t i - mo esfuerzo. Carlos IX siguió á su madre con la vista, p e - ro esta vez sin l lamarla; luego se puso á acar i - ciar sus galgos, s i lvando una canción de caza. De repente so i n t e r r u m p i ó : —Mi madre es toda una imaginación real do nada d u d a . . . . id ahora á ma ta r á sangre fria a lgunas docenas de hugonotes, tan solo porque han venido á pedir justicia! pues (pié ¿no tienen derecho para ello? —Algunas docenas! m u r m u r ó el d u q u e de Guisa. —Hola! ahi estáis vos, caballero mió? . . . . di- jo el rey (ingiéralo que le apercibía en aquel m o m e n t o . Si, a lgunas docenas, ¡mire Y. « p i é m e r m a ! si alguno me d i e s ¡Siró,, quedare is desembarazado de lodos vuestros enemigos á la vez, y mañana ni uno solo existirá para r e p r o - charos la m u e r t e do los o t ros . .. ab ! entonces no digo que no , —Y bien, S/ re — T a v a n n e s , le in te r rumpió el rey, fatigáis demasiado á Margarita; volvedla á poner sobre ¡a percho; a u n q u e lleva el nombre de mí her- mana la reina de N a v a r r a , esa no es una razón para que lodo el mundo le haga caricias. Tavannes volvió á poner la pega sobre su p a - lito, y se puso á arrol lar y desarrollar - las orejas de un galgo por diversión. — 107 — = P e r o siró, ¿y si dijesen á V. M.: mañana quedará libre de lodos sus enemigos? —Y por intercesión de qué san to obrar ía i s ese milagro? — E s t a m o s á 24 de agosto, y seria por in te r - cesión de San Bartolomé. —Un bello sanio por cier to, que se ha deja- do desollar vivo! = T a n l o mejor, sirel cuanto mas haya sufri- do, mas rencor guardará á sus ve rdugos . —Y sois vos, p r imo mío, dijo el r ey , sois vos el que ha de m a t a r de aquí á mañana diez mil hugonotes . . . . con vues t ra espadila de puño de oro? ¡Ahí ¡ah! ¡ahí por vida de mi m u e r t e que me hacéis reír, Mr. de ( luisa . Y el rey reventó á reír , pero con una risa tan falsa, que el eco la hizo resonar por leda la h a - bitación como un son lúgubre . •—Sire, una palabra , una sola, prosiguió el duque estremeciédose á pesar suyo, al ru ido de esta risa que nada tenia de h u m a n o . Una seña y todo eslá p ron to . . . . Tengo los suizos, tengo mil y cien genti les-hombres, los caballos ligeros y los paisanos; por su lado, S. M. tiene sus guardias , sus amigos, su nobleza catól ica. . . . Somos veinte contra uno . — Y bien, pues que sois tan fuerte, pr imo mió, ¿á (pié diablo venís á rom: erme la cabeza con todo eso?., haced, haced sin contar c o n m i - go. . . . haced . . . . Y el rey se v o h i ó hacia sus perros. En este momento la cortina de la puer ta se levantó y apareció Catal ina. — 108 — —Todo va bien, dijo al d u q u e , insistid y c e - derá . Y la cort ina volvió á caer sin q u e Carlos IX viese á su madre , ó al menos sin que apa ren ta - se haber la vis to. —Pero siquiera, dijo el d u q u e de Guisa, es preciso que yo sepa, si ob rando según mi deseo t endré la dicha de agradar á V. M. — E n verdad , pr imo Enr ique , que me ponéis el cuchillo sobre la garganta ; pero yo me defen- d e r é . . . Muerte de Diosl . . . No soy yo rey? —Todavía no , s i re , pero si queréis lo seréis m a ñ a n a . — S í , sí, cont inuó Carlos IX. ¿Conque t a m - bién matar ían al rey de Navarra y al príncipe de C o n d e — y en mi mismo Louvre ¡ah! Y añadió con una voz apenas inteligible: — F u e r a . . . no digo que no. —Si re , eselamó el d u q u e , ambos salen esta noche á correr calles en compañía del d u q u e Alencon . . . . de vues t ro h e r m a n o . — T a v a n n c s , dijo el rey con una impacien- cia admi rab lemen te fingida, ¿no veis que m o - lestáis ó mi perro? Ven, Acteon, ven. Y Carlos IX salió, sin que re r escuchar mas, y volvió á su habi tación, dejando á Tavannes y al d u q u e de Guisa casi tan indecisos como an te s . E n t r e t a n t o pasaba en la habitación de Cata- lina otra escena de un género bien diferente. Catalina, después de haber dado al d u q u e de Guisa el consejo de sostenerse contra el rey , ha- — 109 — bia vuelto á su habitauion, donde habia ya e n - contrado reunidas todas las personas que la acompañaban ordinar iamente á la hora de acostarse . A su vuel ta , Catalina en t ró con una fisono- mía tan radiante cuanto descompuesta al t i e m - po de salir. Poco á poco fuó despidiendo con la espresion mas agradable sus doncellas y sus cortesanos, y bien pronto solo quedó cerca de ella madama Margarita, que sentada sobre un cofre cerca de la ventana ab ie r ta , mi raba el cielo, comple tamente absor ta en sus p e n s a - mientos. La reina madre , hallándose sola con su hija, abrió dos ó t res veces la boca para hablar , y dos ó tres veces un pensamíentosombr ío recha- zó hasta el fondo de su corazón las pa l ab ras que so iban á escapar de sus labios. En este momento levantó una mano la c o r t i - na de la ent rada y apareció Enr ique de N a - va r r a . La pequeña Enr ique ta que dormía sobre el t rono salló y corrió hacia é l . —Vos aquí , hijo mió? dijo Catalina e s t r eme- ciéndose, cenáis acaso en el Louvre? —No, señora, esta noche corro la ciudad en compañía de los señores de Alencon y Conde . . . creía encontrar los aquí ocupados en haceros la corle. Catalina se sonrió. —Id, caballeros, id . . . . i d . . . . los h o m b r e s son bien infelices en poder correr as í . . . No os verdad hija mia? — 110 — — E n verdad , respondió Margarita, la l iber- tad es tan bella y tan dulce! —Es to quiere decir que yo encadeno la v u e s - tra señora? dijo Enr ique inclinándose delante de su espo?a. —No, señor, no me quejo sino que la- m e n t o la condición de las mugeres en g e - ne ra l . —¿Vais , tal vez, á ver al señor a lmi ran t e , hi- jo mió? — S í , tal vez. —Id , id, será un buen ejemplo y mañana me daréis noticias s u y a s . — I r é , señora, puesto que lo aprobá is . = Y o ! dijo Catal ina, yo no apruebo na- da pero ¿quien vá? despedid, d e s - ped id . Enriquestar allí para r emata r l e si es preciso, é impedir (pie lo loquen ai d inero , — i:s. r) — —Y movido por osla dichosa idea, Cocori- nas subió la escalera de t rá s de la I lu r r i c re á quien alcanzó muy pronto , porque a m e - dida (pie subía la i íu r r ie re , por un electo d e la rel le\ ion acertaba el paso. En el momento en que llegaba á la puer ta , siempre seguido de Coconnas, resonaron en la calle repelidos tiros de fusil. Oyóse entonces ó la Mole saltar de su lecho, y el piso chi- llar bajo sus pies. —Diablo! m u r m u r ó la I lur r icre algo tu rba - do, creo que < st;í despier to . —Así me. parece, respondió Coconnas. —Se defenderá? — E s muy suficiente para hacerlo. Decid, maestro la 1/urriere, tendría gracia (pie os ma- tase? —íluml hum! hum! dijo por lo bajo el h u é s - ped. Poro viéndose a rmado con un buen a r c a b u z , se t ranquil izó, y dio á la puer ta un pun tap ié tan vigoroso que se abr ió . Apareció entonces la Mole, sin sombrero , pe- ro completamente vestido, a t r incherado de t rás de su cama, con la espada en t re los dientes y las pistolas en las manos . —Obi oh! dijo Coconnas abriendo las narices como una fiera sal va ge que huele la sangre , es- to se hace in te resan te ,maes t ro la I lur re i re . V a - mos, vamos, ade lan te . —Ah! según veo quieren ases inarme! gri tó la Mole, cuyos ojos a r ro jaban l lamas , y c r - s t ó , miserable! — l'.id — La I lur r ic re solo respondió á este apostrofe bajando su a rcabuz y a p u n t a n d o al joven; pero la Mole había visto el movimiento , y en el mo- men to en que salió el tiro se dejó caer de rodi- llas y la bala pasó sobre su cabeza . —A mí! gritó la Mole, á mi! Mr. de C o - connas! — A mí! Mr. de Mau-evel! á mí gri tó la Hur- r íe re . — A fé mía, Mr. de la Moie, dijo Coconnas, todo lo que puedo hacer en este caso, es no ir contra vos; parece ser que esta noche ma tan todos los hugonotes por orden del rey . Libraos como podáis. — A h tra idores! asesinos! agua rdad . Y la Mole a p u n t a n d o á su vez, soltó el gatillo de una de sus [listólas. La I lur r ic re que no io perdia de vista tuvo tiempo para arrojarseá un lado, pero Coconnas que no aguardaba esta respuesta , permaneció en su sitio y la bala p a - só rasando su espalda. —Mordi! esclamó rechinando los d ien tes . . . . e s toy . . . . á los dos, pues así lo queréis! 11 Y sacando su espada se lanzó hacia la Mole; si hubiese sido Coconnas solo, la Mole le hubie- ra aguardado á pié (irme, pero tenia de t rás de sí á la I lur r ic re que estaba cargando de n u e - vo su a rcabuz , sin contar á Maurevel que respondiendo á la invitación de su huésped, subía los escalones cuatro á cua t ro . La Mole se lanzó á un gabinete inmediato y echó el ce r - rojo por den t ro . — i:57 — —Ah infame! gri taba Coconnas furioso, gol- peando la puerta con el pumo de su espada ; aguarda , aguarda. He de dar le t an t a s e s t o - cadas en el cuerpo, como escudos me has g a - nado esta noche! Ah! vengo para ev i t a r t e el sufrimiento, para impedir que le roben, y m» recompensas enviándome una bala á la espal- da? Espora, br ibón, espera! Entrctanio acercóse la l lu r r i e re , y de un s o - lo golpe que dio con la culata de su a r c a b u i , hizo volar la puer ta en ast i l las . Coconnas se precipitó en el gabinete , pero dio con la nariz en las paredes : el gabinete estaba vacío y la ventana ab ier ta . —Se habrá arrojado á la calle, dijo el h u é s - ped, y como estamos en el cuar to piso ya es- tará muer to . —O so habrá salvado por el tejado de la casa inmediata , dijo Coconnas poniendo un pié sobre el dintel do la ven tana , y d i spon ién - dose á seguirle por aquel terreno escarpado y resvaladizo. Mr. de Maurevel y la l lu r r i e re se p r ec ip i - taron sobre él y le volvieron á la habi tac ión. —Está i s loco? esclamaron á un t iempo, vais á ma ta ros . •—Hathl respondió Coconnas, soy montañés y estoy ya bien acos tumbrado á correr . Por otra pa r l e , c u a n d o un hombre me ha insidiado una voz, subir ía Irás él á los c ie - los, ó descendería Irás él á los inl ieruos, por cualquiera camino que tomase para llegar allá. Dejadme hacer. — 138 — —Vamos , vamos , dijo Maurcvel , ahora, ó ya está muer to , ó al menos bien lejos de aquí; v e - nid con nosotros, y si ese se os escapa hallareis otros mil en su lugar . —Tenéis razón, respondió Coconnas con una especie de rugido. Muerte á los hugotones! ne- cesito vengarme, y cuanto mas pronto me- jor . Y todos t res bajaron la escalera como una ava lancha . — A casa del a lmiran te ! griió Maurevel . —A casa de! a lmiran te ! repitió la l lu r r ie re . —A casa del a lmiran te ! pues (pie así lo que - réis , dijo á su vez Coconnas. Y los t res se lanzaron fuera de la fonda de la Buena Est re l la , y dejando de guardia á Gre - gorio y á otros dos muchachos , se pusieron en marcha hacia el palacio del a lmi ran te , s i- tuado en la calle do l ie th izy . Una l lamarada br i l lante y los tiros de los a rcabuces que so- naban hacia aquel lado, les servían de guia . = E h l quién viene? esclamó Coconnas; un h o m b r e sin ropilla y sin banda l —Uno (pie se salva, dijo Maurcvel. —Vos , vos , vos, que tenéis a rcabuz , g r i t a - ba Coconnas . —No á fe mía! respondió Maurcvel; yo g u a r - do mi pólvora para mejor caza. —Y vos, la l lurriere? — A g u a r d a d , aguardad , dijo el fondista a p u n t a n d o . —Si , si, aguardad , gritó Coconnas, y mien- t ras aguardáis se. sa lvará . — t;w — Y se lanzó en seguimiento do! infeliz, á quien alcanzó a! ins tante p i r q u e estaba h e - rido; pero en el momento en que por no herir le por det rás , le g r i t aba , «vuélvele , vuélvete,» sonó un tiro de a r c a b u z , silvo una bala en los oidos de Cocorina?, y el fugitivo rodó como una liebre á quien alcanza el plomo del cazador en lo mas rápido de su car re ra . Resonó á espa ldas de Gócennos un grito de triunfo, volvióse el p iamonles , y vio á la Hurriere que balanceaba su arma g r i t ando . —Ahí al menos esta vez me es t rené . —Sí , pero poco ha fallado para que me pasaseis de parte á par le . —Cuidado! cabal lero, cuidado! le gri tó la Hurriere. Cocorinas dio un salto hacia a i r a s . El her ido se habia levantado sobre una rodilla, y á v i - do de venganza, iba á herir á Coconnas con su puña l , en el momen to en que el grito de la Hurr iere previno al p i a m o n l e s . — A h ! vívora! esclamó Coconnas . Y arrojándose sobre el her ido, le hundió por tres veces su espada en el pecho hasta la guarnic ión. —Y ahora, griió, dejando al hugonote agi- tándose con las convulsiones do la agonía, ahora ó cas.i del a lmi ran te ! —Hola! hola! cabal lero , dijo Maurevel, p a - rece que os agrada? —Sí, á le mía! le respondió Coconnas, yo — 140 — no sé si es el olor ( le la pólvora q u e m e a l e - gra , ó la vista de la sangre que me escita; pero , Mordí! voy tomando gusto A la ma t an - za. Hasta ahora solo había dado bat idas al oso, ó al lobo, pero ¡por mi honorl que las ba t i - das de hombres son mucho mas d iver t idas . Y los tros volvieron á con t inua r l a e s c u r - sion que habian i n t e r rumpido . CAPITULO VIL Los asesinos. EL palacio que habi taba el a lmi ran t e , estaba como hemos dicho s i tuado en la calle de l i c t - hizy. Era una gran casa que so levantaba en el medio de un palio, y con dos alas q u e daban sobre la calle. Un muro abier to por una gran puer ta y dos verjas de hierro for- maban la en t rada de este palto. Apenas nues t ros t res conspiradores llegaron al e s l remo de la callo de Bethizy que es la continuación de la de Fossés-Saint Gormain l 'Auxer ro í s . vieron la casa del a lmirante rodea- da de suizos, de soldados y de paisanos a r - mados do pies ó cabeza. Todos tenían en la mano derecha picas, arcabuces ó espadas , y a lgunos en la mano izquierda l levaban a c h o - nes encendidos que de r r amaban sobre e s - ta escena una claridad lúgubre y vaci lante que — 1 1 1 — siguiendo el movimiento q u e le i m p r i m í a n , se esparcía sobre el enlosado, subía á lo l a r - go de las paredes, ó centel leaba sobre esta m a r viviente, en la que cada a rma a r ro j a - ba su brillo. Ejecutábase entonces la obra terrible en todas las calles de Tírecbape, E s - teban, Rertiripoirée, y sobre todo en r e d e - dor de la casa del a lmi ran te . Oíanse gritos agudos, sonaban los t i ros de los mosqueteros casi incesan temente , y de cuando en cuando veíase cruzar algún des- graciado medio desnudo , pálido, ensangren ta - do, que saltaba como un ciervo perseguido por aquel círculo de luz fúnebre, en el que parecía agitarse un mundo de demonios . Coconnas, Maurevel y la Hurr iere , conoci- dos de lejos por sus cruces b ' ancas , y acó- jalos á su llegada con gritos de bienvenida, lograron penet rar al ins tante hasta lo mas espeso de esta m u c h e d u m b r e anhe lan te y p re - surosa como una jaur ía . Tal vez no hubieran logrado pasar , pero a l - gunos reconocieron á Maurevel, y le hicieron sitio. Coconnas y la Hurr icrre so deslizaron tras él, y los t res lograron penet rar en el patio. En el centro de este palio, cuyas t res puertas habían sido forzadas, oslaba de pié un hombre, al rededor del cual , dt jaban los asesinos un vacío respetuoso, l istaba apoya- do sobre una larga espada desnuda , y los ojos lijos en un balcón que se elevaba com — á unos quince pies del suelo, estendiéndose sobre la fachada principal de la casa. Este hombre paleaba con impaciencia, y de cuando en cuando se volvia para interrogar á los que le rodeaban . — N a d a . . . . nada todavía, m u r m u r a b a . . . . Na- diel Le habrán p reven ido . . . . habrá hu ido . . . . ¿qué pensáis de esto, I)u Gast? —Imposible , monseñor . —¿Y p o r q u é ? No me habéis dicho que un momento antes de llegar nosotros, un hombre sin sombrero , con la espada desnuda en la mano y corriendo como si fuese perseguido, habia l lamado á la puer ta del a lmirante , y que le habían abierto? — S í , monseñor ; pero casi al mismo tiempo llegó Mr. de Besme, las puer tas han sido for- zadas , y la casa cubier ta do t iros. El h o m - bre ha en t rado , poro es seguro que no sale. — E h ! eh! dijo Coeonnas á la l lu r r ie re , no es Mr. de Guisa el (pie veo allí? —El mismo, caballero mió. Sí, es el gran E n r i q u e de Guisa en persona, que aguarda sin duda á que el a lmi ran te salga, para ha- cer con él, lo (pao el a lmirante ha hecho con su p a d r e . A cada uno le toca su vez, c a - ballero mió, y á Dios gracias hoy es la n u e s - t ra . —Ola! Besme! ola! gritó el duque con voz potente , ¿rio está concluido todavía? Oyéronse entonces en la casa algunos gri- fos, luego t iros, y después un gran ruido de — I.'C-Í — movimiento do pies, y a r m a s q u e se chocaban unas con otras , á lo que sucedió un nuevo silencio. El d u q u e hizo un movimiento para preci - ia tarso hacia la casa. íuc—Monseñor, monseñor, le dijo l)u Gast acer- cándose, á él y deteniéndole, vues t ra digni- dad os ordena quedar , y agua rda r . —Tiene.; razón, l)u Gast ; gracias! agua rda - res pero á la verdad , muero de impacien- cia y de, inquie tud . Ah! si se me escapase! De repente el ruido de pasos se acerca . . . ios cristales del pr imer piso se i luminan con una claridad semejante á la de un incendio. La ventana sobre la que el duque había fi- jado los ojos tantas veces, se abr ió , ó por Mejor decir, voló en ast i l las , y apareció en el balcón un hombre con e! rostro pálido y el corbatín blanco, todo salpicado d e s a n g r e . —üesir.e! gritó el d u q u e . Al Un, eres tú! y bien! —lióle aquí , lióle aquí , respondió fríamen- te el a lemán que, se, inclinó y se. volvió á i n - corporar al momento levantando al parecer un peso muy considerable . —Pero ¿y los otros? preguntó con impacien- cia el duque , ¿los otros? —Los otros , acaban con los otros — Y tú qué has hecho? .-.r_.Yo? lais á fer! regulad un. poce,. El duque dio un paso a t rás . Entonces pudo ya dist inguirse o! objeto que — 1M — Besme a r r a s t r aba con t an to esfuerzo. Era el cadáver de un anciano. Levantóle con trabajo sobre el balcón; balanceóle un i n s - t an t e en el vacío, y le dejó caer á los pie? de su amo . El ruido sordo de la caída, y los borbol nes de sangre que sal taron del cuerpo, y m a - tizaron el piso á larga dis tancia , inspiraron pavor aun al mismo d u q u e ; pero .este s e n - t imiento du ró poco, y la curiosidad hizo que cada uno se adelantase algunos pasos, y que la luz de un hachón viniese á oscilar sobre la víc t ima. Distinguióse entonces una barba blanca, un ros t ro venerable , y unas manos cr ispadas por la m u e r t e . —El a lmi ran te ! esclamaron á un t iempo vein- te voces que callaron en el mismo ins tan te . — S í , el a lmirante! dijo el duque acercándose al cadáver para contemplar le con una alegría silenciosa. —El a lmirante! el a lmi ran te ! repitieron á media voz todos los testigos de esta terr ible es - cena, es t rechándose unos contra otros, y acer- cándose t ímidamen te al gran viejo que yacía tendido en el suelo. — A h ! hete aquí , (¡aspar, dijo el d u q u e de Guisa t r iunfan te , l ias hecho asesinar á mi pa- dre , y yo me vengo. Y osó poner el pié sobro el pecho del héroe pro tes tan te ; poro entonces los ojos del mor i - bundo se abr ieron haciendo un esfuerzo, su — U 5 — mano ensangrentada y moldada se crispó por la última vez, y el a lmi ran te , sin salir de su inmovilidad, dijo al sacrilego con voz sepulcra l : —Enrique de Guisal También tú sent i rás un dia sobre tu pecho el pié del asesino. Yo no he muerto á tu padre , ¡Maldito seas! El duque pálido y t emblando , á pesar suyo, sintió correr por sus venas el hielo; se pasó la mano por la Trente como para alejar la fúnebre visión, y cuando la volvió á dejar caer , cuando osó fijar de nuevo los ojos sobre el a lmi ran te , los del venerable anciano se habían ya cerrado, su mano estaba inerte , y una ola de sangre ne- gra que se esparcía do su boca sobre su barba blanca, había reemplazado á las ter r ib les pa l a - bras que aquella boca acababa de p r o n u n c i a r . El duque levantó su espada con un gesto de resolución desesperada . —Y píen, monsir , le dijo Besme, ¿estáis gon- tento? —Si, bravo mió, sí, respondió Enr ique , por - que tú has vengado —Al dugue Francisco, ¿no es verdad? —A la religión! replicó E n r i q u e con una voz sorda, y ahora, cont inuó volviéndose hacia los suizos, los soldados y los paisanos que l lenaban el patio y la callo, ahora , amigos mios, á la obra! á la obra! —Olal buenas noches, Mr . de Besme, dijo Coconnas acercándose con una especie de a d m i - ración al aloman, que colocado aun en e! balcón enjugaba t ranqui lamente su espada . TOMO I- 10 -—Con que sois vos el que io lia despachado! esclatnaha la Humero, con ostusíasnio. ¿Y cómo lo habéis hecho, caballero mió"? —Olíí bien senci l lamente, bien sencillamen- te, lía oido ruido; abrió su puer ta , y yo enton- ces lo paso el cuospo con mi espada: pero no es esto todo . . . . creo que Tcligny se res is te . . . . le oigo gr i ta r . 15u efecto, oyéronse entonces algunos gritos de desconsuelo, (pío parcelan exhalados por una mnger , tí i luminóse una de, las alas do la galo- ría con algunos reflejos rojizos. Vióronso entón- eos huir dos hombres , perseguidos por una lar- ga hilera tío asesinos: el uno cayó muerto do un arcahuzazo , el otro pudo llegar á una ventana abier ta , y sin medir la a l tu ra , sin reparar en los enemigos que le .aguardaba/!, salló intrépi- damen te al pat io. — 'datadlo! metadle! gri taron los asesinos viendo su víctima pioVmia á escapárselos. El hombro se levantó recojiondo su espada q u e al caer so lo había escapado do. las manos, so hizo camino por medio de la mul t i tud , der - ribó tros ó cuati '», hirió á u i .o con su espada, y en medio del fuego J e los pistoletazos, en medio de las imprecaciones do los soldados furiosos, porque no le habían acer tado, pasó como un re- lámpago por delante de Comunas , (pie le aguar- daba ó la puer ta con el pcaa l en mano . —Lo toqué , gritó el pi .nnontés atravesándole el brazo con la hoja lina y aguzada. —Coboe:!' '! respondió el fugilivoazotandocon la hoja de su espada el rostro de su enemigo, ya que no tenia espacio bas t an te para a t r a v e - sarle de p u n t a . —Mil demoniosl gritó Cocorinas, es Mr. de la Mole! —Mr. de la Molel repitieron á un t iempo la I lur r ie rc y Maurevel . —F.s el que lia prevenido ;;l a l m i r a n t e , g r i - taron á la vez muchos soldados. —Máta le , má ta l e , gr i taron do todos lados. Coconnas, la Uurr iere y diez soldados se lan- zaron en seguimiento (le la Mole, (pie cubier to de sangre , y llegado á ese grado d e ox . d i ac ion q u e es el ú l t imo recurso del valor h u m a n o , corría por las calles sin mas guía q u e s u ins- t i n to . Los pasos y los gritos do ios ene in ; .•os q u e iban en pos de él , le espoleaban y p a r e c í a n da r - le a l a s . Algunas veces el ruido de una b a l a ¡ ¡ ce sil va- ha a su mismo oiiio, daba nuc\;> r«p:ii«»¡s á su car rera , pronta ya á desfallecer. No era ya a l iento , ni respiración lo que salía de s u pecho, sino un resuello sordo . . . un roneo i u;.;aio. El sudor y i.i s ana re corrían de sus cabellos v se a r ro l laban confundidos sobre sn ros t ro . Á los pocos minu tos sintió que su ropilla era muy estrecha para ios latidos d e si¡ corazón y la a r rancó . Su espada era \ a muy p sada •¡-.ara su mano, y la arrojó lejos de. s i . A v e - ces le parecía (pie se aleja h a n l o s p .^os v q u e pronto iba á verse libre d e s u s v e r d u - — 1-18 — gos, pero á los gritos de estos, los demás asesinos que pasaban cerca , l legaban, a b a n - donando su sangrienta ocupación. Apareció de pronto á sus ojos el rio que rodaba silenciosamente á su izquierda, y cre- yó (pío lo mismo que el ciervo perseguido, hallaría un placer en precipi tarse en él; solo lo fuerza suprema de la razón pudo con ' ene r - le . A su derecha estaba el Louvre, sombr ío , inmóvi l , pero lleno de gritos y ruidos sordos y s iniestros. Sobre el puente levadi/.o en t ra - b a n y salían cascos y corazas que repetían en fríos reflejos los pálidos rayos de la luna. La Mole pensó en el rey de Nava r ra , lo mismo q u e había pensado cu Coligny. Ellos eran sus solos protectores . Reunió t p - das sus fuerzas, miró al cielo haciendo en su interior voto de ab ju r a r si se l ibraba de la carnicería, hizo perder par un rodeo unos t reinta pasos á la jauría, que le rodeaba, fue- se derecho al Louvre , lanzóse sobre el puen- t e conlundiéodose en t re los soldados, recibió otra puña lada , (pie le deslizaron á lo largo de las costillas; y á pesar de los gritos, / m á - tale! ¡mátale! (pie resonaban en rededor, y al lado do é l , á pesar de la act i tud ofensiva que tomaban los centinelas, precipitóse co- mo una flecha en el palio, pasó do un pa- so al vest íbulo, tomé» la escalera, subió dos pisos, reconoció una puerta quo hal ló, a p o - yóse en ella, y llamó fuertemente con pies y manos . — !'.'.! — —Quién es? m u r m u r ó una voz de m u g c r . —Dios miol Dios miol m u r m u r ó t amb ién !a Mole. . . . vienen'.. . . los oigo. . . . helos a h i l . . . . los v e o . . . . soy yo l . . . . soy y o ' . . . . —¿Pero , quién sois vos? La Mole recordó la cont raseña . —Nava r r a l Navar ra! gr i tó . La puer ta se abrió al momento : la Mole sin ver, sin dar gracias á Gillona, hizo i r r u p - ción en un vest íbulo, a t ravesó un cor redor , dos ó t res habi taciones, llegó en fin á u n a c á - mara i luminada por una lámpara suspendida al techo. Bajo cort inas de terciopelo ílordelisadas de oro, en un lecho de encina esculpido, una muger envuelta en una bata de noche, vo- luptuosamente apoyada s o b r o u n o d e sus b r a - zos, abria unos ojos es t raviados por el e s - pan to . La Mole se precipi tó hacia ella. —Señora , esclamó, es tán m a t a n d o , es tán degollando á mis hermanos ; quieren m a t a r - me, quieren degollarme á mí t amb ién . A h í sois la reina sa lvadme. Y precipitóse á sus pies dejando un largo rastro de sangre sobre la a lfombra. —Al ver este hombre pálido, desfallecido, arrodillado de lan te de ella, la reina de Nava r - ra, que prevenida por la duquesa de Lore- na, se halda acostado vestida, enderezóse es - pantada, ocul tando su rost ro entre las manos y pidiendo socorro. — 150 — —Señorn , dijo la Molo haciendo un esfuer- zo para levantarse , en nombro del cielo, no l laméis, porque si os o y e n . . . . soy perdido! los asesinos que me persiguen subian las e s - caleras t ras ilumí ya los oigo. . . . helos ahí helos ah í . . . . = S o e o r r o ! repitió la reina de Navar ra fue- ra de si; socorro! —¡Ah! vos sois quien me habéis muer to ! dijo la Mole con desesperación. Morir por cau- sa de una voz tan dulce! morir por una m a - no tan bella! hubiera creído que era impos i - ble! Abrióse en oi mismo ins tan te la puer ta , y una jaur ía de hombres furiosos, sin aliento, con el ros t ro Meno de sangre y polvo y a r - mados de a rcabuces , a labardas y espadas des- nudas , se p r e c i p l a r o n en la c á m a r a . Coconnas venia á la cabeza: con los c a b e - llos rojos, erizados, con sus ojos de un azul pálido desmesu radamen te di la tados , con la m e - jilla destrozada por la espada de la Mole que había trazado sobre sus carnes un surco san - gr iento , el piauíonlés desfigurado de osle mo- do estaba te r r ib le . —Mordi! gritó ¡hele aquí! he leaquí ! ah! e s - ta vez n o t e nie escaparás! —Do la Mole buscó en rededor suyo una a r - ma y no la encont ró . Fijó los ojos sobre la r e i - na, y halló improsa en su semblan te la c o m p a - sión mas profunda. Comprendió entonces que solo 'ii.-srg.-irit.i podía salvar le , y se precipitó hacia ella enlazándola en sus brazos . Coconnas dio tros pasos adelanto , hirió de nuevo con la punta do su larga espada la espal- da de su eni migo, y a lgunas gotas de sangre l i - bias, y bermejas , salpicaron como un rocío, el ropago blanco y perfumado do Margari ta . Margarita vio correr sangre , Margarita sintió estremecerse esto cuerpo enlazado al suyo , y se arrojó con él en la a b o b a Tiempo era ya ' La Mole, agotadas ya sus fuerzas, es taba i m - posibilitado para hacer un movimiento , ni p a - ra huir , ni para defenderse. Apoyó su cabeza lí- vida sobre la e-palda do la joven, y sus dedo* crispados se agarraron desgarrándola , á la he r - mosa batista bordada (pie cubr ía como una ola do gasa el cuerpo do Margarita. —Ah/ señora! m u r m u r ó con una voz espiran- te, sa lvadme! listo fué todo lo (pie pudo decir . Sus ojos, velados por una nube semejante á la de la muer to , se oscurecieron. Su cabeza ago- biada, se inclinó hacia a t rás , sus brazos se e s - tendieron, su espalda se dobló, y el joven se eslendió sobre el suelo en su propia sangre , a r - r a s t r ando á la reina con él . En esto momento Coconnas, ccsaltado por los gritos, embriagado por el o ! or de la sangre, e c - sasperado por la ca r re ra a rd ien te que acaba- ba de hacer ,alargó el brazo hacia la alcoba rea!. Un ins tan te mas , y su espada hería el corazou de la Mole, y tal vez al mismo t iempo el de Margari ta . — 1 5 2 — Al aspeclo do oslo hierro desnudo, y mas acaso todavía »1 aspecto de esta insolencia b r u - ta l , la hija de los reyes , se levantó con toda su arrogancia, y arrojo un gr i to , t an lleno de es- pan to , de indignación y de rab ia , que el p ia- mon tés permaneció petrificado por un sen t i - miento desconocido para él : es verdad que si esta escena se hubiese prolongado en t re los mismos actores , ese sent imiento iba á desapa- recer como una nieve matinal que se derr i te al p r imer rayo del sol de abr i l . Abrióse de repente una pue r t a oculta en la pa red , y lanzóse á la escena un joven de diez y seis á diez y siete años, vestido de negro, pá l i - do y con los cabellos en desorden. — A g u a r d a , he rmana mia, aguarda , grito, ¡heme aquí , heme a q u í ! —Francisco! Francisco! socórreme, dijo Mar- gari ta . = E 1 duque de Alencon m u r m u r ó la Hur r i e - re bajando su a rcabuz . —Mordí! u n hijo deFranc ia ! balbuceóGocon- nas dando un paso a t r á s . El d u q u e de Alencon arrojó una mirada en rededor suyo . Vio á Margarita mas bella que nunca , desgreñada, apoyada contra la pa- red, rodeada de hombres , veíase pintado en sus ojos el furor, su frente estalla c u b i e r - ta de sudor , y su boca de e s p u m a . —Miserables! esclamó Francisco. = S a l vadme , hermano mío, decía Margar i - ta sin al iento, quieren ases inarme. — 153 — Una llama súbita i luminó el rostro pálido del d u q u e . A u n q u e estaba sin a r m a s , sostúvole sin d u - da el convencimiento de s a rango, y a d e - lantóse con los puños cr ispados, contra C o - connas y sus compañeros , que ret rocedieron espantados ante los relámpagos que salían de sus ojos. —Asesinaréis también á un hijo de F r a n - gía? veamosl les gr i taba . Luego al ver que con t inuaban re t rocediendo ante él : —Ehl mi capitán de guardias , venid aqu í , y que me ahorquen lodos estos asesinos. Coconnas, mas espantado ó la vista de es- te joven desarmado, que lo hubiera sido por una compañía de soldados á caballo, había t o - mado la puer ta . La Hurr iere bajaba las e s c a - leras con piernas de ciervo, y los soldados se chocaban unos á otros en el ves t íbulo , p a r e - ciéndoles la puer ta demasiado estrecha pa ra el gran deseo que tenian de verse fuera. Duran te esta escena, Margarita habia a r - rojado ins t in t ivamente su colcha de damasco sobre el joven desmayado y se habia aleja- do de é l . Cuando el ú l t imo asesino hubo desapareci - do, el duque de Alenoon se volvió. —Hermana mía! esclamó viendo á Marga- rita cubierta de sangre , es tarás herida? Y se lanzó hacía su hermana con una i n - quietud que hubiese hecho honor á su l e r - — 1 5 4 — n u r a , si esta t e rnura no fuese acusada de ser mayor de lo que correspondía á un hermano. — N o ; respondió ella, no lo creo,ó si lo e s - toy será l igeramente . —¿Pero esta sangre? dijo el d u q u e recor- r iendo con sus manos convulsas todo el cuer- po de Margar i ta . . . . ¿esta sangre , de dónde viene? —No lo sé , respondió la joven . Uno de esos miserables osó poner la mano sobre mí, y tal vez estaba her ido. —¡Poner la mano sobre mí he rmana! e s - c lamó el d u q u e . ¡Oh! si me le hubieras se - ñalado con el dedo, si me hubieras dicho tan solo «aquel» yo sabría a d o n d e ha l la r le ! . . . . — C h u t ! dijo Margarita. -—¿Y por qué? preguntó Francisco. — P o r q u e si os viesen en mi cuarto á esta h o r a . . . •—Pues qué , Margarita ¿no puede un he r - mano visitar á su hermana? La reina lanzó sobre el d u q u e de Alencon una mi rada tan fija y tan amenazadora al mismo t iempo, que el d u q u e dio a lgunos pasos hacia a t r á s . — S í , sí , Margarita, la dijo, tienes razón, si, me vuelvo á mi cuar to , pero tú no puedes q u e - d a r sola d u r a n t e esta noche terr ible : ¿quieres que l lame á Gillona? —No, no, á nadie; vote Francisco, vete por donde has venido. El joven príncipe obedeció, y apenas había — loó — desaparecido, cuando Margarita, oyendo u n suspiro que salia de detrás de su cama, se lanzó hacia la puerta (!••! corredor secreto, la echo el cerrojo, corrió á la otra pue r t a , y la cerró t a m - bién, á t iempo (pie pasaban como un hu racán por el estremo del corredor un pelotón de a r - queros y soldados persiguiendo á los hugonotes que habitaban en el Lonvrc . Entonces, después de haber m i r a d o en r e - dedor suyo con atención para ver si es taba bien sola, volvió hacia la alcoba, en t ró en el espacio que quedaba ent ro la cama y la p a r e d , l evantó la colcha de damasco, que había ocultado el cuerpo de la Mole de las miradas del d u q u e d e Alencon, ar ras t ró haciendo un esfuerzo, la m a - sa inerte hasta el medio de la alcoba, y viendo que ei infeliz respiraba todavía, se sen tó , a p o - yó la cabeza del joven sobre sus rodillas, y le arrojó agua en e! rostro para hacerle volver en sí. Solo entonces, cuando el agua hubo l evan ta - do ei velo de pólvora y sangre que cubría las facciones del herido, solo entonces pudo Marga- rita reconocer en él, al hermoso gen t i l -hombre , que habia venido t res ó cuatro lloras antes l le- no de eesislencia y de esperanza, á implorar su protección para con el rey de Navarra , y que la habia dejado tan pensat iva , al mismo t iempo que éi también se re t i raba des lumhrado por su he rmosura . Margarita arrojó un grito de espanto, porque lo que ella sentía en este momento por el herido — 150 — era mas que compasión, era in terés ; y en efec- to, el joven herido no era ya para ella un e s - t rangero , era casi un conocido; el rostro hermo- so de la Mole sostenido por su mano, estaba pálido y lánguido, á causa del dolor. Margarita, dominada por un es t remecimiento mor ta l , y ca- si t an pálida como él , le puso la mano sobre el corazón; el corazón latía a u n . Entonces e s t en - dió la mano hacia un pomo de sales que estaba sobre una mesa inmediata y se lo hizo respi rar . La Mole abrió los ojos. — O h Dios miol m u r m u r ó , dónde estoy? —Está i s salvado! tranquil izaos, salvado! di- jo Margar i ta . La Mole hizo un esfuerzo, volvió sus m i - radas hacia la reina, la devoró un i n s t a n - te con los ojos y ba lbuceó: —Oh! cuan bella sois! Y volvió á ce r r a r tos párpados lanzando u n suspi ro , como si le hubiesen d e s l u m h r a d o . Margarita arrojó un lijero gr i to . El joven p a - lideció, si era posible palidecer mas , y la r e i - na creyó por un ins tan te que aquel suspiro era el ú l t imo . — O h ! Dios mió! esclamó. Tened piedad de él . En este momento l lamaron violentamente á la puer ta del corredor . Margari ta medio so levantó, sosteniendo á la Mole por debajo de los hombros . —Quién va? preguntó la reina. —Señora , señora, soy yo; gritó una voz de muger . —Yo, la duquesa de Nevers . —Enr ique t a ! esclanió Margarita. Oh! no hay riesgo, es una amiga, ¿lo oís? La Mole hizo un esfuerzo y se levantó sobre una rodil la. —Procurad sosteneros en t an to q u e voy á abr i r la pue r t a . La Mole apoyó una mano en el suelo, y logró guardar el equi l ibr io. Margarita dio un paso hacia la puer ta ; pero detúvose, súb i tamente t emblando de e span to . —Ahí no vienes sola! gritó al fin oyendo el ruido de las a r m a s . —No; vengo acompañada de doce guardias que me ha dejado mi cuñado el d u q u e de Guisa. — El duque de Guisa! m u r m u r ó la Mole. Oh! el asesino! —Silencio, dijo Margarita: silencio; ni una pa lab ra . Y arrojó en rededor suyo una mi r ada , buscando dónde esconder al her ido. —Una espada , un puñal , m u r m u r a b a el joven. —Para defonderos? inútil: ¿no lo habéis oido? son doce y vos sois solo. —No es para defenderme, sino para no caer vivo en sus n ianos . —No, no, dijo M a r g a r i t a . n o . . . . yo os s a l - van' ' . . . . ah! este gabinete venid, venid . La Mole hizo un esfuerzo y se a r ras t ró h a s - ta el gabinete sostenido por la re ina . Mar - garita cerró la puer ta t ras él, y guardando — 158 — la llave en su bolsillo: «ni un grito, ni una queja, ni un suspiro , le insinuó al t r avés (le los ar lesonados, y estáis en salvo.» Luego echándose sobre las espaldas una c a - lía de noche, abrió la pue r t a á su amiga que se precipitó en sus b razos . —Ahí le dijo Enr ique t a , n a d a o s ha suce - dido, no es ve rdad , señora? —No, nada, respondió Margarita c ruzando la capa para que no pudiesen ver las manchas de sangre que maculaban su peinador . —Tan to mejor; pero de lodos modos , como el d u q u e de (luisa me ha dado doce guardias para conduc i rme á su palacio, y (pie yo no ten- go necesidad de tanta comit iva, quiero dejar seis á V. M. Seis guardias del d u q u e de Guisa, valen mas osla noche (pie un regimiento entero de guardias del rey. Margarita no se atrevió á rehusar ; instaló sus seis guardias en el corredor, y abrazó d á n d o - le las gracias á la duquesa de Nevers , que acompañada de sus seis guard ias se volvió al palacio del d u q u e de Guisa que eiv donde h a - bitaba en au.encia de su mar ido . CAPITULO VIH. Los asesinos. Cocorinas no había huido, so había re t i rado: la Hurriero no habia huido, se habia p r e c i - pitado. El uno habia desaparecido á la m a n e - ra del t igre, el otro á la manera del lobo. Resultó que la Hur r ie ro estaba ya en la p l a - za de Saint Germain 1' Auxerro is , cuando C o - corinas no habia salido aun del Louvre . La H u m e r o , viéndose solo con su a rcabuz en medio de los pasantes que corr ían , de las ¡Jalas que s i lvaban, y de lo.; cadáveres q u e caían de las ven tanas , unos enteros y otros á pedazos, empezó á tener miedo, y á t r a t a r de buscar p ruden t emen te el camino de su hos- tería; pero al t iempo que desembocaba de la calle de Alveroni en la del Árbol Seco, e n - contró con una tropa de suizos y de caballos ligeros, á cuya cabeza estaba Maurevel . — Y bien! esclamó este que se habia b a u - tizado á sí mismo con el nombre de a se s i - no real, ¿habéis concluido? ¿Volvéis á casa ya , huésped mió? Y q u é diablos habéis hecho de nuestro caballero piamonlés? No le hab rá s u - cedido nada malo? Seria lástima, porque iba muy bien! — 100 — —No, no lo creo, replico la Hurriere, y e s - pero que pronto se reunirá con nosotros. —De dónde venis? —Del Louvre, donde debo deciros que nos han recibido de un modo un poco rudo . —Y quién fué? —El d u q u e de Alencon. ¿Acaso no es do los nuestros? —Monseñor el duque de Alencon no per tene- ce á nada mas que á loque letoca pe r sona lmen- te : proponedle t ra ta r á sus dos he rmanos m a - yores como hugonotes , y consent i rá , s iempre q u e el negocio se haga s¡n comprometer le . Pero, ¿no vais con estos bravos , la Hurriere? —Adonde van? —Oh Dios mió! á la calle de Montorgueil; hay allí un minis t ro hugonote conocido mió; t iene muger y seis niños. Estos hereges p r o - c rean d i spa ra t adamen te . Será m u y gracioso. — Y vos, adonde vais? Oh! yo voy á un negocio pa r t i cu la r . —Decidme adonde , y no vayáis sin mí, dijo una voz q u e hizo es t remecerse á Mau- revel ; vos conocéis los buenos sitios, y yo q u i e - ro ir á ellos. —Ahí es nues t ro piamontés! dijo Maure- vel . — E s Mr. de Coconuas, dijo la Hur r i e r e . Creía q u e me seguíais. —Pestel desengancháis demasiado presto p a - ra que yo pueda seguiros; luego me separé u n poco de la línea recto, para i r á arrojar al rio — 161 — un muchacho horrible que gr i taba : «Abajo los papistas! viva el a lmiran te ! Desgraciadamente creoqueel t unan te sabia nadar . Si uno quie- re ahogar á estos miserables parail lols , es n e - cesario arrojarlos al agua como á los gatos, a n - tes que vean claro. —Ali! con que venís del Lnuvre? Sehab ia r e - fugiado en él vuestro hugonote? p reguntó Mau- revel. - S i , sí. —Pues yo le envié un buen pistoletazo, al tiempo que recogía su espada en el patio del almirante, pero no sé cómo fué que no le acerté. —Pues yo, dijo Coconnas, yo no le e r r é : le metí mi espada por la espalda hasta que la ho- ja estuvo húmeda, cinco [migadas mas a r r iba déla punta . Por otra p a r t e , le vi caer en los brazos de madama Margarita, linda mujer, Mordil No obs tan te confieso quo no me disgustaría saber de cierto que no ex is te . Ese tunante me parece de u n c a r a c t e r m u y r e n - coroso, y seria capaz de abor recerme toda la vi- lla. Pero no decíais que ibais á alguna par te? —Deseiis venir conmigo? —Deseo, no q u e d a r m e así, Mordil no he matado todavía mas que t res ó cua t ro , y c u a n - do me enfrío rao duelen las espa ldas . En m a r - cha! en marcha! —Capitán, dijo Maurevel al comandan te de la división, dadme t res hombres , é id á d e s p a - char vuestro ministro cou el res to . TOMO I . 11 Destacáronse tres suizos del grupo, y vinie- ron á reunirse con Maurevel. No obstante , las dos par t idas caminaron la una al lado de ¡a o t ra , hasta la a l tura de la calle de Tin-chape; allí los caballos ligeros y los zuizos tomaron por la calle de la Tonelería, en tanto ipie Mau- revel , Coconnas, la H u m e r o y sus tres hom- bres seguían la calle de la Ferronería , tomaban por la cabe de Troussc-Vache , y llegaban á la de Santa Avoie. — P e r o , ¿adonde diablos nos conducís? dijo Coconnas, á quien empezaba á fatigar esta lar- ga marcha sin resu l tado . — A una espedicion br i l lante y útil á ¡a vez. Después del a lmi ran t e , después de Teügny, después d é l o s p r ínc ipes hugonotes , no puede ofrecerse cosa mejor. lis en la calle del Chnu- rne, donde está nues t ro negocio, Negaremos den t ro de un momento . —Decid, le p reguntó Coconnas, la calle del Chaume no está cerca de la calle del Templo? — S í , por qué? —Ahí es que hay allí un viejo que es acree- dor de nues t ra familia, un tal Lamber t -Mer- eandon , ai que mi padre me ha recomendado que entregase estos cien nob le -á - l a - rosa , que traigo ya en la faldriquera para el electo. —Hionl he aquí una hermosa ocasión de l i- qu ida r con él . —Cómo? — P o r q u e hoy se arreglan todas las cuentas viejas. ¿Es hugonote vues t ro Mercando!1.? — 163 — —Oh! ohl comprendo . . . . gr i tó Coconnas , c o m p r e n d o . . . . debe de serlo. — C h u t ! ya hemos llegado. —¿Qué palacio es este que t iene una bande ra flotando sobre la calle? —El palacio de Guisa. —En verdad, dijo Coconnas, no podia yo de - jar de venir aquí , pues que llego á París bajo la clientela del gran Enr ique . Pero, Mordi! qué t ranqui l idad reina en este cuar te l , querido mió! A lo mas se oye de vez en cuando el ruido de algún a r c a b u z . . . . parece que está uno en p r o - vincia. El diablo me lleve jsi todo el inundo d u e r m e ! Y t n efecto, hasta el mismo palacio de Guisa parecia estar t ranqui lo como en los t iempos de mas calma. Todas las ven tanas es taban cer radas , solo brillaba una luz de t rá s de la celosía do la v e n - tana principal del pabel lón, que tan to habia llamado la atención de Coconnas apenas e n t r a - ra en la calle. Un poco mas allá del palacio de Guisa, es decir , en la esquina dé la calle del l \ ' l i l - C h a n - tier y de la de Qual re Fils, Maurevel so detuvo. ' —l ie aquí la casa que buscamos, les dijo. — E s decir , del que buscáis , dijo la Ihirr iere . —Pues que me acompañá is , la buscamos. —Cómo! ¿esta casa donde parecen dormir al mejor sueño? —Jus lamen lc l vos, la Hurr ie re , vais á u t i l i - zar la hermosa figura que Dios os ha dado por — 1(5.1 — er ror . l lamando á esa casa. Pasad vuestro á rea - buz á Mr. de Cocorinas; hace una hora que le estoy viendo devorárosle con los ojos. Si os i n - t roducen , pediréis que os dejen hablar á Mr. de Mouy. —Ah! ah! dijo Coconnas, comprendo; me pa- rece que también vos tenéis un acreedor en el cuar te l del Templo? —Cier tamente , cont inuó Maurcvel . Subiréis , pues , fingiéndoos hugonote: advert i ré is á de Mouy de todo lo que pasa, es un b ravo , y b a j a r á . . . . — Y luego que haya bajado? preguntó la Hur r i c re . —Luego que haya ba jado, le suplicaré que mida su espada eou la mia. —Por mi a lma! dijo Coconnas, que es un rasgo de caballero, y yo cuento hacer e x a c - t a m e n t e lo mismo con Lamber t -Mercandon , y si es ya muy viejo para acep ta r , me bat i ré con uno de sus hijos ó de sus sobr inos . La Hurr icre , sin repl icar , fué á l lamar á la pue r t a . Sus golpes resonaron t r i s temente en el silencio d é l a noche; abr iéronse las puer - t a s del palacio de Guisa, v asomáronse al- gunascabezas por las abe r tu ra s ; vióse en ton- ces que el palacio estaba t ranqui lo corno lo es tán las c iudades , es decir, porque estaba lleno de soldados. Es tas cabezas volvieron á esconderse casi al mismo t iempo, conociendo sin duda de que se t r a t a b a . — 1b.r> — —Vive, pues , ahí vues t ro Mr. de Mouy? preguntó Coronóos, señalando la casa donde la Hurr iere continuaba l l amando. —No, es la casa de su quer ida . —Mordí! qué galante sois! vais á dar le oca- sión de sacar la espada á los ojos de su d a - ma! Entonces seremos los jueces del c a m p o . Sin embarg», yo descaria ba t i rme en pe r sona . Mi espalda se me a b r a s a . Y vuest ro rostro? preguntó Maurevel , está muy maltratado? —Coconnas exhaló una especie de rugido. —Mordil dijo en seguida, tengo la e s p e - ranza de que ya está muer to , por que si no , volvería al Louvre para remata r le . La Hurriere cont inuaba l l amando. Abrióse entonces una ventana del p r i m e r piso, y apareció sobre el balcón un h o m b r e en calzoncillos, cubier ta la cabeza con un go r - ro de dormir , y comple tamente d e s a r m a d o . —Quien vá? les gri tó. Maurevel hizo una seña á los suizos, q u e se colocaron silenciosamente á la sombra de un esquinazo, en tanto q u e Coconnas se a p l a s - taba contra la pared. —Ah! Mr. de Mouy! sois vos? preguntó el posadero con su voz melosa. —Sí , soy yo, ¿luego? —Es (;l es éll m u r m u r ó Maurevel e s t r e m e - ciéndose de placer. = E h l señor, cont inuó la Hurr ie re , ¿no s a - béis lo que pasa? Degüellan al señor a l m i - — 16G — ran te , ma tan á nues t ros he rmanos correligio- narios . Venid al ins tan te en su ayuda , venid! —Ahí esclamó de Mouy, ya adivinaba yo que se t r a m a b a alguna cosa para esta no- che . Ah! no debía yo haber abandonado mis bravos camaradas . Ved me aqu í , amigo mió, vedme aquí , a g u a r d a d m e . Y sin volver á cerrar la ven tana , por la que salieron algunos gritos do muger a l a r - mada y a lgunos súplicas t ie rnas , Mr. de Mouy buscó su ropilla, su capa y sus a r m a s . —Ya baja, ya baja, m u r m u r ó Maurovel pá - lido de alegría. Atención, les dijo á los su i - zos al oido; luego tomando el arcabuz de ma- nos do Coconnas y soplando la mecha para asegurarse de que estaba bien encendida, ten, la Hurr iere , lo dijo al fondista que había he- cho ret irada hasta el grueso do la tropa, ten, • vuelvo á tomar tu a rcabuz . —Mordí.' esclainó Coconnas, he aquí la l u - na que sale de en t r e las nubes para ser t e s - tigo de este bello encuen t ro . Mucho daría po r - q u e Mr. Lamber t -Mercandon estuviese ahí pa- ra secundar á Mr. do Mouy. — A g u a r d a d , aguardad , dijo Maurovel. Mr. de Mouy vale él solo tanto como diez h o m - b r e s , y á pesar de (pie somos sois, tal vez t endremos bas tan te (pie hacer para d e s e m b a - razarnos d o é ! . Avanzad vosotros, cont inuó Maurovel haciendo seña á los suizos, para que se deslizasen hacia la puer ta , á fin de herirlo en el momento de salir . — 1(¡7 — —-Obi oh! dijo Cocorinas ni ver estos p r e p a - rativos; parece q u e esto no será p rec i samente como yo esperaba que fuese. Oíase ya el ruido de la bar ra que de Mouy levantaba para salir; los suizos saliendo de su rincón se habían situado cerca de la pue r t a . Maurevel y la l lurriero se acercaban a n d a n d o sobre las puntas de los pies, al paso que Cocori- nas por un resto de honradez, permanecía en su sitio, cuando la joven, en la que nadie pensaba ya , apareció á su vez sobre el balcón, y lanzó un grito terr ible , apercibiendo á los suizos, a Maurevel y á la l lu r r i e ro . De Mouy rpie había ya ent reabier to la p u e r - ta, se de tuvo . —Vuelve á subir ! vuelve á subir-', gritó la jo- ven; veo relucir a lgunas espadas , veo bri l lar ía mecha de un a rcabuz , ¡lis un lazo! —Oh! oh! replicó rugiendo el joven, a g u a r - demos un pino á ver que quiere decir es to . Y volvió á cerrar la puer ta , colocó d e n u e v o la ba r ra , volvió á echar el cerrojo, y subió . Cuando Maurevel vio que Mr. de Mouyno sa- lía ya, hizo muda r en te ramente el plan de a t a - que . Los suizos fueron á colocarse del otro l a - do de la calle, y la l lurr iero aguardó con a r - cabuz en mano que su enemigo volviese á apa- recer á la ven tana . No tuvo que aguardar' largo t iempo. De Mouy se presentó precedido de dos pistolas, de, un largo t a n respetable , q u e la l lurr iero que le estaba ya a p u n t a n d o , reflexio- nó do pronto que las ba las del hugonote no t e - — 1(i8 — nian mas camino que a n d a r para llegar á el, que su hala para llegar al balcón. Ciertamente, se dijoá sí mismo, puedo ma ta r á ese Cebadero pero este cabal lero puede ma ta rme á mí del mismo tiro también . Porque al fin, comoal r a b o de la cuenta mae- se la I lur r ie re el fondista, no era soldado mas que po rque las c i rcunstancias lo exijian, esla reflexión le determinó á re t i rarse y buscar un abrigo en un ángulo de la calle de ÍSrae, b a s - t a n t e d is tante para que tuviese alguna dificul- tad en buscar desde allí, y sobre todo por la noche, la línea que debía seguir su bala para llegar hasta Mr. de Mouy. De Mouy arrojó un grito en rededor suyo, y se adelantó enderezándose como un hombre que se prepara á un duelo. Pero viendo que nadie venia: —Ola! dijo; parece, señor avisador, que h a - béis olvidado vuestro a rcabuz á mi pue r t a . Aquí estoy; ¿qué me queréis? —Ohl esclamó Coconnas , he aquí un bravo! Tenia razón Maurevel . —Y bien! cont inuó de Mouy, amigos ó ene- migos, cualquiera que seáis, ¿no veis que os aguardo? La Hurr iere guardó silencio, Maurevel no res- pondió, y los t res suizos permanecieron t r a n - qui los . Cocorinas aguardó un ins tante ; luego viendo que nadie sostenía la acusación empezada por la Hurr iere , y cont inuada por de Mouy, dejó — 169 — su pues to , se adelantó hasta el medio de la ca- lle, y con el sombrero en la mano : —Cabal lero , dijo á de Mouy, no ven imos aquí para un ascsinuto como tal vez creeréis, sino para a s i s t i r á un due lo . . . Acompaño á uno (le vuestros enemigos que quisiera veros para te rminar galantemente una ant igua d i s - cusión. Eh! Mordil avanzad, Mr. do Maurevel; en lugar de volveros la espalda, mons iear acepta . —Maurevell esclamó de Mouy; Maurevel! el asesino de mi padre , Maurevel el asesino real! ahí sí por Dios! acepto . Y apun tando á Maurevel que iba ó l lamar a! palacio do Guisa para pedir retuerzo, l e p a - só el sombrero con una bala. Al ruido do la esplosíon y ó los gri tos do Maurevel, los guard ias que habian acompaña- do á la duquesa de Nevcrs, salieron con t res ó cuatro gent i les-hombres seguidos de sus pa- gos, y avanzaron hacia la casa de la quer ida del joven de Mouy. Un segundo tiro de pistola lanzado en medio de la t ropa, hizo caer muer to al soldado que se hallaba inmediato á Maurevel; luego do Mouy, hallándose sin a r m a s , ó al menos con a rmas inútiles, pues (pie las pistolas es taban descargadas, y sus adversar ios estaban fuera del alcance do su espada , so parapetó de t rá s de la galería del balcón. Empozaban á ab r i r se aquí y allí las v e n t a - nas de la vecindad, y, según el carácter pací- — 170 — fico ó belicoso do los hab i t an t e s , ó se volvían á cerrar ó se cr izabau de mosque tes y a r c a - b u c e s . — A mil bravo Mcrcandon, gri tó de Mouy haciendo señas á un h o m b r e anciano ya , que desde una ventana que acababa de abr i rse en- frente del palacio de Guisa, in ten taba d i s t in - guir algo en t re aquella confusión. —Llamáis , sirc de Mouy? Es á vos á quien atacan? —Sí á mí , á vos, á lodos los pro tes tan tes ; mi rad , he aquí la p r u e b a . E n efecto, de Mouy acababa de ver dirijirso contra él el a rcabuz tic la Hurr iere . Ei tiro s a - lió, pero el joven tuvo t iempo para bajarse, y la bala fuéá romper un cristal un poco m a s a r - riba de su cabeza. —Mcrcandon! esclamó Cocorinas, que á la vista de esta pendencia se estremecía de placer y que habiéndose olvidado de su acreedor , le recordaba con el apostrofe de do Mouy; (Mer- candon! calle del Templo . . . el mismo; ah! con q u e vive ahí? Bueno, bueno ; vamos á a r reg la r - nos cada uno con el nues t ro . Y en t an to que las gentes del palacio de Gui- sa forzaban las puer tas de la casa d e d o Mouy, en tan to qne Maurevel con una antorcha en la mano t r a t a b a de incendiar la casa, en tan to que rotas ya las pue r t a s se empeñaba un combate terr ible contra un hombre solo, contra un hom- bre que de cada pistoletazo ó de cada lajazo der r ibaba un enemigo, Coconnas se esforzaba — 171 — en romper con ayuda de una piedra la pue r t a de Mercandon, el ¡pie sin inquie tarse al ver es - te esfuerzo solitario, arcabuceaba desde su ven- tana lo mejor que podia. Vióse entonces iluminado lodo este cuar te l solitario, como si fuese el mediodía, y poblado el interior como el interior de un homiguero; porque seis á ocho caballeros hugonotes , acom- pañados de sus amigos y servidores , a cababan de hacer una descarga ter r ib le desde el palacio de Montmorency, y sostenidos por el fuego de las ventanas empezaban á hacer re t i rarse á los de Maurevel y á los del palacio de Guisa, á los q u e al fin acabaron por ar r inconar en el m i s - mo palacio de donde habían salido. Coconnas que no habia concluido a u n de forzarla puerta de Mercandon, a u n q u e se e s - forzaba en conseguirlo, vióse a r r a s t r ado en e s - to brusco refolon. Apoyando entonces la espal- da á la pared empezó no solamente á defender - se sino á a tacar , dando unos gritos tan ter r ib les que dominaban toda la pelea, esgrimiendo la espada á derecha ó izquierda é hiriendo á ami - gos y enemigos, hasta que logró dejar en torno suyo un ancho espacio. A medida que su l a r - ga espada t raspasaba un pecho, y (pie la s a n - gre libia que salía (le la herida salpicaba sus manos y su rostro, Coeonnas, con los ojos d i - latados, las narices abier tas y los dientes con- traidos, volvía á ganar el te r reno perdido, y se acercaba á la casa si t iada. De Mouy después de un combate ter r ib le , — 172 — sostenido en la escalera y el vestíbulo, había concluido por salir de su casa abrasada , como un verdadero héroe. En medio de la lucha no había cesado do gri tar: «A mí , Maurevel! Mau- revel! dónde estás?» ó insultándolo con ios epí- tetos mas injuriosos. Apareció en fin en la callo sosteniendo con un brazo á su querida medio desnuda y casi desmayada , y llevando un puñal en t re los d ien tes . Su espada radiante por el movimiento de r o - tación q u e él l e impr imia , t r azabac í rcu losb lan- cos ó encornados , á medida (pie la luna pla tea- ba la hoja, ó que la luz de una antorcha h a - cia bri l lar su sangrienta humedad , Maurevel habia huido, la l lur r ie re empujado por de Mouy hasta Cceoniias, (pie no lo reconoció y que le recibía con la pun ta do la espada, implo- raba gracia á los dos lados. Apareció en este momento Mercandon, y a! ver su cruz blanca , le reconoció por un asesino. El tiro pa r t ió . La Hurr iere arrojó un gri to, eslendió los brazos, dejó escapar su a rcabuz , y después de haber ensayado llegar hasta la mural la para apoya r - se en ella un momento , cayó dando con el r o s - t ro contra la t ierra . De Mouy aprovechó esta c i rcunstancia , se lanzó en la callo del Paraíso y desapareció. La resistencia do los hugonotes habia sido tal , que los del palacio de (luisa habían t e - nido que replegarse y volver á en t ra r en p a - lacio, cer rando fuertemente las pue r t a s de — IT.i — miedo de verse sitiados y cojidos en sus casas. Coconnas, embriagado de sangre y de r u i - do, había llegado á ese grado de exal tación, en que para las gentes del mediodía el á n i - mo se trueca en locura, y ni habia visto ni oído nada . Solo notó (pie sus oídos le z u m - baban con menos fuerza, (pie sus manos y su rostro se secaban un poco, y bajando la punta de su espada, no vio ya en rededor suyo mas que un honnhro tendido , el ros t ro anegado en un arroyo encarnado , y á su lado casas ardiendo. Corta fué esta t regua , porque en el momen- to on que ib i á acercarse á ese h o m b r e e n quien le pareció reconocerá la Hurr iere , a b r i ó - so la puerta de la casa que se habia v a n a - mente esforzado en quere r romper á p e d r a - das , y el anciano Mcrcandon, seguido de su hijo y de sus dos sobrinos se lanzó sobre el piamontós, ocupado en lomar al iento. —Hele aquíl hele aqui! gr i taron todos á la vez. Coconnas estaba entonces en medio de la calle, y temiendo verse rodeado por estos c u a - tro hombres que le a tacaban á la vez, con el mismo vigor de una de esas gamuzas que habia perseguido t a n t a s veces en las m o n - tañas, dio un salto a i r a s , y se halló con la espalda apoyada en la pared del palacio de Guisa. Una vez t r anqu i lo ya sobre las s o r - presas, volvió á ponerse en guardia y á tomar su tono bur lón. — 174 — — A h ! ah! padre Mcrcandon, le dijo, no me reconocéis? —Ah m i s e r a b l e ! esclamó el anciano hugo- note, al Cjontrai'io, bien t e reconozco; y v i e - nes c o n t r a mí, contra el amigo y compañero de tu padre ! —Y su acredor, no es verdad? —Sí , su acreedor, ya (p ie tú lo dices. — P u e s bien! j u s t a m e n t e , respondió Cocon- n a s , vengo á que arreglemos cuen ta s . —Cojámosle! liguémosle dijo el viejo á los jóvenes que al oír su Voz se lanzaron contra la pa red . — U n ins tan te , un ins tan te , dijo Coconnas r iendo; para a r res ta r á las gentes , necesitáis una licencia, y os habéis olvidado de pedirla al prevos le . A es tas pa labras , empezó á medir su espa- da con el joven que so hallaba mas inme- diato á el , y al pr imer choque le abat ió la m u - ñeca con su largo espadón . El infeliz retrocedió rugiendo. —Uno! dijo Coconnas . En el mismo ins tan te la ventana bajo la cual se habia refugiado Coconnas se abrió c h i - l lando ag r i amen te sobre sus goznes. Cocon- nas so sobresal tó temiendo un a t aque por e s - te lado; pero en lugar de un enemigo a p e r - cibió una muger , y en lugar del a rma ho- micida q u e ya se apres taba á c o m b a t i r , c a - yó á sus píes un precioso ramil lete do flo- res . — 175 — ——Ola 1 una muger csclamó. Saludó á la dama con su espada, y se i n - clinó para recoger el rami l le te . = G u i d a d o l valiente católico, cuidadol le g r i - tó la d a m a . Goconnas so levantó , pero no an tes que el puñal del segundo sobrino de Mcrcandon, no hubiese ya hendido su capa y herídole el ot ro hombro . Lo dama exhaló un agudo gr i to . Goconnas la dio las gracias, la t ranqui l izó con un gesto, y se lanzó sobre el sobrino segundo, que le respondió, pero al segundo choque , el pie que tenia echado hacia a t rás resbaló en la sangro. Goconnas so lanzó sobro él con la rapi- dez del gato- t igre , y le a t ravesó ol pecho con la espada. —íüenl bien! bravo caballero! gr i taba la d a - ma del palacio de Guisa; bien! allá os envío refuerzo. —No merece la pena de que os incomodéis por esto, señora, dijo Goconnas. Mas bien, si el negocio os interesa, contemplad la escena has ta o! fin, y veréis como arregla á los hugonotes Annibal Conde Goconnas. fin esto momento el hijo del anciano Mercan- don tiró casi á boca do ja r ro un pistoletazo á Goconnas, que cayó sobre una rodilla. La d a m a de ¡a ventana arrojó un gri to, pero Goconnas so lovantó;no so habia arrodil lado mas que p a - ra evitar la bala, que fué ó en te r ra r se en la pared á dos pies de la bella espectadora . — 170 — Abrióse casi al mismo t iempo la ventana de la casa de Mercandon, oyóse un grito de rabia, y una mujer anciana, reconociendo por la ban- da y la cruz blanca (pie (k)connas era un ca tó- lico, le lanzó un Horero q u e le hirió un poco mas arr iba de la rodilla. —Bueno! dijo Cocorinas, una me arroja las flores y otra los floreros. Si esto continúa van á demoler las casas . —Grac ias , madre mia, gracias, gritó el jo- v e n . —Bueno , muger , bueno,dijo el anciano Mer- candon; prosigue, pero cuidado no nos des á nosot ros . —Aguardad , Mr. de Coconnas, aguardad , di- jo la joven dama del palacio de Guisa, voy á hacer que disparen contra las ven tanas . —Ah! esto es un infierno de inugeres, de las que unas son en pro y otras en contra mia, d i - jo Coconnas. Mordíl acabemos de una vez. La escena en efecto estaba bien cambiada , y tocaba ev iden temente á su descenlace. Enfren- te de Coconnas, her ido, es ve rdad , pero con t o - do el vigor de sus veint icuat ro años, habi tuado á las a r m a s , i r r i tado mas bien que debil i tado, por los t res ó cua t ro rasguños que habia r ec i - bido, ya no q u e d a b a n mas (pie Mercandon, y su hijo. Mercandon, anciano de sesenta á se ten- t a años; su hijo un niño de diez y seis á diez y ocho años: este úl t imo, pálido, rubio y débi l , acababa de ar rojar su ¡listóla descargada y por consiguiente inút i l , y agitaba t emblando una — 177 — espada mucho menos larga que la del p i a m o n - tes. El padre a rmado solamente con un puña l y un arcabuz descargado pedia socorro. En frente una muger anciana, la madre del joven, asomada á la ventana , tenia en la mano un p e - dazo de mármol que se disponía á lanzar . E n fin, Coconnas oscilado por un lado con su d o - ble victoria, embriagado con la pólvora y la sangre, i luminado por el resp landor de una c a - sa ardiendo, exal tado por la idea de que c o m - batía á los ojos de una muger , cuya hermosura tan superior como su alio rango, le parecía i n - contestable; Coconnas, como el ú l t imo de los Horacios, había sentido redoblar sus fuerzas, y viendo (pie el joven d u d a b a , corrió hacia él , y cruzó sobre su espadíta su te r r ib le y s a n - griento espadón. Dos golpes bas ta ron para h a - cérsela sallar de las manos . En tonces Mercan- don t ra tó de rechazar á Coconnas, para q u e los proyectiles que le l anzaban desde la v e n t a - na le acertasen mejor. Pero Coconnas, t r a t ando por el contrario de paralizar el doblo a t aque del anciano Mereandon que se esforzaba en h e - rirle con su puñal , y de la madre del joven que trataba de romperle la cabeza con la piedra que se preparaba á lanzarle cojió á su adversar io por medio del cuerpo , esponiéndole á todos los golpes como un escudo, y sofocándole en su presión hercúlea. —A mil á mil me rompe el pecho! á mil g r i - taba él joven. TOMO 1. 12 —Y su voz empozó á perderse en un soni- do roneo y ahogado. Mercandon cesó entonces do amenazar y suplicó. —(¡racial gracia! M.de Cocorinas. Glaciales mi hijo único. •—lis mi hijo! es mi hijo! gri taba la ma- dre , la esperanza do nues t r a vejez; no lo ma- téis , no le matéis! —üo la ! gritó Coconnas riendo á carcajadas, que no lo mate ! pues ¿qué quer ía h tcerme con su espada y su pistola'.' —Señor , cont inuó Mercandon juntando las manos , tengo en mi casa la obligación firma- da por vuestro padre , y os lo devolveré; ten- go diez mil escudos do oro, y os los daré; longo todas las pedrerías de nuestra familia, serán vues t ras ; pero no le motéis! no lo matéis! —Y yo tengo mi amor , y os lo prometo, dijo á media voz la dama del palacio de Guisa. Coconnas reflexionó u n momento . —Sois hugonote? preguntó al joven. —Lo soy, m u r m u r ó el niño. — E n eso casóos preciso inorir ,respondió Co- connas frunciendo las cojas y acercando al pecho do su adversar io la hoja acerada y san- gr ien ta . —Morir! gritó el anciano; mi pobre niño/ mor i r ! Y resonó en el espacio un grito do la madre, t an doloroso, tan profundo, que hizo balancear por un momento la resolución salvage do Co- connas . —Ohl señora duquesa! gri taba el podra vol- viéndose hacia la joven del palacio de Guisa, interceded por nosotros, y rogaremos por vos mañana y ta rde en todas nues t r a s oraciones . —Entonces que se convier to , contestó la dama . —Soy pro tes tante , dijo el n iño . —I'ues muere! dijo Coconnas levantando su daga ¡muere! pues que no quieres la vida q u e te ofrece esa hermosa boca. Mercandon y su esposa vieron la hoja t e r - rible bri l lar como u n re lámpago sobre la ca- beza de su hijo. = H i j o mió! Olivero mío! gritó la m a d r e , ¡ab- ju ra ! abjura! —Alijural ab jura! hijo quer ida , gritó Mer- candon arraslr-ásidose á ¡os pies tic Coconnas. No nos dejes solos solos sobie la t ierra . —Abjurad todos j u n t e s , gritó Cocorina., por un credo t res almas y una villa. —Convengo, dijo c! joven. —Y nosotros t ambién , gri taron Mercandon \ su muger . —Entonces ¡de rodillasl dijo Coconnas, v que tu hijo recite palabra por palabra la ora- ción que voy á decirle. El padre fué el pr imero que obedeció. —Esloy p ron to , dijo el ióven arrodil lándose a su vez. Coconnas empezó entonces á dietario las pa- labras del credo, pero sea casualidad ó sea cálculo, el joven Olivero se había arrodi l la- — 180 — do cerca del sitio donde habia volado su es- pada . Apenas vio que su a rma estaba á tiro de mano, que sin cesar de repet ir las pa la- b r a s do Coconnas, estendió el brazo para apo- derarse de ella. Coconnas percibió el mov i - miento, a u n q u e fingía no ver le . Pero en el mo- men to en que el joven tocaba con las p u n - t a s de sus dedos cr ispados, la e m p u ñ a d u r a del a r m a , se lanzó sobre él, y le gri tó d e r - r ibándole : — A h í t ra idor! Y le hundió el puñal en la garganta . El joven ecsaló un grito, se levantó c o n - vu l s ivamen te sobre una rodilla, y volvió á caer es taba muer to ! —Ahí verdugo! rugía Mercandon, tú nos degüellas á lodos para t obá rnos los cien nobles- á-la rosa, que nos debes . . . -.--No, á Sé mial dijo Coconnas, y la prueba Y diciendo estas palabras , Coconnas arrojó á los [dos dei anciano la bolsa que su padre le había entregado al pa r t i r , pa ra l iquidar la cuenta de su deuda con su ac r eedo r . — Y la p rueba , es , cont inuó, que aquí tenéis vues t ro d inero . — Y tú , ahí líenos tu muer te , gr i tó la m a - dre desde la v e n t a n a . —¡Cuidado , Mr. de Coconnas, cuidada! gritó la dama de! palacio de Guisa . Pero antes que Comunas tuviese t iempo da volver la cabeza, para obedecer al ú l t imo a v i - so, ó para sus t r ae r se á la pr imera amenaza , — 1 8 1 — hendió el oiré una masa pesada , s i lvando, y cayó como un rayo sobro el s o m b r e r o del p iamonlés , lo rompió su espada e n t r e las m a - nos y le tendió en el suelo, so rprendido , a t u r - dido, magul lado, sin que pudiese oir el d o - ble grito do gozo y do dolor, que cruzó el espacio de derecha á izquierda. Mercandon se lanzó al ins tan te puña l en mano sobre el cuerpo de Goconnas d e s m a y a - do; pero abrióse entonces la pue r t a del p a - lacio de Guisa, y el anciano, al ver re lucir las par tesanas y las espadas h u y ó , en t a n - to que la que él habia l lamado la señora d u - quesa bolla, pero de una belleza te r r ib le á la luz del incendio, des lumbran te do p e d r e - rías y do d iamantes , alargaba la mitad del cuerpo fuera de la ven tana , con el brazo o s - tendido hacia Goconnas, y gri tando á ios r e - cien venidos. —Allíl allil en frente do mí; un cabal lero vestido con una ropilla enca rnada . Ese! ese! s í , e s e l . . . . CAPITULO IX. Muerte, misa ó Bastilla. AKGAKITA , como ya hemos dicho, habia v u e l - c o á cerrar su pue r t a , y ¡í en t r a r en su c u a r - to. Pero al t iempo (pío en t raba toda p a l p i - tan te apercibió á Gillona que inclinada hacia la puerta del gabinete contemplaba con t e r - — 182 — ror las manchas de sangre esparcidas sóbre- la cama, sobre los mueb les y sobre la a l - fombra. —Ahí señora! esclamó al ver á la reina: oh! señora 1 ¿ha muerto? —Silencio! Gillona, dijo Margari ta con eso tono de vo/. que indica la sup rema impor - tancia de la recomendación q u e se hace . Gillona calló. Margarita sacó entonces de su l imosnero una pequeña l lave dorada , abrió la puer ta del g a - binete y most ró con la mano el joven á su c a m a r e r a . La Mole habia logrado levantarse y a c e r - carse á la v e n t a n a . Habia encontrado á m a - no un puñal i to d é l o s que usaban las m u g e - res en aquella época, y al oir abr i r la p u e r - ta, le habia empuñado . —Nada temáis , le dijo Margarita, po rque os ju ro por mi alma que estáis s e g u r o . La Mole se dejó caer sobre sus rodi l las . —Oh! señora, esclamó, vos sois para mí mas que una reina, sois una divinidad. —No os agitéis así, cabal lero , esclamó Mar- gar i ta , vues t ra sangre corre lodavia . . . ¡oh! mi ra , Gillona, mira «pié pálido e s t á — Vea- mos , ¿dónde estáis herido? — S e ñ o r a . . . . dijo la Mole, p rocurando fijar sobre algunos puntos principales el dolor que recorría todo su cuerpo; creo haber rec ibi - do una puñalada en la espalda, y otra en el pecho, las o t ras , no merecen la pena de que os ocupéis de ellas. — 18:} — —Viimos & ver, dijo Margarita; (iíllona, t rae la cajita riéndolas,dan- do órdenes , dirigiendo á estos una pa labra , á aquellos una sonrisa, y á los 'pie dirigía una sonrisa mas amable , eran los que es taban mas cubierto;: de sangre y de polvo. En medio de este gran t u m u l t o que r e sona - ba en el Louvre, y le llenaba de rumores espan- — 191 — tosos, oíanse estallar los a rcabuces que se dis- paraban en la callo con mayor furia. —¡No podré llegar hasta ella! se dijo Marga- rita después de haber hecho tres t en ta t ivas i n ú - tiles hacia los a labarderos . En lugar de es tar aquí perdiendo el t iempo, vamos á buscar a mi hermano. Pasó entonces el duque de Guisa: acababa de ¡legará pa r t i c ipa rá la reina madre la m u e r t e del a lmirante , y so volvía á la carnicer ía . —Enriquel gritó Margarita: Enr ique! ¿dónde está el rey do Na vari a? El duque la contempló con una sonrisa do admiración, se inclinó sin responder , y salió con sus guardias . Margarita roí rió hacia un capitán que iba á salir del bou v re, v que a ule» de par t i r hacia cargar los arcabucos de sus soldados. — íil rey de Navarra? le preguntó ; cabal lero, dónde está el rey de Navarra? = N o lo sé . . . señora, respondió es te . No soy de las guardias di; S. M. —Ah! mi querido llenó! gritó Margarita, r e - conociendo al perfumista do Catalina, vos vos, que s.dís de la habitación de mi m a d r e . . . ¿sabéis dónde está mi marido? — S . M. el rey de Navar ra no os mi amigo, señora, y debíais recordar lo . Al contrar io, d i - ce!:, añadió con una contracción que se p a - recía mas bien /1 un gesto (pie á una sonrisa, dicen que osa acusa rme de haber envenenado á s u m a d l e por orden de la reina Catalina. — 192 — —No, no, esclamó Margarita, no lo creáis, mi buen Reno. —Obi poco impor ta , señora; respondió el perfumista, ni el rey de Navar ra ni los suyos son de t emer en este momen to . Y volvió la espalda á Margari ta . —Oh Mr. de Tavannes ! Mr. de Tavannes l gritó Margari ta , una pa labra , sola una pala- b ra , os ¡o suplico. Tavannes , que pasaba entonces , se d e - t u v o . —¿Dónde está Enr ique de Navarra? p r e g u n - tó la joven . — A fé mia, lo respondió en alta voz, creo q u e recorre la ciudad en compañía de los s e - ñores de Alencon y Conde. Luego, tan bajo que solo Margarita pudiese oirle: —Bella reina, si queréis v e r á ese en cuyo lugar quisiera hal larme aun ácosta de mi vida, id á l lamar a! gabinete do a rmas del rey . —Gracias, Tavannes ! dijo Margari ta, que de cuan to T a v a n n e s le acababa de decir s o - lo habia en tendido la indicación pr incipal ; gra- c i a s ! . . . . voy allá. Y volvió á echar á correr m u r m u r a n d o : —Oh! después de lo que le he promet ido , después de lo bien que se ha por tado c o n - migo cuando aquel ingrato Enr ique es taba e s - condido en el gabinete , no puedo dejarle p e - recer . FIN DEL TOMO PRIMERO. M A R G A R I T A O E V A L O I S . MARGARITA D E VALOIS, NOVELA HISTÓRICA, ESCRITA EN FRANCÉS POR j Y TRADUCIDA. AL CASTELLANO por R. A . G. TOMÓ II. SEVILLA. . Imprenla de Gómez, editor, calle de W. Muela, inim. 3 2 — 1 8 4 9 . S i т . и . P. 1 1 8 . MARGARITA D E VALOIS. CAPITULO I . Muerte, misa ó Bastilla. LLAMÓ fuer temente á la pue r t a de las h a b i - taciones del rey , pero ectos aposentos es taban ceñidos in te r io rmente por dos compañías de soldados. —No se en t ra en la c ámara del rey! gri tó el oficial acercándose v ivamen te . —Pero yo ' dijo Margar i ta . —La orden es general . — 6 — —Yo la reina de Nava r ra ! yo Su hermana! —La consigna no admiteescepciones , sono- ra; tened la bondad de e scusa rme . Y el oficial volvió á ce r r a r la puer ta t ras sí . — O h ! está perdido, perd ido! gritó Margarita a la rmada á la vista de t an t a s figuras s iniestras q u e c u a n d o no respiraban venganza, indicaban la inflexibilidad: sí, sí, ya lo comprendo lodo . . . se han servido de mí como de un mancebo yo soy el lazo, con que se cojo, con que se d e - güella á los hugonotes . . . oh! e n t r a r é , e n t r a r é a u n q u e me haga ma ta r ! Y Margarita corría como una 'oca por los cor- redores y por las galerías, cuando al pasar por de lante de una puertecila oyó un cántico dulce y t an monótono, que casi era lúgubre . Era un salmo calvinista que entonaba en la estancia vecina una voz temblorosa . La nodriza de mi he rmano , la buena Ma- de lon . . . ahí está! e s c h m ó Margarita h i r iéndose la frente como i luminada por una idea súbi ta , ahí está Dios de los cr is t ianos, a y ú - d a m e ! Y Margarita l lamó du lcemente á la pue r t ec i - la con el corazón lleno de esperanza. En efecto, después del aviso que le habia da - do Margari ta , después de su conversación con Rene , después de su salida de la cámara de la reina m a d r e , á la que habia querido opo- nerse como un buen genio la pobre perr i ta Thisbé , E n r i q u e de Navarra habia encon t rado algunos gent i les -hombres católicos, que bajo el pretesto de hacerle los honores , habian vuelto á conducirle á su habitación, donde le a g u a r d a - ban unos veinte caballeros hugonotes , que se habian reunido en la cámara del joven p r ínc i - pe , y que una vez reunidos, es taban resueltos á no abandonar le m a s . . . Tan cierto es que el presentimiento de esta noche fatal habia p e n e - trado en el Louvre algunos horas a n t e s . Estos caballeros permanecieron así largo ra to , sin que nadie in tentase t u rba r lo s en lo mas m í n i - mo; pero á la pr imera vibración de la campana de Saint-Germaín 1' Auxcrrois que resonó en todos estos corazones como un tañido fúnebre, ent ró súbi tamente Tavannes , y en medio de un silencio sepulcral anunció á Enr ique que el rey Carlos IX quería hablar le . No habia que in tentar resistencia; nadie p e n - só en eso siquiera; oíanse crujir los techos, las galerías y los corredores del Louvre bajo los pies de los soldados, reunidos ya en los pat ios, ya en las habitaciones, en número de cerca de dos mil . Enr ique después de haberse despedido de sus amigos, á quienes no habia de volver á ver, siguió á Tavannes que, le condujo á una galería pequeña y contigua á la cámara del rey , donde Se dejó solo, desa rmado y con el corazón lleno de desconfianza. El rey tie Navar ra contó de este modo minu- to por minuto dos horas mortales, escuchando con un te r ror que se a u m e n t a b a por i n s t an t e s , el ruido de la campana que tocaba á a r r e b a t o , — 8 — y el de los tiros de a rcabuz que se oían sin in- te r rupción; viendo al t r avés de un postigo envidí ¡erado, pasar al resp landor del incendio y á la oscilación d e las an torchas , los infelices que huían y los asesinos q u e corrían en pos de ellos; sin comprender nada de estos clamoreos de agonizantes, ni de estos gritos de desolación, en fin, sin poder sospechar el horr ible d rama que se ejecutaba en este momento , á pesar de! profundo conocimiento que tenia del carácter del rey Carlos IX, de la reina madre y de el d u q u e de Guisa. E n r i q u e no tenia valor físico, pero tenia lo que valia mas que e s o — tenia valor moral : al mismo t iempo que temía el peligro, le hacia frente sonr iendo, pero era el peligro del campo de batal la , el peligro al aire l ibre y en día c la - ro, el peligro á la vista de todo el mundo , cuan - do le acompaña la ruidosa armonía de las t r o m - petas , y la voz sorda y v ib ran te de ios t a m - bores Pero allí, allí estaba solo, desa rmado , encer rado , perdido en una semi -oscur idad ,ape- nas suficiente para dist inguir al enemigo que podía deslizarse hasta él , y al hierro que q u i - siera her i r le . Es tas dos horas fueron para él tal vez las mas crueles do su vida. En lo mas fuerte del tumul to , y cuando E n - r ique empezaba á comprender que según t o - das las probabi l idades se t rataba de una m a - tanza organizada, vino un capitán á buscar al príncipe;, y le condujo por un corredor hasta la cámara del r ey . Apenas se acercaron, abrióse ¡a puerta por si sola, y cerróse t ras ellos apenas en t r a ron . . . . todo como por magia. Luego el capitán condujo á Enr ique hasta Carlos IX q u e estaba entonces en su gabinete de a r m a s . Cuando llegaron estaba el rey sen tado en un gran sillón, las dos manos apoyadas sobre los brazos de su asiento, y la cabeza caida sobre el pecho. Al oir el ruido que hicieron los r ec i en - llegados, Carlos I X levantó su frente, sobre la cual vio Enr ique correr a b u n d a n t e s gotas de sudor. —-Buenas noches, Enr iqu i to ! dijo b r u t a l m e n - te el joven rey: La Chas l re , de jadnos . El capitán obedeció. p u r a n l o este momento , Enr ique lanzó en re- dedor suyo una mirada inquieta , y vio que e s - ta basólo con el rey. De repente Carlos I X se l evan tó . —Por Dios! esclamó echando hacia a t r á s con un geslo rápido sus cabellos rub ios , y enju- gándose ¡a frente al mismo t iempo, estáis con - tento porque estáis cerca de mí , ¿no es verdad Enr iqui to . —Sin dudo , sirc, respondió el rey de N a - varra, sov s iempre feliz cuando me hallo cer- ca de V. 'M. —¿Mas contento q u e de es tar a l l á . . . . a b a - jo, eh? replicó Carlos I X respondiendo mas bien á su propio pensamien to que al cumpl ido de Enr ique . —Sire , no os comprendo , dijo el rey de N a - varra. — 10 — —Mirad y comprende re i s . Y con un movimiento rápido Carlos IX c o r - r ió, 6 mas bien saltó hacia la ventana . A t r a - yendo hacia sí á su cuñado , mas y mas atemorizado, le mos t ró el horr ible perfil de los asesinos que degollaban ó ahogaban so- bre el pav imento de una lancha todas las víct imas que les t ra ían ó cada ins tan te . —Pero , en nombre del cielo! esclamó En- r ique pálido y a t e r r ado , q u é es lo que su - cede en esta noche? = -Es ta noche, cabal lero, me desembarazan d e todos los hugonotes . ¿Veis allá abajo, mas allá del palacio de Borbon, esa humareda v esa llama? Es el humo y la llama de la c a - sa del a lmi ran te q u e están quemando . ¡Veis ese cuerpo que los buenos católicos a r r a s t r a n sobre un jergón desgarrado? Pues es el c u e r - po del yerno del a lmiran te , el cadáver de vues- t ro amigo Teligny. —Ohl qué quiere decir esto? esclamó el rey de Navarra buscando ¡nútilm n le á su la- do la e m p u ñ a d u r a de su doga, y t emblando d e vergüenza y de cólera á la vez, porque conocía que le amenazaban y se bur laban de él al mismo t i empo. —Quie re decir , gritó Carlos IX furioso, sin t ransición y palideciendo de una manera espan- tosa, qu ie re decir que no quiero ya mas h u - gonotes en rededor mió. ¡Lo oís, Enr ique? Soy yo el rey? Soy yo el amo? —Pero mages t ad . . . . — 11 — —M¡ magestad mata y destreza en esta h o - ra todo lo que no es católico; es mi gus to . Sois católico? gritó Garlos, cuya cólera c r e - ciente subia como una marea te r r ib le . —Si re , respondió Enr ique , recordad v u e s - t ras mismas espresiones: «qué me impor ta q u e el que me sirve bien, pertenezca á una ó á otra religión.» —Ah! ahí esclamó Garlos sol tando una car- cajada siniestra; ¿dices, Enr iqu i to , que recuer- de mis espresiones? «Verba volant» como d i - ce mi hermana Margari ta . Y todos esosf a ñ a - dió señalándole con el dedo la c iudad, esos no me habían servido bien? ¿No eran va l i en - tes en el combate-, p ruden tes en el consejo, y prontos siempre á sacrificarse? Todos e ran vasallos útiles; pero eran hugonotes , y yo no quiero mas que católicos. Enr ique permaneció mudo . —Hola! comprended , Enr iqu i to , gri tó Car- los ¡X. —Si re , ya he comprendido . —YT bien? —Y bien! Sire, yo no veo una razón p a r a que el rey de Navar ra haga lo que tantos c a - balleros y tantos infelices no han hecho. Por- que en fin, si mueren todos estos desgraciados, es porque también les han propues to lo que V. M. me propone, y q u e s o han negado á h a - cerlo como yo me niego. Carlos asió del brazo al joven pr íncipe , y clavando sobre él una mirada cuyo débil b r i - — \1 — lio se cambió poco á poco en una luz cente- l leante y leonada, le dijo: — A h í crees tú que yo me tome el trabajo de ofrecerles la misa ó esos que degüellan allá abajo? —Si re , le dijo E n r i q u e desenlazando su bra- zo, ¿no moriréis vos en la religión de vues- tros padres? —Sil por la muer t e de Dios! y tú? — P u e s bien, yo hago lo mismo, s i re . Carlos lanzó un grito sordo de rab ia , y to- mó con mano temblorosa su a rcabuz que es- taba colocado sobre una mesa . En r ique encolado contra los tapices, tenia la frente cubier ta por el sudor de la angus- tia, pero gracias á ese poder que conserva- ba sobre sí mismo, t ranqui lo en la apar ien- cia, observaba todos los movimientos del t e r - r ible monarca , con el ávido e s tupo r del p á - jaro fascinado por la se rp ien te . Carlos a rmó su a rcabuz , y pateando con un furor ciego: —Queré is la misa? gritó des lumhrando á Enr ique con el reflejo del a rma fatal. E n r i q u e permaneció mudo a u n . Carlos hizo es t remecerse las bóvedas del Lou- v r e con un j u r a m e n t o el mas ter r ib le que han pronunciado nunca los labios de un hombre, y su tez algo pálida se puso completamente lívida. —Muer te ! misa! ó Rastilla! g r i t aba , a p u n - tando con su arcabuz al rey de Navar ra . — 13 — —Oh sire! esclamó Enr ique , me matare is? á mí, á vues t ro cuñado? Merced á esa imaginación incomparable q u e era una de las mas poderosas facultades de su organización, Enr ique acababa de eludir la respuesta que le pedia Garlos IX; p o r q u e sin duda, si la respuesta hubiese sido nega- t iva, Enr ique habría mue r to . De modo que como después de los p r i m e r o s parasismos de cólera se siente i n m e d i a t a m e n - te el dominio de la reacción, Garlos IX no r e i - teró la pregunta que acababa de hacer al p r ín - cipe de Nava r ra , y después de u n momento de duda d u r a n t e el cual dejó oir un rujido sordo, se volvió hacia la ventana abierta y a p u n t ó con su arcabuz á un hombre que corría sobre el lado opuesto del muel le . —Es preciso que yo mate á algunol gri tó Carlos IX lívido como un cadáver y con los ojos sanguinolentos, y soltando el t i ro , abat ió al hombre que pasaba corr iendo. Enr ique lanzó un gemido . Garlos, animado por un a rdor espantoso , cargó y disparó sin descanso su a rcabuz , lan- zando gritos de alegría cada vez que el tiro había muer to a lguno . —Ya no hay esperanza! se dijo el rey de Navarra ; cuando ya no tenga nadie á quien ma ta r , me matará á mí . —Y bien! dijo s ú b i t a m e n t e una voz de - t ras de los pr íncipes, ¿está hecho ya? E r a Catalina de Mediéis, que d u r a n t e la ú l - — ü — t ima detonación había en t rado sin ser visto. —¡No! mil t ruenos de infierno! dijo Garlos IX exhalando una especie de rnjido, y a r ro - jando su a rcabuz por el suc io . . . . No! . . . . el porfiado! no qu i e r e . . . . Catalina no respondió y volvió lentamente los ojos hacía el sitio donde permanecía E n - r ique , t an inmóvil como una do las figuras de! tapiz contra el cual se había apoyado. Entonces lanzó sobre Cár 'os una mirada que queria decir; —Por q u é vive todavía? — V i v e . . . . vive m u r m u r ó Garlos IX que comprendió perfectamente la mirada de Ca- ta l ina , y q u e se apresuró á responder á ella, sin d u d a r ; vive, p o r q u e . . . . es mi pariente. Catalina so sonrió. E n r i q u e vio esta sonrisa, y conoció que era Catalina á quien tenia que hacer frente. —Señora , la dijo, ya veo que lodo esto v ie- ne de vos, y no de mi hermano Carlos; sí, sois vos, vos, la q u e habéis imaginado cogerme en el lazo; vos la q u e habéis imaginado hacer de vuestra hija el cebo que debía perdernos á to- dos; vos en fin, la que me habéis separado de mi esposa para que ella no tuviese el disgusto de verme ma ta r á sus propios ojos. —Sí ! pero eso no será! esclamó otra voz pa l - p i tan te y apasionada que Enr ique recouoció al ins tan te , y que hizo es t remecerseá Garlos IX y Catal ina, é aquel de sorpresa y a esta de íuror. — 15 — •—Margarital esclamó E n r i q u e . —Margar i ta l dijo Cir ios IX-. —Mihi ja l m u r m u r ó Cata l ina . —Señor , dijo Margarita á Enr ique , vues t r a s úl t imas palabras me acusaban . . . teníais r a - lon, y al mismo tiempo erais in jus to . Razón porque yo soy en efecto el i n s t r u m e n t o de que se han servido para perderos á todos. Era i s injusto, porque yo ignoraba que caminaseis hacia vuestra perdición. Yo misma, señor , ta l corno me veis, debo la vida á la casua l idad . Tai vez al olvido de mi m a d r e ; pero apenas supe vuestro peligro, recordé mis deberes . El deber de una esposa es el de par t ic ipar de la suer te de su mar ido . ¿Os desl ierran? Os sigo en vuestro des t ier ro . ¿Os apr is ionan? Me hago prisionera. ¿Os m a t a n ? Pues muero . Y tendió á su esposo una mano , que E n - rique estrochó, si no con amor , al menos con reconocimiento. —Ali pobre Margarita/ dijo Carlos IX, b a - rias mucho mejor en aconsejarle que se h i - ciese católico. —Sire , respondió Margarita con esa altiva dignidad que le era na tu ra l , c r eedme . . . por vuestro mismo honor no exijáis una cobardía semejante de un pr íncipe de vues t ra casa. —Catal ina lanzó sob re Carlos una mirada significativa. Hermano mió! esclamó Margarita que comprendía tan bien como Carlos IX la terrible pantomima de Catal ina, he rmano mió, recuerda que tú mismo le has hecho mi esposo. — 16 — Carlos IX eojido en t r e la mirada imperat iva de Catalina, y la mirada supl icante de Margari- ta , como en t r e dos principios opuestos, pe r - maneció un ins tante indeciso . . . al fin, Orgmasa pudo m a s . (I) —A la verdad , señora, dijo inclinándose ha- cia la oreja de su m a d r e , Margarita tiene razón y E n r i q u e es mi cuñado . — S í , respondió Catalina aproximándose á su vez al oido de su hijo, s í . . . pero si no lo fuese? CAPITULO II. ha espina blanca del cementerio de los inórenles. VUELTA ya á su habitación Margari ta , t r a tó en vano de adivinar la pa labra que Cata l i - na de Médicis habia pronunciado al oido de Carlos IX, y que habia suspendido el t e r r i - ble consejo de vida ó muer te que se ce l eb ra - ba en aque l momento . Una gran par te de la mañana la empleó en c u r a r á la Mole, y la otra en descifrar un enigma q u e su imaginación no podía com- p r e n d e r . (1) «Orornasa,» Dios, principio de, lodo him, según Zoronstiv. (:\. de la T.) El rey do Navarra Labia quedado p r e s o en el Louvre . Los hugonotes eran perseguidos sin descanso . A la noche terrible habia sucedido un dia de matanza mas horrible todavía . Las cam- panas no tocaban ya á a r r eba to , sino que con - vocaban al Te Deum; y aquellos alegres acen - tos del bronce sonoro, resonando en medio doi asesinato y del incendio, eran mas t r i s - tes á la luz del sol, que lo habia sido du- ran te la oscuridad el tañido fúnebre de la n o - che precedente . No era esto lodo; acababa de suceder una cosa admirab lemente es l raña: una esp ina-b lan- ca, que habia florecido en la p r imavera , y q u e c ó m o d o cos tumbre habia perdido con el mes de junio s u o l o r o s o tocado, acababa de reflo- recer du ran te la noche, y los católicos q u e veían un milagro en este suceso, y que para popularizar este milagro tomaban á Dios por su cómplice, iban en procesión al c e m e n t e - rio de los inocentes, que era donde florccia la e sp ina -b lanca , l levando ó la cabeza de la comitiva todas sus cruces y bande ra s . Esta especie do aprobación dol ciclo por la degollación que se es taba ejecutando, habia r e - doblado el ardor de los asesinos. En tan to que la ciudad ofrecia en cada calle, en cada c a - llejón, en cada plaza una escena de deso la - ción, el Louvre habia servido de t umba c o - mún á cuantos pro tes tan tes se habisn ha l la - do dentro de él en el momento de la señal . Towo 11. 2 — 1 8 — Solo habían quedado vivos c! rey de Navar ra , e! principo do Conde, y Mr. de la Mole. Tranqui la ya respecto á la Mole, cuyas h e - r idas , como ella misma habia dicho, oran pe- ligrosas pero no morta les , solo una idea p r eo - cupaba v ivamente á Margari ta . S a l v a r l a v i - da de su esposo que cont inuaba aun en p e - ligro. Sin duda que el p r imer sent imiento que se apoderó del corazón de la esposa era un sent imiento do compasión y lealtad hacia un h o m b r e al cual acababa de ju ra r sí no amor , al L l e n o s alianza, como olla misma so lo ¡ l a - bia dicho al 1 loarnos. Poro en pos de oslo s e n - I 'míenlo deslizóse otro monos puro en e! c o r a - yon do la reina. Margarita ora ambiciosa: Margarita habia vis- to casi una c e r t i d u m b r e de remar casándose con el jó vori Enr ique do Horbon. La Nava r - ra, osligada pa r los reyes de l'Yaucia do un lado, y por los de España del o t ro , acab iron por llevarse trozo ó trozo, la mitad de su t e r - ritorio, podia, si E n r i q u e do Borbon realiza- ba l.is esperanzas do vale.- que había hecho ri .ncobir e n l a s poras ocasiones que ha! :;¡ s a - cado la espada, llegar ó ser un r<. ¡no rea!, te- niendo por vasallos á los hugonotes de Frau- d a . Gracias «> su imaginación lina y elevado, Mai car i ta lo habia calculado y provisto ledo. Perdiendo á Enr ique , no solo perdía :.¡;i [ l l o - rido, sino un t rono . lisiaba la joven reina sumergida en lo roa; profundo de sus reflexiones, cuando oyó Ha- — 19 — m s r á la puer ta del corredor secreto. Marga- rita se estremeció, porque solas t res perso- nas podían ent rar por esta puer ta , el r ey , la reina madre y el d u q u e de Alencon. E n - t reabr ió la puerta del gabinete , llevó un d e - do á los labios para recomendar el silencio á Gillona y á la Mole, y fué A ab r i r la p u e r t a . El que llegaba era el d u q u e de Alencon. Es te joven había desaparecido la v íspera . Duran t e un segundo Margarita había pensado en r e - clamar su intercesión en Livor del rey de Na- varra , pero una idea ter r ib le le de tuvo . E s - te matrimonio se había hecho contra su v o - lun tad , Francisco detestaba á Enr ique , y so- lo se conservaba neutral para Con el b e a r n é s , porque estaba convencido de que Marga- rúa y su esposo estaban aun separados. La menor muestra de interés q u e Margarita m a - nifestase hacia su esposo, podio en lugar de .•dejarlos, acercar á su pecho uno de los t res puñales que le amenazaban . Al ver al joven pr íncipe, Margarita se es - tremeció, mucho mas (pie sí hubiera visto al reyf láelos IX, ó ala misma reina m a d r e . Al •.crie, nadie diría que pasase, ni en la c iudad, ni en el I.ouvre nada do te r r ib le : estaba, vesti- do con su elegancia acos tumbrada . ñus ve s - tidos resalaban esos perfumes que Garlos IXdcs - preciaba, pero de los (pie hacían un uso cont inuo tanto él como el d u q u e de Aiijou. Solo un ojo ejercitado en observar como lo oslaba el de Margarita, podía notar que á pesar de su p ;d i - — 20 — dez, mayor que la de c o s t u m b r e , á pesar dei ligero temblor que agi taba las es t remidades de sus manos , t an bellas y t an cuidadas c o - mo las de una muger , el d u q u e de Alencon encerraba en el fondo de su corazón un s e n - t imiento de gozo. Su entiv.da fué como era s iempre . Acercó- se á su he rmana para ab raza r l a , y Marga- r i ta , en lugar de ofrecerle sus mejillas pa ra q u e las besase, como habría hecho si fuese al r ey Garlos ó al d u q u e de Anjou, se inclinó y le presentó la frente. El d u q u e de Alencon ecsaló un suspiro; y posó sus labios pálidos sobre la t rente que le p resen taba Margarita. Luego tomando un sillón, se puso á refe- r i r ó su hermana los sangrientos p o r m e n o - res de aquella noche. La muer te lenta y t e r - r ib le del a lmi ran te , la muer t e ins tantánea de Teligny, que herido de una bala lanzó en un segundo su úl t imo suspi ro . Se de tuvo , se com- plació en esplicar m e n u d a m e n t e todos esos sangrientos detalles de aquella noche, con ese amor á la sangre , que er i una part icularidad así en él . como en sus dos hermanos . Margari ta le dejó hab la r . Luego que el pr íncipe lo hubo dicho lodo, ca l ló . —Si habéis venido á vis i tarme, no es solo para hacerme esta narración, ¿no es verdad , h e r m a n o mió? preguntó Margarita. —¿Tenéis que comunicarme alguna otra cosa? —¡So, respondió el d u q u e ; e s p e r o . . . . —Qué esperáis? —¿No me habéis dicho, quer ida Margar i ta , mi bien amada , respondió el d u q u e acercando su sillón al de su hermana, que este m a t r i m o - nio con el rey de Navarra so hacia con t ra v u e s - tra voluntad? —Sí, sin duda . Yo no conocía al pr íncipe d e Bearnés cuando me le han propues to por e s - poso . —¿Y después que le conocéis, no m e habéis asegurado que no os inspiraba el mas ligero sent imiento de amor? —Ks verdad que os lo he dicho. —¿No erais do opinión de (pie este m a t r i m o - nio baria vuestra desgracia? —Mi querido Francisco, dijo Margarita, c u a n - do un matr imonio no es la felicidad s u p r e m a , es s iempre la suprema desdicha. —Y bien, querida Margari ta , he ahí porqué os digo que espero. —l 'ero ¿qué esperáis? decid . — Que me manifestéis vuestra alegría. — De qué debo alegrarme? —De esta ocasión inesperada que se os p r e - sen 1 a de recobrar la l iber tad. —Mi l ibertad! respondió Margarita que q u e - ría forzar al pr íncipe á descubr i r hasta el fondo su pensamiento. —Sin duda , vuestra l ibe r tad . . . . vais á ser s e - parada del rey de Navarra . —Separadal dijo -Margarita lijando los ojos en el príncipe. — 22 — El d u q u e de Aleneon quiso sostener la m i r a - da de su he rmana , pero bien pronto separó sus ojos de ella con la mayor tu rbac ión . — S e p a r a d a ! repitió Margarita: veamos, h e r - mano mió, veamos como es esto, porque me alegro mucho de que me pongáis en el caso de profundizar la cuestión; ¿y cómo piensan sepa- rarnos? — P e r o . . . . m u r m u r ó el d u q u e , Enr ique es h u - gonote. —Sin duda ; pero él no hizo nunca misterio de su religión, y eso todo el m u n d o lo sabía c u a n - do nos han casado. — S í , pero después de vuest ro mat r imonio , ¿qué ha hecho Enr ique , hermana mía? dijo el d u q u e , sin poder evi tar que un rayo de alegría i luminase su semblan te . —Lo sabéis mejor que nadie, Francisco, pues que lia pasado los dias casi s iempre con vos, tan pronto á caza como al mallo, como á la pelota. —Los dias , sin duda , replicó el d u q u e : los d i a s . . . . pero ¿y las noches? Margarita calló, y entonces fué ella quien ba- jó los ojos. — L a s noches? cont inuó el duque de Alenecn, ¿las noches? —¿Y bien, qué? preguntó Margarita cono- ciendo ejue al fui ora preciso responder alguna cosa. — L a s noches las ha pasado con madama de Sauve . —¿Y cómo lo sabéis vos? eselarnó Margarita. —Lo sé porque tenia interés en saber lo , r e s - pondió el joven príncipe palideciendo, y d e s g a r - rando los bordados do sus mangas . Margarita empezó entóneos á comprende r la pa labra que Catalina habia dicho por lo bajo á Carlos IX, pero lingió ignorarlo lodo . — P o r q u é me decís esto, he rmano mío? lo respondió con una espresion melancólica p e r - fectamente íinjida. lis acaso para r ecorda rme que nadie me ama aquí , nadie, ni los (pío la n a - turaleza me ha dado por protectores , ni el que la iglesia me ha dado por esposo. —Sois injusta, dijo v ivamente el duque de Aieneon, acercando aun mas su sillón al do su he rmana , vo os amo, y os protejo. —Hermano mió! dijo Margarita mirándole fijamente, sin duda tenéis algo que decirme de par le de la reina m a d r e . —Yo! os engañáis , he rmana mia; os lo ju ro , pero, ¿(pié es lo que puede haceros creer oso? —Lo (pie puedo hacérmelo creer es que rompéis la amistad (pío os ligaba á mi esposo, y el ver 8 — verdaderamente real, acercó al lecho una antoi - ch i <;e cera rosada, y alzando las cortinas, mos- t ró sonriendo á su madre el perfil fiero, los cabe!1-as negros y la boca entreabier ta del rey de N •varr», que parecía dormir con el mas probo ido sueño sobre el lecho conyugal en d e - sórd. . Pá: .la. los ojos extraviados y el cuerpo con- vu l sa amonio ochado hacia a t r á s , como si viese un aba ino abierto á sus pies, Catalina ees;Uó no un g r o o , sino un rugido sordo. —Y.: veis, sonora, dijo Margarita, que e s t a - bais mal informada. Caía . ía arrojó una mirada sobre Margarita, y otra obre Enr ique . Unió en su pensamiento la acliv imagen de esta fronte pálida y h ú m e - da , de -tos ojos rodeados do un ligero círculo amoral.- lo, á la sonrisa de Margarita, y m o r - dió sus labios delgados con un furor silencioso. Margarita dejó á su madre contemplar un ins tan te esta escena que hacia en ella el efecto de la cabeza de Medusa, luego volviendo á d e - j a r caer ' . s cor t inas y andando sobre las p u n - t a s de le pies, volvió adou' lc estaba Catalina, y sentándose de nuevo en su sillón: —Decíais , pues , señora? la dijo. La (lo-entina se esforzó en vano en sondear la sencili. . de la joven du ran t e a lgunos segun- dos: luego romo si sus miradas aceradas se h u - biesen e s ! , liado contra la calma de Margarita: —Nada! respondió; y salió de la habitación á pasos precipi tados. ~ - ()«) — Apenas el ruido de sus pasos se perdió en la profundidad del corredor, abr iéronse de n u e - vo las colgaduras del lecho, y En r ique con ios ojos br i l lantes , el pecho oprimido y la m a n o convulsa , vino á ponerse de rodillas de lan te d e Margar i ta . Solo traía puestos sus calzones y su cota de malla, de suer te qne al verle v e s - tido con un trago tan s ingular , Margari ta a l mismo t iempo que lo es t rechaba la mano con la mejor cordialidad, no pudo menos que echarse á reír a carcajadas . —Ahí señoral ohl Margarital cómo podré nunca pagaros lo que os debo! Y Enr ique cubría de besos la mano de s u esposa; besos que desdo la mano sub ían i n s e n - s ib lemente á los brazos de la W e n . —Sire! dijo ella re t i rándose du l cemen te , o l - vidáis que á estas horas una pobre muger á quien debéis la vida, sufre y gimo por vos? Madama de Sauve , añadió en voz baja, os ha hecho el sacrificio de sus celos, enviándoos ce r - ca de mí, y tal vez después de haberos s a - crificado sus celos, os ha hecho t ambién el sacrificio de su vida; porque ya sabéis mejor que nadie, que la cólera de mi madre es t e r - r ible . Enr ique se es t remeció , y levantándose hizo un movimiento para sal i r . —Oh! dijo Margarita con admirab le coque - tería, he rellexionado y me tranquil izo. La llave se os ha dado sin indicación y c reerán que me habéis dado la preferencia esta noche . — 70 — —Y os la doy, Margari ta : solo os pido que consintáis en o lv idar . . . . —Mas bajo! mas bajo! sirc! replicó la reina parodiando las p a l a b r a s q u e habla dicho á su madre diez minutos an t e s , os oyen desde ese gabinete , y como yo no soy aun e n t e r a m e n - te l ibre, os suplico, s ire, q u e habléis mas bajo. —Oh! oh! dijo Enr ique IV con un tono a le- gre y sombrío á la vez. Es verdad; me o l - vidaba do que p robab lemente no soy yo el q u e está des t inado á represen ta r el tina! de esta escena in te resan te . Este gab ine te . . . . — E n t r e m o s en él, s irc, dijo Margarita, por- q u e quiero tener el honor de presentar á v u e s - t r a magostad un genl i l -hembre herido duran- t e la matanza , al t iempo que venia hasta el Louvre á adver t i r á vuestra magostad el p e - ligro que corría. La reina se adelantó hacia la puer ta . E n - r ique siguió a su esposa. La puer ta se abr ió , y Enr ique quedó estupefacto al ver un hom- b re den t ro de este gabinete predes t inado p a - ra las sorpresas . Pero la Mole quedó aun mas sorprendido al hal larse asi frente á frente con el rey de N a v a r r a . Resu l tó , p u e s , que Enr ique lanzó una m i - rada irónica á Margarita (pie la sos tuvo con a r roganc ia . — S i r e , le dijo Margarita, me veo reducida á temer (pie maten en mi misma cámara este gen t i l -hombre part idario de vuestra m a g e s - — 7 1 — tad, y á quien pongo bajo su protección. —Sire , replicó el joven, soy el conde d e Lerac de la Mole que vuestra magostad a g u a r - daba, y que os habia sido recomendado por ese pobre Teligny y que lia sido m u e r t o ó mi lado. —Ahí ali! dijo Enr ique , en efecto, señor , y la reina me ha remitido vuestra car ta ; pero ¿no traíais también una carta del señor g o - bernador de Langüedoo? —Ciertamente , sire, y con la r e c o m e n d a - ción de entregarla á vuestra magostad ape - nas llegase. —Y por (pié no lo habéis hecho? —Sire , \ o he venido al l .ouvre ayer m i s - mo por la noche, p e r o vuestra magostad e s - taba tan ocupad,! ipie no ha podido rec ib i rme. —Es verdad, dijo el rey; poro ¿por qué no me habéis hecho ent regar esa car ta? -Porque tenia orden de Mr. d ' A u r i á c p a - ra no entregarla sino á vues t ra magostad; pues me aseguró que contenía un aviso tan impor tan te que no se atrevía á confiarla á un mensagero cua lquiera . —En oléelo, dijo el rey tomando la c a r - ta y leyéndola, era el aviso para dejar la cor - te y re t i r a rme á ISearne. Mr. de Auriác era uno de mis buenos amigos, a u n q u e católico, y es probable que como gobernador de p r o - vincia adivinase lo que pasaba . [Ventre saint gris! cabal lero, por qué no me habéis r e - mitido esta car ta hace t res dias en lugar de r emi t í rme la boy/? — 72 — —Porque como he tenido el honor de d e - cir á vuestra mages lad , á pesar de las di l i - gencias que hice no p u d e llegar hasta ayer . — E s una lás t ima! una lást ima! m u r m u r ó el rey, porque á es tas horas ya estaríamos seguros , en la Rochela, ó bien en alguna buena l l anura , con dos ó t res mil caballos en r e - dedor nues t ro . — S i r e , le dijo Margarita á media voz, lo que está hecho, está hecho, y en lugar de perder t iempo en recr iminar lo pasado, se t ra ta de s a - car el mejor par t ido posible del porven i r . —¿Si estuvieseis en nú lugar, dijo Enr ique interrogaodola con los ojos, tendríais aun a l - guna esperanza? — C i e r t a m e n t e , mirar ía lo que acababa de pasa r como un juego de tres bazas, donde h u - biésemos perdido la pr imera . —Ahí señoral dijo Enr ique en voz baja, si es tuviese seguro de que en t raba is tan solo á medias en mi parl idol = S i hubiese quer ido pasa rme al lado de vues t ros adversar ios , respondió Margarita, creo q u e no lo hubiera dejado paro tan l a rde . — E s ve rdad , dijo Enr ique , soy un ingrato, y como decís , todo puede aun repararse . — A h s i re , replicó la Mole, yo deseo á v u e s - tra magestad toda suer te de lelicidades;pero hoy r.o tenemos ya al señor a lmiran te ! E n r i q u e se sonrió con esa sonrisa de paisano as tu to , q u e no se comprendió en la corle hasta el dia en que fué rey de Francia . — 7 3 — ^ - P e r o , señora, dijo el Bearnés mi rando á la Mole con atención, este caballero no puede p e r - manecer en vuestra habitación sin seros m u y incómodo, y sin verse espueslo á raras so rp re - s a s . ¿Qué liareis de él? —Pero , sire, replicó Margarita, ¿no podría- mos hacerlo salir del Louvre? porque soy de vuestra opinión en cualquier pun to que sea. — E s difícil. —Sire , no podría Mr. ile la Mole hal lar u n pequeño lugar en la habitación ó en la se rv i - d u m b r e de vuestra magestad? —Ahí señora! vos me tratáis s iempre como al rey de los hugonotes, y sobre todo, como si yo tuviese todavía un pueblo á mis órdenes . Bien sabéis que ya estoy medio conver t ido. Otra que no fuese Margarita se habría a p r e - surado á responder «es católico;» poro la reina quería hacer á Enr ique suplicarle lo mismo que ella deseaba obtener do él . En cuan to á la Mo- le, al ver esta respuesta de su protec tora , y no sabiendo aun dónde poner el pié en el t e r r e - no peligroso v resbaladizo do una corte tan in- tr igante como lo ora entonces la corte de F r a n - cia, calló t ambién . —Pero , replicó Enr ique IV volviendo á leer la carta que habia t raído la Mole, ¿qué es lo que me dice el gobernador do Provenza de que vuestra madre era católica, y que de ahí dima- na el afecto que os profesa? —Y qué me decíais, señor conde, dijo Marga- rita, qué me decíais do un voto que habéis he- — IX — cho y de un cambio de religión? Mis ¡deas son confusas sobre este p u n t o ; ayudadme, señor conde de la M 0 I 3 . ¿No se t r a t aba de una cosa semejante á la que parece desear el rey? — S í . Pero vuestra magostad ha acojido mis esplicaciones aobre este pun to con tal frial- dad, replicó la Mole, (pie no me a t r e v í . . . — E s que nada me impor taba , cabal lero. Esplicádseloal r ey , esplicádselo. —Y bien! qué voto es ese? preguntó el r ey . — S i r e , dijo la Mole, perseguido por los asesinos, de sa rmado . . . casi espirando á c a u - sa de mis dos her idas , he creido ver la s o m - bra de mi madre que me guiaba hacia el Louvre con una cruz en la mano. Entonces hice voto, de q u e si sa lvaba la vida abrazaría la religión de mi madre , á quien Dios había permit ido salir do la tumha para servirme de guia en esta noche terr ible . Dios me ha condu- cido hasta aqu í , sire. Me veo bajo la doble protección del rey de Navarra y de una hija de Francia . Mi vida se ha salvado milagrosa- men te ; ya no me. queda mas que hacer que cumpl i r mi voto. Estoy pronto á hacerme ca- tólico. E n r i q u e frunció las cojas. Escéplieo como era comprendía la abjuración por interés , pero dudaba mucho do la abjuración por fé. El rey no quiere encargarse de mi protejido, pensó Margari ta . La Mole en t re tan to permanecía tímido y fa- tigado en t r e dos voluntades cont rar ias . A u n q u e — 75 — no podia esplicársela, comprendía bien lo r id í - culo de su posición. Margarita con su de l icade- za de mujer , logró de nuevo sacarle del mal paso. —Si re , dijo, nos olvidamos de que el pobre herido necesita descansar. Yo misma estoy c a - yéndome de sueño. Eh! mirad corno palidece! La Mole palidecía en electo: pero lo que le hacia perder el color, eran las ú l t imas pa l ab ra s de Margarita que habia oido é in te rpre tado á su manera . —Yr bien! dijo En r ique , nada mas sencillo; 4 n o podemos dejar á Mr. de la Mole descansar? El joven dirigió á Margarita una mirada s u - pl icante, y á pesar de hallarse en presencia de dos magostados, se dejó caer sobre una silla destrozado de dolor y de látigo. Margarita comprendió lodo lo que habia de amor en esta mirada, y de desesperación en esta debilidad. —Sire , dijo, es muy regular que vues t ra magostad conceda á este joven caballero que ha arriesgado la vida por su rey , pues que ha sido herido cuando corría al Louvre á anunc ia r á vuestra magostad la muer te del a lmi ran te y la de Teligny, es muy regular, digo, que le c o n - cedáis un honor, al que os quedará reconocido du ran te toda su vida. —¿Y cuál, señora? dijo E n r i q u e ; ordenad y estoy pronto á obedecer . —Mr. de la Mole se acostará esta noche á ios pies de vuestra mages lad , la que dormirá _ 7 6 — sob rees t é canapé . En cuan to á mí, con el per- miso de mi augusto esposo, añadió Margarita sonriendo, voy ó l lamar á Gillona, y á acos tar - me de nuevo, porque , os j u r o , sire, que no soy la que tengo menos necesidad de descansar . Enr ique tenia imaginación tal vez d e m a - siada; sus amigos y sus enemigos so lo r e p r o - charon mas t a rde . Pero comprendió que la que así le des ter raba del lecho conyugal , había a d - quir ido el derecho de hacerlo por la indiferencia q u e él le habia mos t rado . Por lo demás , Mar- gar i ta acababa de vengarse noblemente de esa indiferencia salvándole la v ida . Así respondió sin que el amor propio ent rase por nada en su respues ta : —Señora , si Mr. de la Mole estuviese en e s - tado de pasar á mi habi tación, le ofrecería mí propio lecho. = S í , replicó Margarita, pero á estas horas vues t ra habitación no puede protegeros ni á uno ni á o t ro , y la prudencia ecsige q u e V. M. permanezca aquí hasta m a ñ a n a . Y sin aguardar la respuesta del rey , l lamóá Gi- llona, hizo p repara r los a lmohadones para el rey y á los pies del rey un lecho para la Mole que p a r e - cía estar tan satisfecho y tan contento con este honor q u e se hubiera dicho que ni s e n - tía sus her idas . En c u a n t o á Margarita; hizo al rey una ce - remoniosa reverencia, volvió á en t r a r en su cua r to , echó los cerrojos á todas las p u e r t a s , y se tendió sobre la cama. — 7 7 — —Aliora, se dijo Margarita, es preciso q u e Mr. de la Mole tenga pronto un protector en e l i-ouvre, y algunos se hacen sordos esta noche que se a r repen t i rán mañana . Luego hizo una seña á Giüona que aguardaba sus órdenes, para que se acercase. Giüona se acercó. —Gillona, le dijo Margarita á media voz, es preciso que bajo un preteslo cualquiera , venga aquí el duque de Atencon an tes de las ocho de la mañana . Las dos sonaban entonces en el Louvre . La Mole habló un ins tante de política con el rey , el que poco á poco se quedó dormido, y ó poco trecho roncaba es t repi tosamente como si estuviese acostado sobre su lecho de cuero de Bearne . La Mole se hubiera tal vez dormido como el rey, pero Margarita no dormía , volvíase y r e - volvíase en su lecho, y este ruido t u r b a b a el sueño y las ideas del joven . — E s bien joven! m u r m u r a b a Margarita en medio de su insomnio, es bien t ím ido . . . . es preciso ver es to . . . . no obs tan te , hermosos ojos. . . . hermoso talle, tan tos encantos p e - ro si no fuese va l ien te! hu ía . . . . a b j u r a . . . . es- to es enojoso. . . . el sueño empezaba bien, va- m o s . . . . Dejemos marcha r las cosas, y e n c o - mendémoslas al tr iple Dios de esta loca E n - r iqueta . Y Margarita acabó por dormirse al a lba , murmurando : Ero-Cupido-Amor. CAPITULO VI. Lo que quiere la muger, lo quiere Dios. M a r g a r i t a no se había engañado: la cólera reconcentrada en el corazón de Catalina con esta comedia, cuya intriga veía, sin que b a s - tase su poder para cambiar en nada el d e - senlace, tenía que descargar sobre alguno. E n lugar de en t r a r en sn cámara , la r e i - na madre subió d i rec tamente á la habitación de su dama de honor. Madama de Sau veesperaba dos visitas, aguar- daba con ansiedad la de Enr ique , y temía la de la reina m a d r e . Es taba aun en el lecho medio vest ida, en tan to que Dariola velaba en la an t ecámara . La Sauve oyó rodar la llave en la cerra- d u r a , y luego el ruido de una persona que se acercaba á pasos lentos, que hubieran p a - recido pesados á no ser por la espesura de la alfombra que los disminuía. Parecióle que no reconocía el anda r ligero y apresurado de En r ique , adivinó que impedirían á Dariola que la viniese á adver t i r , y apoyada sobre una de sus manos so puso ú escuchar , di- latados los ojos y atento el oido con la mayor ans iedad. — 79 — Levantóse el tapiz que cubr ía la e n t r a d a , y la joven se estremeció al ver e n t r a r á C a - talina de Médicis. Catalina parecía estar t r anqu i la ; pero m a - dama de Sauve acos tumbrada ó es tudiar su carácter hacia dos años, comprendió todo lo que pasaba , y cuantas preocupaciones som- brías , cuantas venganzas crueles se ocu l taban bajo aquella calma apa ren te . Al distinguir ó Catal ina, la Sauve quiso s a l - t a r de su lecho, pero Catalina levantó el dedo para indicarla que no se moviese, y la pobre Carlota permaneció clavada en su s i - tio, reuniendo in ter iormente todas las fuerzas de su alma para ha ier frente ó la t e m p e s - tad (pie se preparaba s i lenciosamente. —/Ifalieis hecho e n t r e g a r l a llave al rey d e Navarra? preguntó Catalina sin que el acento de su voz indicase la menor a l teración, so- lo que estas palabras e ran pronunc iadas con labios cada vez mas lívidos. —Sí , señora, respondió Carlota con una voz que se esforzaba en vano en hacer tan segura como la de Cata l ina . —Y le habéis visto? —A quién? p reguntó la Sauve . —Al rey de N a v a r r a . —No, señora, pero le aguardaba , y al oír dar vuelta á la llave en la ce r radura , creí que era él que venia. Al oír esta respuesta de madama de S a u - ve (pie indicaba ó una confianza perfecta ó una — 80 — disimulación suprema , Catalina no pudo r e - tener un lijero es t remecimiento , y sintió c r i s - parse su mano gruesa y cor ta . —Y no obs tan te , sabias muy bien, dijo Catalina con su infame sonrisa, sabias muy b ien , Carlota, que el rey do Navar ra no ven- dría esta noche. —Yol señora, yo lo sabia! esclamó Carlo- ta con un acento de sorpresa perfectamente fingido. = S í , t ú lo sabias . — P a r a no venir , replicó la joven e s t r e m e - ciéndose al hacer esta suposición, es preciso q u e haya mue r to . Lo que an imaba á Carlota á ment i r así, era la c e r t i dumbre do q u e la venganza seria t e r - rible en el caso do que su traicioncita so descu- br iese . —Pero ¿no has escrito al rey do Navar ra , Car- lota mia? preguntó Catalina con la misma r i - sa silenciosa y c rue l . — N o , señora, respondió Carlota con una a d - mirable sencillez; vues t ra magestad no me había dicho n a d a . . . tal creo, al menos. Hubo entonces un momento de silencio, d u - r a n t e el cual Catalina miró á madama de S a u - ve como la serpiente mira al pájaro que fas- cina. —Te crees hermoso, no es verdad? Te crees despejada? dijo entonces Catalina. —No, señora , respondió Carlota; solo sé qne vuestra mages tad ha sido algunas veces d e - — 81 — masiado indulgente cuando se t r a i aba de mi discreción ó de mi he rmosura . —Y hien, dijo Catalina an imándose , si lo has creído le has engañado, si te lo he dicho, m e n - tía; al lado de mi hija Margarita no eres mas que una fea, una tonta . —Oh! eso es verdad, señora, dijo Car lota , y nunca lo negaré, sobre todo de lan te de vos . —De modo, continuó Catal ina, que el rey de Navarra prefiere con mucho á mi hija, y creo que no es eso lo que tú deseabas , ni lo que h a - bíamos arreglado. —Infeliz de mil esclamó Carlota deshac ién- dose en gemidos, sin que tuviese que recur r i r al fingimiento; oh! si es cierto, soy bien d e s d i - chada . —Loes! lo es! dijo Catalina pene t rando con los rayos de sus ojos como con dos puñales h a s - ta el corazón de madama S a u v e . —Pero, qué es lo que os lo hace creer? p r e - gun tó Carlota . —Baja á la cámara de la reina de Navar ra «pazza» y hal larás allí á tu a m a n t e . —Oh! esclamó la Sauve . Catalina alzó las espaldas . —Tendrás acaso celos? preguntó la reina madre-. —Yo? respondió m a d a m a de Sauve r eun ien - do todas sus fuerzas que parecían a b a n d o - nar la . —Sí , tú! tengo curiosidad de ver unos c e - los á la francesa! TOMO H. 6 — 82 — — P e r o , dijo m a d a m a de S a u v e , ¿cómo qu ie - re vuestra majes tad que yo tenga celos, á no ser que sean de amor propio? Yo no amo a! rey de Navarra mas que lo que exijo el servi- cio de vuestra magostad . Catalina : a contempló un momento , con ojos escudr iñadores . —Lo que me dices puede muy l>ien ser c ier- to , m u r m u r ó . —Vues t ra magestad lee en mi corazón. —Y ese corazón es en t e r amen te mió? — O r d e n a d , y juzgareis . = P u c s bien! Carlota, ya que t e sacrificas en servicio mió, es necesario que estés siempre enamorada del rey de Navar ra , y sobre todo que seas m u y colosa, colosa como una italiana. — P e r o , señora, de (pié modo se; encelan las i talianas? —Yo te le d i ré , replicó Catalina; y después de haber hecho dos ó t res movimientos de ca- beza de alto á bajo, salió silenciosa y lentamen- te como habia en t r ado . Carlota t u r b a d a por la mirada límpida de esos ojos di la tados como los de una pantera ó d e un ga to , sin que esa dilatación les hiciese perder nada de su profundidad, la dejó partir sin p ronunc ia r una palabra , sin p e r m i t i r á su al iento la facultad de eslenderse , y solo respiró son l iber tad cuando oyó la puer ta cer rarse tras la reina m a d r e , y que l)ariola vino á decirla «jHe la t e r r ib le aparición se habia ya dis ipado. —D-iriola, dijo entonces la Sauve , arrastra — 8 3 — un sillón hasta cerca de mi lecho, y pasa la no- che sentada en ól. Te lo suplico, po ique no me atrever ía á quedar sola. Dariola obedeció; pero á pesar de ia compa- ñía de su camarera q u e permaneció á su lado, á pesar de la luz de la lamparil la que hizo dejar encendida para mayor segur idad, la Sauve no pudo quedarse dormida hasta r aya r el a lba ; tal ruido hacia en su oido el metálico ac< nto de la voz de Catal ina. En t re tan to , aunque no se habia quedado d o r - mida hasta el amanecer , Margarita se desper tó al primer toque de las t rompetas , al p r imer la- drido de los [ierres. Levanto-e al ins tan te y empezó á vestir un trago negl-gé que r ayaba en trago de pretensión. Entonces ;lamo á sus d o n - cellas, hizo introducir en la an tecámara los gen- t i les -hombres del rey de Navarra q u e e s t aban de servicio; luego abr iendo la puerta que encer- raba bajo la misma llave á Enr ique y á la Mo- te, saludó afectuosamente con sus miradas á es- te úl t imo, y l lamando á su marido. —Vamos, sire, le dijo, no basta haber hecho creer á mi señora madre lo que no es; es n e c e - sario convencer á toda la corte de la perfecta inteligencia que reina en t re nosotros. Pero, t ranquil izaos, añadió r iendo, y retened bien mis palabras que las c i rcuns tanc ias hacen casi s o - lemnes. Hoy es la úl t ima vez que espongo á vuestra magostad á esta p rueba cruel . El rey de Navarra se sonrió y dio orden para introducir á sus gentiles hombres de c á m a r a . — 8-í — En el momento en que le saludaban fué cuan- do fingió recordar que se le habia olvidado la capa sobre el lecho de la reina; pidiólos enton- ces que le escusasen por haberlos recibido de aquel modo. Tomó la capa de manos de Marga- rita e s t r emadamente sonrojada, y la abrochó sobre el hombro . Luego, volviéndose hacia ellos, les pidió algunas noticias acerca J e la cor- te y de la c iudad. Margarita observaba d i s imuladamente la i m - percept ib le admiración que producía sobre el ros t ro de los gent i les -hombres esta int imidad q u e acababa de revelarse en t re el rey y la ru i - na de Nava r r a , cuando en t ró un ugier seguido de t res ó cua t ro gen t i l e s -hombres , anunciando al d u q u e de A lei icon. Para hacerle venir , (ííllona no habia tenido que hacer otra cosa que decirle que el rey h a - bia pasado la noche en la habitación de su e s - posa. Francisco ent ró con tal rapidez, que falló m u y poco para que derr ibase á los que le pre- cedían. Su pr imera mirada fué para Enr ique . Margarita solo ob tuvo la segunda . E n r i q u e le respondió con un saludo cortés: Margari ta arregló su rostro de modo quo e s - presaba la serenidad mas perfecta. FVancisco lanzó entonces otra mi rada vaga y escru tadora que abraza toda la c á m a r a ; vio el lecho de tapices desarreglado, las dos a lmoha- das de la cabecera aplas tadas y el sombrero del rey t i rado sobre una silla. — 8 5 — Palideció, pero reponiéndose al i n s t an te : — E n r i q u e , hermano mió, le dijo, ¿quieres venir esta mañana á jugar cou el rey á la p e - lota? —¿Es el rey quien me hace el honor de h a - berme elegido? preguntó Enr ique ; ¿ó es t an so - lo una atención de vuestra pa r t e , cuñado mió? —No; el rey no me ha dicho nada , dijo el d u q u e un poco corlado; ¿pero no formáis p a r t e de su part ida ordinaria? Enr ique se sonrió, porque desde la ú l t ima part ida que había jugado con el r ey , eran t a n - tos y tan graves los acontecimientos q u e se ha- bían sucedido, que no tendría nada de es t raño que Carlos IX hubiese cambiado sus jugadores habi tuales . —Allá voy, hermano mió, dijo Enr ique s o n - r iendo. —Venid, replicó el d u q u e . —¿Os vais? preguntó Margari ta . —Sí , hermana mia. —No obs tan te , ¿si yo os rec lamase a lgunos minutos? . . . . Sem< j a n t e petición era tan rara en boca de Margarita, que su hermano la miró sonro ján- dose y palideciendo suces ivamente . —¿Qué le irá á decir? pensó Enr ique no menos admirado q u e el d u q u e de Alencon. Margarita se volvió hacia su esposo como si adivínase la ¡dea que le ocupaba. —Señor , le dijo con una sonrisa e n c a n t a - dora, podéis ir á reuuvros con el rey cuando — 86 — gustéis, núes el secreto q u e tengo que reve- lar á mi hermano no lo es ya para vos, pues q u e habéis casi r ehusado la petición que o» hice ayer noche acerca de este secreto. Sen- tiría mucho, cont inuó Margari ta, fatigar por segunda vez a vues t ra mages tad , emitiendo delante de ella un deseo que al parecer le es desagradab le . —¿Qué es esto, pues? preguntó Francisco mi r ando á los dos esposos con la m a y o r a d - mirac ion . —Ah! ah! dijo Enr ique sonrojándose de des- pecho; ent iendo lo que queréis decir, señora; pero si no puedo conceder á Mr. de la Mole una hospitalidad que en el dia no podría ofre- cerle la menor seguridad, no dejaré por eso de recomendar (después de vos) á mí hermano Alencon, esa persona «por quien os in t e re - sáis.» Tal vez, añadió para dar mas fuerza á las espresiones que hemos ent recomado, tal vez mi hermano hallará algún medio que os permi ta dejar á Mr. de la Mole.. . aquí . . . - c e r - ca de vos lo q u e seria mejor que lodo lo d e m á s , ¿no es verdad , señora? — V a m o s , vamos , se dijo Margarita,entre los dos van á hacer lo que ninguno de ellos h u - biera hecho j a m a s por sí solo. Abr ió entonces la puerta del gabinete é h i - zo salir de él al joven herido, después de h a b e r dicho á Enr ique : —A vos, señor, os toca esplicar á mi he r - mano el motivo del j n l e r é í que nos inspira Mr. de la Mole. — 87 — Enrique, cogido en el garlito, refirió á Mr. de Alengon, que era medio protestante por opo- sición, así como Enrique era medio católico por prudencia, la llegada de Mr. de la Mole á Pa- rís, y cómo habían herido al joven á t'empo que venia á entregarle una carta de Mr. Au- riae. Cuando el duque se volvió, la Mole que habia salido ya del gabinete, estaba en pié delante de él. Cuando Francisco le vio tan hermoso, tan pálido, y por consiguiente cíen veces mas se- ductor con su belleza y su palidez4 sintió que en el fondo de su corazón nacía un nuevo te- mor. Margarita le hería en los celos y en el amor propio á la vez. —Hermano mío, le dijo, yo respondo de que este gentil-hombre será muy útil al que le emplee en su servicio. Si le aceptáis, él hallará en vos un amo poderoso, y vos en él un fiel servidor. En estos tiempos es preciso rodearse de gente fiel, hermano mió, sobre todo, añadió bajando la voz de modo que solo la oyese el duque de Alencon, sobre lo- do, cuando uno es ambicioso, y tiene la des- gracia de ser el tercero de los hijos de Fran- cia. Y puso un dedo sobre sus labios para in- dicar á Francisco queá pesar de esta espan- síon, guardaba todavía en su pecho una gran- de é importante porción de su pensamiento. — 88 — —Luego, añadió, tal vez pensareis todo al contrario de Enrique, es decir, que no es re- gular que este joven habite tan cerca de mi cámara. —Hermana mia, dijo vivamente Francisco, Mr. de la Mole puede estar dentro de me- dia hora instalado en nú habitación donde nada tendrá que temer. Esto es, si le convie- ne. Que me ame y le amaré. Francisco mentía, porque en el fondo de su corazón detestaba ya á Mr. de la Mole. — Bien, bien no me habia yo engañado murmuró Margarita que vio al rey de Na- varra fruncir las cejas. Ahí para conduciros á ambos, es preciso conduciros uno por otro. Luego completando su pensamiento: —Vamos, vamos, continuó; bien, Marga- rita, me diria ahora Enriqueta, bien. Media hora después la Mole gravemente ca- tequizado por Margarita, besaba la orla de su vestido, y subía la escalera que, conducía á la habitación de Mr. de Alencon, con bas- tante ligereza para estar herido. —Pasáronse dos ó tres días, durantelos cua- les pareció consolidarse mas y mas la buena armonía que reinaba entre Enrique y su es- posa. Enrique habia obtenido la gracia de no abjurar públicamente, pero habia hecho renun- cia entre las manos del confesor del rey, y oía todas las mañanas misa en el Louvre. Por la noche tomaba ostensiblemente el ca- mino de la habitación de su esposa, entra- — 8 9 — ba por la puerta principal, hablaba con ella algunos instantes, salia por la puertecita se- creta, y subia á la habitación de madama Sauve, que no habia dejado de advertirle la visita de la reina madre y del peligro incon- testable que corría. Enrique advertido por to- dos lados, redoblaba su desconfianza respecto á la reina madre, y con tanta mas razón, cuanto que el rostro de la reina madre, s« iba insensiblemente despejando. Enrique lle- gó k ver un dia una amable sonrisa sobre los labios pálidos de Calabria. Aquel dia no se atrevió á comer con seguridad mas que al- gunos huevos que habia visto él mismo co- cer, y á beber agua que habían sacado del Sena en su presencia. Los asesinatos continuaban aun, pero iban ya disminuyendo. Tantos hugonotes habían si- do asesinados, que el número de los que que- daban era ya muy corto en comparación de los que habia antes. La mayor parte de ellos habían muerto, otros habian huido, y algu- nos otros consiguieron permanecer ocultos. Oíase por intervalos en uno ú otro cuartel un gran clamoreo; y era cuando se habia des- cubierto alguno de los últimos. La ejecución era entonces pública ó privada á medida de que e', perseguido se veía cercado en algún rincón sin salida ó podia huir. En el último caso era una gran fiesta para el cuartel don- de sucedía el drama, porque en lugar de cal- marse con la estincion de sus enemigos, los — 90 — católicos eran cada vet mas feroces, y cuan- tos menos hugonotes q u e d a b a n , t an to mas cruel- men te perseguían estos infelices restos. Carlos IX habia tomado gran afición á ca- zar los hugonotes; luego cuando no habia po- dido cont inuar cazándolos por sí mismo, se deleitaba en ver cazar á los demás . Volviendo un dia de jugar al mallo, que era j u n t a m e n t e con la caza y la pelota, su diversión favorita, en t ró en la habitación de la reina m a d r e , con el rostro r ad ian tede ale- gría, y seguido de los cortesanos que e s t a - b a n de servicio, y que le acompañaban s i em- p r e . —Madre inial dijo abrazando á la floren- t ina , que se esforzaba en adivinar la causa de e>te gozo; ¡madre mia! una buena nueva! Muerte de todos los diablos! Sabéis una co- sa? pues es, que el cadáver del a lmirante se acaba de ha l la r . . . . ese i lustre esqueleto que ya creíamos perdido. —Ahí ahí dijo Cata l ina . — ¡Oh Dios mió! ¿no es verdad , madre mia, q u e habíais creiilo lo mismo que yo, que los per ros habían hecho con él su banquete do b o - da? pues nada do oso. Mi pueblo, mi buen pueb lo , mi querido pueblo, ha tonillo una idea feliz, han ahorcado al a lmirante en el garaba- to de Mont-faucou. «De alto en bajo á Gaspar lanzar supieron, luego de bajo en alto le subieron.» —Y bien, ¿quó? dijo Catal ina. — 91 — — Y bien, madre mia, replicó Carlos I I , he tenido siempre grandes deseos de volver á ver al almirante después de muerto; ¡ami- go querido!.... hace un tiempo bellísimo, to- do me parece hoy lleno de flores. El aire es- tá lleno de vida y de perfumes, y yo me encuentro bueno cual nunca. Si queréis, ma- dre mia, montaremos á caballo, ó iremos á Mont-faucon. —I r ia con todo mi corazón, hijo mió, d i - jo Catalina, si no hubiese dado una cita á la que no quiero faltar. Luego, para hacer una visita á un hombre de la importancia del se- ñor almirante, añadió, es preciso convidar to- da la corte. Será una buena ocasión para que los observadores puedan hacer anotaciones cu- riosas. Veremos quien viene y quien no. — A fé mia que tenéis razón, mi buena ma- dre, pero dejémoslo para mañana, es mejor. Convidad á vuestros amigos, yo convidaré á los mios ó mas bien, no convidemos á nadie. Diremos tan solo «vamos,» y todo el mundo tendrá la libertad de ir ó no. Adiós, madra mia, voy á tañer el cuerno. —Carlos, vais á consumiros. Ambrosio Paré os lo dice á todas horas, y tiene razón; es un ejercicio demasiado fatigoso para vos. —Balhl bathl bathl dijo Carlos, quisiera es- tar seguro de no morir de otra cosa. Enterraba yo entonces á todos los que hay aquí, hasta á ese Enriquito que debe sucedemos un dia según dice Nostradamus. — 9 2 — Catalina frunciólas cojas. —Hijo mió, desconfiad s iempre de ias co.-as que parecen imposibles, y en tan to cuidaos. —Dos ó t res tocatas nada mas , para alegrar mis perros que se cansau de a raña r la tierra con las uñas ; ¡pobres bestiasl hubiera debido lanzarles sobre los hugonotes , eso los habría alegrado. Y Carlos IX salió de la habitación de su m a - d re , en t ró en su gabinete de a r m a s , descolgó u n cuerno de caza, y lo tocó con tal fuerza, q u e hubiera hecho honor al mismo Rolando. Nadie podia comprender como podia salir un sonido tan fuerte de aquellos labios pálidos, ni de aquel cuerpo enfermo y débi l . Catalina aguardaba en efecto una «visita,» como habia dicho á su hijo. Apenas salió Car- los, vino una de sus doncellas ó avisarla, ha- biéndola en voz m u y baja. La reina se sonrió, se levantó , saludó á las personas que le hacían la cor te , y siguió á su mensagera . E n t r e t a n t o el florentino Rene , aquel á quien el rey de Navar ra habia hecho una acogida tan diplomática la noche misma de la San B a r t h e - lemy, acababa de en t r a r en el oratorio de la reina m a d r e . — A h ! sois vos, Rene, le dijo Catal ina, os aguardaba con impaciencia. Rene se inclinó. —Habéis recibido ya una carl i ta que os e s - cribí ayer? —He tenido el honor de recibirla, — 9 3 — —Habéis vuelto como yo os decia, á p r o b a r ese horóscopo, sacado por Rugieri , q u e concuer - da t an bien con la profecía de Nos t r adamus , que dice que mis t res hijos re inarán todos? hace algunos dias , Rene, que las cosas se han modificado bas tan te , y he llegado á pensar q u e tal vez el destino se presentará menos a m e n a - zador. —Señora , respondió Rene sacudiendo t r i s - temente la cabeza, vues t ra magestad sabe m u y bien, que no son las cosas las que modifican los destinos; al contrar io , es el dest ino quien modifica las cosas. —Pero sin embargo habéis renovado el s a - crificio, ¿no es verdad? —Sí señora, respondió Reno, porque mi pr i - mer deber es obedeceros. —Y bien ¿el resultado? —Siempre el mismo, señora. —Cómo! el cordero negro, lanza s i empre t res gritos? —Lo mismo que s iempre, señora . —Indicio de tres muer tes crueles en mi fami- lia m u r m u r ó Catalina. —Ah! dijo Rene. —Pero ¿y después? —Después, señora , tenía en las e n t r a ñ a s esa desnivelación del hígado que hemos notado ya en los dos sacrificios anter iores ; el hígado se inclina siempre en sentido inverso . —Cambio de dinast ía! s iempre! s iempre! siempre! m u r m u r ó Catalina, sin embargo , eso — 94 — es lo que es preciso cambiar. Rene continuó. Rene sacudió de nuevo la cabeza. —Ya lo he dicho á vuestra magestad,replicó, el destino es el que gobierna. — E s tu opinión? dijo Catalina. —Sí señora. = T e acuerdas del horóscopo de Juana de Ai- brel? —Si señora. —Repítemele; le he olvidado. — «Vives honorata,» dijo Rene, morieris re - formidata, regina amplicaberel —Lo que quiere decir, dijo Catalina, al me- nos tal creo, «vivirás honrada» y carecía hasta d é l a s primeras necesidades de la vida ¡pobrs mugerl «Morirás temida,» y nos hemos bur- lado de ella, serás mas grande aun de lo que has sido como reina,» he equí que ha muerto, y toda su grandeza se encierra en una tumba donde hasta nos hemos olvidado de colocar su nombre. —Señora, vuestra magestad traduce mal, el «vives honorata,» la reina de Navarra ha vi- vido, en efecto, honrada, porque en tanto qu« vivió gozó del amor de sus hijos, y del res - peto de todos sus partidarios, amor y respeto tanto mas sinceros, cuanto que ella era pobre. —Vaya, dijo Catalina, os pasaré el «viviréis dichosa» pero ¿y el morieris reformidata, cómo lo esplicais? —Cómo lo esplico? nada mas fácil. «Morirás temida.» — 95 — — Y ha m u e r t o temida? —Y tao temida , señora, que no hubiera muer to , si vuestra magestad no le hubiera teni- do miedo. En fin, «serás mas grande aun de lo que has sido como reina» esto es verdad , seño- r a ; porque en cambio de la corona perecedera , tiene tal veza estas horas , como reina y como már t i r , la corona del cielo; ademas , ¿quien sabe todavia el porvenir que está reservado en la tierra á su poster idad? Catalina era en efecto superst iciosa: de modo que se espantó mas aun de la sangre fria de Rene, que de la persistencia de los augurios; y como para ella un mal paso era una ocasión para sal tar a t rev idamente por sobre la s i t ua - ción, dijo b ruscamente ó Roñé sin mas t r a n - sición quo el ejercicio mudo de su pensamien to . —Han llegado perfumes de Italia? —Sí señora . —Bien, pues env iadme un cofrecilo sur t id* . — De cuales? —De los úl t imos de los . . . Catalina se de tuvo . —¿Ue los que tan to agradaban á la reina d e Navarra? replicó R e n e . —De los mismos . —No hay necesidad de p reparar los , no es verdad , señora? porque vues t ra magestad s a - be á estas horas casi t an to como yo. —Te lo parece, dijo Cata l ina . La verdad , «j«8 ellos acier tan. —Tiene vuestra magestad algo mas que d e - — 9 6 — cirme? preguntó el perfumista. —No; respondió Catalina pensat iva; ai m e - nos así lo creo. Pero si hacéis nuevos sacrificios decídmelo! es decir , si hay en el losalguna m u - danza . Dejemos es tar los corderos , y probemos las pollas. — A h , señora! temo que a u n q u e cambiemos de víctima no logremos cambiar los presagios. —Haz lo qne le digo. Rene saludó y salió. Catalina permaneció un momento sentada y pensa t iva , luego se levantó y volvió á en t ra r en su alcoba, donde la aguardaban sus donce- l las, á quienes anunció para el dia siguiente, el peregrinage á Mont-faucon. La nueva de esta part ida de diversión, fué d u r a n t e la noche la conversación del palacio, y el r u m o r de la c iudad. Las damas hicieron pre- pa ra r sus mas elegantes tocados, los gen t í - ¡es^bombres sus a rmas y sus caballos de cere- monia . Los mercaderes cerraron sus t iendas y tal leres, y los ociosos del populacho m a t a - ron aquí y alli algunos hugonotes que es taban guardados para una buena ocasión, á fin de dar ai a lmi ran te un acompañamien to regular . Todo esto motivó un gran ruido d u r a n t e toda la l a r d e , y una gran par te de la noche. La Mole habia pasado el dia m a s t r i s te dei m u n d o , y á es tedia se habian seguido otros t res ó cua t ro igualmente t r i s tes . Mr. de Alen- con, tan solo por obedecer hasta los m e n o - res deseos de Margarita, había ins ta lados ¡a — 07 — Mole en su habitación, pero él no había v u e l - to á ver la . La Mole se sentía, pues , como un niño a b a n - donado, y privado de los cuidados . t iernos, d e - licados y encantadores de dos mugeres , cuyo solo recuerdo, es decir, el de una de el las, d e - voraba incesantemente! su pensamien to . Había recibido noticias suyas por el cirujano A m b r o - sio Paré , por quien Margarita le había enviado espiesiones; pero estas noticias t rasmi t idas por un hombre de cir .cucnla años, que ignoraba ó fingía ignorar el in te rés que inspiraban á la Mo- le, las menores espresiones que tuviesen re la - ción con Margarita, eran bien incompletas y rnuv insuficientes, lis verdad que Gillona h a - bía venido una ve/, en su n o m b r e á saber no- ticias acerca de la salud del herido, lista visita había hecho sobre él el efecto de un rayo de sol en un calabozo, y la Mole habia quedado como des lumhrado , aguardando siempre una segunda ap&ricion; pero aunque ya se habían pasado dos días después de la p r imera , nadie pareció. De modo, que cuando part iciparon al c o n v a - leciente esa reunión espléndida de toda la cor te , señalada para el día siguiente, hizo que pidie- sen á Mr. de Alencon la gracia de que le pe rmi - tiese acompañar le . El duque ni se p regun tó siquiera si Mr. de la Mole estaba en estado de sopor tar la fatiga, y respondió: —Con mucho placerl que le den uno da rnis eaballos. TOMO I I . 7 — 9 8 — Esto era todo lo que deseaba Mr. de la Mo- le; el señor Ambrosio Paré vino como siempre á curar le . La Mole le espuso el compromiso en que se veía de m o n t a r á cabal lo , y le rogó que pusiese doble cuidado al colocarle los vendages. Tanto la herida de la espalda como la del pe- cho habían cer rado, solo la de la espalda le h a - cia sufrir un poco. A m b a s es taban sonrosadas como deben estarlo las carnes que van cu rando . Maestro Ambrosio Paré le cubrió todas con un tafetán engomado, muy en boga en esta época para esta sue r t e de her idas , y le aseguró á la Mole, que con tal que no hiciese demasiados movimientos en la escursíon que iba á hacer, que todo iría bien. L» Mole estaba en el colmo de su alegría; si se eseeplúa cierta debilidad originada por la pérdida de sangre , y un ligero a turdimiento que d imanaba de la misma causa, se sentia t an bien como an tes de su her ida . Además , Margarita formaba sin duda par te de esta cabalgata ; volvería á ver á Margarita, y cuando pensaba en el bien que le había he- cho la vista de Gillona, no dudaba de que sería mucho mas eficaz la de su señora. La Mole empleó una pa r te del dinero que su familia le habia dado al par t i r , en compra r la mas beba casaca de raso blanco, y la mas rica capa bordada q u e pudo procurar le el sastre de moda. Ese mismo le proporcionó las botas de c e r o per fumadas que se llevaban en aquella época: t rajéronle el vestido completo aquella — 99 — misma mañana , y tan solo media hora después de la (pie habia lijado la Mole, es decir, q u e no tuvo mucho por qué reñir . So vistió rápida- men te , se miró al espejo,so halló bas tan te bien vestido, adornado y perfumado, para q u e d a r satisfecho de sí misino; en fin, dio algunos p a - seos con paso rápido por la habi tación, lo q u e le persuadió d e q u e dejando apa r t e a lgunos dolores bas t an te vivos, la felicidad moral haría callar las incomodidades físicas. En tanto que pasaba esta escena en el Lou- vre , sucedía otra del misino género en el p a - lacio de Guisa. Un caballero do alta es ta tu - ra y cabellos de un rojo subido, e x a m i n a - ba delante de un espejo una gran raya e n - calmada q u e le a t ravesaba bien d e s a g r a d a - b lemente el rostro; peinaba y perfumaba s u s bigotes, y estendía sob ;e esta desdichada r a - ya, qué á despecho de todos los cosméticos que se usaban en esta época, se obs t inaba en aparecer; estendia, digo, una t r iple capa de encarnación; poro como esta aplicación era inúti l , ocurr iósele una idea s ingular . El sol ardiente del mes do agosto, lanzaba sus r a - yos sobre el palio; bajó á él, y con el s o m - brero en la mano y los ojos cerrados, se pa - seo du ran te diez minu tos , esponióndoso v o - luntar iamente á esta llama devoradora que caía á torrentes del cielo. AI cabo de diez minu tos , gracias á una in- solación do pr imer o rden , el cabal lero habia llegado á tener el rostro tan encendido, que la raya encarnada no estaba ya en artnor- con el r A ¿¡ottre. Encanta . lo y satisfecho de su caballo, co- mo lo estaba de sí mismo, este caballero que nues t ros lectores habrán sin duda reconocido, montó en su l ind . silla un cuar to de hora an tes que lodos, haciendo resonar el patio del palacio do Guisa con los relinchos del caballo, á los qi! • él respondía sujetándole y modu- lando «y.oü'.Ü» en toilos los tonos. Al cabo de algún lien;no a u n q u e corto, el caballo ya c o m p l é t a m e ! : : ' domado, reconocía con su do- cilidad y obediencia, la legítima superioridad de su g inete ; pero esta victoria no se habia ganado sin r o d o , y este ruido (tal vez con- taba ya con él nuestro caballero) atrajo á las "Vidrieras una dama , que nues t ro domador de caballos sa ludóprofundamente , y la q u e s o so» — 101 — lió con él do la manera mas graciosa. Cinco minutos después, madama de Nevers hacia l lamar á su in tendente . —Señor , le preguntó , se ha hecho a l m o r - zar del icadamente al señor conde Annibal de Coconnas? —Sí , señora, respondió, el in tenden te , y ha comido con mejor apeti to que de c o s t u m b r e . —Bien, caballero, dijo la d u q u e s a . Luego volviéndose hacia su pr imer gen t i l - hombre : —Mr. de Arguzon, le dijo, v a m o s al L o u - vre , y os suplico que no perdáis!de vista al señor conde Annibal de Coconnas, porque está herido, y por lo tanto débl^jior todo c u a n - to hay en el mundo no quisiera que le s u - cediera nada. Haría reir mucho. A tos h u g o - notes, que sin duda le guardan* rencor d e s - de la b ienaventurada ta rde de la S a i n t - B a r t h e - lem y. Y madama de Nevers , mon tando á caballo á su vez, partió radiante para el Louvre , d o n - de era el pun to de reunión general . CAPITULO VIL El cuerpo de un enemigo muerto huele siem- pre bien. E r a n las dos de la t a r d e , cuando una fila de gent i les -hombres á caballo, de s lumbran t e s de — Í 0 2 — oro, de joyas y Irages espléndidos, apar«ció en la calle de Saint Denis, desembocando en el ángulo del cementer io de los Inocentes, y desplegándose al sol, en t re las dos filas de c a - sas sombrías , como un inmenso reptil de br i - l lantes anillos. Ninguna cabalgata por rica y radiante que sea , puede d a r n o s una idea de es te espec tácu- lo. Esos t rages sedosos, r icos, y br i l lantes , l e - gados como una joya espléndida, por Francisco I á sus sucesores ," no se habían t ras íormado aun en (Sos vestidos sombríos y estrechos que fueron de IVU .J.I bajo Enr ique I I I , de modo que el Ira ge de Carlos ÍX, menos rico, pero tal vez m a s e legante qule el de las épocas precedentes , bri l laba en str .mas perfecta a rmonía . En n u e s - tros días ya no puede hal larse comparación con semejante comit iva, porque aun en nues t ras magníficas reuniones , nos hemos sujetado á la uniformidad y á la s imetr ía . Pagos, escuderos , gen t i l es -hombres de s e - gundo orden , per ros y cabal los q u e marchaban á los lados y de t r á s , hacían del acompañamien- to real un verdadero ejército. Detrás de este e jérci to , venia el pueblo , ó por mejor decir, el pueblo estaba en todas par tes . El pueblo seguia, escollaba y precedía; g r i - t ando á la vez, ¡Noel! 5 ¡Haro !(1), porque é n - t r e l a comitiva se distinguían algunos ca lv in i s - tas reunidos , y el pueblo es rencoroso. \\) Navidad, y ayuda. — 103 — Aquella misma mañana hal lándose en p r e - sencia de la reina Catalina y del d u q u e de Gu i - sa, Carlos IX había hablado delante de E n r i - que de Navarra , de ir á visi tar el cadalso de Mont-faucon, ó mas bien el cuerpo mut i lado del a lmirante que habían ahorcado en é l , c o - mo de una cosa muy na tu ra l . El pr imer i m p u l - so de Enr ique fué el de no lomar pa r le en e s - ta visita. Eso era lo que aguardaba Catal ina. A las pr imeras palabras que pronunció el Bearnés indicando su repugnancia , la reina madre cam- bió una mirada y una sonrisa con el d u q u e de Guisa. Enr ique notó a m b a s cosas, las compren- dió, y volviendo sobre sí: —Pero al fin, dijo, por qué no había de ir? Soy católico, y pertenezco en todo á mi nueva religión. Luego dirijiéndose á Carlos IX: —Cuente vuestra magostad conmigo, le d i - jo, me contemplaré dichoso en ir s iempre d o n - de quiera que ella vaya . Y arrojó en torno suyo una ojeada ráp ida , para contar las cejas que se fruncían, < De modo que la persona quo mas l lamaba la atención en esta comitiva, era esto hijo sin ma- dre , este rey sin reino, este hugonote c o n v e r - tido en católico. Su rostro prolongado y c a r a c - terístico, su aspecto un poco vulgar , su familia- ridad para con los inferiores, familiaridad q u e Enr ique llevaba hasta el grado de ser indeco- rosa en un rey , familiaridad que se resentía de los hábi tos montañeses de su j u v e n t u d , y q u e — 104 — conservó hasta su m u e r t e , le señalaban á los jos de torios los e spec tadores . Algunos de es- tos gr i taban: —A misa! Enr iqu i to , á misal —Ya la oí ayer , vengo de oiría hoy, y vol- vere allá m a ñ a n a . ¡Yenlre s a in tg r i s ! me p a r e - ce es bas tan te ! En cuanto á Margarita, es taba á caballo, tan bella, tan fresca, l i n elegante, que la a d m i r a - ción formaba en rededor de ella un concierto, del que es preciso confesar que se escapaban a lgunas notas para dirigirse á su compañera la duquesa de Nevers , que acababa de reunirse con la reina, y cuyo caballo blanco, como si se enorgulleciese del poso que sus ten taba , sa- cudía furiosamente la cabeza. — Y bien, duquesa. ' qué hay do nuevo? p r e - guntó Margari ta . — N a d a , señora , respondió Enriqueta en voz al ta , nada al menos que yo sepa. Luego mas bajo: —Y el hugonote , quó se ha hecho? preguntó . —Ya le halló un retiro casi seguro, r e spon- dió Margari ta; y el gran matador de gentes?. . , qué has hecho de él? —Ha quer ido venir á la función; monta el caballo de batalla de Mr. de Novers, un c a - ballo g rande como un elefante. Es un ginele espantoso. Le permit í asistir á la reunión, por- que hoy juzgo que tu hugonote habrá p e r - manecido p ruden temen te en su cuar to , y así no tendremos el temor de que puedan encon - t ra r se . —Ohl á fé mía, dijo Margarita, que a u n q u e estuviese aquí , que no está, no habría que t e - mer el encuentro por eso. Mi hugonote es un bello joven y nada nías, una paloma y no un milano; ar ru l la , pero no m u e r d e . Además , aña- dió la joven reina con un acento imposible de describir , y alzando ligeramente las espa ldas ; además, le hemoscreido hugonote en tan to que tal vez será b rahma , y su religión no le p e r - mitirá d e r r a m a r sangre . —Pero, ¿dónde está Mr. de Alencon, dijo Enr ique ta , que no le veo? —Vendrá á reuni rse , tenia los ojos malos esta mañana , y no lenia gana de venir; p e - ro como so sabe que se inclina á los hugo- notes tan solo por llevar la contrar ia á C a r - los y á Kriríque, se le hizo presente que el rey podía in terpre tar mal su ausencia y se decidió. Pero, agua rda . . . . Todos miran y g r i - tan allá á dajo. Sin duda es él, que viene por la puer ta de Montmar t re . — E n efecto, es él , dijo Enr ique r iendo, ya le rec onocí. Y en verdad que tiene hoy buen semil lante . Hace algún tiempo que se a d o r - na de un modo s ingular ; sin duda está e n a - morado. Ved, Margarita, que bueno es ser un príncipe de la sangro: ga.opa sobre el p u e - blo, y el pueblo le deja el paso. — E n efecto, dijo Mai garita riendo, va á a t r e - pellarnos; ¡Dios me perdone! Pero, duquesa , haced guardar la línea á vuestros gent i les - hombres , porque he ahí uno que si no se — 1 0 6 — reúne á la fila, vá á perecer atropellado. — E h l eli! es mi in t répido, esclamó la d u - quesa , mira , pues , mira! Coconnas babia en electo abandonado la fila, para acercarse á madama de Nevers ; pero en el momento en que su caballo a t ravesaba la espe- cie de ba luar te eslerior que separa la calle del a r raba l de San Denis, un caballero de los do la comitiva de Alencon, se estrelló contra Cocon- nas , á pesar do los esfuerzos que hacia piara de tener su caballo desbocado. Coconnas v io- l en t amen te sacudido, vaciló sobre su m o l t u r a colosal, su sombrero osluv» para caer, Cocon- nas le de tuvo , y se volvió furioso. —Dios ¡niol dijo Margarita inclinándose h á - eia el oído do su a n i L a , ¡Mr. de la Molel —Cómo! ose joven hernioso y pálido? es - elamó la duquesa sin poder reprimir la pr ime- ra impres ión . —Sí , sí, ose rpie ha oslado á pique d e d e r - r ibar á tu p iamonlés . = O h ! dijo la duquesa , van á suceder aquí lances espantosos! : se miran se r e - conocen. En efecto, cuando Coconnas reconoció al volverse la figura de la Molo, fué tal su so r - presa , que dejó caer la brida de su caballo, po rque creía c ier tamente haber muer to á su ant iguo compañero , ó al menos haber le p u e s - to por algún tiempo fuera de comba le . La Mo- le por su pa r te reconoció á Coconnas, y sintió un volcan subírsele al rostro. Durante a lgunos — 107 — segundos que bastaron para espr imir lodos los sent imientos que animaban aquellos dos h o m - bres , lanzáronse una mirada m u t u a , q u e hizo estremecerse á las dos jóvenes . La Mole, d e s - pués de haber mirado en rededor suyo , y de habe r comprendido sin duda , que el sitio era muy poco apropósito para una esplicacion, p i - có su caballo, y se reunió á Mr. de Alencon. Coconnas permaneció un momento en el mis - mo sitio, retorciendo sus bigotes, y haciendo subir el es t remo de ellos hasta picarse ios ojos; luego viendo que la Mole se alejaba sin decir- le nada mas , volvió él t ambién á ponerse en marcha . —Ah! ah /d i jo Margarita con un dolor desdft- ñoso, no me habia engañado . . . ohl eslo es d e - masiado fuertel Y se mordió los labios hasta d e r r a m a r s a n - gre . — E s bien hermoso! respondió la duquesa con conmiseración. En este mismo momento aeababa Mr. de Alencon de ocupar su sitio de t r á s del rey y de la reina madre , de suer te que sus gent i les-hom- bres si quer ían reunirse con é l , tenían que p a - sar por de lante de Margarita y de la duquesa de Nevers . La Mole al pasar á su vez por d e - lan te de las pr incesas , levantó su sombrero , saludó á la reina incl inándose hasta el cuello del 'cabal lo, y permaneció con la cabeza d e s - nuda aguardando á que su magostad le h o n r a - se con una mirada . — IOS — Margarita volvió f ie ramente la cabeza hacia e t r o lado. La Mole leyó sin duda esa espresion de des - den sobre el rostro de Margari ta, y su rostro pálido se volvió lívido. Además , para no caer del caballo, se vio obligado á agar rarse de la e r in . —Oh! ohl dijo Enr iqueta á la reina, mírale, erue! , mírale , va á d e s m a y a r s e . . . —Buenol dijo la reina con una sonrisa ame- nazan te , no nos faltaba ya mas que eso. Tienes sales? . . . . —Madama de Nevers se engañaba . Mr. de la Mole a u n q u e t amba leando , recobró al fin las fuerzas, y fué afirmándose sobre su caballo á ocupar su puesto cerca de Mr. de Alencon. En tan to la comitiva iba a v a l u a n d o , y ya se dibujaba en el espacio el lúgubre períil del ca- dalso crijido y estrenado por Enguer rand de Marigny. Nunca había estado tan bien gua r - necido como ahora . Les alguaciles y los guardias marcharon d e - lante , y formaron un ancho círculo enrededor del pa t íbulo . Al verlos acercarse , los cuervos que es taban anidados sobre las horcas, echaron á volar lanzando gritos de desesperación. La horca q u e se levantaba en Mol-faucon, ofrecía casi s iempre de t rás de su;; co lumnas , un abrigo á los perros atraídos á aquel sitio por una presa casi cont inua, y á los bandidos ó filósofos, que venían ailí á medi tar sobre las vicisitudes de la fortuna. — 1 0 9 — No se hallaban entonóos en Mont-fauoon (ai monos en apariencia) ni perros , ni bandidos . Los alguaciles y los guardas habían echado de allí á los primeros ai mismo t iempo que á los cuervos, y los segundos se habían confundido con el pueblo paia ejecutar alguno do esos j u e - gos do sutileza (pie son las r ientcs vicisitudes del oficio. La comitiva avanzaba a u n . El rey y Catalina llegaron los pr imeros , luego venían el d u q u e de Anjou, el duque de Alencon, el rey de N a - var ra , el duque do Guisa, y sus gen t i l e s -hom- bres ; luego Margarita, la duquesa (lo Nevers y todas las damas que componían lo que se l la- maba el escuadrón volante de la reina, después los pagos, los escuderos, los lacayos y el pueblo , en t re toilos diez mil personas . Pcndia de la horca pr incipal , una masa in - forme, un cadáver negro, manchado de sangre coagulada y de lodo, b lanqueado por nuevas e a p a s d o polvo. Fallábalo á osle cadáver la c a - beza, de triodo (pie lo habían ahorcado por los píos. Por lo domas oí populacho, ingenioso r i - mo s iempre , hahiii reemplazado la cabeza con un envoltorio do paja: á este envoltorio lo h a - bían puesto una máscara , y en la boca do esta máscara algún burlón (pie conocía las cos tum- bres del señor a lmi ran te , había introducido un limpia d ien tes . Era un espectáculo á la vez lúgubre y ra ro , ver todos esos caballeros elegantes, todas esas bellas damas desfilando como una procesión — 110 — pintada por Goyo, en medio de los esqueletos ennegrecidos y de los brazos descarnados de las horcas . Cuanto mas br i l lan te era la alegría de los peregrinos, t an to mayor cont ras te formaba con el sombrío silencio, y la fría insensibilidad de aquellos cadáveres , objeto de las mas pi- cantes ironías que hacian estremecer á los m i s - mos que las p ronunc iaban . Muchos sopor taban con pena este horr ible espectáculo, y al ver la g ran palidez de Enr ique que estaba en el grupo de les hugonotes convert idos , se conocía que á pesar del imperio que ejercía sobre sí mismo, á pesar del alto grado de disimulación de que el cielo le había dotado, no podia sostenerse por mas t iempo: protestó el olor infecto que e x h a - laban aquellos restos humanos , y acercándose á Carlos IX que colocado al lado de Catalina permanecía delante de los restos del a lmi- r an t e : — S i r e , dijo, vues t ra mogestad conocerá que este pobre cadáver huele bien mal , para poder pe rmanecer aquí por mas t iempo. —Te lo parece, Enriqui to? dijo Carlos IX, cuyos ojos br i l laban con un gozo feroz. —Sí , s i re . — P u e s bien! yo no soy de la misma op i - n i ó n . . . el cuerpo da un enemigo muer to huele s i empre b ien . —A fe mía, sire, dijo Tavannes , pues q u e vuestra mageslad sabia que íbamos á venir á hacer una visita al señor a lmi ran te , hubiera hecho mejor en invi tar á Pedro Ronsard , su — 111 — maestro de poesía; en tanto que es t ábamos aquí , hubiera hecho el epitafio del viejo G a s - par . —Para eso no hay necesidad de él, dijo Car- los IX, yo le ha r é . . . por ejemplo, escuchad, s e - ñores, añadió después de haber reflexionado un momento . «Aquí yace . . . (por Diosl mal espresado que yacer es palabra muy cortés;) aquí el noble a lmiran te fué colgado, á falta de cabezo, por los pies.» —Bravo! bravo! sire, esclamaron algunos gent i les -hombres católicos á la vez, en tan to que los hugonotes convertidos fruncían las ce- jas guardando silencio. En cuanto á Enr ique , como estaba e n t o n - ces hablando con Margarita y madama de N e - véis , fingió no haber oido nada . —Vamos, vamos , señor, dijo Catalina á quien empezaba á int imidar el mal olor, á p e - sar de estar cubierta de perfumes; vamos , por m u y buena (pie sea una compañía , se la d e - ja . Despidámonos del señor a lmi ran te y vol - vamos á Paris . Catalina hizo un gesto irónico con la cabe- za, como cuando uno se despide de un amigo, y volviéndose á colocar á la cabeza de la c o - lumna, se puso de nuevo en camino, en t an to que la comitiva desfilaba delante del cadáver de Coiigny. El sol se ocultaba entonces en el horizonte. El pueblo se deslizó de t rá s de sus mages ta - — 11'2 — des, para gozar hasta el lio de la n¡agn¡!¡ecnei.¡ d é l a comitiva y de los detalles del espectácu­ lo. Los ladrones siguieron el риеЫо, de modo que diez minutos después de la part ida del rey no habia ya una sola persona en rededor del cadáver muti lado del a lmi ran te , que comen­ zaban á bambolear las brisas de la t a rde . Cuando liemos dicho que no habia nadie, nos engañamos. Cn caballero montado sobre un caballo negro, y que no había podido sin duda contemplar á su gusto esto tronco infor­ me y ennegrecido en presencia de los príncipes, habia permanecido el úl t imo, y se divertía en contemplar y e x a m i n a r e n todos sus detalles estas cadenas , lañas, pilares de piedra, el cadal­ so en fin, (pie para un joven como él, recién llegado á París, 6 ignorando la perfección que muestra en ledas las cosas la capital , era todo lo que el hombre pudo inventar de mas t e r ­ rible y de т а л feo. No hnv necesidad de decir á nuest ros lectores que este hombre era nues t ro amigo Coconnas. El ojo ejercitado de una mtiger le habia b u s ­ cado en vano en la cabalgata , y habia sondea­ do todas las í ü n s sin poder hallarle. Mr. de Coconnas permanecía, como hemos dicho, eslasiade delante de la obra de E n g u e r ­ rand de Marigny. lío era solo esta muger la que buscaba á Co­ connas . Otro caballero, notable por su hermosa ropilla de raso Illanco, y por su elegante p l u ­ ma, después de haber mirado is pelidas veces — 113 — adelante y a los lados, echó una ojeada háci a i ras , y vio la altiva es ta tu ra de Coconnas, y el gigantesco p e r l i l d e s u caballo que se dibu- j aban vigorosamente sobre el cielo enrojecido con los últimos reflejos del sol poniente . Entonces el caballero d é l a ropilla de raso blanco abandonó el sendero que seguía toda la cabalgata, lomó un semien to , y d e sc r i - biendo una curba volvió hacía el cadalso . Casi al mismo t iempo la dama á quien he- mos reconocido por la duquesa de Nevers , así como hemos reconocido en el caballero á Mr. de Coconnas, montado en su gran caballo n e - gro, se acercó a Margarita y le dijo: —Margari ta , a m b a s nos hemos engañado, porque el piamonlés se quedó a t r á s , y M r . d e la Mole le ha seguido. —Mordí! replicó Margarita r iendo, algo vá á suceder ¿quí . A fé míal que no me d i s - gustaría deshacer el engaño. Margarita se volvió y vio ó la Mole que ejecutaba efectivamente la maniobra que he- mos dicho. Entonces fueron las dos princesas las que desearon abandona r la fila; la ocasión era de las mas favorables: daban entonces vuelta por delante de un sendero bordado por a l tas c e r - cas , el que subiendo c i d a vez mas pasaba á treinta pasos del cadalso . Madama de N e - vers dijo una palabra al oido de su capi tán de guardias , Margarita hizo una seña á G i - ilcma, y los cua t ro echaron á a n d a r | 4 p o r un TOMO 11. 8 camino cs l raviado, y fueron á emboscarse de- t rás del matorra l mas cercano al lugar en que iba ó represen ta rse la escena, de que al pa - recer deseaban ser espectadores . Habría, co • mo hemos dicho, unos treinta pasos desde es- te matorra l al sitio en que Curonnas a r r e - balado en estasis , gesticulaba delante del c a - dáver del a lmi ran te . Margarita echó pié á t ier ra , madama de Ne- vers y Gillona hicieron lo mismo, el capitán bajó también á su vez y reunió en sus m a - nos las br idas de los cua t ro caballos. El cés- ped fresco y espeso ofrecía á las t res damas un asiento que mil veces desean las princesas sin poderle ob tener . Hubo entonces una d e e s a s clárelas de cre- púsculo, que les p"rmit ió observar hasta ios menores deta l les . La Mole había descrito su círculo: vino á colocarse de t rás de Coeonnas, y alargando la mano le dio un golpecilo sobre el hombro . El p iamonlés se \ olvió. . Oh', oh! dijo, luego no era un sueño, y vivís todavía? Sí, respondió la Mole, sí, \ ¡vo todavía. No es culpa vues t ra , pero vivo al fin. —Mordi! replicó Cocorinas, os reconozco muy bien á pesar de vuestro rostro pálido. La úl- t ima vez que nos vimos estabais mas enca rna - do que ahora . Y yo, dijo la Mole, también os reconoz- co á pesar fie esa líiva amarilla que os c i r - — 115 — ta el ros t ro ; la úllima voz que nos vimos es - tabais mas piliilo que ahora, es decir , cuan - do yo os lo t r acé . Coconnas se mordió los labios, pero de te r - minado al p a r e c e r á p rosegu i r l a conversación con el mismo tono do ironía, cont inuó: —¿No es verdad, Mr. do la M de, que es una cosa curiosa para un hugonote , poder con- templar al señor a lmi ran te ahorcado ó este garfio de. hierro? Y el decir que hay gentes tan exa ¡eradas que nos acusan de haber d a - do la muer te á los hugonotes y hasta los h u - gonotínos de total —Conde, dijo la Mole inclinándose, \ a no soy hugonote, tengo 11 dicha de ser ya c a - tólico. —fialh! esclamó Coconnas p ro rumpiendo en una carcajada, os habéis conver t ido , cabal le- ro? Oh! oso es sabor en tender lo . —Cabal lero, cont inuó la Mole con la m i s - ma seriedad y la misma política, hice voto de conver t i rme, si escapaba de la ma tanza . —Conde, replicó el p iumontés , es un voto muy p ruden te y os felicito por él: ¿y no h a - béis hecho a lgunos otros? —Sí , señor, t ambién hice un segundo voto, respondió la Mole acariciando a su caballo con la mas perfecta se ren idad . =:Cuái? preguntó Coconnas . —El de colgaros allá a r r i ba , en ese c lavi to , un poco mas abajo del señor a lmi ran te , q u e parece que os está agua rdando . — 1 [() — —Cómo? dijo Cocomias, vivo como estoy? —No, señor, sino después de haberos a t r a - vesado el cuerpo con m: espada . Coconnas se puso como la pú rpu ra ; sus ojos verdes lanzaban Mamas. = M í r a d , dijo Coconnas bur lándose , mi rad , á este c lavo. —Sí , repitió la Mole, á este clavo —No sois aun bas tan te alto para hacerlo, cabal ler i lo mió, dijo Coconnas. — E n t o n c e s me pondré de pié sobre vues t ro cabal lo , mi gran matador de gentes , respondió la Mole. Ah! creísteis acaso, mi querido Anní- bal de Coconnas, (pie se asesinan así las gen - tes i m p u n e m e n t e , con solo el honorable y leal p re tes to de ser ciento contra uno? Nenni! llega s iempre un dia en que el hombre halla al h o m - bre , y creo que ese (lia ha llegado ya. Desearía hacer pedazos vuestra infame cabeza de un pistoletazo; pero ¡batli! apuntar ía mal ; porque la mano me tiembla todavía de resul tas de las her idas que me b i ' e i ; . hecho á traición. —Mí infame cabeza! ruguió Coconna.s sa l t an - do del cabal lo. A tierral abajo! abajol señor conde! de:-envainemos. Y echó mano á la espada. —YÍC p a r e c e que tu oagon<>le ha (helio infa- me eabiv.a, m u r m u r ó la duqo.esa de Nevers al oído ¡le Jía ¡'garita; acaso le parece feo? — Es encan tador , dijo Margarita riendo, y me veo obligada á confesar que la cólera l uce injusto á la Mole, pero ¡chut! mi remos . Rn efe. to. la "íolo se h a b í a bajado del ca- — 1 1 7 — hallo con lauta calma como prisa habia tenido Goeonr.as, sacó su espada y se puso en gua rd ia . — A y ! dijo alargando el b razo . —Oiifl m u r m u r ó Coconnas desplegando el suyo , porque debemos recordar que ambos es - taban heridos cu el hombro , y que un m o v i - miento \ ivo les hacia s u b i r . Salió cu lotices de t rás de los mator ra les una carcajada mal repr imida . Las princesas no h a - bían podido contenerse, al ver á los dos c a m - peones frotarse «'1 homóplato haciendo gestos . Esta carcajada llegó hasta los dos cabal leros , que ignoraban (pie su al tercado tuviese t e s t i - gos, y que al volver la cabeza reconocieron á sus quer idas . La Mole se puso de nuevo en guardia , firme como un au tómata , \ Coconnas (lió el p r imer golpe con un Mordí! de los mas acen tuados . —Eli! eh! pero van á degollarse si no p o n e - mos orden . Basta de chanzas! hola! c a b a l l e - ros ! . . . hola! —Déjalos, déjalos, dijo Enr ique ta que veía S Coconnas empeñado i n la lucha , y creía de toda corazón que daría el mismo fin de la Mole, que de los dos sobadnos y del hijo de Mercandon. —Oh! q u é bellos están asíl dijo Margarita; mira, se diría que al ientan fuego. Y en efecto, el comba le q u e habia empezado con bur las y provocaciones, desde que los des campeones habían cruzado los aceros, se habia vuelto silencioso. Ambos desconfiaban de s u s propias fuerzas, y á cada movimiento un poco — 118 — YI'VO , so veían forzados á repr imir un estremeci- miento doloroso ocasionado por las antiguas h e - r idas . En t re t an to la Mole con los ojos fi os y ard ien tes , ta boca en t reabier ta y los dientes comprimidos , se avanzaba con paso fu me y seco sobre Coeonnas, que reconociendo en él un maestro en pun to á esgrima, rompía paso á paso, pero al fin rompía . Llegaron así hasta el borde del foso que los separaba de los espec ta- dores . Allí, como si esta ret i rada hubiese sido un cálculo para acercarse á su dama , Coeonnas se de tuvo , y aprovechándose de un descanso un poro largo de la Mole, le dio con la rapidez del relámpago una estucada tan diestra , que en el mismo ins tante brilló sobre la hermosa ro- pilla de raso blanco, una mancha roja que se estendía por momentos . — Ahí pobre la Mole! dijo Margarita exha- lando un grito de dolor. La Mole, oyó este gri to, lanzó sobre la reina una de esas mi radas que pene t ran hasta el c o - razón como la punta de una espada, y fin- giendo q u e formaba un circulo, se lanzó con to- das sus fuerzas sobre su enemigo. Esta vez arrojaron las dos jóvenes dos gritos, q u e formaron en el aire uno solo; la pm. ta de la larga espada de la Mole, había aparecido aguda y sangrienta por la espalda de Co- eonnas . Sin emba rgo , ni uno ni otro cayó; a m - bos permanecieron en pié, mirándose con la — 119 — boca ab ie r ta , y conociendo que al p r imer m o - vimiento que hiciesen iba á fallarles el e q u i - librio. En fin, el p iamontés q u e es taba mas peligrosamente herido que su adversa r io , y sintiendo (¡ue perdía, las fuerzas con la s a n - gre que de r ramaba , se dejó caer sobre la Mo- le, sujetándole con un brazo, y es forzándo- se con el otro en desenvaiuar su puña l . La Mole por su par le reunió lodas sus fuerzas y dejó caer el pomo de su espada en medio de la frente de Coconnas, que a tu rd ido con el golpe cayó; poro a r ras t ró á su a d v e r s a - rio con él , y ambos rodaron en el foso. Margarita y la duquesa de Nevers al ver que aunque mor ibundos , se esforzaban toda- vía en acabarse de mata r , se precipi taron en el momento hacia ellos ayudadas del capi tán de guard ias . Pero an tes que pudiesen llegar hasta los heridos, las manos se es tend ie ron , los ojos se ce r ra ron , y ambos comba t i en tes se ajilaron con una convulsión s u p r e m a so l - tando los aceros que tenian en la m a n o , y quedándose yertos como cadáveres . En rededor d j ellos í lo lab t una ola de sangre espumosa . —Oh! valiente! la Mole! esclamó Margarita sin poder re tener mas largo t iempo su a d m i r a - ción. Perdón! por habe r sospechado de tí! Y sus ojos se lien iron de lágrimas. —Oh! oh! m u r m u r ó la duquesa . ¡Valeroso Aun iba l l . . . Decid, señora , ¿habéis visio nunca dos Icones mas intrépidos? — 1 2 0 — Y estalló en gemidos . —Todo Diosl q u e estocadas tan cruelesl d i - jo el capi tán t r a t ando de es tancar la sangre que corría á t o r r en te s . Holal eh! V. I . . el que viene, adelantad el paso, llegad prontol En efecto, aparecía entonces en t re la niebla de la t a rde un hombre sen tado en la delantera de un car ro en forma de cajón, can tando esta ant igua canción que lehabia hecho recordar sin duda , el milagro del cementerio de los Inocen- tes . Blanca Espina que florida, Adornas con tu verdura La r ibera . Del pié á la copa ceñida Por la loca vest idura De s i lvestre enredadera . El músico ruiseñor Que convida Cantando á su bien a m a d a . Para cobijar su amor Todos los años anida Bajo tu linda e n r a m a d a . Vive, albii Espina gentil Goza de un e te rno abr i l , Vive, sin que el t rueno impío, El hacha, el viento bravio, O el sello rudo del t iempo Puedan echar te por — 1 2 1 — —Hola! ehl venid cuando se os l lama! r ep l i - có el capi tán , ¿no veis que estos caballeros ne- cesitan socorro? El hombre del carro , cuyo esterior r e p u g - nante y cuyo rostro grosero formaba un c s l r a - ño contras te con la dulce canción bucólica que acabamos de ci tar , de tuvo entonces su cabal lo , descendió, é inclinándose sobre los dos c u e r - pos: —Qué hermosas her idas! dijo; pero las hago mejores yo a u n . —Quién sois? p r e g j n l ó Margarita q u e s e n - tía cierto terror que en vano se esforzaba en vencer . —Señora , respondió el hombre incl inándose hasta la t ierra, soy maese Cabocha, verdugo del preboste de Par ís , y vengo de colgar en la hor- ca á algunos, para que hagan compañía al s e - ñor ab lu í an t e . —Pues bien! yo soy la reina de Navar ra ; dejad ahí vuestros cadáveres , es tended en el carretoncil lo las gualdrapas de nues t ros c a b a - llos, y conducid despacito estos dos cabal leros al Louvre . Seguidnos. CAPIULOVll l . El compañero de maese Ambrosio Paré. EL cai ro en que habían colocado á Cocon- nas y la Mole, volvió á tomar el camino de — 122 — París , siguiendo e n t r e las sombras al grupo que le servia de guía. Detúvose á las puer- tas del Louvre, y el conductor recibió una crecida recompensa . Entonces hicieron t raspor- tar los heridos á la habitación do Mr. do Alen- con, y se envió á buscar á inaese A m b r o - sio Paró. Guando este llegó, n inguno de los dos h e - ridos había recobrado aun el conocimiento. La Mole era el que estaba menos m a l t r a - t ado : la estocada lo había herido debajo del sobaco derecho, pero no había tocado ningún órgano esencial; respecto á Coconnas, esto t e - nia el pulmón a t r avesado , v i l aire «pie sa- lía do su herida hacia vacilar la llama do una bugía . Macse Ambrosio Paré , no respondía do Co- connas . Madama do Nevers estaba desesperada; ella era U que confiada en la fuerza, la hab i l i - dad , y en el ánimo del p iamonlés , había im- pedido que Margarita so opusiese, al combale . Bien hubiera querido hacer llevar á Cocon- nas al palacio do Guisa, para renovar en es - ta segunda ocasión los cuidados (pie lo p r o - digara en la p r imera , pero á causa de los s u - cesos que acababan do pasar, podía su m a - rido llegar do liorna di; un momento á otro, y tal vez hallar algo singular esta instalación de un in t ruso en el domicilio conyugal . Para ocul tar mejor la causa do las her i - das , Margarita habia hecho t raspor ta r los he- — 123 — lidos á la habitación de su he rmano (donde la Mole se hallaba ya instalado) diciendo qu« eran dos genti les-hombres que se habian d e - jado caer del caballo d u r a n t e el paseo, p e - ro la admiración del capi tán testigo del com- ba te , divulgó la verdad, y bien pronto se supo en la corle que esos dos nuevos cor tesanos acababan de salir á bril lar á la g ran c la r i - dad que díi la fama. Asistidos por el mismo cirujano que d i v i - día sus cuidados en t re los dos, los jóvenes h e - ridos recorrieron todas las diversas fases de convalecencia que resu l taba de la mayor ó menor gravedad de sus her idas . La Mole que era el menos mal t ra tado , recobró pr imero los sentidos, fin cuanto á Coeonnas apoderóse de él una liebre t e m b l é , y su vuelta á la v i - da se señaló con todos los indicios del mas funesto y espantoso delirio. Aunque estaba e n - cerrado en la misma habitación que Coeon- nas , la Mole al volver en sí, no había v i s - to a su compañero, ó al menos no hizo n i n - gún gesto que indicase haber le conocido. C o - eonnas por el contrario apenas abr ió los ojos los fijó sobre la Mole con tal espresion, q u e se conocia (pie la sangre que acababa de p e r - der el p iamonlés , no había disminuido en lo mas mínimo las pasiones de este t e m p e r a m e n - to de fuego. Coeonnas creia que soñaba , y que en su sueño volvía k encon t ra r a! enemigo á quien creia haber dado la m u e r t e por dos veces; p e - — \2l — ro el sueño se prolongaba demasiarlo. Después de haber visto á la Mole, acos ta- do corno 61, curado como ó!, por el mismo cirujano, le v io l evantar -o sobre aquel lecho en que él estaba aun clavado por la fiebre, la debilidad v el dolor, le v io luego bajarse de la cama y pasiv.rse del brazo del c i r u - jano , luego, anda r con solo el apoyo de un bas tón, después , en fin, andar solo. Coeonnas .aunque siempre en delirio contem- plaba todos estos penados de la conva le - cencia de su compañero con una mirada tan pronto atónita como furiosa, pero siempre ame- nazadora . Todo eslo se presentaba á la imaginación del p iamontés con una mezcla espantosa do realidad y de fantasía. La Mole habia m u e r - to, y no solo una vez, sino dos. No obs tan te , reconocía la sombra de ese mismo la Mole acostada en un lecho s e m e - j an te al suyo; luego vio, como hemos d i - cho ya, que esta sombra se l evan taba , des- pués la víó anda r , y lo (pie era mas e span- toso a u n , anda r hacia su lecho, lisa sombra , de la que Coeonnas hubiera querido huir a u n - q u e fuese al fondo d é l o s infiernos, vino de- recha á él, y se de tuvo á su cabecera, per- maneciendo en ella de (lié y conle iuplándo- 1°; en sus facciones brillaba un sen t imien- to de du lzura y de compasión; pero Cocori- nas solo vio en él una espresiou de ironía infernal. — 125 — Encendióse entonces en osla imaginación, mas enferma tal vez que el cuerpo, una c i e - ga pasión de venganza. Coconnas no es taba ya preocupado mas que con una idea, la de procurarse u r a arma cualesquiera y herir con ella el cuerpo ó la sombra de ese la Mole que tan cruelmente le a to rmen taba . En un principio habían colocado sus vestidos sobre una silla, poro 5:1 no oslaban allí, p o r q u e al verlos tan manchados de sangre habían creí- do prudente alejarlos del herido; pero habían dejado sobre la misma silla su puñal , supo- niendo que en mucho tiempo no tendría g a - nas de usarle . Coconnas \ ¡ó el puñal ; d u r a n - te tres noches consecutivas, a p r o v e c h á n d o - se del momento en que la Mole dormía , so esforzó en estender el brazo hacia él; t res veces le faltaron las fuerzas. Cu tin, la eu?.r- ta noche logró asir el a r m a , la cogió con el eslremo de su dedos cr ispados, y e x h a l a n - do un gemido ar rancado por el dolor, la oculló bajo su a lmohada. Al dia siguiente, ofrecióse á sus ojos la e s - cena mas inaudi ta . 1.a r.ombra de, la Mole, que parecía recobrar cada dia nuevas fuer- zas en t an to q u e él gastaba las suyas con la eterna t rama del complot que debía d e - sembarazarle de ella; la sombra de la Mo- le, que recobraba por momentos su ac t iv i - dad, se paseó dos ó t res veces por la h a - bitación con aire pensat ivo; luego, después de haber ajustado su rapa , ceñido su e s p j - — 126 — da y cubier to su cabeza con un fieltro de anchas alas , abr ió la puer ta y salió. Coconnas respiró: creyó que ya estaba l i - b re de su fan tasma. Duran te dos ó t res ho- r a s , su sangre circuló por sus venas mas t r a n - qui la , mas fresca q u e nunca desde el instan- te de su due lo . Si la Mole hubiera pro lon- gado su ausencia por solo un dia, Coconnas habría recobrado el uso de los sentidos; ocho dias hub ie ran bastado tal vez para curar le ; desgrac iadamente , la Mole volvió al cabo de dos horas . El verle llegar fué para el piamontés una puña l ada , y a u n q u e la Mole no volvía solo, Cocorinas ni siquiera se dignó echar una ojea- da sobre el que le acompañaba . Es te , sin embargo , era digno de que se le contemplase . Era un hombre como de unos veinte años , bajo, grueso, vigoroso, con h e r - mosos cabellos negros que le bajaban h a s - ta las cejas, y una ba rba negra, que c o n - tra la moda de aquella época, le cubría to - da la pa r t e inferior del ros t ro ; pero el r e - cíenvenido parecía ocuparse poco de las mo- d a s . Traía una especie de casaca de cuero, toda la maculada de lunares ó manchas os - c u r a s . Calzón de color de sangre de loro, una banda enca rnada , gruesos zapatos de cuero q u e le subían mas arriba del tobillo, un gor- ro del mismo color que los calzones, y el t a - lle a jus tado con un c in turon muy ancho, del que colgaba un gran cuchillo, oculto en su vaina. — 1-27 — Este estrafio personaje, cuya presencia en el Leuvre parecerá una anomalía , arrojó sobre una silla la capa oscura en que venia embozado , y se acercó b ru ta lmen te á Coconnas, cuyos ojos, como si obedeciesen á una fascinación s ingular , estaban lijos sobre la Mole, á pesar de que este se bailaba á larga d is tancia .— Con- templó al enfermo, y sacudiendo la cabeza le dijo: —Lo habéis dejado para bien t a rde , cabal lero mió. —No he podido salir an tes , dijo la Mole. —Por Diosl habe rme enviado á busca r . —Y por quien? —Ahí es verdad, me olvidaba de dónde nos hallamos. Ya lo habia yo dicho á estas damas , pero no han querido escucharme. Si en lugar de obedecer las disposiciones de «ese asno a l - bardado» á quien llaman Ambrosio Pa ré , se hubieran seguido mis órdenes , este riáis hace ya mucho tiempo en es tadode correr a v e n t u r a s jun tos ó de batiros otra vez á estocadas, si tal era vuestro capricho; en fin, se hará lo que se pueda . ¿Conserva aun vuestro amigo el uso de sus sentidos? ¿se lo puede hablar razona- blemente? —No mucho . —Sacad la lengua, cabal lero mió. Coconnas sacó la lengua frente á la Mole, haciendo un gesto tan espan toso , que el e x a - minador sacudió por segunda vez la cabeza. —Ohl oh! m u r m u r ó , contracción de m u s c u - — 128 — los! no hay que perder t iempo. Esta misma uoche os enviaré una poción ya preparada, la q u e se le hará tomar t res veces, de hora en hora; una vez á las doce de la noche, otra á la una y otra á las dos. —Bien. —Pero , quién se la hará tomar? = Y o . —Vos mismo? — S í . —Empeñá i s vuestra palabra? —A fé de cabal lero . —Y si algún médico se empeñase en llevarse una pequeña porción para descomponerla, y conocer los ingredientes de que está formada? —Pr imero la de r ramar ía hasta la última golal —Lo ju rá i s también , á fé de gent i l -hombre? —Sí , os lo j u r o . —Y por quién os enviaré la poción? —Por quien gustéis . —Pero mi env iado . . . . —Y bien, «; -é? —Cómo podrá llegar hasta vos? —Ya lo h.uua M) previs to . Dirá que viene de pa r le de Mr. Bené el perfumista. —Ese florentino que vive sobre el puen te de San Miguel? —El mismo. Tiene entrada en el Louvre á todas horas , de dia como de uoche. El h o m b r e se sonrió. — E n efecto, respondió, bien lo merece por — 129 — sus servicios á la reina madre . Está dicho; ven- drán aquí de par te de Mr. Rene, perfumista . Bien puedo tomar por una ve//, su n o m b r e sin escrúpulo; porque ejerce mi profesión con ba s - t an t e frecuencia, v sin estar autor izado para ello. —Conque, dijo la Mole, cuento con vos? —Contad. — Y en cuanto al pago?. . . . —Oh! ya nos ar reg 'aremos con el cabal lera cuando esté restablecido. —Bien, estad t ranqui lo , creo que se halla en oslado de recompensaros generosamente . —Yo también lo croo. Poro, añadió con una sonrisa singular, como no estoy a c o s t u m b r a - do á que los (pie me necesitan me queden reconocidos, no me admiraría de que después de restablecido so olvidase, ó mas bien, q u e no pensase mas en acordarse de mí. —Bueno! bueno! dijo la Mole sonriéndose á su vez; en ese caso, aquí estoy yo para r e - frescarle la memoria . —Vamos! sea! dentro de dos horas tendré is la poción. —Hasta la vista . —Qué decís? —Kasta la v i s ta . El hombre se sonr ió . * : = P u c s yo, replicó, yo tengo la cos tumbre de decir s iempre: «adiós.» Adiós, pues , Mr. de la Mole; den t ro de dos horas tendréis v u e s - tra poción. Ya sabéis , la pr imera toma á la Tomo I I . 9 — 1 3 0 — medía noche, e n t r e s dosis, de hora, en hora , Dicho esto salió, y la Molo quedó solo con Cocorinas. Cocorinas había oido toda osla conversación, pero no habia comprendido nada de olla: el sonido vago do las pa labras , el mido r.so- nan lado de las espresiones había llegado has- ta él, pero do todo esto día logo solo podo r e - tener la palabra «media noche,» Cont inuó, pues , observando con sus m i r a - das de fuego todos los movimientos (lela Mo- le quo permanecía en la habitación, hacien- do castillos en el aire, y paseándose. El doctor desconocido cumplió su palabra , y envió la poción á la hora señalada. La Mo- le le. colocó sobre un braserí lo de plata, y después de haber tomado esta precaución so acostó. Esta acción do la Mole dio algún descanso á Cocorinas; esforzóse en cerrar los ojos, p o - ro su adormecimiento febril no era mas que una continuación del delirio do la víspera. El mismo fantasma quo le persiguiera d u r a n - te el dio, v ino á lanzarse sobie él du ran t e la noche; al t r avés de sus párpados ávidos, con t inuaba viendo a l a Molo siempre b u r l á n - dose de él, s iempre amenazándole; luego le parecía escuchar u n a voz que vibraba en su oido: «media noche! medí,! noche.» De repen te el sonido argent ino del reloj so desprendió sobro el silencio ( le la noche, y v i - bró doce voces. Coeoonas abrió sus «.jos ¡n- l lamados, el soplo ardiente que salía ríe su pecho devoraba sus labios ár idos : una sed inex- t inguible le abraseba la ga rgan ta ; la l a m p a - rilla brillaba como s iempre , y su luz pálida hacia danzar mil fantasmas mas an te los ojos vacilantes de Coconnas. El enfermo vio entonces una cosa e s p a n - tosa. Vio á la Mole bajarse de su lecho; l u e - go después de haberse paseado dos ó t res v e - ces por la habi tación, como hace el gavilán delante del pájaro que fascina, le vio v e - nir hacia él mostrándole el p u ñ o . Coconnas estendió la mano hacia su puña l , le cojió por el mango, y se prep iró para rajar el vientre á su enemigo. La Mole se acercaba cada vez mas . Coconnas m u r m u r a b a . —Ald eres tú! todavía tú! s iempre tú! me amenazas , me enseñas e! puño , te sonríes , ven , ven, Ahí te vas acercando du lcemen te , p a - so á paso; ven, ven! y que yo te degüelle: v en efecto, Coconnas unió el ademan á e s - ta amenaza sorda, y en el momento en que la Mole se inclinaba bacía él , sacó de defin- ió de las s ábanas la hoja luciente do un p u - ñal; pero el esfuerzo que hizo el piamonlés al querer incorporarse , destrozó sus fuerzas; el brazo estornudo hacia la Mole, so paró á la mitad del camino; escapóse el puñal de entre su débil mano , y el mor ibundo vo l - vió á caer sobro su a lmohada . —Vamos, vamos, murmuré) la Mole l e v a n - t ando du lcemen te la cabeza de Cocorinas, y acercando una taza á los labios, bebed e s - to, pobre compañero mió, porque os a b r a - sais . b a l a z a que la Mole presentaba á Coconnas era lo (pie aquel habia lomado por el [niño ame- nazador , que t a m o habia t ras tornado el cerebro del pobre herido. Al contacto de este licor aterciopelado que humedecía sus labios y relrescaba su pecho, Coconnas se sintió mejor que nunca , y halló en su interior un bienestar que jamas habia e s p e - r imentado : recobró su razón, ó mas bien su ins- t in to ; lanzó una mirada inteligente sobre la Mo- le que le sostenía en sus brazos y le sonreía, y de osle ojo contraído an tes por un furor s o m - brío, rodií una lágrima s o b i e s u mejilla ardiente que la bebió con avidez. —Mordí! m u r m u r ó Coconnas dejándose a p o - yar sobre la a lmohada, si escapo de esta , os ase- guro , Mr. d é l a Mole, que seréis mi amigo. — Y escapareis , compañero mió, dijo la Mole, s iempre que bebáis t res lazas como la que acabo de daros , y que no tengáis mas sueños vil lanos. Una hora después , la Mole i ras iórmado ya en enfermero, obedeciendo pun tua lmen te ¡as órdenes del doctor desconocido, se levantó por segunda vez, echó otra porción en la laza, y la presentó á Coconnas. lil piainonlós en lugar de aguarda r l e puñal en mano, le reo bió con los brazos abier tos , y bebió con delicia la medicina . — 1 3 3 — Luego, por la primera vez, se du rmió con a lgu- na t r anqu i l idad . La tercera taza hizo un efecto no menos m a - ravilloso. El pecho del herido empezó á lanzar una r e s - piración regular, aunque violenta todav ía . Sus miembros perdieron la t i rantez, presentóse s o - bre la superficie de su piel abrasada un dulce sudor , y cuando al dia siguiente vino A m b r o - sio Paré á visitar al herido, dijo sonr iéndosecon satisfacción. —Desde ahora respondo de Mr. de Coeonnas; esta será una de mis mejores c u r a s . Resultó, pues, de esta escena, mitad d r a m á - tica, mitad burlesca, fiero que en su fondo no dejaba de contener algo de poesía y e n t e r n e c i - miento, si se tienen en cuenta las cos tumbres feroces de Coeonnas, resu l tó , pues , que la amistad de ios dos jóvenes , comenzada en la fonda de la Buena Estrel la , y v io len tamente in te r rumpida por las escena^ de la San Ba r the - lemy, tomó desde entonces una nueva energía , dejando a l i a s m u y pronto á la de Orestes y Píladez, á costa de cinco eslocadas y un pistole- tazo repar t idos en t ro los dos cuerpos . De lodos modos, lanío las heridas viejas c o - mo las nuevas , profundas ó ligeras, se hallaron al fin en camino de curac ión . Aunque la Mo- le se había restablecido pr imero , fiel á su mi- sión de enfermero, no quiso dejar la h a b i t a - ción hasta que Coeonnas no estuviese c o m p l e - tamente curado . En tan to que la debil idad le — 1 3 1 — tuvo clavado cu la cama , la Mole le levantaba en t re sus brazos, le ayudaba á andar apenas empezó á poder sos tenerse; en (in, le prestó cuan tos cuidados le inspiraba su carácter dul - ce y aman te por na tura leza , los <|iie secunda- dos por el vigor del p iamontés , lo procuraron una convalecencia mucho mas rápida de l o q u e so podía esperar . No obs tan te , una sola idea a tormentaba á los dos jóvenes; en el delirio de la ca lentura , a m - bos creían haber visto cerca de si á la muger que llenaba sus corazones; pero desdo (pío ha - bían recobrado el uso de los sanl ídos , ni Mar- garita ni madama de Nevéis habian entrado en la habi tación. listo era fácil de comprender : la una esposa del rey de Navar ra , la otra cuña- da del d u q u e de Guisa, ¿podían dar acaso á los ojos de lodos una muest ra tan pública do inlerós á dos simples genti les-hombres? No; y esta era la respuesta que la Mole y Cocori- nas debían da rse . Pero esta ausencia, causa- da tal voz por un olvido total , no cía por oso monos doloroso. l is verdad quo el caballero qu( habia sido testigo del combale , habia venido de cuando 2n cuando y como sí saliese de él . á sabor no- ticias de los dos heridos, lis verdad que Culo- na habia hecho otro tanto por su propia volun- tad; p i r o la Mole no habia osado hablar á la una de Margari ta , y Coconnas no se habia a t r e - vido á hab la r al otro do madama do Nevers . CAPITULO IX. Los aparecidos. DURANTE algún tiempo ambos jóvenes se e s - forzaron en guardar el secreto oculto en su pecho. Al fin, en un dia de esponsión, esa idea que los preocupaba se les salió de los labios y corroboraron su amis tad con esa prueba sin la cual la amis tad no exis te , es decir, con una fuerza i l imitada. Ambos estaban perd idamente enamorados uno de una reina, otro de una pr incesa . • Habia para estos pobres amantes un no se — 136 — qué de espantoso en la distancia casi i n su - perable que los separaba del objeto de sus deseos. Sin embargo , la esperanza echa tan profundas raices en el corazón del hombre que ¿ pesar de lo infundadas y locas que eran sus esperanzas esperaban a u n . Por lo demás , á medida que se restablecían, ambos cu idaban mucho su rost ro . Todos los hombres , aun los que miran con mas indiferencia las ventajas lisicas, t ienen en cier tas c i rcunstancias de su vida conversacio- nes m u d a s con su espejo y señas de inte l igen- cia, después de las cuales se alejan casi s iem- pre satisfechos de su confidente. Nues t ros dos jóvenes no eran de aquellos á quienes t iene q u e hacer el espejo, agrias a d - ver tencias . La Mole; delgado, pálido y elegante, tenia la belleza de las gentes dis t inguidas . Coconnas, vigoroso, bien formado y de color subido , tenia la belleza do la luerza. Había mas a u n , la ú l t i - ma enfermedad se había convert ido para él en una ventaja . Había adelgazado y palidecido; en fin, la famosa cuchillada que le había dado en otro t iempo t an to afán por sus relaciones p r i s - máticas con el arco ir is , había desaparecido anunc iando como el fenómeno di luviano, una larga serie de dias puros y de noches se renas . Por lo demás , los heridos cont inuaban rodea- dos de las atenciones mas delicadas; el día en que cada uno de ellos se halló en estado de l e - van ta r se , había encontrado sobre un sillón cer- — 137 — cano á la cama, una bata elegante, y el dia en que habia podido vest i rse , un t rage c o m p l e - to. Mas aun, en el bolsillo de cada ropilla, h a - bía una bolsa muy bien fornida, la q u e cada uno guardó, con el bien entendido de volverla á su tiempo al protector incógnito q u e velaba sobre él. Este protector incógnito, n o p o d i a s e r e l p r í n - c ipeen cuyas habitaciones vivian los dos j ó v e - nes, porque este pr íncipe, no solo no habia su- bido una vez á verlos, sino que aun había e n - viado á saber comoes taban . Una esperanza vaga y secreta , indicaba á c a - da corazón que ese protector era la muger que a m a b a . De modo que los dos heridos aguardaban el momento de salir con una impaciencia indec i - ble. l,a Mole, mas restablecido y mejor c u r a - do que Coeonnas, habría podido hacerlo m u - cho t iempo antes , pero una especie de c o n v e n - ción tácita, le ligaba á la suer te de su amigo . Es taba ya arreglado de que el dia de su p r i - mera salida, seria consagrado á hacer t res v i - s i tas . La p r imera , al doctor desconocido que con su brevaje aterciopelado habia operado tal mejoría en el pecho inflamado de Cocorinas. La segunda á la hostería del difunto la I l u r - riere, donde ambos habían dejado la maleta y el caballo. La tercera al florentino l l ené , qne uniendo el título de mago al de perfumista, no solo — i;w — vendía cosméticos y venenos sino que compo- nía filtros y esplieaba oráculos. En fin, después de ¡los meses de convalecen- cia y reclusión, llegó esc día tan esperado. Decimos reclusión, y es la palabra á pro- pósito, porque muchas veces en su impa- ciencia juveni l habían querido apresurar CSC dia, pero una centinela colocada á la puer- ta , les habia impedido ei paso euiist.mlomen- te y al fin habían sabido que ¡¡o saldrían sin una licencia espresa de maese Ambrosio P a r é . \ Jn Ara \wva , \\;\\úci\Av> v mwvc'vAvs vA c\vv\yi\v\o i \ue \os Ohis v\Avv\\\os c>A, respondiesen con piedras al insolente (pie tenía el a t r e - vimiento de sacar la lengua á los noble* s e - ñores que le hacían el honor de visi tarle. De modo que cuando la l interna movible giró sobre su base para hacer gozar á otra pa r t e de la concurrencia de la vista del p a - ciente , el pueblo siguió el movimiento de la l in te rna . Coconnas quiso seguir al pueblo , pe - ro la Mole le de tuvo diciéndole en voz baja. —No hemos venido aquí para esto. —¿Y entonces para qué hemos venido? pre - guntó Coconnas . —Vas á verlo, le dijo la Mole. Los dos amigos se t u t eaban desde el día — 1 4 1 — que siguió á la famosa noche en que Coconnas quiso apuña lea r á la Mole. La Mole condujo á Coconnas derecho á la venlani ta de la casa inmediata á la to r re . S o - bre esta ventana tenia un hombre apoyados los codos. —Ahí ahí ¿sois vos, caballeros mios? d i - jo aquel hombre qui tándose su gorro de co- lor de sangre de tero, y dejando descub ie r - tr su cabe/a poblada de cabellos negros y espesos que le bajaban hasta las cejas. Seáis bien venidos! —¿Quó hombre es este? preguntó Cocon- nas procurando reunir s u s recuerdos, porque le parecía haber visto aquella cabeza, en uno do sus momentos de ca len tura . —-Tu salvador, mi quer ido amigo, dijo la Mole, el que te ha llevado ni Louvre esa b e - bida fresca que le ha hecho bien. —Ohl oh! esclamó Coconnas, en ese caso, amigo mió . . . Y le tendió la mano . Pero el hombre en lugar de corresponder á este rasgo de franqueza con otro igual, se enderezó, separándose de los dos amigos t an - to como ocupaba la curda de su cuerpo. —Caballero, dijo á Coconnas, gracias por el honor que queríais hacerme; pero es p ro - bable que si me conocieseis no me lo h a - ríais. —A fé mía, dijo Coconnas, que a u n q u e seáis el diablo os estoy a l t amen te reconocí- — 142 — do, porque sino es por vos, á estas horas j a estaba m u e r t o . —No soy en t e r amen te el diablo, respon- dió el hombre del gorro encarnado; pero m u - chos querr ían mas bien ver al diablo que ver- me á mí . —¿Quién sois, pues? preguntó Coconnas? —Señor , respondió el hombre , soy maese Caboche, verdugo del prebostazgo de P a - rís —Ahí csclamó Coconnas re t i rando su m a n o . —Ya lo veisl dijo maese Caboche. —Nol no! tocaré vuestra mano, ó el diablo me lleve, e s t ended la . . . . —De veras? —Tan larga como es. —Hela aquí! —Mas estendida m a s . . . ¡bien! — Y C 'connas sacó de su faltriquera el p u - ñado de oro preparado para su médico a n ó - n imo, y le depositó en la mano del ver - dugo . —Hubiern est imado mas vuestra mano sola, dijo maese Caboche sacudiendo la cabeza, no me hace falta oro, sino manos (pie toquen la mía. ¡No importa , Dios os bendiga, c a b a - llero mió! —Conque amigo mió, dijo Coconnas m i - rando al verdugo con la mayor curiosidad; con que sois vos el (pie dais to rmento , el que enrueda , el que descuar t iza , el que cor- rahezas , el que rompo los huesos? Ah! ah! me alegro mucho de conoceros. —Señor , dijo maese (/«boche, no lo hago vo lodo; porque así como vosotros los s e ñ o - res, tenéis vuestros lacayos para hacer lo que no queréis hacer vosotros, M I tongo mis a y u - dantes que hacen el t rabajo ordinar io , y que despachan á los plebe} os. Solamente trabajo yo cuando por ca sua l i - dad uie cao algún cabal lero . . . como vos v vuestro compañero por ejemplo. Oh! e n t o n - ces va es otra cosa, y tengo á mucho ho- nor el eninlearme hasta en los menores d e - talles de la ejecución, desde el p r imero al ¡'¡'timo, es decir, desdo el to rmento hasta la degollación. (¡acomias sintió que á pesar suyo, corr ía por sus venas un es t remecimiento , como si la cuña brutal oprimiese sus [liornas, y c o - mo si el lilo del acero tocase su cuello. La Mole esperimentó la misma sensación, sin poder esplicarse la causa . Pero Coeonnas soportó esta emoción de que se avergonzaba, v quer iendo despedirse de mae- se Cahoehe con un nuevo chiste: —Bien! maes t ro , le dijo, retengo vuestra p a - labra: conque ¿('liando me ¡legue e! tu rno de subir al cadalso de. Enguer rand de Marigny, ó de Mi', de Nemours , solo vos me tocareis? —Os lo prometo . —Entonces , dijo Cocorinas, he aquí mí mano en prenda de vuestra promesa , (pie acepto. _ t u — i la r s tendió h/icia el verdugo,que la toco li- ñudamente con la suya , aunque se le conocía que deseaba estrecharla f rancamente . Con este tocamiento tan sencillo, Coconnas palideció l igeramente, pero pudo sostener h| sonrisa en los labios, en tanto que la Mole d e - s: zonado, y v iendo (pie la mult i tud so movía para ver voltear la l interna y acercarse á ellos, le t i raba de la capa . Coconnas, que en su interior deseaba tanto como la Mole poner lin á osla escena, en la que , gracias á la violencia do su carácter , ¡sa- bia ¡do mas allá de lo que hubiera quer ido, s a - ludó con la cabeza y se alejó. —A fé mia! dijo la Mole cuando llegaron á la cruz del t rahoír , c réeme, respira uno mejor aqu í , que en la plaza de los mercados. —Convengo en ello, dijo Coconnas, pero sin embargo , nif alegro mucho de haber hecho conocimiento con maese Caboche, lis bueno t e - ner amigos en todas pa r l e s . — A u n en la hostería de la Buena Estrella, dijo la Mole r iendo. —Oh! en cuanto al pobre maese la I lurr iere . dijo Coconnas. está muer to y bien muer to , lie visto la llama del a rcabuz , lio oido el golpe de la bala que resonó como si hubiera estallado sobre el bordón del órgano de Nuest ra Señora, v le he dejado tendido en el a r royo que forma- lia la sangre (pie le salía de la nariz y la boca. Suponiendo que fuese un amigo, es un amigo que tenemos en el otro m u n d o . — 145 — Hablando asi, los tíos amigos en t ra ron en la caUe del Árbol Sreo, y se encaminaron hacia la muestra de la buena Estrel la , que con t inuaba bamboleándose en el mismo sitio, y ofreciendo siempre al viajero su hogar gastronómico y su apetitoso carlelon. Coeonnas v la Mole esperaban hallar la casa sumida en la desesperr.cion.la viuda e n l u t a d a , y los marmitones con la banda de crespón en el brazo; pero con gran admiración suya, hallaron la casa llena de act ividad, madama la I l u r r i e - re radiante, y los galopines mas alegres que nunca . —I.a inliell esclamó ¡a Mole, la infiel, se ha - brá vuelto á casar! Luego, dirigiéndose á la nueva Artemisa. —Señora! ¡o dijo, somos dos caballeros cono- cidos del pobre la l iurrh re. l iemos dejado aquí dos maletas y dos caballos, y venimos á reclamarlos. —Caballeros, respondió la dueña de la casa, después de haberse esforzado en vawo en r e u - nir sus recuerdos, como no tengo el honor de reconoceros, vov con vuestro permiso á l lamar á mi mai ido. «Gregorio! di ¡.1 amo (pie venga.» Gregorio pasó de la pr imeía cocina,(pie era el pandemónium genera l , á la s e ronda , que era e¡ laboratorio, donde mnese la l lu r r ie re , cuando vivía, confeccionaba los platos que juzgaba (lig- eos de ser preparados por sus delicadas manos . —El diab 'o me lleve, m u r m u r ó Coeonnas, si ue me da pena ver esta casa tan alegre cuando TOMO 11. 10 — 146 — debería es tar tan t r i s te . Pobre la Hurriere. Va! —Ha querido m a t a r m e , dijo la Mole, pero le perdono de todo corazón. Apenas habia la Mole pronunciado estas pa- labras , cuando apareció un hombre , llevando en la mano una cacerola, en cuyo fondo tos ta - ban a lgunas cebollas, que volteaba sin cesar con una cuchara de palo. La Mole y Coeonnas arrojaron un grito de so rpresa . Al oir este grito el hombre levantó la cabeza, y respondió con otro grito igual, dejando esca- par la cacerola, y conservando en la mano la cuchara de palo . — «In nomine palris» dijo el hombre agi tan- do la cuchara como si fuese un hisopo; «et fili, et Spí r i lus Sanr t i .» —Maestro la Hurí ierel esclamaron á la vez ambos jóvenes . —Los señores de Coeonnas y la Molel dijo la Hur r ie re . —Pero no habéis muerto? preguntó Coeon- n a s . — P e r o , a u n estáis vivo? preguntó el h u é s - p e d . — Pero yo os he visto caer, dijo Coeonnas; h e oido el ruido de la bala que os rompía no sé q u é . . . Os he dejado tendido en el a r royo, a r - ro jando sangre por la nariz , por la boca, y a u n por los ojos. = E s o es tan cierto como el evangelio, Mr. d e Coeonnas ; pero ese ru ido que habéis oi- — 147 — do, era el ruido de la bala que se ap las ta - ba sobre mi celada; el golpe, sin e m b a r g o , era rudo , y la p rueba , añadió la Hur r i e re descubriéndose, y enseñando su cabeza pela- d a como una rodilla, la p rueba es q u e c o - mo veis, no me queda un solo cabel lo. Los dos jóvenes soltaron una estrepi tosa carcajada, al ver aquella ligura t an gro- tesca . —Ahí ahí os reis , dijo la Hurr ie re un po- co mas t ranqui lo , luego no venís con mala intención? —Y vos, maese la H u r r i e r e , estáis ya curado de vues t ras inclinaciones belicosas? —Sí , si á fé mia, caballeros; y a h o r a . . . —Y bien ,ahora? —Ahora hice voto de no volver á ver mas fuego que el de mi cocina. —Bravo, dijo Coconnas, eso es p rudenc i a . Ahora vamos al caso, l iemos dejado nues t ros caballos en vuestra cuadra , y nues t r a s m a - letas en vuest ras habi taciones. —Ah diablol dijo el huésped rascándosa las orejas. —Y bien? —Dos cabal los decís? — Sí, y en vues t ra caballeriza. —Y dos maletas? —Sí , en la habi tac ión. —Es que , ya ve i s . . . .me habéis creido m u « r - to, no es verdad? —Cierto. —Confesad que así como vos os habéis engañado, podia yo laminen engañarme. —Crevéndoaos muer tos también? Erais muy libre para hacerlo. — A h ! ved ahí! es que como moríais ab in les l a to . . . . cont inuó maese la l lu r r ie re . —Luego? — lie creído hice mal YO lo conozco. — V e a m o s . . . qué es lo que labeis creído? — He creído (pie. podía heredaros . — A h ! ah! e s d a m a r o n les dos jóvenes. —Sin embargo , señores estoy a l tamente sa- tisfecho de veros vivos. — De suer te que habéis vendido nuestros caballos? dijo Coconnas. —A y do mí! esclamó la l lu r r i e re . —Y nues t ras maletas? preguntó la Mole. —Oh! las maletas no . . . esclamó la l lurr ie- r e , las maletas no, solo vendí lo (pie había den t ro de el las. — Di, la Mole, dijo Coconnas, este h o m b r e me parece un bribón a t revido des t r ipé - mosle . Esta amenaza produjo al parecer un gran efecto sobre maese la l lur r iere , que se a v e n - turó ó pronunciar oslas palabras : —Pero, señores, creo que todavía se p u e - de ar reglar el a sun to . — E s c u c h a , dijo la Mole, yo soy el que tiene mas por qué vpiejarse de tí? —Cie r t amen te , señor conde, porque recuerdo que en un momento de locura, he tenido la audacia de amenazaros . — 1/lí) — —Sí , y con una h a l a que ha pasado s i l - bando á dos pulgadas de mi cabeza. — Y lo creéis así, señor? —Esloy seguro de ello. = S ¡ estáis seguro de ello, Mr. de la Mo- le, dijo la Hurriore volviendo á t o m a r l a c a - cerola con un aire el mas ¡nocente del m u n - do, soy vuestro humilde servidor , y os a p r e - cio demasiado para desment i ros . —Pues bien, dijo la Mole, por mi pa r t e no te reclamo nada . —Cómo! caballero uno —Sino —Ay! a vi esclamó la ¡ lur r ie re . =n=Síno una coiunla para mí y ir is amigos, siempre que me halle en este cua r t e l . —Cómo! esclaitió de nuevo la I lurr iere , de todo corazón,á vues t ras órdenes , cabal lero mío, á vuestras órdenes . 2=Con (pie ¿es cosa hecha? — b e lodo corazón y vos Mr. de Cocon- nas , convenís en el ajuste? —Sí ; pero á ejemplo de mi compañero pon- go l a m í . ¡ e n una ligera condición. " —Cual? —El (¡ue volváis á Mr. de l i Mole los c in- cuenta escudos que le debo y que os he con- fiado. —A mí, señor? cuándo? —Un cuar to de hora de antes de q u e vendieseis mi caballo y mi maiota. La I lurr iere hizo un g¡ slo de intel igencia. — 150 — — C o m p r e n d o , dijo. Adelantóse hacia un a rmar io , y sacó uno des- pués de o t ro , los c incuenta escudos que entre- gó á la Mole. —Bien, m u y bien, díja el cabal lero, se rv id- nos una tort i l la. Los cincuenta escudos serán pa ra Gregorio. —Ohl esclamó la Hurr iere ; en verdad, c a - bal leros mios, tenéis corazones de pr íncipes , y podéis contar conmigo en vida y m u e r t e . — E n ese caso, dijo Coeonnas, hacednos la tort i l la que hemos pedido,y no escaseéis ni la man teca , ni el tocino. Luego volviéndose hacia el péndulo: —Tienes razón, la Mole, dijo. Tenemos que agua rda r t res horas todavía; t an to mas dá pasar las aqu í , que en otro lado. Tanto mas cuanto que si no me engaño, es tamos á medio camino del puente de San Miguel. Y los dos jóvenes volvieron á sentarse á la mesa en la piececita del fondo, ocupando el mismo sitio que ocupaban en la famosa noche del 24 de agosto de 2572, du ran t e la cual Coeonnas había propuesto á la Moleju- gar una contra otra la primera querida q u e tuv iesen . Confesemos en honor d é l a moralidad de a m - bos jóvenes , que esta noche ni uno ni otro pensó en hacer semejante proposición á su c o m p a ñ e r o . CAPITULO X. La habitación de maese Rene, el perfumis- ta de la reina madre. E n la época en que pasa la historia q u e r e - ferimos á nuestros lectores, no se podia a t r a - vesar de un lado de Paris al o t ro , m a s q u e por cinco p u e n t e s , los unos de piedra y los otros de madera , y estos cinco puentes t o - dos salían á la Ci té . E ran , el puente del Molinero, el puen te del Cambio , el puen te de nuestra Señora, el Puenlec i to y el puen te de San Miguel. En los demás sitios en que la circulación — 152 — era esencialmente necesaria, habían es table- cido barcas , que bien ó mal , reemplazaban los puen tes . Estos cinco puen tes es taban guarnecidos de casas como lo está hoy aun el Ponte-vechio, en Florencia. E n t r e es tos cinco puen tes que encierra c a - da uno su historieta, ocuparémonos por ahora del puente de San Miguel. El puen te de San Miguel habia sido edifi- eado en piedra en 1373, pero á pesar de su solidez apa ren te fué dest ruido en parte por una salida que hizo el Sena, en el 31 de e n e - ro de 1408; en 1416 volvieron á construir le en madera ; pero una nueva salida le a r r e - baló por segunda vez do ran t e la noche del 46 de dic iembre de '1547; hacia el año de 1550, es dec i r , como dos años antes de la épo- ca á que nos referimos, volviósele á r eed i - ficar en madera y aunque ya tenia neces i - dad de reparac ión , pasaba por ba s t an t e s ó - lido. En medio de las casas que bordaban la línea del puen t e , haciendo frente al pequeño islote donde han sido quemados los Témpanos , y don- de está hoy el terraplén del Puente-nuevo, veíase entonces una casa con paneles de m a d e - ra , sobre 11 cual bajaba un ancho tejado, como el pá rpado de uaojo inmenso. Por la sola ven- tana que habia en el primer piso, si tuada enc i - ma de otra ventana y una puer ta he rmé t i ca - mente ce r r ada , t rasparen taba una cía; idad ro- — 153 — jiza que atraía las miradas ele los que pasaban por la calle, haciéndosela, lijar en la base de la fachada ancha, piulada de azul , y ornada con ricas molduras doradas . Una especie do friso que separaba el piso bajo del pr imer piso, r e - presentaba un tropel de diablos en varias a c t i - tudes á cual mas grotescas, y en t re el friso y la ventana del primer piso, eslendiase una a n c h a cinta pintada de azul como la fachada, dond» se leía esta inscripción: «llené, el florentino, perfumista de la reina madre.» La puerta de esta habitación, estaba como lo hemos dicho, bien cerrada; pero lo que la defendía aun mas que los cerrojos, de los a t a - ques nocturnos, ora la reputación del inquil i- no, reputación tan espantosa, (pie los (pie a t r a - vesaban el puente por este sitio, descr ibían siempre una curba (pie los llevaba hasta la otra fila de casas, como si temiesen (pie el olor de ios perfumes llegase hasta ellos aun al t r avés de las paredes. Había mas aun; los inquilinos de derecha é izquierda, e n v e n d o c o m p r o m e - terse con tal ve indad, apenas maese l lené se instaló ' i i el puente de San Miguel, se fueron marchando uno liar, otro, de modo, que las dos casas contiguas á la de l lené, quedaron desiertas y ce r radas . No obstante , á pesar de esta soledad y este abandono, a lgunas gentes (pie se r e t i r a - ban bas tan te ta rdo, vieron bri l l r r al t r avés de las con t raven tana- cerradas de las casas — 154 — vacías, ciertos rayos de luz, y aseguraban haber oido ciertos ru idos , especie de lamen- tos , que p robaban que esas casas estaban h a b i - t adas , ó eran f recuentadaspor algunos seres; solo se ignoraba si esos seres pertenecían á • s t e m u n d o ó al o t ro . Resul taba , pues , que loü inquilinos de las casas cont iguas á las que es taban desiertas, se p regun taban de cuando en cuando, si no har ían bien en segnir las huellas de los demás vecinos. Era sin duda á este privilegio de! terror p ú - blico que habia adqui r ido , á lo que debía Re- ne el permiso de poder tener fuego encendido hui\ después de la hora consagrada. Por otra p a r t e , ni rondas , ni guardas de noche, h a - br ían osado inquie tar á un hombro dob le - mente apreciado de su magostad, como c o m - patr iota y como perfumista. Como suponemos que el lector a t r incherado en la filosofía del siglo XVIII, no creerá ya ni en la magia, ni en los magos, le invi taremos á e n t r a r con nosotros en esa habitación que inspiraba tal espanto en aquelbi época de supers t ic iones y creencias misteriosas. La tienda del piso bajo es sombr ía , y e s - tá s iempre desierta después do las ocho de la noche , hora en que cierra para no volverse á ab r i r hasta una hora bas tan te avanzada de la m a ñ a n a siguiente; allí se hace todos los días la venta de los perfumes, de los u n - güentos y de los cosméticos de todas clases — 155 — que despacha el hábil químico. Ayudante en la venta por menor dos a p r e n - dices, pero estos no duermen en casa, s i n o e a la calle de la Calandria . Por la ta rde salea un poco an tes de que se cierre la t ienda, por la mañana se pascan por dolante de la p u e r - ta , hasta que la tienda está abier ta ya . Esta tienda del piso bajo, está como lo he- mos dicho, sombría y des ier ta . En esta tienda bas t an te ancha y p ro fnn- hay dos puer tas ; cada una de estas pue r t a s sale á una escalera. Una de estas escaleras q u e pasa por la misma pared maestra es lateral ; la otra es ester ior , y se dist ingue perfectamente desde el muelle, que hoy se llama el muelle da los Agustinos, y desde el r ibazo que se lla- ma hoy el muelle de los Plateros. Ambas conducen al pr imer piso. Esta habitación es de la misma estencion que la del piso bajo; pero un tapiz tendido del lecho al suelo, en la misma dirección del p u e n t e , la divide en dos habi taciones. En el fondo de la pr imera se abre una puer ta q u e dá sobre la escalera es ter ior . Sobre el f ron- tis lateral de la segunda , se .abre la pue r - ta que dá á la escalera secreta; pero esta puer ta es invisible, po rque está oculta t ras un armario esculpido, sujeto á ella con g a r - fios de hierro, que la misma puerta e m p u - ja al ab r i r se . Solo Catalina conoce el s e c r e - to de esta puer ta de la casa de Rene ; por — 1 5 6 — aquí es por donde ella sube y baja; allí es donde con el oído y el ojo aplicados á los agujerí tos pract icados en el a rmar io , escucha y vé cuat i lo pasa en esta sala. Sobre las paredes laterales de esta segun- da habitación, hay ot ras dos puer tas perfec- t amen te ostensibles. Una de ellas dá á u n c u a r - ti to pequeño , (pie recibe la luz por el techo, y que no encierra mas mueble que un vas - to horni l lo , re tor tas , alami) i y crisoles: es el laboratorio del a lquimis ta . La otra dá á una celdilla, mucho mas sin- gular q u e el resto de U casa, porque ni t ie - ne luz, ni tapices, ni muebles , sino una es- pecie de a l ta r de piedra . El suelo es una gran losa inclinada del cen t ro á las es t remidades , y en oslas corre al pié del muro una especie de regala, que dá á un embudo , por cuyo aguje róse vé cor - rer el agua sombría del Sena. En varios c l a - vos hundidos por la pared , vénsc colgados varios ins t rumentos de formas caprichosas, todos agudos ó cor lan tes , la punta fina co- mo la de una aguja, el filo cor lante como una navaja de afeitar; los unos brillan como un espejo, los otros por el contrar ío , son de un azul sombr ío . Distínguense en un rincón dos pollas negras (pie luchan a m a r r a d a s por las p a t a s . .. es el santuar io del augur io . Volvamos á la sala del medio, á la que t i e - ne dos divisiones. AHÍ es donde se in t roducen las gentes v u l - gares que vienen á consultar ; allí es donde los ibis ojipcios, las niooii.es envueltas en l i - gaduras doradas, el cocodrilo que bosteza p e - gado al ciclo raso, las ca laveras con los ojos hundidos y los dientes t ambaleando , en lin, los venerables pergaminos ruidos por los r a - tones, ofrecen á la vista del espectador una mezcla, do donde resul tan las d iversas e m o - ciones (pie impiden al pensamiento que siga su camino. Detrás de la cortina están las redomas , las cajas de una hechura s ingular , las ánforas de aspecto siniestro: todo i luminado por l a m - arillas do ¡data que parecen haber sido ro - adas á algún al tar de Santa María-Nove- lla, ó á la iglesia do !)o¡ serv i do Florencia, tan ¡guales son á los templos , l isias lámparas alimentadas por un aceito per fumado, arrojan una claridad rojiza desdo el fondo do la b ó - veda, á la que está cada una suspendida por tres cadenilas ennegrecidas . Paseábase Roñó solo y con los brazos e n r - iados, por la segunda división do la sala del medio; caminaba á paso largo, v sacudía con - tinuamente la cabeza. En lin, después de una meditación larga y dolorosa, detúvose dela i i lede un reloj de a rena . —Ah! ah! dijo, me olvidé do darlo vuel ta , y ahora hé aquí que toda la arena ha p a s a - tío, hace ya largo t iempo. Mirando entonces la luna (pie se d e s p r e n - día con t rabajo de un gran nubar rón negre gares que vienen á consul tar ; allí es donde los ibis ejipcios, las mondas envueltas en l i - gaduras doradas, el cocodrilo que bosteza p e - gado al cielo raso, las calaveras con los ojos hundidos y los dientes tambaleando, en fin, los venerables pergaminos roidos por los r a - tones, ofrecen á la vista del espectador una mezcla, de donde resul tan las d iversas e m o - ciones «pie impiden al pensamiento (pie siga su camino. Detrás de la cortina están las redomas , las cajas de una hechura s ingular , las ánforas de aspecto siniestro: todo i luminado por l a m - arillas de plata que parecen haber sido ro - adas á algún al tar de Santa María-Nove- ila, ó á la iglesia de Dei serví de Florencia, tan ¡guales son á los templos . l istas lámparas alimentadas por un aceite per fumado, arrojan una claridad rojiza desde el fondo de la b ó - veda, á la ipie está cada una suspendida por tres cadenitas ennegrecidas . Paseábase l lené solo y con los brazos c r u - zados, por la segunda división de la sala del medio; caminaba á paso largo, y sacudía con - tinuamente la cabeza. En lin, después de una meditación larga y dolorosa, detúvose dolante de un reloj de a rena . —Ahí ah! dijo, me olvidé de darle vuel ta , y ahora hé aquí que toda la arena ha p a s a - do, hace va largo t iempo. Mirando entonces la luna (pie se d e s p r e n - d a con trabajo de un gran nubar rón negr© — 158 — que parecía pesar sobre la pun ta del c a m p a - nario de Nues t ra Señora: — L a s nueve! dijo. Si ella viene vendrá como a c o s t u m b r a . . . . den t ro de una hora ú hora y media; habrá t iempo para todo. Oyóse entonces cierto ruido sobre el puente . Rene aplicó el oido á la boca de un largo tubo, cuyo e>tremo contrar ío dalia á la calle bajo la forma de una cabeza de b ronce . — N o ; se dijo Rene, ni es ella ni ellas. Son pisadas de h o m b r e s . . . . ya se detienen delante de mi p u e r t a . . . . vienen aqu í . Y resonaron tres golpes secos, dados á la puer ta de la calle. Rene bajó ráp idamente la escalera. Sin e m - ba rgo , an tes de abr i r a p o y ó l a oreja contra la pue r t a . Resonaron entonces los tres golpes por segun- da vez. —Quión va? preguntó maese Rene . —¿Es necesario que digamos nues t ros n o m - bres? preguntó una voz. — E s indispensable , respondió Rene . — E n ese caso, me llamo el conde Anniba! de Coeonnas, dijo la misma voz. —Y yo, el conde Lerac de la Mole, dijo otra voz q u e no había hablado hasta en tonces . — A g u a r d a d , aguardad, cabal leros , soy eon vuesas mercedes . Y Rene apresurándose á descorrer los cerro- jos, y á levantar las ba r r a s , abrió la puer ta á los dos jóvenes , se contentó con volverla á cer- — 1 5 9 — rar con llave, les hizo subir la escalera esterior , y los introdujo en la segunda sala. En el momento de en t ra r , la Mole se san t iguó debajo de la capa; estaba pálido, y su mano t emblaba sin que le fuese posible repr imir esta debi l idad. Cocorinas ecsaminó todas las cosas una t r a s otra, y hallándose en medio de su ecsámen con la puer ta de la celdilla, quiso abr i r la : —Permi t id , caballero, dijo Rene con voz gra- ve, y deteniendo con su mano la de Coconnas, los que me hacen el honor de venir á v i s i t a rme, solo pueden disponer d é o s l a sala. —Ahí es diferente, replicó Cosonnas, por otra pa r te , tengo deseos de s e n t a r m e . Y se dejó caer sobre una silla. Hubo un instante de profundo silencio; Rene aguardaba á q u e uno de los dos jóvenes se esplicase. Durante este in te rva lo , solo se oia la respiración de Coconnas, respiración que era easi un silvido, porque no se habia res tab lec i - do a u n . —Maese Rene, dijo al fui Anniba l , sois un h o m b r e hábil , un adivino, con que decidme ¿quedaré es t ropeado de resul tas de esta herida? es decir, t end ré s iempre esta respiración t an oprimida, que me priva de monta r á caballo, da jugar el florete, y de comer torti l las con t o - cino? Rene acercó el oido al pecho de Coconnas, y escuchó a t e n t a m e n t e el juego de los p u l - mones. — 160 — —No, señor conde, !e dijo; sanareis . —De veras? —Os lo af i rmo. —Cuán to placer me cansáis . —Hubo entonces otro momento de silencio. —¿No deseáis saber otra cosa, señor conde? —Sí á le mía, dijo Cocorinas, deseo saber , si estoy ve rdade ramen te enamorado . —Lo estáis! dijo Heno. —Y cómo lo sabéis? — P o r q u e me lo habéis p regun tado . —Mordí creo que tenéis razón. Pero ¿de quién? —De la que repi te á cada ins tan te el j u r a - men to que acabáis do p ronunc ia r . — E n verdad , dijo Cocoiinas estupefacto, en verdad méese l lené, que tenéis habi l idad.—Aho- ra t ú , la Mulo. La Mole se sonrojó, y permaneció quieto. — E h , diablo! dijo Cocorinas, habla . —Hablad , dijo el lloronlino. = Y o . . . . balbuceó la Mole, cuya voz s e i b a t ranqui l izando por grados , no vengo á p r e - gun ta ros , l lené, si estoy enamorado , porque har to cierto es que lo estoy, y no trato de o c u l - ta r lo ; pero decidme si seré amado, porque á la ve rdad , lodo lo que en un principio me inspi- raba esperanzas , se vuelve ahora cont ra mí. —Tal vez no habréis hecho todo lo que es necesario hacer para conseguirlo. — Q u é mas so puede hacer q u e probar á la dama de sus pensamientos que es verdadera - — 1 6 1 — ¡nente amarla, respetándola y es tando s i e m - pre dispuesto á sacrificarse por ella? —Ya sabéis, dijo l lené, que esas d e m o s t r a - ciones son casi siempre bien insignificantes. —Entonces ¿debo desesperar? —No, sino recurr i r á la ciencia. Hay en la naliir.-ile/.a humana ant ipat ías q u e s o pueden vencer, y s impatías rpie se pueden forzar. El hierro no es el imán; pero a imantándole a t rae el hierro como si lo fuese. —Sin duda , sin duda , balbuceó la Mole; pe- ro los conjuros me r epugnan . —Ahí dijo l lené; si os r epugnan , no necesi- tabais venir aquí . —Vamos, vamos, dijo Coconnas ¿quieres h a - certe el niño?. . . . Maese Rene ¿no podéis e n - señarme el diablo? •—No, señor conde. —Lo siento, porque tenia que decirle dos pa labras , y eso habría tal vez an imado á Mr. la Mole. —Bienl seal dijo la Mole, abordemos el ne - gocio frente á frente. Me han habí >do de figu- ritas de cera, hechas á semejanza del objeto amado . ¿Es este uno de los medios? —Infalible. .—Y en esto esper imenlo no hay nada que pueda a lentar á la vida ó á la salud de la persona amada? —Nada . —Probemos . —Quieres que empiece yo? dijo Coconans. TOMO II. 11 — 1 6 2 — —No, dijo la Mole, ya que me empeño en ello, iré hasta el íin. —Deseáis mucho , con ardor , con anhelo, s a - ber de cierto á qué a teneros , Mr. de la Mole? preguntó el lloren t ino. —Oh! esclamó la Mole, ese deseo me mata . En este ins tante l lamaron dulcemente a la puer ta de la calle, pero tan quedi lo , (pie solo maese Rene percibió el ra ido , y ese lo oyó, porque ya esperaba (pie l lamasen. Entonces haciendo á la Mole varias p regun- tas dis t ra ídas , acercóse sin afectación al tubo que comunicaba con la calle, y percibió el so- nido de algunas voces que parecían lijar SU a ten - ion . —Reunid vuestros deseos, dijo á la Mole, y l l a m a d al objeto a m a d o . E, ¡ Mole se arrodil ló como si estuviese ha- blan lo con una divinidad, v Roñé, pasando á la pr imera división de la sala, deslizóse sin ruido por la escalera es ler ior . TTo momento después a t ravesaban la tienda pisando tan l igeramente , que ni aun se perc i - bía el ru ido . t,íi Mole al volverse á levantar halló delante t ] e sí á Rene ; el llorenlii.o traía en la mano una íprurila ( ' e C l ' r a medianamente t rabajada , p e - ro tenia man to y corona. ; Deseais ser amado s iempre por vuestra real "querida? preguntó el perfumista . Q n l sí, a u n q u e me costase la vida, a u n - que nierda el a lma, respondió la Mole. — 103 — —Muy bien, ilijo el florentino, y t o m a n d o con el es t remo de sus dedos unas gotas d e agua de un aguamani l , las sacudió s >bre la c a - beza de la figurita pronunciando algunas pala- b r a s en latín. La Mole so estremeció, porque comprendía que ora todo un sacrilegio. —Qué hacéis? preguntó á Rene . —Bautizar ó osla (ignra con el n o m b r e de la (pie amáis . —Poro con qué objeto? —Para establecer la s impat ía . —La Molo abría ya la boca, para decirle que no prosiguiese, pero una mirada b u r l o - na de Cocin i l las , le detu v o. Pioué, opio iiabia visto el movimiento , aguardó . —lis preciso que sea de plena vo lun tad , dijo. — Haced; respondió la Molo. Roñé trazó sobre una bandoro 'a de papel encarnado , algunos sígm s cabalíst icos, pasó al t ravos de, estos signos una aguja de acero, y picó coo ella o! corazón de la es la fmta . Cosa esliv.ua, en la superficie do la her ida, spareeió una gol-i ta de s a n g r e — entonces R e - ñí' puso fuego al papel . Hl calor do la aguja, fundió la cera q u e había en rededor, y secó la gotiln de s a n - gre . —Así, dijo Reno, vuest ro amor ayudado de la fuerza de la s i m p a t í ; , herirá y abrasa rá — i M —• el corazón do la inugor (¡no atoáis . Cocorinas, pa rape tado en la fortaleza do su espí r i tu , se reia por debajo de su ¡ligóte, y se bur laba en voz baja; pero la Mole, aman- te v superst icioso, senlia correr por su cue r - po un sudor frió tpie humedecía con sus go- tas la raiz de sus cabellos. — Ahora, dijo Reno, apoyad vuestros labios s ó b r e l o s d é l a cs l . i 'u i ta ,y decid: ¡Margarita, le amo; ven, Margarita! La Mole obedeció. Oyóse entonces que abr ían la puer ta de la segunda sala, y que los pasos ligeros se ace rcaban . Coconnas, curioso é incrédulo, sa - có su puñal , v temiendo que si levantaba el tapiz viniese llené á detenerle haciéndole la niHma observación que cuando quiso abr i r la pue r t a , hendió con su puñal el espeso tapia y acercando un ojo á la abe r tu ra , arrojó un gr i to , al (pie respondieron otros dos gritos de muger . —Qué hay? p reguntó la Mole, casi movi- do á dejar caer la figurita, q u e Rene tomó en - t re sus manos . —May, respondió Cocorinas, (pie la duquesa de Ncvers , y madama Margarila están ahí . — Ahora bien, incrédulos, dijo Rene con una sonrisa aus tera ¿dudáis aun de la fuerza de la s impat ía? Al ver á la reina, la Mole quedó petrifi- cado, y Coconnas tuvo también un momen- to de d e s l u m b r a n t e admiración al reconocerá la __ ios — hermosa madama de Novers; uno creyó qua las hechicerías del maese llenó habían e v o - cado el fantasma do Margarita; el otro al ver abier ta la pupila por donde habían e n t r a d o los herniosos fantasmas, halló bien pronto lu esplicacion de esto prodigio en este mundo v u l - gar y mater ia l . En tanto que la Molo so sant iguaba y su s - piraba do modo que hubiera enternecido á una roca, Cocoiiiias, (pie lodo el t iempo había e s - tado haciéndose p regun tas filosóficas, y q u e ha - bía conseguido conjurar al espíritu maligno con ese hisopo (pie so llama incredul idad, L¡o- connas , viendo por la abi-rlura do la cor t i - na la admiración de madama de Nevers , y la sonrisa un poco cáustica do M irgar i la , c o n o - ció que el momento era decisivo, y c o m p r e n - diendo que se puedo decir por un amigo lo q u e uno no so a t revo á decir por sí mismo, en lugar de ir derecho á madama de Neve r s , fué derecho á Margarita, y poniendo una r o - dilla en t ierra al modo que represen tan á A r - taxorges, esclamó con una voz, á la que el silviilo de su herida pres taba cierto acento que no carecia de vigor: —Señora , en osle mismo ins tante ha evo- cado m,¡ese l lené vuestra sombra , por c o m p l a - cer á mi amigo Mr. de la Mole; pero con g r a n - de admiración mia, vues t ra sombra aparece acompañada de un cuerpo que me es muy q u e - rido, y que recomiendo á mi amigo. Sombra de su magostad la reina de N a v a r - — l()f) — ra , ¿queréis tener la bondad de decir al c u e r - po de vues t ra compañera , que se pase del ludo de acá de la cortina? Margarita so echó á reir , 6 hizo una seña á Enr ique ta que- pasó al ins tan te al otro lado. —La Mole, amigo mió, dijo Coeonnas, sé elocuente como Demisiones , como Cicerón, como el señor canciller del hospital , y piensa que vá nada menos que mi vida, en que logres persuadir á la sombra de la duquesa de Nevers , do que soy su mas humilde , su mas obediente y su mas fiel servidor . — Pero.."... balbuceó la Mole. =IIay. l o q u e te digo: y vos, Rene, cuidad de que nadie nos incomode. Recé hizo lo que le ordenaba Coeonnas. —Mordí! caballero, sois hombre de imagi- nación. Va os escucho; véateos ¿qué leñéis que decirme? —Tengo que deciros, señora, que la sombra de mi amigo, porque es una sombra , y la p rueba es que no habla una palabra . Tengo, p u e s , tpie deciros, que esa sombra me suplica que use de la facultad que tienen los cuerpos de hablar intel igib 'emenle, para deciros: Relia s o m b r a , este caballero, ex-corporal, ha p e r - dido su cuerpo y su aliento, con el rigor de vues t ros ojos. Si fueseis vos misma, pediría á maes t ro Rene (pie me abismase en cualquiera cima sulfúrea, an tes que hablar con semejante lenguage á la hija de Enr ique II, á la h e r m a - na de Carlos IX y á la esposa del rey de Navar- — 107 — ro . Pero las sombras oslan ya desnudas (lo! o r - gullo terresl.ro, y no so enojan a u n q u e so las amo. Con que suplicad á vuest ro cuerpo que ame un poco al pobre la Mole, alma en pena mas abrasada que las del purgator io , alma perseguida por la amis tad , que lo ha hundido repelidas veces algunas pulgadas de hierro er; el vientre; alma abrasada por el fuego de vues! ros o jos, fuego mil veces mas (lev orador que el fuego del infierno. Tened piedad de esa pobre iilnia. Amad un ¡toco, al (pie fué el ludio la Mole, y si no tenéis el uso de la pa labra ,usad , espresáos con un gesto ó con una sonrisa. El a lma do mi amigóos inteligente, y lo compren- derá todo. Espresáos. Mordí, ó paso mi e s p a - da al travos de! cuerpo (lo l lené, para que en virtud del poder que tiene sobro las s o m - bras , obl igúela vuestra î ya que la ha evoca- do tan á tiempo) á (pie no haga cosas poco d o - centes para una sombra de alto rango como me parecéis. Ai oir esta perorata de Cocón ñas que se h a - bía acampado delante de la reina como Ene is bajando a los infiernos, Margarita no pudo contener una enorme carcajada, y guardando silencio como convenía á una sombra real, t e n - dió la mano á Coeonnas . Este la recibió de l icadamente entre las suyas y l lamando á la Molo: — S o m b r a d o mi amigo! esclamó, venid aqu í al momento . La Mole obedeció, estupefacto, pa lp i tante y lleno de admiración. — 168 — •—lista bien, dijo Coconnas, cogiéndole por el cogote, ahora acercad el vapor de vuestro lindo y moreno ros t ro , á la blanca y vaporo-a mano que veis. Y Coconnas , , acompañando estas palabras con el ademan , unió esta fina y hermosa mano á la boca de la Mole, y las r e tuvo así un in s - t an te , apoyadas respe tuosamente la una sobre la o t ra , sin que la mano t ra tase do d e s e m b a - razarse de este dulce lazo. Margarita no había cesado de sonreírse, pero madama de Nevers no se sonreía, porque estaba todavía t emblando , con la aparición inesperada de los dos cabal leros . Además, s e n - lia .aumentarse su incomodidad con toda la c a - lentura (pie inspiran los celos nacientes, por- que le parecía que Coconnas no debía o lv idar - se así de sus negocios por los demás . La Mole vio la contracción de sus cejas, sorprendió el relámpago amenazador de sus ojos, y á pesar de la turbación de embriaguez en que la voluptuosidad le aconsejaba p e r m a - necer, comprendió el peligro (pie corria su a m i - go, y adivinó todo l o q u e tenia (pie hacer para sus t raer le de él . Levantóse, pues , y dejando la m de Mar- garita en t re las de Coconnas, fué á tomar la de la duquesa de Nevers . y poniendo una r o - dilla en t ierra: —Ohl la mas bella v la mas adorable de t o - das las mugeres , dijo, hablo de las mugeres (pie exis ten, y no de las sombras , y dirijió una mi- — 1G9 — rada á Margarita, acompañada de una dulce sonrisa; permi t idme, como que soy un a lma desnuda ya de su grosera corteza, pe rmi t idme que repare las ausencias de un cuerpo absor to en una amistad mater ial . Mr. de Gnconnas, á quien veis ahí, no es mas que un h o m b r e , u n hombre de una es t ructura bella y a t rev ida , una carne hermosa á la vista tal »ez, pero perece- dera como toda humanidad : «Omitís caro l'oe- num.» Aunque este caballero me dirije desde la mañana á la noche largas letanías supl icantes respectu á vos, a u n q u e le hayáis visto d i s t r i - buir los mayores mandobles , que tal vez no tienen igual en toda Francia, ese campeón t an fuerte, tan elocuente para con una s o m b r a , no se atreve á hablar á una muger . lie aquí por qué se ha dii ijido á la sombra de la reina, comisionándome [tara h a b l a r á vues t ro hermoso cuerpo, y para deciros que ofrece á vuestros pies su alma y su corazón; que ruega á vuestros ojos divinos se dignen mirar le con piedad, á vuestros dedos rosados y a rd ien tes que le llamen con un movie re - to; á vuestra voz vibrante y armoniosa que le diga una de esas pa labras que no se olvidan nunca; otra cosa n.e ha pedido aun , y es, que si no po- día enterneceros , le a t ravesase mi espiada, que es una hoja real, porque las espadas no tienen mas sombra que la que hacen al sol, que le a t ravesase , digo, el corazón por la lin osle momento \ ióse aparecer á Rene en el fondo de la pue r t a . — 170 — segunda vez, pues que no quiere vivir, si no le autorizáis á que viva esclusivamente para vos. Así como Coconnas había echado su d i scur - so con toda la verbosidad y la baladronada posible, así la Mole acababa también de de s - plegar en su súplica todo el poder de la s en - sibilidad a l a rman te y de una humildad suli!. Los ojos de l inriquota M ' apar ta ron en ton- ces de la Mole, á quien había escuchado con 8 t e n c i o n en tan to que habia hablado, para fijarse sobre Coconnas, y observar si la e s - presion del rostro del caballei o estaba en ar- monía con la oración amorosa de su "mugo. Sin duda quedó satisfecha de 61, porque son - rosada, anhe lan te , vencida, dijo á Coconnas con una sonrisa que dejaba ver dos hileras de perlas engastadas en coral: — E s verdad eso? —Mordí! esclamó Coconnas fascinado por esa mirada y abrasándose en el fuego del mismo fluido; si es ve rdad! . . . . oh! sí, sí, s e - ñora , es verdad , lo ju ro por vuestra vida, por mi muer te ! —Entonces , venid, dijo Enriqueta t end ién- dole la mano con un abandono que se t r a s - lucia por la languidez d e s ú s ojos. Coconnas arrojó al aire su gorrila de ter- ciopelo, y de un salto se puso al lado de la joven, en tanto que la Mole, á quien Mar - garita habia l lamado con un gesto, hacia con su amigo un cambio amoroso. — 171 — —Silencio! esclamó con un acento que e s - tinguió toda esta l lama. . . silencio! —Y oyóse en el grueso de la pared el roce del hierro chillando en la ce r radura , y el chir- rido do m u puerta que rueda sobre sus goz- nes. —Pero , dijo Margarita con seriedad, me p a - rece que coando nosotras es tamos aquí nadie tiene derecho para en t r a r . —Ni la reina madre? m u r m u r ó llenó al oido de Margarita. Margarita so lanzó al ins tan te por la escalera esterior a r ras t rando á la Mole t ras ella; E n - riqueta y Cncoimas los siguieron también , me- dio abrazados. Todos cuatro desaparecieron como vuelan , al primer ruido que perciben, los hermosos pájaros q u e han sido sorprendidos besándose , sobro una rama en llor. CAPITULO XI . Las pollas negras. YA era t iempo de que las dos parejas d e s a p a - reciesen. Catalina metía ya la llave en la ce r radu- ra , cuando Coconnas y la de Nevers salían por la puer ta del fondo, y al en t ra r pudo oir todavía el ruido de la escalera, que ch i - llaba bajo los pies de los fugitivos. La reina madre arrojó en rededor s u \ o na mirada escru tadora , y deteniendo al fin su pupila amenazadora sobre Reuó que esta l laren píe de lan te do ella: —¿Quien estaba ahí? le p regun tó . —Unos aman te s que han quedado salisefehos con una sola pa labra , apenas ¿„-i he dicho q u e se a m a b a n . — 1 7 3 • — —Dejemos eso, dijo Catalina alzando las e s - paldas; ¿no hay nadie aquí? Nadie mas que vuestra ma jes t ad y y o . —¿Habéis hecho lo que os dije? —¿En cuanto á las pollas negras? — S í . —Es tán prontas , señora. —¡Ahí si fueseis judío! —Judío yo, señora! y para qué? —Porque entonces podríais leer en esos p r e - ciosos libros que han escri to los hebreos a c e r - ca de los sacrificios. Yo hice t raduc i r uno de ellos, y entóneos vi que los romanos , ni los hebreos , no buscaban los presagios en el c o - razón, ni en el hígado: era en la disposición del cerebro, y en la configuración de las l e - t ras que ha grabado en él la mano poderosa del dest ino. —Es cierto, señora, así me lo ha dicho t a m - bién un rabino anciano que era uno de mis mayores amigos. = H a y caracteres t razados en el ce reb ro , que abren un camino perfecto de profecías. Solamente que los sabios Caldeos recomien- d a n . . . . —Recomiendan qué? preguntó Rene, viendo que la reina no se atrevía á con t i - nua r . —Recomiendan que se haga la esperiencía sobre cerebros h u m a n o s , por estar estos mas desarrollados, y ser mas s impáticos con la' vo- luntad del consu l tan te . — 174 — —[Ah! eselamó Retir; ya salie vuestra ma- gestad que eso es imposible. —Al menos difícil, dijo Catalina; pero sí hubiésemos sabido eso el dia de là San Bart- hé l émy . . . . chl l lené, qué cosecha! A la pri- mera ejecución:. . . yo me acordaré . En t re t an - to , permanezcamos en el círculo de lo posible. ¿Está va preparada la sala de los sacrificios? —Sí , señora. —Vamos allá. René encendió una bugía compuesta de e le - mentos es t raños , y cuvo olor, tan pronto s u - til v pene t r an te , como humoso v nauseabun- do, revelaba la reunion de mater ias m u \ di- versas; luego a l u m b r a n d o á ( ¡ a l a l i n a pasó el p r imero á la celdilla. Catalina escogió por su m a n o c a i r e todos los in s t rumen tos de s a c r i l i c i c . u¡i euen i l lode acero azulado, en tanto que llené f u é -i b u s - car una de las dos pollas que hacían brillar desde un r incón, sus ojos inquietos y do ra - dos . —Cómo heñios de. proceder para el sacri- ficio? —Inte r rogaremos el hígado de la : m « , y el c¡ rebro de la o t ra . S i a rd í a s nos dan el mis- ino resul tado será preciso creerlo, sobre lodo, si oslo resul tado so combina con los que he- mos obtenido ya. —Por donde empezaremos? = P o r el esperimenlo del hígado. —Está bien, dijo René , y desatando una Je las pollas la l i g ó á dos anillos colocados sobre las dos es t remidados del a l i a r , de m o - do que el animal echado de espaldas no p o - día moverse del n i l i o , ni aun luchar . Galalioa le abrió el pecho de una sola c u - chillad.: . La -j, l a n z ó iros gritos y espiró después de h a í v i o a g i t a d o du ran t e largo t iempo. — ; :i,pt%> tres gritos, m u r m u i ó Catal ina, tres -••'M...:. s de muer te ; luego abrió el cue rpo . — Y e. b i g ido siempre inclinado á la izquier- da , consumó, s iempre á la izquierda; triple muer t e so.mida de decadencia! Sabes , l l ené , que oslo e s espantoso? —Veremos, señora, si los presagios de la segunda victima coinciden c e ñ i o s do la p r i - mera . l l e n é d e s a t ó el cadáver de la polla, y le a r r o j ó á un r incón. Luego echó á anda r h á - ia la oirá, que conociendo su suer te por la que había tenido su compañera , so esforzó 0:1 sus t raerse á ella, corriendo al rededor de ¡a celdilla, y que a! lin viéndose cojida en un rincón e c h ó á volar por sobre la cabeza de Rene, \ fué á apagar con su vuelo la bugía mágica que Calabria tenia en la m a n o . — Va lo vés , l lené, dijo la reina, asi se estinguirá nuestra raza. La muer te soplará so- bre ella, haciéndola desaparecer de la s u p e r - ficie de la t ierra, l ' e ro . . . t res hijos! tres hijos! murmuró t r i s t emente . llené lomó de manos de ¡a reina la bugía — 176 — apagada, y fué á encenderla de nueve en otra pieza inmedia ta . Cuando volvió, la polla había metido la c a - beza en el embul lo . —Ahora , dijo Catal ina, yo evi taré los gri- tos , porque le cor laré la cabeza de una sola c u - chil lada. Y en efeclo, apenas ataron la polla, Cata- lina corló la cabeza de un solo golpe. Pero en la convulsión sup rema , abrióse el pico por t res veces, cer rándose después para no vol- verse ó ab r i r . —Ves? dijo Catalina espantada , cuando no son t res gri tos, t res suspi ros , Tres , siempre t r e s . . . Morirán t o d o s . . . Todas las víct imas, cuen tan y l laman «tres» antes de par t i r . V a - mos , ahora los signos del cerebro . FIN DEL TOMO SEGUNDO. FTOTA. El tomo tercero llevará un plie- go I Í S O S de lo prometido, :í causa de llevarlo este de menos. M A R G A R I T A ОЕ ¥AL0iS. MARGARITA DE V A I O I S , NOVELA HISTÓRICA, ESCRITA EN FRANC POR Y TRADUCIDA AL CASTELLANO por 15. A . íi. KKVH J,A. inijM'eíiíít áv Gontez, í'<'i!¡>.-, ciilie- lie Sa ivhít'ia, n . iH49. т. in. p. 138 . Y Coconnas señaló con el dedo al animal. MARGARITA DE V A I O I S . NOVELA. HISTÓRICA, ESCRITA EN FRANC POR Y TRADUCIDA AL CASTELLANO por H. A. ( i . ^ Sí VILLA. «¡¡«•Mil» (i'1 (íoinc/:, ctüíü;-, cíili',' ¡ir !a Muela n. 184Í). t . in. p. 138. Y Voconnas señaló con el dedo al animal. MARGARITA D E VALOIS. CAPITULO I. Las pollas negras. ENTONCKS Catalina abat ió con su cuchillo la cresta pálida del an ima l , abr ió con p r e c a u - ción el cráneo, y separándole de modo que dejase descubiertos los lóbulos del ce rebro , se esforzó en encont ra r la forma de una l e - tra cualquiera, sobre las sangrientas s i n u o - sidades que t razan la división de la masa cerebra l . —Siempre! eselamó Catalina torciéndose ios p i a n o s , s iempre! y e s l a v o / e l pronóstico os mas claro que nunca . Ven v mi ra . Rene se acercó. —Que letra es esta? preguntó Catalina de- signándole uno de. los signos. —Una 11, respondió Hené. ( I) —Y cuán ta s veces osló lopi l ida? Rene contó . — C u a t r o , dijo. —Bienl bien! esto es! I.o veo . . . . es decir, E n r i q u e IV. Oh! m u r m u r ó a n e j a n d o c! cuchi- llo, soy maldita en mi posteridad! Era una cosa espantosa v e r á esta muger pálida como un cadáver , i luminada por una luz lúgubre , y cr ispando sus roanos cubiertas de sangre . — Reinará! dijo exhalando un suspiro de de - sesperación, reinará! —Reina rá ! repitió Roñé sumergido en una profunda re 11 x ión . E n t r e t a n t o á la luz de un pensamiento que paroeia desarrol larse entonces en su cerebro, dis ipóse la espresion sombría que brillaba en las facciones de Catal ina. — R e n e , dijo estendiendo la mano hacia el f lorentino, pero sin mover la cabeza (pie t e - nia inclinada sobre id pecho, l lené , no hay una historia terr ible de un médico de Perou- se , que por medio de una pomada envenenó (1) Ilcnvi. de un golpe á su hija, v al aman ta ríe esta? — S í ' —Y este amante ora ? —El rey Ladislao, señora. —Ahí s í . . . . es verdad , m u r m u r ó . ¿Tenéis algunos detalles acerca de esta historia? —Tengo un libro viejo (pie t ra ta de ella, res- pondió llené. —Pues bien, pasemos á otra pieza, y me le prestareis. Y ambos salieron de la celdilla cuya p u e r - ta cerró llené con llave. ---Tiene vuestra magostad nuevos sacrificios que ordenarme? —No, llené, por ahora estoy convencida. Aguardemos hasta que so presente la c a b e - za de algún condenado, y el dia de la ejecu- ción oslas lú con el verdugo. llené se inclinó haciendo una señal de i n - teligencia y acercándose con la luz en ja mano á los es tantes en que oslaban colocados los l i - b ios , subió sobre una silla, y lomó un libro que entregó á la reina. Catalina le abr ió . —Oué es esto? dijo la reina madre . «Del modo de enseñar y a l imentar los a l - eones, torzuelos y gerifaltes para que sean valientes, y que estén s iempre pronlos á l a n - zarse al vuelo.» —Ahí ¡icrdon, señora, me equivoqué. E s - te es un t ra tado de caza hecho por un sabio de Lu-a, para el famoso Caslrucio Cas l i aca - ni. Como es taba colocado al lado del «tro . encuadernado del misino modo, me engañé. Es un libro precioso: solo cxislen tres ejem- plares en el m u n d o : uno que pertenece á la biblioteca de Vcnecia, otro que ha sido com- prado por vues t ro abuelo Lorenzo, y presen- lado por Pedro de Mediéis al rov Carlos VIH, cuando osle pasó por Florencia, y el tercero, es este rpic veis. —Le venero, dijo Catal ina, le venero á causa de ser una rareza; pero como no le, necesito, os le devue lvo . Y tendió la mano derecha hacia l lené, en t an to que le devolvía con la mano izquierda el que había recibido. —lis ta vez no se había engañado llené, era r ea lmen te el libro (pie deseaba la reina, l l e - né se. bajó, le hojeó un instante y se le dio a bier to. Catalina fué á sentarse cerca de una mesa, l lené puso sobre ella la bujía mágica , y la reina leyó a lgunas líneas á la luz de esta llama azulada , pero las levó á media voz. —Bien, muy bien, dijo c e n a n d o el libro, lié aquí todo lo que deseaba r-aber. Y se levantó dejando el l i b o sobre la m e - sa v l levando en el fondo de su imaginación esa idea que había germinado allí, y (pie allí debía de m a d u r a r . l l ené aguardaba respe tuosamente , con la luz en la mano , á que la reina, que parecía d i s - ponerse á salir , le comunicase nuevas órdenes, ó lehiciese nuevas p reguntas . Gat;ilina (lió algunos pasos con la cabeza i n - clinada sobre el pecho, y un dedo sobre los l a - bios guardando silencio. Luego, deteniéndose de repente en frente de Rene, y fijando sobre él su ojo redondo y lijo como el de un ave de rapiña, —Confiésame, le dijo, que has hecho un liltro para ella. —Para quién? preguntó Rene es t remecién- dose. —Para la Sauve . =--Yo, señoral dijo Rene, j amas ! —Jamas? —Os lo juro por mi a lma. ~ N o obstante , aquí hay algo de magia , po r - que la ama como un loco [él! que nunca tuvo fama de muy cons tan te . —Ouien es él, señora? preguntó Rene . —Enr ique el maldito. El que sucederá á mis t res hijos, el que se l lamará un dia Enr ique IV, y que no obs tan te es el hijo de Juana de Albre l . Catal ina] acompañó estas pa labras con un suspiro (pie hizo estremecer á Rene, po r - que le recordaba los famosos guantes q u e había preparado para la reina de Navar ra por orden de Cata l ina . —Y va s iempre á verla? preguntó l lené . —Siempre , respondió (¡alalina. —Pues yo creí que el rey de Navarra so había vuelto á fijar comple tamente en su e s - posa. _ lo — —Comedias , l lenó, comedias. No só con qué objeto se hacen, peco si (pie todo se con- j u r a para e n g a ñ a r m e . Hasta mi misma hija Margarita me enga- ña , se declara contra mí, y tal vez aguar - da la m u e r t e de sus hermanos , tal vez espe- ra ser reina de Francia . — S í , tal vez, dijo l lené, que absor to en sus retlecsiones era el eco de la terr ible duda de Catal ina. —Pero nos veremos, dijo Catalina di r ig ién- dose á la puer ta del fondo, pareeiéndole que era inútil la salida secreta , pues (pao estaba sola. l lené la precedió, y dent ro de algunos i n s - t an t e s , ambos so hallaron en la tienda del per fumis ta . — l l e n é , le dijo, tú me has prometido nuevos cosméticos y perfumes, para mis labios y mis manos, l ié aqui ei invierno, ya sabes que mi tez es muy sensible al frió. —Ya me ocupé en ellos, señora , y os los l levaré m a ñ a n a . —Mañana por la noche, no me hallarás a n - tes de las nueve ó las diez. Durante el día rezo mis oraciones. •—Muy bien, señora, estaré en el Louvre á las nueve . —Madama ele Sauve tiene l indas manos y bellos labios, dijo Catalina con indiferencia ¿ d e q u e pasta se sirve? —Para las manos? — 1 1 — —Sí, para las manos . —De pastillas de hcliolropo. —Y para los labios? —Para los labios va á servirse de una n u e - v a opiata que y o in venté, y de la que pensa - ba llevar mañana una caja á vues t ra magos- tad, al mismo tiempo (p íese la llevo á ella. Catalina quedó un momento pensa t iva . —Por lo demás , es una hermosa c r i a tu ra , y nada tiene de es l raño esta pasión ciega del beariiés, dijo (a reina, respondiendo á sus ideas secretas . —Y sobre todo muy fiel á vuestra m a g e s - tad , dijo l lené , al menos asi lo creo. Catalina al/.ó las espaldas , y se sonr ió . —Cuando una muger ama, dijo al fin, ¿aca - so es fiel á nadie mas que á su amante? Rene , le lias hecho algún filtro? —¡Señora , os juro que nol —Pues bien, no hablemos mas de eso. En- séñame esa opiata que debe ponerle los labios mas frescos todavía y mas rosados . Esa pas ta de que hablas te . l lené se acercó á un estante, enseñando á Catalina seis captas de plata de la misma for- ma (es decir, redondas) colocadas en tila. = l l é aquí , le dijo, el solo liltro que me ha pedido, es verdad, que , como he dicho á v u e s - tra magostad, lo hice os rosamente para ella, porque tiene los labios tan linos y tan t iernos, que el sol y el viento los dañan igualmente . Catalina abrió una de las captas , y vio que — 12 — contenía una par te del carmín mas seductor . — R e n e , dijo, dame pasta para mis manos: me hace taita y yo misma la l levaré. Rene se alejó con la bujía en la mano, y fué ¿ buscar al cuar to inmediato lo que le pedia Cata l ina . No obs tan te , volvióse con tal presteza, que le pareció en t reve r que. la reina acababa de tomar una eajita y ocultarla bajo ,-u pañolón. Rene estaba demasiado acos tumbrado á estas sustracciones de la reina madre , para tener la imprudencia de dar á en tender (pie lo h a - bía conocido. Envolvió en un saquilo de p a - pel ílordelisado la pasta que Catalina le había pedido, y le dijo: — A q u í es tá , señora. —Muchas gracias, Rene, respondió Catalina. Luego añadió despic s d e un momento de s i - lencio: No lleves la opiata á madama d e Sali- ve, hasta den t ro de ocho ó diez dias. Quiero yo usarla la p r imera . —Y la reina se dispuso á salir . —Quiere vuestra magostad (pie la a c o m - pañe? —Nada mas que hasta el es t remo del p u e n - te , respondió Catal ina. Allí me aguardan los gentiles hombres con mi litera. Y ambos salieron de la casa, y llegaron al rincón d e la calle d e la Barrilería, d o n - de aguardaban á Catalina cuatro gen t i les -hom- bres y una litera sin a r m a s . El pr imer cuidado de llené apenas llegó — 1:¡ — á su tienda, fué el de contar las cajas de opiata. Fallaba una. CAPÍTULO 11. La habitación de madama de Sauve. Catal ina no se había engañado en sus c o n - je turas . Enr ique volvió á sus antiguas cos tumbres y no se pasaba una noche sin que fuese á casa de la Sauve . En un principio babia e je- cutado estas escapatorias con el mayor s e - creto; luego había ido perdiendo poco á p o - co su desconfianza, había mirado con neg l i - gencia todas las precauciones, de modo, que Catalina pudo :-in mucho trabajo asegurarse de que Margarita era reina de Navar ra en el nombre , ¡ t e r o que madama de Sauve lo era de hecho. Al principio de esta historia hemos dicho dos pa labras acerca de la habitación de m a - dama de Sauve; pero la puerta abierta por Dariola para dar en t rada al rey de Nava r ra , se ha cer rado Irás él hermét icamente ; y así esta habitación, t ea t ro de los misteriosos amo- res del l loaraos, nos es comple tamente d e s - conocida. Esta habitación, del mismo género que las los cerca de sí, era mucho mas pequeña y que los principes conceden á sus comensales en su mismo palacio, con el lin de tenér- menos cómoda (pie lo hubiera sido una casa en la c iudad , l i s iaba , como hemos dicho ya, s i tuada en el segundo piso, poco mas ó me- nos sobro la do Enr ique , y la puerla daba á un corredor , c i i i a cslremidad estaba i lu- minada por una ventana ojival formada con vidrios pequeños engastados en plomo, la que a u n en los mas líennosos días del año solo dejaba pene t ra r una claridad dudosa . D u r a n - t e el invierno ora preciso encender una l ám- para á las tres de la tarde , y como esta l ám- para no contenía en invierno mas cant idad de aceite (pie en e! verano, estinguíaso en- tonces á eso de las diez de la noche, d a n - do mavor seguridad á los dos amantes , d e s - de los pr imeros dias del invierno. Una antecámara pequeña, tapizada con d a - masco de seda, cubier to do añedías flores ama- rillas, una sala de recibimiento tendida de, terciopelo íi'/.ul, y una alcoba cuyo lecho ador- nado con co lumnas retorcidas , v cortinas de raso de color de cereza, estaba engastado en un espacio, ornado también con un espejo guarnecido de plata y ron «los hermosos c u a - dros que representaban 'os alcores, do Venus y Adonis; tal era la habitación, ó como d i - r íamos hoy, el nido de la encantadora c a - marera de la reina (¡alalina 'de Mediéis. Mirando con mucho cuidado podía O I I M T - — IT) — varse en un rincón sombrío cumpl ido hasta hoy vuestra promesa? dijo Carlota . —Hasta hoy! repitió Rene . — S i , hasta hoy, hasta esta noche, no he r e - cibido la cajita que me enviasteis . —Ahí es verdad , dijo Rene mirando de un m o d o e s l r a ñ o la cajita de opiata (pie estaba s ó b r e l a mesa de madama de Sauve, y que era tan semejante en todoá las que tenia en su a l - macén —¡Ya lo había yo adivinado! m u r m u r ó Re- ne ¿y habéis empezado á usarla? —Todavía no, iba á probarla cuando e n t r a s - teis. El rostro de Reno lomó una espresion med i - t a b u n d a que no se escapó á la penetración de E n r i q u e , al q u e muy pocas cosas se le esca- p a b a n . —Y bienl Rene , qué tenéis, le preguntó ei r e y . —Yo! nada , s ire, dijo el perfumista. A g u a r - do humi ldemen te á que vuestra magostad me dirija la pa labra , antes de despedi rme de la señora baronesa . — V a m o s , vamos , dijo Enr ique sonriendo ¿necesitáis que os dirija la pa labra , para c o n o - — 25 — cer quo os veo siempre con placer? Rene lanzó una mirada en rededor s u y o , dio una vuelta por la habitación, como para s o n - dear con los ojos y los oídos las puer tas y los tapices , y deteniéndose de nuevo, y co locándo- se de modo que abrazaba con su mirada á m a - dama de Sauve y á Enr ique : —No lo sé , dijo. Enr ique , advert ido por este ins t into a d m i - rable que le guió d u r a n t e la pr imera pa r te de su vida, en medio de los peligros que le a m e - nazaban, advert ido digo, por ese ins t into q u e pudiéramos llamar un sexto sent ido, de q u e había entonces en la imaginación del perfumis- ta una cosa estraña parecida á una lucha i n t e - r ior , se volvió hacia él , y permaneciendo en la sombra , en tanto que el rostro del florentino brillaba en la luz, le dijo: —Rene! vos aquí , á estas horas! —Habré tenido la desgracia de incomodar á vuestra magostad, dijo el perfumista dando u n paso a t r á s . —No; solo deseo saber una cosa. —Cuál , siró? —Creíais ha l larme aquí? — Estaba mus seguro de. ello. —Luego me buscabais? •—Al menos me felicito de hal laros. —Tenéis algo que decirme? insistió Enr ique . —Tal vez, respondió l lené. Carlota se sonrió, porque temía que esa r e - velación que indicaba el perfumista fuese r e í a - — 2 6 — ti va a su conducta pasada respecto á Enr ique ; fingió, pues , que ocupada solo en pensar en los dijes de su tocador, no habia oido nada , é in te r rumpiendo la conversación: ==Ahl en ve rdad , l lené , esclamó abriendo la cajita de opiata , en verdad que sois encantador ; esta pasta t iene un color precioso, y pues que es ta isahí ,quiero haceros el honor de esper imen- l a r e n vues t ra presencia vuestra nueva p roduc - ción. Y tomó la cajita con una mano, en tan to que con la otra l levaba el es t remo de uno de sus dedos á la par le rosada que desde el dedo iba á pasar á sus labios. Rene se es t remeció . La baronesa acercó la opiata á la boca son- r iéndose . En r ique colocado á la sombra con los ojos lijos y a rd ien tes , no perdia ni un mov imien - to de la una , ni un es t remecimiento del o t ro . La mano de Carlota no tenia ya mas que recorrer a lgunas l ineas para locar á sus l a - bios, cuando Rene le de tuvo fuertemente el brazo, á t iempo que Enr ique se levantaba para hacer otro t an to . E n r i q u e se volvió á dejar caer sin ruido sobre el c anapé . —Un momen to , señora, dijo Rene con una sonrisa forzada, esta opiata no puede usarse sin c ier tas recomendaciones par t iculares . — Y quién me hará esas adver tencias? —Y r o. — !27 — —Cuando? — A p e n a s haya concluido lo q u s tengo q u a decir al rey de Navar ra . Car 'ota abrió sus grandes ojos, no pudiendo •omprendcr nada de este lenguagemister ioso que se hablaba en rededor suyo , y p e r - maneció con la coja de la opiata en una mano y contemplando la es t remidad de su d e d o , coloreado por >a pasta e n c a r n a d a . Enr ique se levantó , y a l imentado por u n a ¡dea que como todas las del joven r ey , tenia dos sentidos, vino superficial en la apar iencia , y otro que era rea lmente profundo, fué á l o - m a r la mano de Carlota, y ó pesar de que es ta - ba manchada con la opiata hizo un movimien- to para llevarla a los labios. —Un ins tan te , dijo v ivamente Rene , un ins tante , tened á bien, señora, lavar vues t r a s lindas manos con esto jabón de Ñapóles , q u e me olvidé do enviaros á casa, y que tengo el honor de traeros yo mismo. Y sacando de una cubier ta p la teada, u n a pastilla de jabón verdoso, la puso en una jofai- na de esmalto, echó en ella una poca de agua , y poniendo una rodilla en t ier ra , la presentó á madama de Sauve . —A la verdad , maese Rene , dijo Enr ique , que apenas os conozco; estáis lan galante , q u e dejáis a t rás á todos los pet imetres de la corte. —Ohl qué aroma lan deliciosol esclamó Car- lota frotando sus l indas manos en la e s p u m a — 2 8 — nacarada que se desprendía de la pasti l la, por- fumada con la mayor finura. Reno llenó sus funciones de caballero hasta »1 fin: presentó á madama de Sauve una se r - villeta de finísima tela de frisa, y la joven se enjugó las manos con ella. —Ahora , dijo el florentino á Enr ique , haced lo que gus té is , monseñor . Carlota presentó su mano k Enr ique , que la besó , y en t an to que Carlota se volvía para e s - cuchar lo q u e Rene iba á decir, el rey de N a - var ra volvió á ocupar su sitio mas convencido q u e nunca de q u e pasaba algo de cs t raord ina- rio en la imaginación del florentino. — Y bien, qué? p reguntó Carlota. Rene pareció reunir toda su resolución, y se volvió hacia el rey de Navar ra . CAPITULO III. Sire, seréis rey. SIRE, dijo Rene á Enrique; ,vengo á hablaros de una cosa que me ocupa hace largo t iempo. —De perfumes? preguntó Enr ique sonriendo. —Y bien, sí, s i re . . . . de perfumes, respondió Rene con un geslo de afirmación s ingular . = I I a b l a d , ya os escucho; es un asunto que me ha interesado siempre mucho . Rene miró á Enr ique , c reyendo leer en aque- — 20 — lia alma impenet rab le , á pesar de las palabr?= (pie acababa de pronunciar , pero viendo qui era inútil , continuó: —Sire , un amigo mió acaba de llegar de Florencia: este amigo conoce mucho la a s t r o - logia. _ —Sí, le interrumpió Enr ique , ya sé que esa ciencia es una pasión florentina. —En unión con los pr imeros sabios del m u n - iia sacado el horóscopo de los pr incipales eaba-i lloros de Europa . —Ahí ahí dijo En r ique . —Y como la casa de Ilorbon está á la cabeza de las mas nobles, pues que desciende del c o n - de de Clermont, (plinto hijo do San Luis, ya puede vuestra magostad conocer (pie no hemos olvidado el suyo . Enr ique escuchó entonces con mas a t e n - ción. —Y recordáis ese horóscopo? dijo el rey de Navarra esforzándose en dar á su sonrisa cierto r.ire indiferente. —Oh! respondió Rene meneando la cabezo, vuestro horóscopo no es de los que se pueden o iv idar . —Es verdad , dijo Enr ique con un gesto iró- nico. —Sire , según las señales del horóscopo, vuestra mageslad está reservada para ocupar un (lia el destino mas br i l l an te . Los ojos del joven pr íncipe lanzaron un r e - lámpago involuntario q u e se oslinguió casi — 30 — a! mismo t iempo en una nube de indiferen- cia. —Todos los oráculos italianos adulan, dijo Enr ique , con que quien dice adulado dice e m - bus te ro ; ¡pues no me lian prediclio algunos que mandar ía un día los ejércitos yol Y se echó á reir; poro un observador , menos preocupado que se l id iaba entonces l lené, h a - bría visto y conocido el esfuerzo que le cos ta- ba esta r isa. —Sí re , dijo fríamente Rene, el horóscopo anuncia otra cosa mejor. —Anunc ia acaso que cuando me halle á la cabeza de uno de esos ejércitos sabré vencer en las batal las? v M a s que eso, sire. —Vamos , dijo Enr ique , es decir, que seré conquis tador . ¡=Siro , seréis rey / — E h l ventee saint gris, dijo Enr ique r e p r i - miendo un olento latido que se escapaba de su corazón, no lo soy ya? —Si re , mi amigo sabe m u y bien lo que p r o - mete; no solo seréis rey , sino que re inare is . — E n ese caso, dijo Enr ique con el mismo tono irónico, vuest ro amigo necesita diez escu- dos de oro, no es verdad, Rene? porque s e m e - jan te profecía es bas t an te ambiciosa, sobre todo en, e-tos t iempos. Vamos, l lené, como no soy rico, da ré ahora la mita ¡ de los diez escudos á vues t ro amigo, y los otros cinco cuando se r e a - lice la profecía. = S i r e , dijo m a d a m a de Sauve , no olvidéis — 31 — que habéis dado vuestra palabra á Daríola, y así no empeñéis mas promesas . ^ S e ñ o r a , dijo Enr ique , cuando llegue ese t ra to , espero que so me t ra te como rey , y que todos quedarán satisfechos, si cumplo la mi tad de lo que prometo. —Sire , dijo l lené, cont inúo. —Oh! con que no es esto todol dijo Enr ique en tus iasmado. ¡Seal si soy emperador pago do- ble. —Sire , mi amigo ha t ra ído de Florencia esc horóscopo, le ha renovado en Par ís , y dio s iem- pre el mismo resu l tado . Luego, me ha confiado el secreto. —Un secreto que ínteres i á su magostad? preguntó vivamente Carlota. —Tal creo, dijo el florentino. —Reúne sus ideas, pensó Enr ique sin a y u d a r en nada á Rene, parece que la cosa es difíoil de esplicar. i , —Entonces hablad replicó la baronesa de Sauve , de qué se t ra ta? —Se t ra ta , dijo el florentino pesando su» pa- labras , de esas voces de envenenamiento que han corrido hace a lgún t iempo por la co r t e . Dilatáronse l igeramente las nar ices del rey de Navar ra , único indicio de que pres taba una atención creciente al nuevo giro que t o m a - ba la conversación. —Y vues t ro amigo el florentino, dijo E n - rique, sabe alguna cosa acerca de esos e n v e - nenamientos? — 32 — —Sí , s i re . —Cómo me confiáis un secreto que no es vues t ro , Rene , sobre todo cuando este secrete es tan impor tante? dijo ¡,Enrique con el tono mas na tura l que podia lomar . — Este amigo tiene que pedir un consejo a vuestra magostad. — A m í f — Q u é tiene eso de cslrafio, sire? recordad al anciano soldado de Act ium, que teniendo un pleito pedia consejo á Augusto . —Augus to era abogado, Rene; yo no lo s o r . —Si re , cuando mi amigo iie confió este se- cre to , pertenecíais aun al part ido calvinista, de! que erais el gofo principal , y Mr. de Conde el segundo . —Y luego? —Esto amigo esperaba que ejercieseis v u e s - t ra influencia todo poderosa sobre el príncipe de Conde, para suplicarle que no se mostrase hostil cen é i . —Esp l i cadme bien eso, Rene , si queréis que lo comprenda , dijo Enr ique sin manifestar la menor alteración ni en sus facciones, ni en su voz. — S i r e , vuestra magostad comprenderá á las p r imeras pa lab ras ; este amigo sabe todas las par t icu lar idades do la tentat iva que se ha h e - cho para envenenar al príncipe de Conde. = S e ha t ra tado de envenena r al príncipe de Conde! dijo Enr ique con un asombro perfecta- mente finjido. De veras! y cuándo? — 33 — Reno miró fijamente al rey , y respondió tan solo estas [tatabras: —Hace ocho dias, magostad. —Algún enemigo? preguntó el r ey . —*SÍ, respondió Rouó, un enemigo que v u e s - tra magostad conoce, y que conoce á vuestra magostad. —Ei> (tocto, dijo En r ique , creo haber oido hablar de eso, pero ignoro los detal les que vuestro amigo quiere reve la rme , según decis. —Pues bien, ofrecieron al príncipe una m a n - zana perfumada, poro por fortuna cuando la trajeron oslaba allí su médico. Tomóla este de las manos del mensajero, y la olfateó para pro bar el olor y su v i r tud . Dos dias después , una inflamación gangrenosa en el ros t ro , una e r u p - ción t.'< sangro \ una llaga viva (¡no le devoró toda la cara , fueron el premio de su fidelidad y el resul tado do su imprudenc ia . —Desgraciadamente , respondió Enr ique , c o - mo soy ya medio católico, he perdido toda mi iulluencia sobre el príncipe de Conde, y vues t ro amigo haría mal en dir i j i rseá mí. —No era solo ¡>or su influencia sobre el p r ín - cipe de Conde por lo que vuestra magostad po- día ser tíiil á mi amigo sino por el príncipe de Porciar , he rmano del que ha sido e n v e n e - nado. —Hola! dijo Carlota , sabéis , l lené, que vues- tras historias huelen á miedo, vuestra solici- tud es inopor tuna , es l a rde ya, vuestra c o n - versación iiene mucho de mortuor ia . A h v e r - Toao III. 3 — 34 — dad , que vues t ros perfumes valen mas (pie ella. Y Carlota estendió de nuevo la mano sobre la caja de la opiata . —Señora , dijo Reno, an tes d e p robar esa opiata como lo vais á hacer , escuchad los c r u e - les electos que pueden sacar de ella los m a l - vados . —Vaya , Rene", que estáis lúnebre esta n o - che , respondió la baronesa. En r ique fruncía las cejas, pero comprendió q u e Rene (pieria llegar á un término que él no podia en t r eve r , y se resolvió á llevar á cabo esta conversación que desper taba en 61 r ecue r - dos tan dolorosos. — Y , replicó» Enr ique , conocéis también los deta l les del envenenamien to del príncipe de Porcian? Sí, respondió Rene. Se sabia que dejaba ardiendo una lamparil la todas las noches ce r - ca de su lecho; envenenaron el aceite, y el p r ín - cipe fué asfixiado por el olor. E n r i q u e crispó uno sobre otro sus dedos hú- medos de furoi'. — Luego. . . . m u r m u r ó el joven rey , ese que l lamáis vues t ro amigo, no solo sabe el e n v e - nenamien to con lodos sus deta l les , sino (pie conoce el auto"' de él? g ¡ ( y por eso queria saber si tendríais ba s t an t e iniluencia sobre el príncipe de Por- cian, para hacerle perdonar al asesino la m u e r - t e de su h e r m a n o . — 3 5 — —Desgraciadamente , respondió En r ique , co- mo soy todavía medio hugonote, no tengo n i n - guna influencia sobre el príncipe de I 'o rc ian , y así, vuestro amigo liaría mal en diri j irse á mí . —Pero, qué pensáis de la predisposición del señor principe de Conde y de la del de P o r - cian? —Cómo he de conocer sus predispos ic io- nes , llené? No me ha dado Dios el p r i v i l e - gio de poder leer en los corazones . —Vuest ra magostad puede interrogarse á si mismo. ¿No hay en la vida de vuestra m a - gostad algún acontecimiento tan sombrío q u e pueda poner á prueba la clemencia? Tan d o - loroso, que sea una piedra de toque, pa ra la generosidad? Estas pa labras fueron p ronunc iadas con un tono, que hizo es t remecer ó la misma Car- lota; era una alusión tan directa , tan s e n - sible , que la joven so volvió para ocu l ta r la alteración de su s emb lan t e , y para e v i - t a r el encont rarse con las miradas del E n r i - q u e . Enr ique hizo un esfuerzo s u p r e m o sobre si mismo, su frente, que d u r a n t e las pa la - b ras del florentino se había empañado con una n u b e de amenazas , se despejó; y c a m - biando ¿1 noble dolor filial que le oprimía el corazón , en una meditación vaga: — a mi vida, dijo, un acontecimiento s o m - br ío! . . . . no , R e n e . . . n o . . . solo recuerdo de mi j uven tud la locura y la negligencia, recala- das con las necesidades mas ó menos c r u e - les (|ne imponen á los hombros las exigen- cias de la na tura leza , y las p ruebas á que Dios los sujeta. Rene' se contuvo á su vez, v fijando la atención alteen . t i camente en Enr ique y Car- lota , como p . r a escitar ai uno v contener el otro, pues (pie Carlota habiéndose vuelto á colocar a su locador para ocultar la inco- modidad que le inspiraba esta conversación, acats .hn de es iender de nuevo la mano h a - cia ta caja de opiata . —Pero en fin, Si re , si fueseis "I hermano del príncipe de Poreian, ó el hijo del prínci- pe de Conde, y que hubiesen envenenado á vues t ro hermano , ó asesinado á vuestro p a d r e . . . Carlota arrojó un ligero grifo, y acercó do nuevo la opiata á sus labios. Rene vio este movimiento , pero no ¡a de - t u v o con sus pa labras , ni con sus gestos. Solo esclamó: — E n n o m b r e de! ci lo, slre, re-:>ond< d. Si os bailaseis en su lugar , que liaríais? E n r i q u e reflexionó algunos i n s ' a n ' e s , e n - jugó con mano temblorosa su t r en te , por la que corr ían a lgunas golas de sudor Crio, y poniéndose en pié, respondió en medio del silei.cio q u e suspendía hasta la respiración ck l lené y de Carlota: —bt es tuviese en su lugar , y (pie t uv i e - — 3 7 — so seguridad de llegar á ser rey , es dec i r , de ser represen tan te de Dios sobre la t ier ra haría lo que Dios; pordoi.nría! —Señoral esclamò René a r r ancando la op ia - ta de manos de madama de Sauve . Señora! devolvedme esla caja. . . veo que mi criado s« ha equivocado al traérosla; mañana os e n v i a - r é o t ra . CAPITULO V. Oíro convertido. I dia siguiente debía verificarse una gran part ida de caza á e.ibaHo en el bosque de San Gorman. Enr ique halda ordenado que para las ocho de la mañana le tuviesen ensillado y a p a - rejado un hermoso caballito do Bearn q u e pensaba dar á madama de S a u v e , pero el cual desenlia y robar ¡ i n i ( . s de dárse lo . Cuando Enr ique bajó daban las ocho. El caballo fiero \ ardiente , á pesar de SU poca a l tura , enderezaba las crines \ pateaba el suelo con impaciencia. La noche había '-ido fría, y la tierra estaba cubier ta de una ligera capa de hielo. Enrique so d i s p u s o á a t ravesar el palio p a - ra llegar al lado de las cuadras , donde le aguardaban el caballo y el palafrenero, c u a n - — 38 — do a) pasar por delante de un soldado sui- zo que estaba de centinela delante de ta puerta, este soldado le presentó las armas diciendo: —Dios guarde á su magestad el rey do Na- varra I Al oir esta esclamaeion, ó mas bien, el acento de voz que acababa de emitirla, el Bearnés se estremeció, se volvió, y dio un pa- so atrás. — D e Mouy! murmuró — S í , sire. De Mouy. —Qué venís á hacer aquí? —Os busco. —Qué me queréis? — E s preciso que yo hable con vuestra ma- gestad. —Desgraciado! dijo el rey acercándosele, no sabes que arriesgas tu cabeza? — L o sé. — Y bien! entonces? —Bien.. . vedme aquí. Enrique palideció ligeramente, porque com- prendió que él también participaba del peligro á que se esponia el ardiente joven. Miró, pues, en rededor su yo con la mayor inquietud, y re- culó con no menos viveza que la primera vez. Acababa de apercibir el duque de Alenzon que estaba en una ventana. Mudando al instante de idea, Enrique lomó el mosquete de manos de de Mouy, que estaba como hemos dicho de centinela, y (injiendo que le examinaba: — 3 9 — —De Mouy, le dijo, sin duda tenéis un m o - tivo bien poderoso para venir así á a r ro ja ros en la boca del lobo. —No, sire. He aquí ocho días que os acecho . Solo ayer he sabido que vuestra mageslad d e - bía probar este caballito esta m a ñ a n a , y por eso me puse de centinela á la puer ta del Louvre. —Pero cómo bajo este trago? El capitán de la compañía es p ro tes tan te y amigo mió. —He aquí vuestro mosque te , volved á colo- caros de cent inela . Nos obse rvan . Cuando vuelva á pasar , procuraré deciros una pa l a - b ra , pero si yo no os hablo, no me de tengáis . Adiós. De Mouy volvió á lomar su aire mesurado , y Enr ique se adelantó hacia el cabal lo. —Qué animadlo es esc? p reguntó el d u q u e de Alenzon desde su ven tana . —Un caballito (pie \ o pensaba p roba r es - ta mañana , respondió Enr ique . —Pero ese caballo no es de h o m b r e . — Es que estaba dest inado á una h e r m o - sa d a m a . —Cuidado , En r ique , porque en ¡a par t ida de caza hemos de ver á esa hermosa dama, y si no sé de quien sois cabal lero, sobré al menos de quien sois escudero . —Ehl Dios iniol no lo sa iné is , dijo Enr ique con su íinjida hombría de bien, porque la b e - lla dama no podrá salir á causa de hallarse — 40 — muy indispuesta es ta mañana ; y al d e c r esto se puso en silla. —Bah! dijo Alenzon r iendo; pobre madama d e Sauve! —Francisco! Franciscol vos sois el indis- cre to . —Y qué t iene la hermosa Carlota? p r egun - tó Alenzon. —Yo cont inuó Enr ique lanzando su c a - ballo á un galope ligero, y haciéndole d e s - cr ibir un circulo de picadero, no lo sé; es una gran pesadez de cabezr., según tne h¡» dicho Dariola, una especie de adormec imien- to por todo el cuerpo , una debilidad gene- ra l . —Y esto os impedirá s e r d e l o s n u e s t r o s ? p r e - gun tó el d u q u e . —Por qué? va sabéis qno soy loco por la caza, y que nada tendría bas tan te in l luen- iia sobre mí para hacerme faltar á una p a r - t ida . = S i n embargo , E n r i q u e , faltareis á esta, dijo el d u q u e después de haberse vuelto á hablar un ins tan te con una persona que E n - r ique no pudo ver, en atención á que esta persona hablaba con Francisco desde el fon- do d é l a habi tación; porque, lié aquí que su magostad me ha enviado á decir que no p u e - de efectuarse hoy la par t ida. —Bah! dijo Enrique con el aire mas d e s - contento del m u n d o ; ¿y p o r q u é ? —A causa de unas car tas impor tantes del Juque de Nevers , según parece. Hay conse - jo en t re el rey , la reina madre y el d u q u e le Anjou. —Ahí ah! se dijo á sí mismo Enr ique , h a - brán llegado noticias de Polonia? Luego, mas alto: —En ese caso, continuó, es inútil q u e m o rspuiiga por mas tiempo sobre este hielo. Has- ta la vista hermano mió. Y deteniendo el caballo enfrenta de do Mouy: —Amigo mió, le dijo, Lama uno do tus cantaradas para (pie concluya tu centinela. Ayuda al palafrenero i desenjaezar este c a b a - llo, ponte la silla sobre la cabeza, y llévala á casa del platero de la sillería. Tiene quw ponerle un bordado que aun no estaba c o n - cluido para esta mañana . Vuelve á t r ae rme la respuesta á mi cua r to . De Mouy se apresuró á obedecer, porque el duque de Alenzon habia desaparecido de su ventana , y era o*¡denlo que habia con - cebido alguna sospecha. En efecto, apenas habia dado vuel ta al postigo, apareció el duque de Alenzon. Un verdadero suizo estaba ya ocupando el lugar de de >:ouy. Alenzon examinó con g rande atención al nuevo centinela, y volviéndose hacia Enr ique le dijo: •—No era este hombre con el que h a b l a - bais hace un ra to . No es verdad, hermano? — 4 2 — — A h ! el otro es un muchacho de los de raí servicio, que hice entrar en la guardia de sui- zos; ha ido á ejecutar una comisión que vo le di . — A h í repitió la miden el duque como si aquella respuesta no le pareciese suficiente, Y Margarita, como está? -—Voy á saberlo, hermano mió. — N o la habéis visto desde a\er? = N o . Me presentó en su habitación esta noche, á eso de las once; pero Gillona me dijo que estaba cansada y que dormía. — N o la encontrareis en su cuarto, porque ha salido. — S i , respondió Enrique, es muy posible, tenia que ir al convento de la Anunciata. No había ya medio de llevar la conversa- ción mas lejos, pues que Enrique parecía de- eidido á no hacer mas que responder. Los dos hermanos se separaron, el duque de Alenzon para ir á saber las nuevas que corrían, como él decía; y el rey de Navarra para volver á su habitación. En el momento en que los dos hermanos acababan de separarse, llamaron á la puer- ta de la cámara de Enrique. —Quién está ahí, preguntó. —Si re , respondió una voz que Enrique co- noció ser la de de Mouy, es la respuesta del platero de la sillería. Enrique, visiblemente conmovido, hizo en- trar al joven, y cerró la puerta tras él. — 4 3 — —Sois vos de Mouyl dijo Enrique. Espe- raba que reflexionaríais. =Sire, respondió de Mouy, hace tres me- ses que reflexiono; basta, ahora es ya t iem- po de obrar. Enrique hizo un movimiento de inquie- tud. —No temáis, sire. Estamos solos, y me apre- suro, porque los momentos son preciosos. Vues- tra magostad puede volvernos con una sola palabra todo lo que los sucesos que han te- nido lugar en este año han hecho perder ¿ ¡a causa de la religión. Seamos claros, sea- mos breves y Irancos. — Y a escucho, mi valiente de Mouy. respon- dió Enrique viendo que le era imposible eludir una espiración. —Es verdad que vuestra magestad ha abju- rado la religión protestante? —Es verdad, dijo Enrique. —Sí? pero es de boca ó de corazón? —Siempre debemos estar reconocidos á Dios cuando nos salva la vida vdijo Enrique dando otro giroá la pregunta, como acostumbraba á hacer en casos semejantes) y Dios me ha sal- vado visiblemente en este cruel peligro. =Sire, replicó de Mouy, confesemos una cosa. =Cuál? —Que vuestra abjuración no es un negocio de convicción, sino de cálculo. Habéis abjurado para que el rey os dejase vivir, y no porque — 4 í — Dios os había conservarlo la vida. —Sea la que quiera la causa de mi conver - sión, da Mouy, respondió Enr ique , no soy por eso menos católico. —Sí , pero lo seréis siempre? A la primera ocasión que s e o s présense de recobrar vuestra l ibertad de existencia y de conciencia, no la aceptareis? Pues bien: esa ocasión s e o s p resen- ta ya: la línchela está insurreccionada, el I lo - sellon y el Bearne, no aguardan mas que uria palabra para obrar ; en la Guyena todos gr i tan: « g u e r r a » Decidme solo que sois católico por fuerza, y os respondo del porvenir . —No se convier te por fuerza un caballero de mi nacim enl.o, bravo de Mouy. Lo que hice, lo hice de propia \ o luntad . — Pero, sire, añadió el joven con el corazón oprimido al bailarse con esa resistencia inespe- rada , ¿no reflexionáis (pie obrando así, nos abandonáis y nos hacéis traición? E n r i q u e permaneció impasible . —Sí , replicó de Mouy, si, nos hacéis traición, sire: por .me entiv. nosotros hav muchos (pie han venido con peligro de muer t e , á salvar vuestra l ibertad v vuest ro honor. Todo lo hwmos va dispuesto para daros un t rono, sire ¿lo oís? un t rono . No solo la l ibertad, sino el poder. El tro- no q u e q u o r a i - , p o r q u c d r n l r o de dos meses po- dréis elejir en t r e Fiancia y Navar ra . —De Mouv, dijo ''"nríipie haciendo un esfuer- zo para velar su pupila que á despecho suyo había bril lado ai oír la proposición. De Mouy, — /45 — rsíoy en salvo, soy católico, soy el esposo do Margarita, he rmano del rey Carlos, y sobre t o - do v e n 10 de la buena madre {"alalina. De Mouy, al aceptar estas posiciones diversas , he c a l c u - lado las ventajas, pero también he calculado las obligaciones. —IV10, sire, replicó de Mouy, á quién he de creer? Me hai i dicho que no se ha consumado vuestro matr imonio, que en el fondo del cora - zón sois libre; me han dicho que el odio de la • eina Catalina —Mentira, ment i ra , in te r rumpió v ivamente e¡ ¡tearnés. Si, os han engañado impunemen te , amigo mió. lista mi cara Margarita, es r e a l m e n - te mi esposa; Catalina es mi verdadera madre ; o! rey Carlos IX es el s e ñ o r do mi vi.¡a v de uii corazón. De Mouy se es t remeció, \ brilló sobre sus labios una sumisa casi despreciat iva. — h n ese caso, sire, dijo, dejando caer los í.razas con desatiende y esforzándose en sondear con sus miradas aquella alma ¡lena de tinie- blas, he aquí ¡a respuesta que ¡levaré á mis H e r m a n o s . Les diré, que el rev do Navarra tien- do su mano, y dá su corazón, á ¡os que i i ¡ . - . Han degodado; ¡es turé ipie se ha convert ido en idiiUidor tic la reina m aire > cu miiijn de M a i j - re> el. —Mi querido de Mouy, dijo Enr ique , el rey vá .*) salir del consejo, y es p: eeiso que \ o vaya á tomar informes cerca de él, de los motivos que ha tenido para diferir una cesa tan im - — 4 6 — por tan te como una part ida de caza. Adiós, imi tadme, amigo mió, abandonad la política, volveos al rey y oid misa . Y Enr ique acompañó, ó mas bien, empujó hasta la an tecámara al joven, cuya es tupe- facción empezaba á t rocarse en furor. Apenas de Mouy cerró la puer ta , que no pudiendo resist ir á la idea de vengarse en alguna cosa, ya que no en alguna persona, estrujó su sombrero en t re sus manos , le a r - rojó al suelo, y le pateó como hace el toro con la capa del to re ro . —Por la muerte l esclamó; he ahí un mi - serable pr íncipe: casi me dá la idea de h a - cerme m a t a r aquí para manchar le por s iempre con mi sangre . — C h u t ! caballero do Mouy, dijo nna voz que se deslizaba por la rendija de una pue r - ta en t reab ie r t a , chu t ! porque también podia oíros otro q u e no fuese yo. De Mouy se volvió v ivamente , y d i s t in - guió al d u q u e de Alenzon envuel to en una g ran capa , y a largando su eabeza pálida por el corredor para asegurarse de que es taban solos. —El señor d u q u e de Alenzon! esclamó de Mouy. Soy perdido! —Al contrar io , m u r m u r ó el pr incipe, tal vez habéis hallado lo que buscabais ; y la p r u e - ba es , q u e yo no quiero que os hagáis matar aquí , como era vuestra idea. Grecdme, vues - tra sangre puede emplearse en otra cosa me- _ 47 — jor, que en mancha r los umbra le s de la h a b i - tación del rey de Navarra . Y al decir estas pa labras , el duque abr ió comple tamente la puerta de la habitación q u e tenia ent reabier ta . —Esta habitación es la de dos de mi g e n - t i les-hombres, dijo el d u q u e , nadie vendrá á in te r rumpirnos , podremos hablar con toda li- ber tad . Venid, cabal lero . —Heme aqu í , monseñor, dijo el c o n s p i r a - dor estupefacto. Y entró en la habi tación, cuya puer ta c e r - ró t ras él , el d u q u e d e Alenzon, con no me- nos vivacidad que lo habia hecho el rey de Na vari a. í ) e Mouy habia en t rado ecsasperado, fu- rioso y echando maldiciones, pero la mirada fija del joven d u q u e Francisco, hizo poco á poco, sobre el capi tán hugonote, el mismo efecto (pie esos espejos mágicos que disipan la embr iaguez . —Monseñor, dijo, si no he comprendido mal , vuestra alteza quiere hab l a rme . — S ! , de Mouy, respondió Francisco. A p e - sar de vuest ro disfraz habia creído reconoce- ros, y cuando presentas te is las a rmas á mi hermano Enr ique , os he reconocido c o m p l e - t amen te . Y bien! De Mouy, ¿no estáis con- tento con el rey de Navar ra? —Monseñor! —Vamos, vamos, hablad f rancamente . A u n - que no lo adivináis tal vez soy vuest ro amigo. — 4 8 — —¡Vos, monseñor! —Sí , \ o. Hablad, pues . —No sé que decir á vuestra alteza, mon- señor. Los negocios de que yo venia á t r a - tar con el re5 do Navarra corresponden á in- tereses que vuestra alteza no podría com- prende r . Por otra pa r te , añadió de Mouy, esforzándose, en tomar una espresion indife- ren te , se t ra taba do bagatelas. —De bagatelas? preguntó el d u q u e . — S í , monseñor . —¿Poro bagatelas que os han hecho arries- gar vuestra vida volviendo al Louvre, (hui- do ya sabéis que vues t ra cabeza será com- prada á peso de oro? porque e r redme , nadie ignora que sois uno de los gofos principales como el rey de Navarra , ó el príncipe de Conde, en ti o los hugonotes. — Si lo creéis asi, monseñor, obrad respec- to á mí como debe hacerlo un hermano de Carlos IX, un hijo de la reina Catal ina. —¿Y por qué queréis (pie obre asi, cuan- do os he dicho que soy uno de vuestros ami - gos? decidme, pues , la ve idad . —Monseñor, (!¡¡a de Mouy, os juro . . . —No juré is , caballero; la religión refor- mada prohibe ju ra r , y sobre t o d o j u r u r en falso. —De Mouy frnció las cejas. — Os digo que !o sé todo replicó el d u - que . De Mouy cont inuó cal lando. — 4 y — —Dudáis? cont inuó el príncipe con una i n - sistencia dulce y afectuosa; ¡pues bien! mí querido de Mouy, es preciso convenceros . T o a - mos, vos misino juzgareis si me engaño. ¿No habéis propuesto á mi he rmano i ínr ique allí, ahora mismo, (y el d u q u e eslendió la mano en dirección á la cámara del bearnes , ) vuest ro socorro y el de vues t ros he rmanos , para reinstalarle en su t rono de N a v a r r a . Do Mouy miró al d u q u e con aire de e s - pan to . —¿Proposiciones que él ha desechado con terror? —Do Mouy permaneció es tupefacto. —¿No hal)eis invocado entonces el poder de vuestra antigua amis t ad , y el recuerdo de la religión? No habéis an imado entonces al rey de Navarra con una esperanza b r i l l an - te? (tan bri l lante que le ha des lumhrado) ¿Con la esperanza de aspi rar á lo corona de Francia? ¡lleinl decid, ¿no estoy bien in forma- do? ¿No es este lo que habéis venido á p r o - poner al bearnós? —Monseñor /esc lamó de Mouy, es tan ta ver- dad, que yo me pregunto á mí mismo si ne debo decir á vues t ra alteza real que miente , provocar en osla habitación un combate sin cuar te l , y asegurar con la muer te de uno do los dos la estincion de t an ter r ib le s e - creto. —Pooo á poco, val iente de Mouy, poco á poco, dijo el d u q u e de Alencon sin i n m u - T o a o 11!. 4 — 50 — U r s e , sin hacer el menor movimiento al oir la ter r ib le amenaza ; el secreto se es t ingui- rá mejor en t r e nosotros , si vivimos ambos, q u e si el uno m u e r e . Escuchadme y cesad de a t o r m e n t a r el puño de vuestra espada. Por la tercera vez os digo que estáis con un amigo. I t espondedme, p u e s , corno tal . ¿El rey de Navar ra no ha rehusado cuan to lo habéis ofrecido? — S í , monseñor , lo confieso, pues que e s - ta confesión solo puede compromete rme ó mí. —No habéis esclamado al salir de su c á - m a r a , pa teando vues t ro sombrero , que era un principo cobarde ó indigno de ser vues- t ro gofo? ^ — E s ve rdad , monseñor , eso he dicho. — A h í con que es verdad? al fin lo con- fesáis? — S í . — Y es esa vues t r a opinión? Mas q u e n u n c a , monseñor . Y bien! yo , y o , cabal lero de Mouy, ye , t e rcer hijo del rey Enr ique II; yo, hijo de Francia ¡soy bas t an te buen caballero para m a n d a r vues t ros soldados? Veamos. ¿Juzgáis q u e yo sea bas tan te leal, para que podáis con ta r sobre mi palabra? — V o s , monseñor! vos el gefe de los hugo- no tes ! — Y por qué no? Esta es la época de las convers iones , ya lo sabéis . E n r i q u e se ha he- cho católico, bien pu«do yo hacerme p r o t e s - t a n t e . — 51 — —Sí , sin duda , monseñor : de modo que yo aguardo q u e me esp l ique is . . . —Nada mas sencillo; voy á deciros en dos pa labras toda la política del m u n d o . Mi h e r - mano Garlos mala los hugonotes para re ina r mas largo t i empo . Mi he rmano de Anjou los deja mata r porque debe suceder á Carlos, y que como sabéis Carlos está enfermo m u c h a s veces, pero yo . . . es muy diferente, yo q u e no reinaré j amás en Francia , al menos a t e n - diendo á que tengo dos he rmanos de lan te d e mí ; yo, á quien el odio de mi m a d r e y de mis he rmanos aleja del t r ono , mas aun q u e la ley de la na tura leza ; yo, que no debo asp i ra r ó ninguna afección de familia, á n inguna g l o - ria, á ningún reino: yo, que ó pesar de t o - do lo que llevo dicho, tengo un corazón t an noble como el de mis he rmanos mayores ; pues bienl de Mouy, yo quiero buscar y h a - llar con mi espada un r e ino . . . en esta F r a n - cia que ellos c u b r e n de sangre . He aquí lo q u e yo quiero, de Mouy. Escuchad . Quiero ser rey de Navar ra , no p o r n a c i m i e n - to, sino por elección. Y notad q u e n inguna o b - jeción me podéis hacer , porque yo no soy ua usurpador , pues q u e mi hermano rehusa v u e s - t ras ofertas, y t o rpem en te ciego, reconoce e a alta voz que el reino de Navar ra no es mas q u e una ficción. Con Enr ique d e B e a r n nada tenéis; eonmigo, tenéis una espada y un nombre . F r a n - cisco de Alenzon, hijo do Francia , es la s a l v a - guardia de todos sus compañeros ó de todos SBS — 52 — cómplices , como querá i s l lamarlos . Ahora bien! ¿qué decís de osi.. oferta, de Mouy? —Que me d e s h i m h r a , monseñor . —De Mouy, d" Mouy, tendremos muchos obstáculos que vencer. Ño os mostréis tan eesi- gen le , t an difícil de persuadir para con un hijo de rey , un he rmano rey que viene á b u s - caros . —Monseñor , todo estaría ya arreglado si yo fuese solo en sos 'ener mis ideas; pero tenemos un consejo, y por br i l lante q u e sea vuestra oferta, tai vez por esa misma causa no (Hier- ran los gefes del part ido adher i r á ella sin con- dición. — E s o es otra cosa, y la respuesta es de un corazón honrado v de un espíri tu p r u d e n t e . Por las maneras que usé para con vos, de Mouy. habré i s reconocido mi probidad. Tra tadme no como á un príncipe que se adula , sino como á un amigo q u e se es t ima. ¿De Mouy, tengo p r o - babil idades? — S o b r o mi pa l ab ra , monseñor , y pues que vues t ra alteza quiere que le dé mi parecer, las p robab i l idades están todas de vues t ra par te desde q u e el rey de Navarra ha rehusado la oferta q u e vine á hacerle; p e o , os lo repito, monseñor ; es indispensable que me ponga de concierto con mis ge íes. —Ilaccdlo pues , respondió el de Aienzon. Pero, dec idme, ¿pera cuándo la respuesta? —De Mouy miró al pr incipe en silencio. Luego, pareciendo lomar una resolución: -— 5.5 — —Monseñor, (lijo, (ladino vuestra m a n o . Tengo necesidad de que un hijo do í'Yaneia loque la una, para es tar seguro de (pie no me hacen lraicion. El-duque no solamente tendió la mano h a - cia de Mouy, sino (pie es t rechó la del j o - ven en Iré las suyas . —Ahora , monseñor, ya estoy t r anqu i lo , d i - jo el joven hugonote. Si nos hacen t raición, diré que no entráis en ella, porque si no, m o n - señor, por muy corta par to que tuvieseis en esa traición, quedariai- i deshonrado . —¿Por (pié me decís eso de Mouy, an tes do decirme cu,indo me traeréis la r e spues ta de vuestros gofos? —Porque , monseñor , p r e g u n t á n d o m e c u a n - do os t raeré la respues ta , me prego oíais al mismo t iempo donde están mis gefes, \ q u e si os digo «osla noche,)) sabéis que ios gofos están ocultos en Par í s . Y diciendo estas pelabras con un gesto de desconfianza, de Mouy, fijaba su pupila pe- ne t ran te sobre la mirada falsa y vaci lante del jó ven d o q u e . — Vamos, vamos , replicó el de Alenzon, todavía tenéis d u d a s , de Mouy, pero al p r i - m e r golpe, no puedo ecsigir de vos una con- fianza completa? Ya me conoceréis mas l a rde . Vamos á oslar l igados por una comunidad d e intereses que nos pondrá á cubierto de toda sospecha. ¿Con que decís que esta noche, Mr . de Mouy? — 54 — — S í monseñor, porque el tiempo apura. Esta noche, pero dónde? — E n el Louvre, aquí, en esle cuarto, ¿os conviene? —¿Está habitado esle cuarto? dijo de Mouy mostrando con sus odiadas los dos lechos que estaban colocados uno frente a otro. —S í , por dos de mis gentiles-hombres. —Monseñor, me parece imprudente volver al Louvre. —Por qué? —Porque si vos me habéis reconocido, otros tendrán tan buenos ojos como vuestra alte- za, y me reconocerán á su vez. Sin embar- go, volveré al Louvre siempre que me con- cedáis 'o que vov á pediros. —Qué? — U n salvo conducto. —De Mouy, dijo el duque, si os cojen un salvo conducto firmado por mí, me pierde y no os salva. Yo no puedo hacer algo por vos, sino con la condición de que á los ojos de todos somos estrangeros el uno para el otro. La menor relación que mediase entre vos y yo, probada por mi madre ó por uno de mis hermanos me costaría la vida. Vos estáis pro- tegido por mí propio interés desde el momen- to en que yo esté comprometido con los otros, como lo estoy con vos desde este instante. Li- bre en mi esfera de acción, fuerte si soy des- conocido, en tanto que permanezca impene- trable, os garantizo á todos; no lo olvidéis. Haced, pues , un postrer l lamamiento á v u e s - tro valor; tentad sobre mi palabra , lo q u e ten- tabais sin la palabra de mi h e r m a n o . Venid esta noche al Louvre . —Pero cómo queréis que venga? yo no p u e - do arriesgarme con este trago á pene t ra r por las habitaciones de palacio. Era bueno tan solo para los vestíbulos y los pat íos . El mió es todavía mas peligroso, porque lodo el m u n - do me conoce aquí , y que no me disfraza e n nada . — E n t o n c e s . . . . yo busco . . . a g u a r d a d . . . yo creo q u e . . . . s i . . . lióle aqu í . En efecto, el d u q u e había fijado la vista en el t rage de ceremonia de Mr. de la Mole, es- tendido en este momento sobre la cama : es decir, en una magnífica capa de color de c e - reza bordada en oro, una gorra adornada con una pinina blanca rodeada de un cordón de margar i tas de oro y plata en t remezcladas , y en fin sobre una ropilla de raso gr i s -per la b o r - dada en oro. —Veis esta capa, esta p luma y esta ropilla? dijo el d u q u e ; pertenecen á Mr. de la Mole, uno de mis gent i les -hombres ; un pisaverde de los de mas tono . Este t rage ha hecho r u i - do en la cor te , y cuando Mr. de la Mole le l le- va , le reconocen á cien pasos. Voy á daros las señas de! sas t re que se lo ha hecho; p a - gándole el doble de lo q u e vale, tendréis uno igual para esta noche. ¿Retendréis bien el n o m - bre de Mr. de la Mole? Apenas concluía el d u q u e esta recomenda- ción, que se oyeron pasos en el corredor v una llave dio vuelta á la ce r r adura . — E h ! quien va? gritó el d u q u e lanzándo- se hacia la puer ta y echando el cerrojo. = P o r Di ¡s! respondió una voz do la pa r - te d e a l u o r a , que la pregunta os singular! quién va allá! p regunto \ o . Es lindo oslo! que voy á en t r a r en mi cuar to y me preguntan quien va! —Sois vos, Mr. de la Mole! —Ya se ve que soy. Pero vos . . . quién sois? En tanto que la Mole demost raba la a d m i - ración que le causaba encontrar s.i cuar to ha- b i tado , y t r a t aba de descubr i r quien era el nuevo comensal , el duque do A'onzon se vo l - vió con viveza, y poniendo una mano sobre el cerrojo y otra en la ce r r adura . —Conocéis á Mr. do la Mole? preguntó á do Mouy. — N o , monseñor . — Y él os conoce? —Creo que no. —Entonces todo va bien: ungid que estáis mirando p o r t a ven tana . De Mouy obedeció sin responder , porque la Mole comenzaba á impacientarse y l lamaba con toda la fuerza de su brazo. , 1 d u q u e de Alenzon echó una mirada sobre de Mouy, y viendo que estaba vuelto de espal- das , abrió la pue r t a . —El señor d u q u e ! esclamó 'a Mole r ecu lan- do con sorpresa . Olí! perdón, monseñorl —No es nada caballeril . Si- tenido necesi - dad de vues t ro cuar to para recibir ac i e r t a per - sona. —Muy bien, monseñor, haced lo que g u s - téis . Pero permit idme que tome mi capa y mi sombrero que están sobre la cama, porque he perdido uno y otro esta noche sobre el muel le de la Gréve . ~Mn efecto, cabal lero, dijo el pr ínc ipe s o n - riendo y ent regando él mismo á la Mole los ob- jetos que le pedia, he aquí que estáis bien mal pa rado , sin duda habéis tenido que lidiar con ladrones bien tos tadi l los . Y el duque alargó á Mr. de la Mole la capa y !a gorra . El joven saludó y salió para m u d a r de vestido en la an t ecámara , sin inquietarse en lo mas mínimo de lo que el d u q u e hacia en su cuar to , porque era ya una cos tumbre en el Louvre, que las habitaciones de los gen t i l es - hombres , fuesen para los príncipes á qu ienes servían , posadas que empleaban para toda clase de decepciones. De Mouy se acercó entonces al d u q u e , y a m - bos se pusieron en acocho para saber el m o - mento en (pie la Mole eoiicitiia su tocador y volvia á salir; pero, apenas mudó el ves t ido , él mismo los sacó del a p u r o , porque ace rcán- dose á la puer t a : —Perdón, monseñor, dijo: pero vues t ra a l t e - za habrá encontrado por casualidad en el c a - mino al señor conde de. Coconnas? — 58 — —No, señor conde, y sin embargo Coeonnas estaba de servicio esta mañana . — E n t o n c e s me le han asesinado, se dijo la Mole alejándose. El d u q u e esuchó el ru ido d é l o s pasos quo iban debi l i tándose, luego abrió la puer ta , y a r r a s t r a n d o á Mr. de Mouy t ras sí: —Miradle marcha r , le dijo, y t r a tad de ¡mi- lar ese aire in imitable . —Haré cuanto me sea posible, dijo de Mouy, por desgracia no soy un hombre adamado , soy un soldado. — ü e todos modos , os aguardo antes de la media noche en este corredor . Si la habitación de mis genti les hombres está l ibre, os recibiré en ella; si no lo está , hall, remos ot ra . — S í , monseñor . —Con que , hasta la noche, antes de las doce. —Hasta la noche , antes de las doce. —Ahí se me olvidaba, de Mouy, menead bien el brazo derecho al anda r ; es una manera pecu- liar de Mr. de la Mole. CAPITULO V. L* talle del Tizón y la calle de la Campan» Agujereada. LA Mole salió del Louvre corriendo como un gamo, y se puso á huronear por todo París en busca del pobre Coconnas. Su primer cuidado fué trasladarse á la calle del Árbol Seco, y entrar en casa de maese la Hurriere, porque la Mole recordaba haber cita- do muchas veces al piamontés cierto aforismo latino que tendía á probar que el Amor, Baco y Céres son de absoluta necesidad, y tenia la esperanza deque Coconnas por seguir elaforís- mo romano, se habria instalado en la Buena Es- trella, después de una noche que debia haber sido para su amigo no menos tempestuosa que para él. La Mole no encontró en casa de la Hurriere mas que el recuerdo de une obligación, y un almuerzo servido con bastante gracia, que nues- tro caballero aceptó con gran apetito, á pesar de su inquietud. Tranquilizado el estómago, ya que no la imaginación, la Mole se volvió á poner en mar- cha, remontando el Sena como un marido que busca su mugor ahogada. Al llegar al muelle de la C-révc, reconoció ;il ins tante el sitio donde habia sido detenido I r o s ó cuat ro horas antes, y encontró sobre el campo de batalla un peda- cito de la p ; uma d o su sombrero . VA sent imien- to de la propiedad os innato on el hombro. La Mole. t»ni,i diez p lumas á cual mas bellas; pero no dejó por o s o de de tenerse á recojer esta, o mas bien, este p . ' ( ¡ n o n o fragmento (pie lo que- daba , y estaba considerándole con airo e s t r e - madamen te compasivo, cuando sintió algunos pasos que se acercaban resonando torpemente , y a lgunas voces bruta les que, le ordenaban d e - ja r paso. La Mole levantó la cabeza, y percibió una litera precedida de dos pagos y acompañada de un escudero . La Molo creyó reconocer la li tera, y se pu - so en fila v ivamente . El joven gen t i l -hombro no so. engañaba . —Mr. de la Molo? dijo una voz llena do dulzura que salia de la l i tera, en tan to que ana mano blanca y suave como el raso, se - paraba las cor t inas . = S Í , señora, yo misino, respondió la Mo- le incl inándose. —Mr. do la Mole con una p luma en la m a n o — continuó la dama de la l i tera: ¿es- tais enamorado , caballeii to mió, y halláis las huel las que habe i - p e r d i d o ? — S í , soñó'-,), respondió la Mole, estoy e n a - morado y fuer temente á la verdad; pero en este momento son mis pasos, mis propias h u e - — GÌ — lias las que encuent ro , aunque no sean e s - tas las que busco; pero , rué permite v u e s - tra mages tad que le p regun te por el e s t a - do de su salud? —Escelenle , caballero; me parece que j a - mas estuvo mejor: esto d imana de que he pasado la noche en el re t i ro . —Ah! en el ret i ro, dijo la Mole mi rando á Margarita de un mudo es l raño . —Y bien! sí; que tiene eso de p a r t i c u - lar? — P u e d o , sin ser indiscreto, p regun ta ros en que convento? Cier tamente , caballero, no hago ningún mis- terio de eso. En el convento do la Anuncia- ción. ¿Pero, qué hacéis aquí con eso aire tan espantado? -—Señora, busco á mi amigo que ha desa - parecido, y buscándole hallé esta pluma que laminen había perdido. —Pero , esa pluma es suya? A la verdad q u e me espantáis pensando en lo que le h a - brá sucedido: el sitio es malo. —Serénese vues t ra magestad, la p luma es mia; la he perdido esta mañana á eso de las cinco y media en este mismo sitio, que r i en - do Salvarme de las manos de cua t ro bandi- dos (pie me quer ían asesinar , al menos, por lo que J Ü pude inferir. Margarita reprimió un movimiento de e s - pan to . —Ohi contadine todo oso, esclamò. — 0 2 — .-sNada mas sencillo, señora. Eran, como he tenido el honor de decir á vuestra ma- gestad, las cinco de la mañana poco mas ó menos. — Y á las cinco de la mañana habíais s a - lido ya? interrumpió Margarita. —Vuestra magostad me escusará, dijo la Mole, no habia salido, sino que aun no había entrado en el Louvre. —Ah caballero! no haber vuelto á rasa á las cinco! dijo Margarita con una sonrisa que cualesquiera hubiera creido maliciosa; pe- ro que la Mole tuvo la fatuidad de hallar adorable; vo lver ían tarde! bien merecíais esa castigo. —Por eso no me quejo, señora, dijo la Mo- le inclinándose con respeto, y aunque me hu- biesen reventado me consideraría cien veces mas dichoso de lo que meiezco ser. Pero en fin, yo volvía tarde ó temprano, como v u e s - tra magestad quiera, cuando cuatro pilludos han desembocado por la calle de la Morte- llerie, y me han perseguido con largas ho- ees . Esto es grotesco, ¿no es verdad, señora? Pero en fin, así fué, tuve que feuir, porque se me habia olvidado la espada en la casa donde pasé la noche. —Oh! comprendo, dijo Margarita con unair» de sencillez admirable, y volvéis por vuos - Ira espada? La Mole miró á Margarita, corno si «na duda cruzase por su m e n t e . — 6 3 — —Señora , yo volvería de m u y buena g a - na, porque mi espada es una hoja e scó ten - le; pero no sé donde csiá la casa . —Cómo, caballero, replicó Margarita, no sa - béis dónde está la casa en que habéis p a s a - do la noche? —No, señora; y que Sa tán me es te rmine si ¡o adivino. —He aquí una cosa s ingular . Luego vues t ra historia es una novela? —Una verdadera novela; vos lo habé i sd ich» , señora . — C o n t á d m e l a . = E s un poco larga. —No importa! tengo bas tan te t iempo para escuchar la . —Y es muy creíble. = V a m o s , vamos: yo soy una de las mas c ré - du las . —Vuest ra magestad lo ordena? — S í , sí, es preciso. —Obedezco. Ayer t a r d e , cenábamos en o«sa de maese la Hurr ie re . —Por de pronto , p reguntó Margarita con un tono de na tu ra l idad perfecta, quién es maese la Hurriere? = M a e s e la Hurr ie re , señora , dijo la Mole m i - rando por segunda vez á Margarita con esa e s - presion de duda que se habia notado en él 1« primera vez, maese la Hurr ie re es el dueño da la hostería de la Buena Est re l la , s i tuada on la calle del Árbol Seco. — 6 4 — —Bien: ya veo de aquí lo que es . . . cenabais en casa de maese la Hurr iere , con vuestro ami- go Cocorinas sin duda? —Si , señora, eoo mí amigo Cocorinas; cuan- do en t ró un hombre y nos remitió un billete á cada uno. —Igual? p regun tó Margarita. —Exactamente- igual. = Y qué contenía? •—Solo esta línea: «Os aguardan en la callo de San Antonio, frente á la calle d e J o u y . —Y ninguna firma al fin del billete? p regun- tó Margari ta . —No; pero tenia estas t res pa labras , pala- liras e n e , H i l a d o r a s , que prometían la misma co- sa t res veces repel ida, es decir', una felicidad t r ipl icada. —Y tpié palabras eran esas? — «Eros,» «Cupido,» «Amor.» — E n efecto, son Iros nombres dulcísimos; ¿y han cumpl ido lo que prometían? —Oh s e ñ o r a ' , cien veces mas , eselamo la Mole con en tus i a smo. —Cont inuad , tengo curiosidad de saber lo que os aguardaba e n la calle de San Antonio f r e n t e ó la calle do . leuy. —Dos dueñas , cada una con su pañuelo en la m a n o . Se t ra taba do vendarnos los, ojos. Vuestra magostad adivinará que no opusimos resistencia. Tendimos valerosamente el cuello. Mi guía me hizo volver á la izquierdo, el guía — 65 — de mi amigo le hizo v o h c r á la derecha, y nos separamos . —Y entonces . . . cont inuó Margante, que p a - recía estar decidida á llevar las investigaciones hasta el fin. •—Yo no sé,continuó la Mole ,dondcconduje- ron á mi amigo. Al infierno tal vez. Pero en cuanto á mí, lo q u e s e e s , que mi guía me con- dujo á un lugar que tomé por el para íso . t—Y que os hizo ser arrojado de él vues t ra a ran curiosidad, no es cierto? —Jus t amen te , señora , y sin duda tenéis el d o n d e adivinar . Yo aguardaba con impaciencia q u e llegase el día, para ver dónde me hal laba , euando á las cuat ro y media, volvió á e n t r a r la misma dueña, mo vendó de nuevo los ojos, me hizo prometer que no levantaría el vendaje , meeondujo fuera, me acompañó cien pasos, y me hizo ju ra r que no qui tar ía mi venda has ta que hubiese contado otros c incuenta . Los c o n - t é , y me encontré en la calle de San Antonio frente á la calle de Jouy . Luego, señora, continuó la Mole, al encon - t ra r aquí un podad lo de mi p l u m a , mi corazón ha palpitado de gozo, y la recojí p rome t i éndo - me guardarla como un recuerdo de esta noche feliz. Pero en medio de esta dicha, hay una c o - sa que me atormenta v ivamen te , y es el pensar qué pudo haber sido de mi compañero . —No ha vuelto al Louvre? —Ahí no, señora. Le he buscado por todas par les donde podia es ta r , en la Estrel la de Oro , TOMO 111. 5 — 6 8 — en el juego de polola, y en cuantos sitios hon- rosos podia encontrar lo , poro de Annibal na - da . . . V de, Coconnas menos . . . Y al decir estas pal. liras que acompañó con un gesto l amentab le , la Mo'e abrió los brazos y separó su capa, bajo la cual se vio bostezar por diversas par les su ropilla que mostraba como tañ ías elegantes cuchil ladas, su aforro por ios rasgones. —Pero os han acribillado, dijo Margarita. — «Acribillado,» esa es la espresion, señora, dijo la Mole, que so alegraba de que el peligro que habia corrido le, sirviese de mér i to . Ved, señora, ved. —Cómo no habéis mudado de ropilla en el Louvre , pues que habéis vuelto á él? preguntó la re ina . —Ahí dijo la Mole, es que habia gente en mi cua r to . —Cómo gente en vuest ro cuartol dijo Mar- gari ta , cuyos ojos espresaron la admiración mas viva; y quién estaba en vuestro cuarto? — S u alteza. = C h u t l esclamó Margarita. El joven obedeció. —(1) ¿Qui ad leclicam mean stan? preguntó Margari ta á la Mole. (1) —Quién está á la portezuela! —Dos pages y un escudero. —Bueno, son unos bárbaros; decidme, la Mole, ¿á quién habéis encontrado en mttstro euarto? — 67 — —Dúo puer i , et unus eques . —Ópt imo bai 'bari , dijo ella, dic Moles, q u e m invene r i s in cubieu lo tuo? —Franc i scum duccm. —Agentem? —Nescio quid. —Quo eum? •—Cuín ignoto. —Es singular , dijo Margari ta . ¿Con q u e no habéis podido encont rar á Cooonnas? cont inuó ella sin pensar ev iden temente en lo q u e d e c i a . —De modo, que como he tenido el honor de decir á vuestra mages tad , muero de inqu ie - t u d . —Pues bien, dijo Margarita sonriendo, no quiero deteneros nif-s t iempo, buscadle; pero no sé por qué se me figura (pie parecerá él solo, sin que le busquen . No impor ta! id . Y la reina apoyó un dedo sobre su boca. Luego, como la bella Margarita no habia r e v e - lado ningún secreto, ni hecho ninguna confesión á la Mole, el joven comprendió que este gesto encantador no podiendo tener por objeto r e - comendar le el silencio, debía tener a lguna otra significación. La comitiva se puso en marcha , y la Mole —Al duque francisco. —Qué hacía! —No sé. —Y con quién estaba? —Con un desconocido. — 6 8 — con la ¡iloa do proseguir en sus investigaciones, cont inuó remontando el muelle, liasla la calle del Puente Largo, q u e le condujo á la de San - Anton io . Al llegar enfrente de la calle de Jouy se de- t u v o . Allí era donde la víspera dos dueñas le h a - bían vendado los ojos á él y á Cocorinas. lid había caminado hacia La izquierda, después ha - bía contado veinte pasos; hizo, pues la misma ceremonia , y se encontró enfrente de una casa, ó nías bien de una pared, de t rás (le la cual se l evan taba una casa: en medio de la pared había una puer ta con un tejadillo y guarnecida de g randes clavos y t roneras . La casa estaba s i tuada en la callo de Ir- Campana Agujereada, calle pequeña y estrecha, q u e empieza en la calle de San Antonio y sale í la del Rey de Sicilia. —Por la sangre azul! dijo la Mole, aquí e s . . . lo tu ra r ía ! . . . al salir estendí la mano y sen- tí los clavos de la puer ta , luego bajé dos escalones . Este hombre que corría gritando «socorro» y que han asesinado en la calle d e Rey de Sicilia, pasaba cuando \ o ponía eí pié en la p r imer grada . Veamos. Y la Mole fué derecho á la puer ta y l lamó. La puer ta s& abr ió , y el (pie vinoá abril era un especie de conserge con grandes bi- gotes . — W a s ist dasl? preguntó el conserge. — A h ! ahí parece que es tamos en Suiza. Amigo mió, dijo la Mole lomando '•> mas amable del m a n d o , quisiera i v : » : > r . > r MU e s - pada que se me lia o l v i d a d o <•;, e.-ia e isa donde he pasado la noche. —Ich verslo'r; nicht, l'CSpo 1 ío't ;l c o u - serge. —Mi espada, replicó la Mole. —¡oh vorsteh nicht , repitió el conserge. —Que he dejado .. mi espada que he d e - jado . . . —Ich vertidle n icht . — E n esta casa donde he pasado la n o - ehe . —Gehe y.utn Teufel . . . Y !e di.» con las pue r t a s en ¡as o T i - ces . — M o r d i c o ! dijo la Mole, i „ u i v i e s e la espada q ' je • uno, se la p.-mah» por o! euer» po á ese tm>. -ero no la tengo, \ sera fuer- za dejarlo ¡,. • . otro dia . La Mole, »:•>:>*un-) su camino has ta l a c a - lie del Hev •oe Sicilia, lomó á la de recha , dio cincuenta pasos, poco mas ó menos , t e - mó de nuevo á la derecha, y se encont ró en la calle de Tizón, calle pequeña y pa- ralela á la de la Campana Agujereada, y en lodo scmejanle á ella. Huno mas , apenas d i j treinta pasos cuando volvió á encontrar la puertecita de los clavos grandes con su l&- jadillo, sus t roneras , los dos escalones y la pared. Hiihíérase dicho que la calle de la Campana Agujereada se había vuelto para v e r - le pasar . — 70 — La Mole reflexionó entonces que podía m u y bien haberse equivocado y tomado su izquier- da por su derecha , y fue á l lamar á la pue r - ta para hacer la misma reclamación que h a - bía hecho en la o t ra . Esta vez llamó has - ta que se cansó, pero no le abr ierou. La Mole dio dos ó t res veces el mismo paseo que acababa de dar , y concluyó por fijarse en la idea har to na tura l , de que la Gasa teína dos en t radas , una sobre la callo d e la Campana Agujereada, y otra sobre la calle de Tizón. Pero por muy lógico que fuese este razo- namiento , no le volvía su espada, ni le de- cía donde estaba su amigo Tuvo por ur. momento la idea de comprar una espada y des t r ipar con ella al misera- ble portero que se obst inaba en no hablar mas que a lemán; pero pensó que si este por- tero pertenecía á Margarita, y que si Mar- garita le había escogido así, sus razones ten- dría para ello, y que tal vez le seria muy desagradable verse privada de é l . La Mole por nada del mundo hubiera que- rido hacer una cosa que desagradase á Mar- ga r i t a . De miedo de ceder á la tentación, tomó el camino del Louvre como á eso de las dos de la t a rde . Como no halle su habitación ocupada e s - ta vez, pudo en t ra r en ella. La cosa era bas t an t e u rgen te respecto á la ropilla, que co- — 71 — mo lo habia hecho observar la reina, e s t a - ba considerablemente deter iorada. Adelantóse, pues, hacia su lecho, para s u s - tituir la hermosa ropilla de raso gr i s -per la , á la que llevaba; pero con gran admiración suya la primera cosa que halló cerca d é l a ropilla gr is-per la , fué la lamosa espada que habia dejado en la calle de la Campana A g u - jereada. La liólo la lomó, la volvió y la revolvió: era la suya . —Ahí ah! dijo, habrá aquí algo de m a - gia? luego con un suspiro: ahí si yo p u d i e - se encent rar al pobre Coconnas como mi e s - pada 1 Dos ó tros horas después de que la Mole cesó de hacer su ronda circular alrededor de la casita doble, la puer ta de la calle de T izón se abr ió . Gran ya las cinco de la t a r - do poco mas ó menos, y por consiguiente n o - che cerrada . Una muger envuel ta en una larga capa guar - necida de pieles, y acompañada de una d o n c e - lla, salió por aquella puer ta q"ue abriera una dueña corno de unos cuarenta años, se deslizó rápidamente hasta la callo del Rey de Sicilia, llamó á una puerleci la del palacio de Argenson que se abrió al p r imer golpe, salió por la puer- ta principal de ia misma casa que daba á la calle Vieja del Templo , caminó acelerada- mente hasta l legará una pequeña poterna del palacio de Guisa, la abrió con una llave q u e — 7 2 — llevaba en el bolsillo, y desapareció. Como una media hora después salía por la misma pue r t a un j ó v e H con los ojos vendados, y guiado por una muger que le condujo al rin- cón de la calle de Geoffroy, Lasnier y de la Mortellería. Allí le invitó á contar hasta c in - cuenta pasos, y después (paitarse la v e n d a . El joven cumplió escrupulosamente la r e - comendación, y al llegar al guar ismo conveni - do, se qui tó la venda que le cubría los ojos. —Mordil esclamaba arrojando en torno suyo mi radas e sc ru tadoras , si sé dónde estoy que me ahorquen! . . . Las seis! esclamó oyendo el reloj de Nuestra s e ñ o r a . . . Y este pobre la Mole! qué será de él? Corramos al Louvre, quizá me d a r á n allí noticias suyas . Y diciendo esto, Coconnas bajó corriendo por la calle ús la Mortellería, llegó ó las p u e r - tas del Louvre en menos tiempo del que em- plea regularmente un caballo; conmovió y d e s - compuso al pasar esa fila movible do gantes honradas q u e se paseaban t r anqu i l amen te al rededor de las t iendas de la plaza de Baudo- yer , y en t ró en el palacio. Interrogó al suizo y al que estaba de c e n t i - nela . Al suizo le parecía que habia visto e n - t r a r á Mr. de la Mole por la mañana , pero quu no le habia visto salir . El centinela h a - cia tan solo hora y media que es taba allí y nada habia visto. Subió corr iendo á su habitación y abrió la puer ta prec ip i tadamente , pero solo cn«ontró — 7 3 — en ella la ropilla d é l a Mole, toda l ace rada , lo que redobló sus inquie tudes . Acordóse entonces de Mr. de la Hurr ie re , y corrió á casa del digno hostelero de la Buena Est re l la . La Hurriere habia visto á la Mole; la Mole habia almorzado en casa d é l a Hurr iere . Goconnas quedó, pues, t ranqui lo , y como t e - nia grande hambre , pidió de cenar á su vez. Coconnas tenia las dos mejores disposicio- nes que pueden tenerse para cenar bien, tenia espíritu t ranqui lo y el estómago vacio; cenó tan bien, que su cena du ró hasta las echo . Entonces confortado ,con dos botellas de un vinillo de Anjou, que le gustaba mucho, y que devoraba «ton una sensualidad que se d e - mos t raba con las guiñadas y los movimien- tos de lengua rei terados, se puso de nuevo á buscar á la Mole, acompañando esta nueva explotación á t ravos del gentío, con p u n t a - piés y puñetazos , proporcionados al acrecenta- miento de amistad qne le inspiraba el b i e n e s - tar que sigue siempre á una buena cena . Esta correría duró como una hora; d u r a n - te esta hora Coconnas recorrió todas las calles que rodeaban el muelle de la Gréve , el puer - to del carbón, la callo de San Antonio, y las calles de Tizón y la Campana Agujereada, donde pensaba que pedia su amigo habar vuelto. i£n fin, comprendió que habia un s i - tio por el cual tenia que pasar , era el postigo del Louvre , y se resolvió á ir a esperar bajo este postigo hasta que volviese á en t r a r . — 7 4 — No estaba ya mus que á cien pasos de! Lou- vre , y ponia de pié á una muger , cuyo marido habia ya der r ibado Coconnas en la plaza de Saint - ! .e rmain 1 ' Auxerrois , cuando al hori- zonte percibió á la claridad dudosa de un gran fanal clavado cerca del puente levadizo del Louvre , la capa de terciopelo color de cereza y la p luma blanca ele su amigo, (pie ya desapa- recía como una sombra bajo el postigo del Lou- vre , volviendo un saludo al centinela. La famosa capa de color de cereza habia he - cho tan to ruido en el mundo , que no podía na- die engañarse respecto á ella. —li l i ! Mordil esclamó Coconnas, es él , aho- ra es é l . . . . hele ahí que vuelve á en t r a r . Ehí ch! la Mole! eh! amigo! peste! pin s ve tengo buena voz! Cómo no me habéis oído? Pero afor- t unadamen te tengo tan buenas [liornas, como buena voz, y voy á rendi rme con él . Con esta esperanza Coconnas echó á correr con toda la ligereza de que era capaz, y llegó al momento al Louvre ; pero por muy diligente q u e a n d u v o , en el momento en que ponia el pié en el pat io, el de la capa de color de cereza, que parecía tener [irisa, desapareció bajo el ves t íbu lo . — E h ! ehl la Molo! gritó Coconnas volviendo á e m p r e n d e r la ca r re ra , aguárdame , soy yo, soy Coconnas. ¿Cómo diablos corres así? Acaso corres para salvarte? En efecto, la capa de color de cereza subía el segundo piso como si tuviese alas. — 75 — —Alil no quieres agua rda rme! gritó Cocon- nas . Ahí está enfadado conmigo! pues b ien , vete al diablo, Mordi! yo no lo estoyl Goconnas estalla al pió do la escalera, y d e s - de allí lanzaba este apóstrofo al fugitivo que re - nunciaba á seguir con sus piernas , pero que continuaba observando con sus ojos al t r avés de la escalera. El de la capa de color de cereza, habia llega- do entonces á la a l tura de la habitación da Margarita. De repente salió de esta habi tación una muger , y cojió por el brazo al que p e r s e - guía Coconnas. —Oh! olí! esclamó entonces Coconnas, est» tiene trazas de ser cosa de la reina Margarital Le aguardaban! Entonces es otra cosa, c o m - prendo que no haya querido responderme . Y se inclinó sobro el ba lus l re lanzando su mirada por la aber tura de la escalera Entonces, después de haber cambiado a l - gunas palabras el de la capa de color de c e r e - za, siguió la reina ó su habitación. —Bueno! bueno / dijo Coconnas, eso es . No rae engañaba . Hay momentos en que hasta la presencia de nuestro mejor amigo nos i m - por tuna , y mi querido la Mole está en uno de estos momentos . Coconnas subió len tamente las escaleras; y se sen tó sobre un banco do terciopelo que guarnecía el descanso, diciendo: —Sea! en lugar do r eun i rme á él, le a g u a r - daré , sí; pero a ñ a d í ' : estoy pensando que está — 7 6 — en la cámara do la reina de Navarra , de manera que tendré que aguardar largo t iempo.. . . y hace frió. Mordil Vamos, vamos, será igual aguardar le en mi cuar to . Ai lin, lardo ó tem- prano ha do venir, a u n q u e estuviese allí el d iablo . Apenas acabó de pronunciar estas palabras , y se disponía á ponerlas en ejecución, cuando resonó sobre su cabeza un paso alegre y ligero, acompañado de una canción tan f a M n l i n r á su amigo, que Coconnas alargó al ins tante el pe s - cuezo para ver de donde venia el ruido de los pasos y de la canoion. lira la viole que b a - jaba del piso alto al do su habitación, y que al dist inguir á Coconnas se puso á sal tar las escaleras cuatro á cua t ro , para salvar mas pron- to los pasos que lo separaban de su amigo, y que te rminada esta operación se arrojó en sus brazos . —Oh! Mordil esclamó Coconnas, ¿eres tú? y por dónde diablos has salido? — E h ! por la calle de la Campana Agujerea- da; por Dios! — N o . No hablo de la casa de allá aba jo . . , . — P u e s de dónde? —De la cámara de la reina. —De la cámara de la reina? —De la cámara de la reina de Navar ra . —Si no en t r é allá. — V a m o s ! vamos.' —Quer ido Anniba!, dijo la Mole, no estás en tu juicio Salgo ahora do mi cuar to , donde le aguardo hace ya dos horas . — 7 7 — = S a l e s de tu cuarto? — S í . —No eres tú el que yo he seguido en la p l a - za del Louvrc? —Cuándo? —Ahora mismo. —No. —No eres tü el que desapareció bajo el p o s - tigo hace diez minutos? —No. —No eres tú el que acababa de subir esa es- calera, como si te viniesen persiguiendo legio- nes de demonios? — N o . —Mordil esclamó Coconnas, el vino de la Buer.a Estrella no es tan malo que me haya descompuesto la cabeza de ese modo. Te digo que acabo de dist inguir tu capa de color de ce- reza y tu pluma blanca bajo el postigodel Lou- vre , que he perseguido una y otra hasta el pié de esta escalera, y que á tu p luma , tu capa y hasta t u brazo que llevas s iempre ba lanceando, los estaba aguardando aquí una d a m a , que sos- pecho y con razón, que fuese la reina de N a - var ra , la que se lo llevó todo por esa puer ta , qu3 si no me engaño, es la de la bella Marga- ri ta . —Mordicul esclamó la Mole palideciendo, habrá en esto alguna traición? —Enhorabuena ! dijo Coconnas, jura cuan - to quieras , pero no vuelvas á decirme que me engaño. La Molo dudó un momento , apretando la cabeza en t re sus manos , y vaciland.0 entre su respeto y sus celos; pero al fin vencieron estos ú l t imos, y echó ¡i correr hacia la puer ta , á la que empezó á l lamar con todas sus fuerzas, lo que produjo un ruido muy poco decoroso, a tendiendo á la magestad del lugar en que se ha l laban . —N-JS van á llevar ar res tados , dijo Cocon- nas , pero no impor ta ; el caso no es para m e - nos . La Mole, ¿habrá por ven tura aparecidos en el Louvre? —No sé nada , respondió el joven tan pálido como la pluma que sombreaba su frente; pero he deseado s iempre verlos ó las claras; y c o - mo la ocasión se presente , yo haré por ha l la r - me cara á cara con esto. —No me opongo, dijo Coconnas; solo le ad- vierto que l lames menuS fuerte si no quieres e span ta r l e . La Mole, á pesar de la exasperación que le dominaba , conoció que la observación era j u s - ta , y cont inuó l lamando á la puer ta mas du l - cemen te . CAPITULO VI. La capa de color de cereza. OCONNAS no se habia engañado . La dama que de tuvo al caballero de la capa de color de ce re - za, era la reina de Navar ra ; en cuanto al c a - bollero, el lector habrá adivinado ya que era e! bravo Mr. do Mouy. Al reconocer á la reina do Navar ra , el joven comprendió que habia en esto alguna e q u i - vocación, pero no .se atrevió á decir una p a - labra do miedo do que un grito de Marga- rita le hiciese traición. Prefirió, pues, dejarse conducir has ta la h a - bitación con la intención do decir á su be- l la protectora una vez en su cámara : «Silencio por silencio, señora.» En electo, Margarita halda es t rochado d u l - cemente en la somi-oscur idad, el brazo del que habia lomado por la Mole, ó i nc l i nán - dose hacia su oreja, le habia dicho en la- tín: —Estoy sola en t r ad , querido mió. Do Mouy se dejó guiar sin responder , pero apenas se cerró la puerta t ras él , apenas so halló en la an tecámara que estaba mejor i luminada que la escalera, cuando Margar i - ta reconoció que no era la Mole el que ella habia in t roducido. Ecsaló entonces Margarita ese grito que t a n - to temía el hugonote . —Mr. de Mouy! dijo dando un paso a t r á s . —Yo mismo, señora, y suplico á vuestra magostad que me pe rmi ta seguir l ibremente mi camino sin comunicar á nadie que estoy en el Louvre. —Oh Mr. do Mouy! luego yo me habia engañado! m u r m u r ó Margarita. — 8 0 — —Si , dijo de Mouy, lo comprendo. V u e s - tra magostad me habrá tomado por el rey de Nava r r a : la misma talla, la misma plu- ma blanca , y muchos que quieren adular - m e me dicen que tengo las mismas mane- r a s . Margarita miró fijamente á de Mouy. — Sabéis lat ín, Mr. de Mouy? le p r e - gun tó . —Lo he sabido en otro t i empo , restaond'ó el joven , pero se me ha olvidado. Margarita se sonrió. —Mr . de Mouy, le dijo, podéis estar se - guro de mi discreción. En t r e t an to , como ms parece que adivino la persona que buscáis en el Louvre , os ofrezco mis servicios, para guiaros con seguridad hasta ella. —Escuehadme , señora , dijo de Mouy, creo que os engañáis , y que al contrar io, ignoráis «omple lamente —Cómo! esclamó Margari ta , ¿no buscáis al rey de Navar ra? —Ahí señoral respondió de Mouy, tengo el sent imiento de deciros que os suplico, que la persona á* quien mas interesa que ocultéis mi presencia en el Louvre, es á su moges- lad vues t ro esposo el rey de Nava r r a . — E s c u c h a d , Mr. de Mouy, dijo Margari- ta con sorpresa; hasta aquí , os he tenido siem- pre por uno de les gefes mas valientes del par t ido hgonotc, por uno de los mas fíelos par t idar ios del rey mi esposo; me habré e n - gañado por ven tura? — 81 — -~No señora, porque esta mañana era \ o aun , todo lo que decís. — Y por qué motivo han cambiado vues t ras ideas desde esta mañana? —Señora , dijo de Mouy inclinándose, tened la bondad de escusarme la respues ta , y a d - mit i r homenagrc . Y de Mouy lomando una ac t i tud r e spe tuo- sa pero firme, dio algunos pasos hacia la p u e r - ta por donde habia e n t r a d o . Margarita le de tuvo . —Sin embargo , cabal lero , si me at reviese á pediros una palabra de esplicacion, creo que mi palabra tiene algún valor. —Señora , respondió de Mouy, ye debo c a - l lar , y es preciso que esto deber sea b a s - tante real, para que yo no haya respondido teda vía a vuestra magostad. —Sin embargo, caba l le ro . . . —Vuestra magostad puede p e r d e r m e , s e - ñora; pero no debe querer que haga traición á mis nuevos amigos. —Y los ant iguos, cabal lero, sost ienen t a m - bién algún derecho sobre vos? —Los cpie permanecen fieles sí; los q u e no solamente nos han abandonado , sino que se han abandonado á sí mismos, no. Margarita pensat iva é inquie ta , iba á r e s - ponder sin duda con otra nueva i n t e r roga - ción, cuando se presentó Culona ace lerada- mente en la cámara roai . — Kl re \ de Navar ra ! gr i tó . Toaoi ' i l . 6 — 82 — —Por dónde viene? — Por el cor redor secreto. —Haced salir á este caballero por la otra puer to . —Imposib le ! ¿ois señova? — S í . —A la puerta por donde queréis que ha- ga salir á ese cabal lero . —Y quién llama? —No sé . —Id ó ver, y volved á decírmelo. —Señora , dijo de Mouy, me a t r eve ré á e s - poner \ vues t ra magostad, que si el rey de Na- var ra me encuen t ra á estas horas y bajo esto t rage en el Louvre , soy perdido? Margarita cogió á de Mouy, y a r ras t rándose hacia el famoso gabinete : — E n t r a d aqu í , cabal lero, le dijo; estáis tan bien oculto, y s o b r e t o d o tan seguro como en vuestra misma casa, porque estáis bajo la fé de mi pa l ab ra . De Mouy se lanzó en él precipi tadamente , y apenas se cerró la pue r t a t ras él, apareció E n r i q u e . Es ta vez, Margari ta , no tenia que ocultar n inguna tu rbac ión : su espresion era sombr ía , y el amor estaba cien leguas lejos de su pen - samien to . E n cuan to á Enr ique , ent ró con esa descon- fianza minuciosa que en los momentos de menos peligro le hacia notar hasta los menores d e t a - lles; ahora con mas razón !o observaba todo — 8 3 — profundamente á causa de las c i rcuns tancias en que se ha l laba . De modo que al ins tan te percibió la n u b e que oscurecía la l rente de Margari ta . —Estaba is ocupada, señora? le p r egun tó . — Y o . . . sí, sire reflecsionaba. —Y tenéis razón, señora, la meditación os siesta muy bien. Yo también med i t aba , p e - ro pienso de muy diverso modo que vos, pues vos buscabais la soledad, y yo he bajado e s - presamente para par t ic iparos mis p e n s a - mientos . Margarita hizo al rey una señal de bien v e - nida, y mostrándole un sillón, se sentó ella también en una hermosa silla de ébano e s - culpida, tan fuerte y fina como c! acero. Ilubo en t re los dos esposos un ins tan te de silencio, luego rompiendo el pr imero: —11c recordado, señora, dijo Enr ique , que ñus sueños sobre el porvenir t ienen algo de común con los vues t ros , y que separados como esposos, deseábamos sin embargo unir n u e s t r a fortu na . — E s verdad , sire. —Creo haber comprendido t ambién , que en todos los planes que yo forme de elevación común, encon t ra ré en vos no solamente una fiel, sino también una act iva al iada. —Si , magostad, y solo os pido una cosa , y es que poniendo manos á la obra , lo mas pronto posible, me deis ocasión á que t r a - baje también sin perder t iempo. —Soy m u y feliz, sonora, al hallar en vos tan bellas disposiciones, y creo que no h a - bréis pensado ni un ins tante que yo per - diese de vista el plan cuya ejecución he r e - suelto el dia misino en que gracias á v u e s - tra generosa in tervención, me consideré casi seguro ríe poder salvar mi vida. —Caba l i e ro , yo creo qrro vuestra indife- rencia no es mas que una máscara , y no so- lo tongo fé en las predicciones de los a s t r ó - logos, sino en vuest ro genio. —Y qué diríais, señora , si alguno viniese á t r a s t o r n a r vues t ros p lanes , y nos a m e n a - zase con reduci rnos á una situación m e - diana? —Diría q\ie estoy [ironía á luchar con vos ya sea á la sombra , sea ab ie r t amente con- tra cualesquiera que fuese. = S e ñ o r a , cont inuó Enr ique , no podéis e n - t r a r á cualesquiera hora en la habitación de Mr. d ' Alenzon: no es verdad? poseéis su con- fianza y os profesa la mas tierna amis tad . Me a t r eve ré á supbca ios que os infor- méis de si está ahoia en conferencia secre- ta con alguno? Margari ta se estremeció. —Con qu ien , señor? p reguntó . —Con de Mouy. —Y por qué? volvió á p regun ta r Margarita repr imiendo su emoción. —Porque si así fuese, señora . . . odios lodos nues t ros proyectos , al menos adiós todos los míos. — 85 — —Siró , hablad mas bajo, dijo Margarita h a - ciéndole seña-; con los ojos y los labios á la vez, y designándole con el dedo el gabinete . —Oh! oh! dijo linrie¡uo;l,odavia hay alguien? A la verdad ese gabinete está habi tado con tanta frecuencia, quo hace inhabi tab le \ u e s t r a cámara . Margarita se sonrió. —Al monos, será s iempre Mr. de la Mole? preguntó Enr ique . —No, sire, es Mr. de M o u y . —El ! esclamó l inr iqne con una sorpresa mezclada de gozo: entonces ¿no está en el cua r - to de Alenzon? ¡oh! hacodle venir , que le h a - b l e . . . Margarita corrió al gabinete , le abr ió , y t o - mando la mano de Mr. de Mouy, le c o n d u - jo sin preámbulos al rey de N a v a r r a . —Ahí señora! dijo el joven hugonote con un acento de reproche mas bien t r i s te que amargo; á pesar de vuestra promesa, me hacéis traición, eso es obrar mal . Qué diríais si yo me vengase diciendo —No os vengareis, de Mouy, dijo Enr ique in te r rumpiéndole , y es t rechando la mano del joven, ó al menos me escucharéis antes de ven- garos. Señora, cont inuó Enr ique , cuidad de q u e nadie nos escuche, os lo suplico. Apenas acababa Enr ique de pronunciar es tas pa labras , cuando llegó Gillona toda espan tada , y dijo algunas pa l ab ras á Margarita al oido. La reina saltó de su sillo, y en tan to que corría — 8 6 — hacia la an tecámara con Gillona, Enr ique , sin inquie tarse por la causa que la l lamaba fuera de su habi tación, registraba el lecho, los t a p i - ces, y sondeaba con sus dedos las paredes . En cuanto á Mr. de Mouy, asustado con tanto p r eámbu lo , se aseguraba p ruden temen te de que su espada no estaba pegada á la vaina. Margarita salió de su alcoba, y se lanzó en la an t ecámara , donde so encontró l íente á frente con la Mole, que á pesar de todas las súplicas de Gillona, se empeñaba en en t ra r por fuerza en la habitación de Margari ta . Ccconnas es taba de t rás do la Mole pronto á empuja r l e si avanzaba , y á sostenerle si se r e t i r aba . = A h ! con q u e sois vos, Mr. de la Mole? pe - ro qué tenei.i? por qué estáis pálido y c o n - vulso? —Señora , dijo Gillona, Mr. de la Mole ha l lamado á la puer ta en tales t é rminos , que a pesar de las órdenes de \ u e s l r a magostad, me he visto precisada á dejarle e n t r a r . —Ola! ola'.qué es es to?di joseveramente Mar- gar i t a ; es verdad lo que oigo, Mr. de la Mole? — S e ñ o r a , es que queria prevenir á vuestra magostad q u e un es t rangero. un desconocido, un ladrón tal vez, se ha introducido en v u e s - tra cámara con mi capa, y mi sombre ro . —Es tá i s loco, caballero, dijo Margari ta , por- que si no me engaño, veo que traéis puesta vu i stra capa ; y Dios me perdone! como veo también q u e traéis puesto el sombrero cuan- do habláis á u n a r e ina . . . _ 8 7 " —Perdón! perdón , señora! esclamó la Mo- le descubr iéndose v ivamente , Dios me es t e s - ligo de que no es por falta de respe to . —No es por falta de le, ¿no es verdad? —Qué queréis! esclamó la Mole; cuando sé que hay un hombre en la rea! cámara d e vuestra magostad, cuando ha logrtdo en - t ra r en ella tomando mi t rago, y tal vez mí nombre , quién sabe? . . . —(Un hombrel dijo Margarita es t rechando dulcemente la mano del pobre enamorado ; un h o m b r e l . . . Sois bas t an te modesto, Mr. de la Mole. Acercad vuestra cabeza á la aber - t u r a del tapiz, y veréis dos. Margarita abrió en efecto el tapiz bordado de oro que cubría la puer ta , y la Mole r e - conoció á Enr ique hablando con el h o m b r e de la capa consabida: Cocorinas, que tenia t a n - ta curiosidad corno si se t ra tase de su per - sona, miró t ambién , y vio y reconoció á de Mouy ; ambos quedaron estupefactos . = A h o r a que ya estáis t ranqui lo (al menos así lo espero) dijo Margari ta, colocaos á la puer ta de mi habitación, y por vuestra vida, mi querido la Mole, no dejéis e n t r a r á n a - die. Si se acerca alguno á la meseta de la escalera av i sadme. La Mole débil y obediente como un niño, salió mirando á "Coconnas que le con t emp la - ba con admiración, y ambos se encont ra ron fuera de la cámara sin habe r vuelto a u n de su enagenamienlo. —De Mouy! esclamó Coconnas. — E n r i q u e ! m u r m u r ó la Mole. —De Mouy, con tu capa de color de cerera, tu p luma blanca y balanceando el brazo co- mo tú! — A h ! ah! replicó la Mole, pues que no se t ra ta de amor , sin duda se t ra ía de complot . —Mordi! henos aquí ya mecidos en pol í- t ica, dijo Coconnas en t r e dientes . Fe l izmen- te no veo en todo esto á la bella madama de N e v e r s . Margarita volvió á sentarse cerca de los dos in ter locutores ; su desaparición solo había d u - rado un minu to , pero Margarita utilizaba bien el t i empo. Gíllona, puesta de centinela en el corredor secreto, y los dos caballeros c o - mo gen t i l e s -hombres á la en t rada principal , le daban toda la seguridad que podía n e c e - si tar en aquel momen to . —Señora , dijo Enr ique , creéis que sea p o - sible , o ímos , ú espiarnos por algún medio? —Cabal le ro , d'jo Margari ta, esta habitación está acolchonada, y el doble ar tesonado que la rodea m e responde de que aquí no r e - suena la voz. —Descanso en vues t ra esperíencia, respon- dió Enr ique sonr iendo. Luego volviéndose hacia de Mouy: —Veamos , dijo el rey en voz baja, y co- mo si las razones de Margarita no bastasen á ca lmar sus temores ni á disipar sus recelos: ¿qué venís á hacer aquí? — 89 — Aquí? dijo de Mouy. — S í , aquí á esta cámara real , repitió E n - r ique . —Nada venia á hacer aquí , respondió Mar - gari ta ; soy yo la que le a t ra je . —Sabíais pues?. . — Lo adiviné todo. —Ya veis, de Mouy, que se puede a d i - v inar . —-Mr. de Mouy es taba esta mañana con el duque Francisco cu la habitación de dos de sus gentiles hombres . 3ja=Ya veis, de Mouy que todo lo sabe . — E s verdad , respondió de aiony. —Es taba muy seguro de que os había a t r a - pado Mr. de Ále iuon . —Vuestra es la culpa, sire. ¿Por qué h a - béis rehusado con tal obstinación lo que os veníamos á ofrecer? —¿Habéis rehusado? esclamó Margar i ta : lueg9 la renuncia que yo presentía era real? —Señora , di¡o Enr ique sacudiendo la c a - bera , y t ú t ambién valiente de Mouy, á la verdad que me hacéis reír con vues t ras e s - elamaciones. Comol yo estoy en mi h a b i t a - ción, entra en ella un hombre , me habla de t rono, de revolución, do t ras tornos políticos, á mí, á mí, Enr ique , príncipe tolerado con tal de que lleve los ojos bajos, hugonote que han perdonado con la condición do que h a - rá el papel de católico, y había yo de a c e p - tar en una habitación que ni está acolchona- . --ssL 9o — da , ni tiene ai tesones dobiesl Ventre Saint Gris! ó sois unos niños, ó estáis locos. —Pero , sirc, podíais dejarme alguna es - peranza, sino de pa l ab ra , al menos con un gesto, con una seña . — Q u é os ha dicho mí h e r m a n o , de Mouy? preguntó E n r i q u e . —Oh! sire, ese secreto no es mío . src-Dios iniol replicó Enr ique con cierta im- paciencia al ver que t r a t aba con un h o m - bre que tan mal comprendía sus espresiones. No os pregunto qué proposiciones os ha h e - cho, solo os pregunto si e scuchaba , si ha oído a lguna cosa? = E s c u c h a b a , sire, y ha oido. = ü e c í s , de Mouy, q u e escuchaba y que ha oido. Pobre conspirador! si yo hubiese dicho una sola palabra erais perdido. Porque a u n q u e yo no sabia que, es taba allí, lo ad iv inaba , y si no él , a lgún o t ro , el d u q u e de Anjou, Gar- los IX ó la reina m a d r e ; no conocéis las pare- des del Louvre , de Mouy; para ellas se ha h e - cho el p roverb io , de que las paredes oyen; y conociéndolas babia yo de hablar? Vamos, vamos de Mouy, hacéis poco honor a la i n - teligencia del rey de Navar ra , y me admira q u e teniéndole en un lugar tan poco elevado respecto á su imaginación, hayáis venido á ofrecerle una corona. •.—Pero, s i re , replicó de nuevo de Mouy, al mismo t iempo que rehusabais la corona, no podíais hace rme una seña? Al menos no lo — 91 — hubiera ereido todo perdido, no me hub ie ra desesperado. — E h l vent re sa in t gris! lo mismo q u e p o - día oir, podia ver, pues que estaba en acecho, ¿y no nos perdería lo mismo una palabra que un gesto? Aguardad, de Mouy, cont inuó el rey mirando en rededor suyo , á esta hora y ha l lán- dome tan cerca de vos, que mis pa l ab ras no van mas allá del círculo que forman n u e s - t ras t res sil las, temo aun que me oigan c u a n - do le digo: de Mouy, rep í teme tu s proposicio- nes . —Pero , sire, esclamó de Mouy desesperado, ahora ya estoy empeñado con Mr. de Alen- zon. Margarita batió una contra otra sus h e r m o - sas manos con el mayor despecho. Luego esclamó: —Entonces ¿es la rde ya? —Al contrar io , m u r m u r ó Enr ique , compren - ded que se mues t ra visiblemeute la protección de Dios. Prosigue tu empeño, de Mouy, p o r - que el d u q u e Francisco es la salvación para t o - dos. Crees que el rey de Navar ra garant iza- ría vues t ras cabezas? Al contrar io , desgracia- do! Yo tengo la desdicha de haceros mala r á todos hasta el ú l t imo , y por la menor sospe- cha. Pero un hijo de Francia os otra cosa; ten p ruebas , de Mouy; pide garant ías ; pero como eres un imbécil , te h a b r á s empeñado en la lucha sin mas garant ía que una p a l a - — 9 2 — = O h ! sire! esclamó de Mouy, creedme, fué la desesperación de (pie me hubieseis a b a n - donado, la (pie me arrojó en brazos del d u - que , fué también el miedo de verme vendi- do, porque al fin, él sabia nuest ro secreto. —Ten tú el suyo también á tu vez, de Mouy, eso no depende mas (pie da tí solo. Qué desea? ser rey de Navar ra! prométele la corona. Qué quiere? abandonar la corte! proporciónale los medios de huir , t rabaja por él , de Mouy, como si t rabajases por mí: dirijo el escudo para (pie él pare los golpes que nos diri jan. Que sea necesario huir hui remos ambos ; cuando sea preciso comba- tir y re inar , lo haré j o solo. —Desconfiad del d u q u e , dijo Margarita: es un carácter sombrío y pene t ran te , sin odio y sin amis tad , s iempre pronto á t r a t a r á sus amigos como enemigos, y ó sus enemigos como amigos. —Y os aguarda? p reguntó Enr ique á de Mouy. — S í , sire; —Dónde? — E n la habitación de sus de* genti les- h o m b r e s . — A q u é hora? —Has ta la media noche. —Todavía no son las once, dijo Enr ique , aun no habéis perdido t i empo , id de Mouy. —Tenemos vuestra pa lab ra , caballero, dijo Margar i ta . — 9 3 — —Vamos , vamos , señora, dije Enr ique con esa confianza que sabia mostrar tan bien con ciertas personas , y en ciertas ocasuines, con Mr. de Mouy, esas cosas, ni so p r e g u n t a n . —Tenéis razón, sire, respondió el joven, p e - ro yo necesito la vuestra porque os preciso que diga á los goles que la he recibido. No sois ca- tólico, no os verdad? Enr ique alzó las espaldas . —;.No renunciáis á la corona de Navarra? —No renuncio á ninguna corona, de Mouy; solamente me reservo el derecho de elejir la mejor, es decir, la que sea mas conveniente p a - ra mí y para vosotros . —Y si en tanto arrestan á vuestra m a g e s - lad, me prometéis no revolar nada, aun en el caso de que violasen con la tor tura la magostad real? —De Mouy, lo ju ro por Dios mismo. —Una pa labra , sire. Cómo os volveré á ver? = D e s d e m mana tendréis una llave de mi c á m a r a , y ent rare is en ella cuan ta s veces sea necesario y á las horas que gustéis . El d u q u e de Alenzon es el que responderá en adelanto de vuestra presencia en el Louvre . En tanto volved á subir esa e sca len ta , y o os serviré de guia. La reina hará e n t r a r al mismo tiempo aquí , el de la capa do color de cereza igual á la vues t ra , que estaba ahora en la an tecámara . Es preciso que no hagan diferencia en t re los ¿os, y que no se conozca que sois dupl icado, — 9/i — no es verdad de Mouy? No es verdad, s e - ñora? Enr ique pronunció estas úl t imas palabras riendo y mirando á Margari ta . — S i , dijo la reina sin conmoverse, porque al lin ese Mr. de la Mole es do los del d u q u e mi h e r m a n o . — P u e s bien, t r a tad de ganárnosle , señora, dijo Enr ique con una serenidad perfecta. No escuseis ni el oro, ni las promesas . Pongo á su disposición todos mis tesoros. — E n esc caso, dijo Margarita con una de esas sonrisas que no pertenecen mas que ó las mugeres de Bocacio, pues (pie tal es vues t ro deseo, haré cuan to esté do mi ¡jarte por se- cunda r l e . —Bien, bien, señora; y vos, do Mouy, volved hacia donde está el d u q u e y sondeadle. CAPITULO VII. Margarita. uitAxrE la conversación que acabamos de referir, la Mole y Cocorinas permanecían do cent inela . La Mole un poco t r i s te , Coconnas un poco inquie to . E s que la Mole había reflexionado y Coconnas le había ayudado maravi l losamente en sus reflexiones. — 95 — —Qué piensas de t -do esto, amigo mió? había p reguntado la Molo á Coconnas. —Pienso , respondió el p iamontés , q u e hay alguna intriga cor tesana . —Y si Ihga el caso, estás dispuesto á t omar pa r le en esta intriga? —Querido mió, respondió Coconnas, escucha bien lo que voy á decir le , y procura sacar p a r - t ido. I mi vida, mas que á mi salvación, mas que á todo. . . pero vos . . . vos no me amáis . —Pobre loco! m u r m u r ó la re ina . — S í , s i , señora, esclamó la Mole s iempre á s u s pies ; ya os he dicho que lo estaba! —Con (pie el pr imer interés de vuestra vida es vues t ro amor , mi querido la Mole? — E s el solo, el único, señora. — P u e s bien, sea! sin embargo, yo no h a - ré de este amor mas que un accesorio. Me amáis , pues? Queréis pe rmanecer cerca de mí? —Mi sola plegaria, la sola que elevo á Dios, es que no me aleje mas de vos. — P u e s bien! no me dejareis nunca , os necesito, la Mole. — 9 9 —• —Me necesi táis! el sol necesita del gusano de luz! —Si os digo que os amo, os sacrificareis por mí? —Oh señora! no estoy ya pronto á h a c e r - lo ahora mismo? —Sí, pero dudáis todavía, Dios me p e r - done! —Sí , hago mal, soy un ingra to , ó mas b i en , como yo he dicho y vos habéis repe t ido , soy un loco. Pero, por qué es taba esta noche en vuestro cuar to Mr. de Mouy? Por q u é le he visto esta mañana en la habitación de Mr. de Alcnzon? Por qué esa capa de color de cereza, esa pluma b lanca , esa afectación de iinilar mis m a n e r a s ? . . . . —Desgraciado! dijo Margarita, desgrac iado! (pie se dice celoso y nada adivina! Sabéis , la Mole, que el d u q u e de Alcnzon os matar ía mañana con su propia espada, si supiese q u e estáis aquí esta noche a mis pies, y que en 1 ligar de arrojaros de aquí , os digo: «pe r - maneced ahí como estáis , la Molel po rque os amo, mi hermoso joven: lo oís? os amo! Pues bien! sí, os lo repi to , os matar ia l —Gran Dios! esclamó la Mole echándose hacia a t r á s , y mi rando á Margarita con e s p a n - to, sería posible! — En nuestra época y en esta cor le , todo es posible, amigo mió. Ahora una sola p a - labra : si Mr. de Mouy venia al Louvre r e - vestido con vuestra capa , y cubier to el r o s - — 1 0 0 — t ro con vuestro fieltro, no era por mí, era por el d u q u e de Alenzon. Pero yo, que no estaba (¡revenida, le tomé por vos, le c o n - duje «eptí creyendo que erais vos, y en esa creencia a; hab lé . La Mole, Mr. de .VSouy sabe nues t ro -a-crcto, y es preciso t ra tar le con con - siderado.':.. —Mojo.- es que yo le mate , dijo la Mole, es mas breve y mas seguro. —Y yo, dijo la reina, yo, mi valiente c a - ballero, ¡ ras quiero que viva y que !o sepáis todo , p o i o i e su vida no so lónos es lili I sino necesaria . Escuchad, y pesad bien vuestras pa labras a ates do re sponderme . La Mole, me amáis lo bas tan te para regocijaros si yo lle- gase á sor una verdadera reina, t s decir, señora del reino real? —Ay de mí! señora, osclamó !a Mole, os amo bas t an te para desear lodo lo que vos deseéis, a u n q u e ese deseo hiciese la desgracia de toda mi v ida . —Y bien! queréis a y u d a r m e á realizar ese deseo q u e os hará aun mas dichoso de lo que sois? —Oh! si llega ese caso, os perderé, señora, esclamó la Mole ocul tando la cabeza en t r e sus manos . — N o , no, al contrar io; en lugar de ser el p r imero de mis servidores, seríais el pr imeio de mis subdi tos , lie ahí iodo el cambio. —Oh! nada de intereses nada de a m - bición, s eñora . . . . no manchéis el sen t imicn- — 1 0 1 — to que me inspiráis . . . sacrificarme por vues t ro amor , nada mas (pie por vuestro amor ! —Nobleza de alma! dijo M.-irgarita. Pues bien! sí, acepto vuestro sacrificio, y yo sabré recompensar le . Y le tendió a m b a s manos que la Mole es- trechó entre las suvas . — I. uego? —Luego . . . s í , r e spond ió la Mole. Sí Marga- rita-, comienzo á comprender este vago d e - signio de (pie se hablaba en t re nosotros los hugonotes ya antes de la San Bar lhe lemy. E s - te proyecto para cuya ejecución me habían enviado á París con otros tan tos , mucho mas digno-; que yo de tal comisión. Esc reino real de Na va r ra ,que debía r e e m p l a - zar un reino ficticio y nominal , vos le ambic io - náis: el rey Enr ique os incita. De Mouy cons - pira con vosotros, no es verdad? Pero qué t iene (pie h icer en todo este negocio el d u q u e de Alen- zon? Qué trono hay vacante para él? Yo no le veo al menos. Luego os est ima t an to el d u - que de Alenzon que se compromete á ayudaros en vuestro complot , sin ex ¡jiros nada en recom- pensa del peligro (pie corre? —El duque , amigo mió, conspira por su cuenta . Dejémosle que se es l ravie : su vida r e s - ponde de la nues t r a . —Pero yo, yo (pie soy su gentil- hombre , pue - do hacerle traición? —Hacerle traición! y en qué se la hacéis? Qué os ha confiado? No es él quien os ha hecho — 102 — traición dando á de Mouy vuestra capa y vues- t ro sombrero , como un medio de penetrar hasta él? Decís que sois s u j o . No erais uno antes de ser suyo , caballero mió? Cs ha dado acaso una p rueba do amis tad , mayor (pie la prueba de amor que yo os de dado? La Mole se levantó pálido y como herido por el r ayo . —Oh 1 m u r m u r ó , Coconnas decia bien. La intriga me envuelve en t re sus pliegues t eneb ro - sos, v me ahogará! —Luego? —Luego dijo la Molo, he aquí mi respues- t a . Dicen, y yo lo tengo oido también en el otro es t remo do la Francia , donde vuestro nombre i lus t re y vuestro reputación do belleza univer- sal habinn llegado corno un deseo vago y de s - conocido hasta mi corazón, dicen que habéis amado alguna vez, y que, vuestro amor ha sido s iempre fatal á los objetos amados , poro tan to , que la muer t e celosa sin duda , os los ar rebató casi s i e m p r e . . .No me in te r rumpáis , Margarita.' porque añaden t ambién , que conserváis en cajas do oro los corazones do esos heles amigos ( 1 ) , y ( I ) Margarita llevaba siempre un (jran verdugado que, tenia faldriqueras lodo al rede- dor, y en cada una de ellas ponía una caja, donde estaba encerrado el corazón de uno de sus amantes, porque á medida que morí en cuidaba de hacer embalsamar su corazón. Este — 103 — que algunas veees concedéis á sus t r is tes restos un recuerdo melancólico ó una mirada c o m p a - siva. Suspiráis , reina mia, vuestros ojo? se v e - lan, es verdad. Pues bien! hacedme el mas amado , y el mas feliz de vuestros favoritos. A otros les habéis herido el corazón, y guardáis su corazón: do mí hacéis mas aun , esponeis mi c a b e z a — Pues bien, Margarita! j u r a d m e delante de la imagen de e.-e Dios «pie me ha salvado la vida aquí mismo, ju radme (pie si muero por vos, co- mo me anuncia un present imiento sombr ío , j u r a d m e que conservareis esta cabeza que el verdugo habrá separado de mi cue rpo , para lijar en ella alguna vez vues t ras mi radas ; j u r a d , Margarita, y la promesa de semejante recompensa hecha por mi adorada re ina , me hará ser mudo , t raidor y hasta cobarde , si es preciso, es decir , todo vues t ro , y pronto á sacrificarme como debe estar lo vuest ro prefe- rido y vues t ro cómplice. —Oh! qué locura tan lúgubre! dijo Margar i - t a , pensamiento fatal! — J u r a d . — Q u é jure? —Sí , jurad sobre este cofrecilo de plata que verdugado se colgaba todas las nocJies en un (juardaropa oculto Irás de la cabecera de su cama, que cuidaba bien de cerrar con un can- dado. (Tallemanf des l leat ix. IL'slorielte de Margueri le de Valois.) — 104 — t iene una cruz enc ima . Ju rad ! —Pues bien! dijo Margarita; si, lo que Dios no quiera , se realizan tus sombríos p resen t i - mientos , yo te j u ro , mi hermoso joven, so - b r e e s t á cruz , que vivo ó muer to es tarás s iem- p r e cerca de mí en tanto que yo viva; y si no te puedo salvar del peligro donde te arrojas por mí, por mí sola, dan : al monos á t u pobre alma el consuelo que me pides, y que t an to mereces . — U n a . pa labra mas , Margarita. Puedo m o - r i r ahora , ya estoy t ranqui lo respecto á mi m u e r t e ; pero también puedo vivir, podemos t r iunfar . El rey do Navarra puede ser rey , vos podéis ser reina; entonces el rey os l le - vara consigo: ese voto de separación que ex i s - te en t re vosotros se romperá un dia, y m o - t ivará la nues t r a . Vamos, Margarita, q u e - rida Margari ta, bien a m a d a , con una pa la - bra m e habéis t ranqui l izado respecto á mi m u e r t e , ahora una pa labra . Tranqui l izadme respecto á mi vida. — O h , no temas nada! esclamó Margarita es tendiendo de nuevo la mano sobre la cruz del cofrecito; si par to , me seguirás, y si el rey se resiste á l levarte, soy yo entonces la que se q u e d a r á . No par t i ré . —Pero no os atreveréis á resis t i r . —Jac in to mió, querido, dijo Margarita, t ú no eonoces á Enr ique : Enr ique solo en una cosa piensa ahora , es en ser r ey , á este d e - seo sacrificaría él lodo lo que posee, y con — 105 — mucha mas razón lo que no posee. Adiós. Desde aquella noche ¡a Mole no fué ya un favorito vulgar, y llevó la cabeza alta y or- gullosa, pues que viva ó muer ta la ; g u a r d a - ba un porvenir tan dulce . Sin embargo, algunas veces, su cabeza se inclinaba pesada hacia la t ierra ; su meji 'la palidecía, y la meditación aus tera labraba un surco entre las cejas de ese joven tan alegre en otro t i empo, y ahora can dichoso! CAPITULO VIII. La mano de Dios. NRIQI'E había dicho á madama de Sauve al despedirse: —Carlota , quedaos en la cama. Fingid q u e estáis g ravemente enferma, y bajo ningún protesto, mañana en lodo el dia no recibáis á nadie . Carlota, obedeció, sin poder espliearseel mo- tivo que tenia oi rey para hacerle semejan- te recomendación. Pero la baronesa empoza- ba á habi tuarse á sus eseentr idades como di r ía- mos hoy, y á sus fantasías como decían e n - tonces. Por otra par te , sabia que Enr ique encer- raba en su corazón secretos que j amás co- municaba , y en su pensamiento proyectos q u s — 1 0 G — temía revelar aun en sus sueñes , de s u e r - te que Carlota obedecia á lodos sus m a n d a - tos, segura de que todas sus ¡deas, aun las mas cstraftas, tenían un objeto marcado . La misma noche se quejó á Dariola de una g rande pa/adez de cabeza, acompañada de d e s - vanecimientos . Eran los s ín tomas de que E n - r ique le había recomendado quejarse . Al día siguiente fingió quoreree levantar , pero apenas puso un pié en el suelo, se q u e - jó de una debilidad general , y volvió á acos- t a r s e . Esta indiposicion que Enr ique había ya a n u n - ciado al d u q u e de Alenzon, fué la primera nueva que dieron á Ca tabna , cuando p r e - guntó con aire de t ranqui l idad , por que no se presentaba la Sauve como de cos tumbre á ayudar la a vest irse. —Está enferma, respondió madama de b o - rona que se hallaba allí entonces . — «Enferma,» repitió Catalina sin que un músculo de. su casa denunciase el interés que tomaba en esta respues ta . Alguna i n - disposición de perezosa. — N o , no, señora, respondió la princesa. Se queja de un gran dolor de cabeza, de una debil idad que no le permite a n d a r . Catalina no respondió n a d a , pero, para ocul- tar su alegría se volvió hacia la ventana, y viendo á Enr ique que a t ravesaba el patio d e s - pués de su conlerencia c o n Mr. de Mouy, se levantó para verle m e j o r , y obligada per — 107 — esa conciencia que Inerve s iempre a u n q u e i n - visible, en el fondo de los corazones mas e n - durecidos por el cr imen: —No os parece, preguntó á su capitán de guardias , que mi hijo Enr ique está mas p á - lido esta mañana que de cos tumbre? No habia nada de eso, Enr ique estaba m u y inquieto, pero su cuerpo gozaba de completa sa lud. Poco á poco las personas que asistían á la reina madre cuando se l evan taba , se r e - t i ra ron , y quedaron tan solo t res ó cuatro do las de mas confianza. Catalina impac ien- te , las despidió diciendo que quería quedar sola. Cuando salió el úl t imo cortesaho, Catalina cerró la puerta t ras él, y acercándose á un armario secreto oculto en uno de los p a n a - les de su cámara , hizo correr la puer ta del armario por un eecage del a r lesonado, y sacó de éi un l ibro, cuyas hojas bas tan te a jadas , demos t raban que estaba con frecuencia d e s e r - vicio. Puso el libro sobre una mesa, lo abrió por un registro, apoyó el codo sobre la mesa, y la cabeza sobre su mano . —Es esto! esto mismo! m u r m u r ó leyendo; dolor do cabeza, debilidad general , dolor de ojos, inflamación de pabular . No me han h a - blado aun mas que del dolor de cabeza y- de la debi l idad. . . . los demás síntomas no l a r - da rán . — I O S — Luego con Un u ó: —Después lii inflamación llega á la garganta, se esliendo al estómago, envuelvo el corazón como un anillo de fuego, y hace estallar el cerebro como un r ayo . Leyó esto en voz baja, luego continuó á m e - dia voz: —Para la calentura seis horas; para la in - flamación general doce horas; para la g a n - grena doce horas; para la agonia seis horas; paro todo treinta y seis. Ahora supongamos que la absorción sea mas lenta que la desglucion, y que en lugar de las treinta y seis horas tengamos que a g u a n - lar cua ren ta , a u n q u e sean cuarenta y ocho; sí! cuarenta y ocho deben bas tar . Pero cómo está Enr ique en pié todavía? Porque es hom- bre , porque es de un temperamento robusto; porque tal vez habrá bebido después do h a - berla besado, y habrá enjugado los labios después de haber bebido. Catalina aguardó con impaciencia la hora de c o n o r . Enr ique comía todos los dias á la riiesa del rey . —Llegó al fin, se quejó á su vez de a t a - ques al ce rebro , no comió, y so retiró al i n s - t an t e después de comer diciendo, que como había velado una gran par te de la noche a n - terior, tenia grande necesidad de dormir . Catalina escuchó cómo se alejaba el paso de Enr ique , é hizo que le siguiesen. P r o n - to supo que el rey de Navarra había t o m a - — 109 — do el camino de la habitación de m a d a m a de Sauve . — E n r i q u e , se dijo ella, vá á concluir esta noche la obra de una muer te que un azar desgraciado ha dejado quizá incompleta: —El rey de Navarra estaba en efecto en la habitación de madama de Sauve , pero era para decirle que continuase representa ndo su papel . Al dia siguiente Enr ique no salió de su cuarto en toda la mañana , y no c o m p a r e - ció á la mesa del rey . Se decia que madama de Sauve iba de mal en peor, y el ruido de la enfermedad de E n r i - que , esparcido por la misma Catalina, corría como uno di; esos present imientos cuya c a u - sa nadie se esplioa, pero que pasan por el aire. Catalina se aplaudía su proyecto; desde la mañana de la víspera habia cuidado de alejar á Ambrosio Paré para ir á cu ra r á uno de sus laca;, os favoritos (pie estaba enfermo en San Germán . Era preciso que el h o m b r e que llamasen ¡tara Enr ique y madama de Sauve fuese de su confianza; y este hombre no diría mas (pie lo (pie ella quisiese. Si lo (pie no esperaba , so encontraba mez- clado en este uegocio a lgún doctor, y si a l - guna declaración de veneno venia á e s p a n - tar de nuevo esta cor te , donde tantas d e - claraciones de este género habían resonado ya, contaba sobre el ruido que hacían los celos — 110 — de Margarita, i-especioá los a m o r c s d e s u mar ido . El lector recordará que Catalina liabia h a b l a - do á todo t i mundo do estos celos que h a - bían estallado en diversas c i rcunstancias , v en otras en el paseo de la Espina blanca , donde liabia dicho á su hija en presencia do muchas personas : —Qué celos tenéis , Margarita! Catalina aguardaba , pues , coa un rostro al parecer t ranqui lo , o! momento e n que se abr iese la puer ta , y en (pie algún page p á - lido y espantado en t ra re gr i tando. —Magostad! el rey do Navarra espira, y m a d a m a de Sativo ha muer to ! Sonaron las cua t ro de la t a rdo . Catalina acababa do refrescar en la pajarera de smi - gajando bizcochos á algunos pájaros raros que a l imentaba por su mano . A u n q u e su rostro es taba como siempre t ranqui lo y som- brío, su corazón latía violentamente al menor ru ido . Abrióse de repen te la puer ta . —Señora , dijo el capi tán de guardias , el rey de N a v a r r a . . . —Enfe rmo? preguntó v ivamente Catalina. — N o , señora, á Dios gracias! su magostad parece es tar mejor que nunca . — Q u é decíais pues? — Q u e el rey do Navarra está ah í . — Q u é me quiere? —Trac un monito do la especie mas ra ra . Y entró Enr ique con un canastillo en la — 11 i — mano y acariciando un onistiti echado en e! canast i l lo . En r ique se sonreía al en t ra r , y parecía ocuparse tan solo de! anímalí to encantador que traía consigo, poro por muy p reocupa - do (pie al parecer estuviese, no perdió sin embargo esa pr imer ojeada que le bastaba en las circunstancias difíciles. En cuanto á C a t a - lina estaba pálida, pero una palidez que a u m e n - taba á medida (pie veta sobre las mejillas del joven (pie se le acercaba el bermellón de la salud. La reina madre quedó a turd ida con este golpe. Aceptó maquinahnenfe el presente de En r ique , se t u rbó , le cumpl imentó sobre su buen semblante , y añadió: —Jfe alegi'o tanto mas de veros bueno }' sa- no, hijo mió, cuanto que había oído decir que oslabais enfermo, y (pie si no roe enga- ño os quejasteis en mi presencia de hallaros indispuesto; pero ahora comprendo , añadió esforzándose en mostrar una sonrisa: era un protesto para que os dejasen en l iber - tad. — Es tuve en efecto muy malo, señora, respondió E n r i q u e , pero me curé de mi in- disposición con un específico que usan en nuestras montañas , y que me ha recomenda- do tni madre . —Ali! me enseñaréis la receta , no es ve r - dad Enrique? dijo Catalina sonriendo rea l - mente esta vez, ['ero con una ironía que no pudo disfrazar. — 112 — —Algún cont raveneno, m u r m u r ó ; ya ve- remos . . . y sirio. . . n o . . . Al ver á madama de Sauve enferma, habrá lomado miedo. A la verdad! parece que la m \ n o de Dios está t e n - dida sobre este hombre . Catalina aguardó con impaciencia la noche. Madama de Sauve no pareció, En c! juego, preguntó por ella, y le r i s p o u l i e r o n q u a . s u - fria cada vez- mas . Toda la noche estuvo in- quieta , y lodo el mundo se preguntaba con ansiedad quó pensamientos podían agitar aquel ros t ro t¿n inmóvil s iempre . Todo el m u n d o se re t i ró . Catalina se hizo desnudar y acostar por sus damas ; luego, cuando todos dormían ya en el Louvre, sa levantó, so puso una larga bala negra, tomó una lámpara , escogió ent ro todas las llaves la que abría la habitación de madama de Sauve , y subió al cuar to de su dama de honor . —Había Enr ique previs to esta visita? e s - taba ocupado en su cuarto? estaba oculto en alguna par te? ello os (pie la joven estalla sola. Catalina abrió la puer ta con precaución, a t ravesó la an tecámara y entró en el salón; d e - positó su lámpara sobre un mueble , porque a r - día una lamparilla corea de la enferma, y se deslizó como una sombra en la alcoba donde i. mía Car lo ta . Daríola estendida sobre un gran sillón, dor- mía cerca de la cama de su señora. — 1 1 3 — La cama estaba enter miente cerrada con las cort inas . La respiración de la joven ora tan débi l , q u e d u r a n t e un momento Catalina crovó que ya no resp i raba . Al fin percibió un soplo ligero, y fué con una sonrisa maligna á levantar la cor t ina, á fin d« ecsaminar por sí misma el terr ible efecto del ve - neno, estremeciéndose ya an tes de verlo, a l aspecto de esa palidez lívida, ó de ese color d<§ púrpura devorante , de una ca len tura m o r t a l ; pero en lugar de todo esto, t r anqu i l a , con los ojos cerrarles por sus blancos párpados , la b o - ca de rosa suavemente en t reab ier ta , y con SU mejilla húmeda dulcemente apoyada sobre uno de sus brazos graciosamente rollizos, en t an to que el otro fresco y nacarado, se estendia sobre la colcha de damasco carmesí , la joven dormía casi sonriendo a u n . Porque sin d u d a a lgún sueno encantador Inicia bri l lar sobre sus l a - bios la sonrisa, y sobre sus mejillas el colorido de un bienestar que nada t u r b a . Catalina na pudo menos de ecsalar u n grito de sorpresa que desper tó á Dariola por u n m o - mento . La reina madre se escondió t ras de las co r t i - nas de la cama. Dariola abrió los ojos, pero estaba muer ta de sueño. Sin ocuparse siquiera en buscar en su imaginación entorpecida la causa que la h a - bía hecho desper tar , la joven volvió á dejar caer sus pesados párpados , v se d u r m i ó d e n u e v o . TOKO'.II. ' 8 — 11.4 — Salió cruóricos Catalina de en t re las cor t i - nas , y volviendo sus miradas hacia los do- mas puntos de la habitación, vio sobro una mosita un frasco de vino de España, frutas, pastas azucaradas y dos vasos. Enr ique habia cenado sin duda con la baronesa que al pare- cer estaba tan buena como él . Catalina fué derecha al tocador do Carlota, v tomó en la mano la cajita de plata, á la que faltaba ya como una tercera par te del conteni - do . Era esactamente la misma ó al menos s e - mejante en un lodo á la que habia hecho r e m i - t i r á madama de Sativo. Tomó un poquito, c o - mo del t amaño de una perla, y colocándolo en la pun ta de una aguja do oro, se volvió á su cua r to y se lo d io al mono que le habia dado Enr ique la misma noche. El animal en tus ias - mado con el olor aromático lo devoró al ins tan- te , y redondeándose en su canastilla se d u r - mió. Catalina aguardó un cuar io de hora . —Con la mitad de lo que este acaba de c o - mer , dijo Catal ina, mi perro Brunot murió h inchado en un minu to . Me la han jugado. Es acaso Rene? Roñé! Es imposible. Entonces es Enr ique : ¡oh! fatalidad! os claro, pues que d o - be rei-nar, no puedo morir . Pero tal ve¿ el veneno solo es impotente; ve remos , se ensayará el hierro. Catalina se acostó torciendo en su imagina- ción una nueva idea que sin duda completó al día s iguiente; porque olla llamó á su capitán de guard ias , le entregó por si ruisma una carta , y — 1 1 5 — le dio orden de llevarla á donde indicaba el s o - bre, y de no entregarla á no ser en propia mano á quien iba dirigida. La car ta decía. Al si re de Louvíers Maurevel , capi tán de petarderos del rey , calle de la Guin- dalera , cerca del Arsenal . CAPITULO IX. La caria de Roma. AMAN ya pasado algunos dias después de los sucesos que acabamos de referir, cuando una mañana entró en el Louvrc una litera escoltada por varios gent i les-hombres , que l le - vaban los colores de : duque de Guisa, y v i - nieron á anunciar á la reina de Navarra , que la señora duquesa de N e \ e r s , solicitaba el h o - nor de hacerle la cor te . Margarita recibía entonces la visita de la señora baronesa de Sauve . Era la pr imera vez que la hermosa Carlota salía después de su fingida indisposición. Sabia que la reina h a - bía manifestado ó »u marido una gran i n - quietud por esta enfermedad que había h e - •ho tanto ruido en la corte casi du ran te una semana, y venia á dar le las gracias. Margarita la felicitaba por su convalecen- cia y por la dicha que había tenido de escapar del aoceso súbito d e e s a enfermedad, cuya^gra- — 116 — vedad ne podia menos de conocer como ve r - dadera princesa de Francia . —Espero que vendréis á esta gran part ida de caza, que ya se ha diferido una vez, le dijo Margarita, y que debe al fin verificar- se defini t ivamente mañana . El t iempo está bas ian te templado para ser invierno. El Sol ha puesto \> tierra mas p r e - pa rada , y los cazadores aseguran que t end re - mos un día de los mas agradables . —Pero , señora, dijo la baronesa, no sé si es taré ya bien restablecida. —Bahl replicó Margarita, haréis un esfuer- 10; luego como soy una amazona, he au to r i - zado al rey para que dispusiese un caball i- to de Bearn que yo debía montar , y que os l levará perfectamente. ¿No habéis oido hablar de él? —Sí , señora; pero ignoraba que ese caballi to tenia el honor de habe r sido dispuesto para vues t ra magestad; si no , nunca le hubiera acep tado . — P o r orgul lo, baronesa? — N o , señora, todo al cont rar io , por h u m i l - d a d . —Luego vendréis? —Vues t ra m a g e s u d me colma de honores . I r é , pues que lo ordenáis . Entonces fué cuando anunciaron á madama de Neve r s . Al oir este nombre , Margarita d e - jé escapar un movimiento de gozo tan marca - do, que la baronesa comprendió que las dos 117 — jóvenes tenían que hablar , y se levantó al momento para re t i rarse . —Hasta m a ñ a n a , dito Margarita. —Hasta mañana , .señora. — A propósito, ya s a n é i s , baronesa , cont inuó Margarita despidiéndola con un apretón de m a - no, que en público o s detes to , en atención á que soy Iioriblomonto celosa. —Poro en part icular? preguntó m a d a m a de Sauve . —Obi en par t i cu la r , no solamente os pe rdo - no , sino que os doy gracias. —Entonces vuestra magostad me p e r m i - tirá Margarita le tendió la mano, la baronesa la besó con respeto, hizo una profunda reverencia, y salió. En tanto que madama de Sauve volvía á subir la escalera sal tando como un cabr i to montes que rompe sus l igaduras , m a d a m a de Nevers cambiaba con la reina a lgunos sa ludos ceremoniosos que dieron t iempo á que se re t i ra- sen los gen t i l es -hombres que la habían a c o m - pañado hasta ah í . —(.¡I ona! g'-íiú Margarita cuando se cerró la puerta t raso í úl t imo cor tesano, Gillona! cuida de que nadie nos i n t e r r u m p a . —Sí , dijo la duquesa , porque tenemos que hablar de asuntos de los mas g raves . Y lomando una silla, se sentó sin ceremonia alguna, segura de que nadie vendría á in te r - rumpir esta intimidad convenida entre ella y la — 118 — reina de Nava r r a , t omando el meior sitio ta.nl» respecto al fueizo, como respecto al sol. —Y bien! dijo Margarita con una sonrisa, qué" hacemos de nuest ro famoso matachín? —Mi querida reina, dijo la duquesa , p»r mí alma que es un ser mitológico. Su ima- ginación es incomparab le , y no se agota j a - más . Tiene ocurrencias que harían desma- yarse de risa á un santo metido en su n i - cho. Por lo demás , es el pagano mas furio- so que se haya cosido jamás en la piel de un católico. Me vuelvo ¡oca. Y tú que haces de tu Apolo? —Ahí esclamó Margarita con un suspiro. —Oh! oh! lo pasar á nadie. —Entonces , dijo Margarita mirando á su marido, es preciso que sea . . . —Para vuestro he rmano el de Alenson, ¿no i s verdad? dijo E n r i q u e . = .S í , pero cómo lo sabremos? —No podríamos, dijo Enr ique con negl i - — 1 2 4 — gencia, enviar á buscar uno de esos dos gen- t i les-hombres , y saber por e l . . . —Tenéis razón, siró, dijo Margarita que estaba ya mas t ranqui la con esta proposi- ción; voy á enviar ó buscar á Mr. de la Mole. Gillona! Gillona! La joven se presentó al ins tan te . — E s preciso que yo hablo ahora mismo con Mr. de la Mole, le dijo la reina. Haced por hallarle y t raédmele al ins tan te . Gillona par t ió . Enr ique se sentó delante de una mesa , sobre la cual estaba un libro a le - mán con láminas de Alberto Durer , y se p u - so á repasar le con tal atención, que cuando e n - t ró la Mole, al parecer no le sintió llegar, y ni siquiera levantó la cabeza. El joven por su parto, hal lando al rey en la habi tación de Margarita, permaneció de pié sobre el dintel do la puer ta , mudo de so rp re - sa, y palideciendo de inquie tud . Margarita fué derecho á é l . —Mr. de la Mole, le p reguntó , podéis decir- me quién está hoy de guardia en la habitación de Mr. de A tenzón? —Goconnas , señora , respondió la Mole. —Tra t ad de saber de él si ha introducido en la habitación de su señor un hombre cubier to de lodo, y que parece haber hecho una larga jo rnada á toda br ida . — A h ! señora, temo que no me lo diga; h a - ce a lgunos dias que anda t r i s te y t ac i turno . —De veras? Pues dándole este billete, me — 125 — parece que os debe dar en cambio alguna cesa. = D e la dnquesa l Dádmele, señora, d á d m e - le, dijo la Mole palpitando de emoción; con e s - te billete os respondo de todo. Y par t ió , —Ya sabremos mañana si el d u q u e de A len - ron está instruido del negocio de Polonia, d i - jo t ranqui lamente Margarita volviéndose ha- cia su mar ido . — E n verdad que Mr. de la Mole es un s e r - vidor muy genti l , dijo el Bearnés con esa son- risa que le era peculiar; y . . . j u ro por la misa! q u e he de hacer su for tuna . CAPITULO X. La partida. CIUHDO al di& siguiente un sol hermoso y rog i - zo, pero sin rayos como acos tumbra en los d ias privilegiados del invierno, se levantó por d e - t rás de las colinas que ciñen á Par is , hacia y a dos horas que, todo estaba en movimiento en el patio del Louvre- Un magnífico caballo africano, nervioso a u n - que algo largo, con piernas de ciervo sobre las cuales se cruzaban las venas como los hilos en un encaje, aguardaba á Carlos IX hiriendo el suelo con el pié, enderezando las orejas y echando fuego por las narices; pero todavía — 126 — estaba menos impaciente que su amo, dete- nido por Catalina que le había interceptado el paso para hablar le , segrín decía, de un nego- cio de alta impor tanc ia . Ambos es taban en la galería de las vidrieras; Catalina, fría, pálida é impasible como s iem- pre , Carlos IX b r amando , mordiéndose las uñas , y azotando sus dos perros favoritos revestidos de corazas de malla , para que el solmillo del javalí no pudiese hacer presa en ellos, y que pudiesen a tacar de frente al te r r ib le an imal . Sobre el pecho de los dos perros estaba cosido un escudilo de las a r - mas de Francia , poco mas ó menos corno el que llevan en el pecho los pagos, que mas de una vez habían enviado los privilegios ds estos diclio.-os favoritos. —Considerad, Carlos, dijo Catalina, que na- die sabe todavía la próxima llegada de los p o - loneses. No obs tan te , el rey de Navarra obra como si lo supiese. Dios me perdone! A pesar de su abjuración (de la que siempre desconfié) conserva todavía relaciones con los hugonotes . ¿Habéis notado cuántas veces entra y sale desde hace algunos dias? Ahora tiene p l a t a . . . . él, él, que no ha tonillo j amás dinero; compra caballos, a r m a s , y los dias do lluvia se ejercita en la esgrima desde la mañana á la noche . — E h ! Dios mió! madre mia! dijo Carlos IX impaciente , no creéis que tenga tal vez la intención de ma ta rme ó de matar á mi he r - — 127 — mano c! do Anjou? En eso caso necesita t o - davía a lgunas lecciones porque ayer le conté con mi llórete once ojales sobre su ropilla, aunque no tiene mas (pie seis. V en cuan to á mi herma o el de Anjou, ya .sabéis que lira aun mejor (pío yo, ó al menos tan bien. —Escuchad , Callos, replicó Catalina v no tratéis lan ligeramente las cosas que os dice vuestra madre , l.os embajadores van á lle- gar; pues bien! cuando liegen á París , E n r i - que hará cuanto te sea posible para caut ivar su atención. Es ins inuante , es a s t u t o , sin contar (pie su muger , (pie le protejo no sé por q u é , vá á charlar con (dios, á hablar les en lat ín, en griego, en h ú n g a r o . . . . qué ?>8 yo? O h ! v» os aseguro, Carlos, y ya sabéis que no me engaño j a m á s , os digo que fínriqus trae alguna cosa entre manos . Sonó entonces el reloj, y Carlos IX cesó do escuchar á su madre para escuchar la hora . —Muerte de mi vida! las sielel esc lamó; una hora para ir , las ocho; una hora para llegar al lugar citado y lanzar ios perros , no podremos ponernos á cazar hasta las nueve! En v e d a d , madre mia, que me hacéis p e r - der una inlinidad de t iempo. Abajo, l l i sque- tou t . . •¡Muerte de mi vida! abajo t u n a n t e . Y un vigoroso latigazo c imbrado sobre l© ríñones del perro, a r rancó al pobre animal , «Lurdido al ver que recibía un castigo en vez de una caricia, un grito de dolor. —Carlos, continuó Catal ina, escuchadme en — 128 — n o m b r e de Dios! y no arrojéis así al azar vues t r a fortuna y la de la Francia. La caza! la cazal la caza! decís Ehl ya tendréis t i em- po para cazar cuando hayáis cumplido vues- tra ta rea de r ey . —Vamos! vamos! madre mía, dijo Carlos pálido de impaciencia, espl iquémonos pronto, porque me hac is a rder . En verdad que hay d ias en que no os comprendo . Y se de tuvo hiriendo la bola con el mango de su láiígo. Catalina conoció que el momento crítico había llegado, y que era preciso no dejarle pasa r . —Hijo mió, dijo, ya tenemos pruebas de «|ue Mr. de Mouy es t í en París . M r . d e Mau- r e v e l , á quien ya conocéis, le ha visto aquí. Esto no puede ser mas que por el rev de Na- va r ra . Esto nos basta , me parece, para que nos sea mas sospechoso que nunca . —Vamos , ya es tamos otra vez t r a s de mi pobre Enr íqui to ; queréis que le haga malar? no es verdad? —Ohl nol —De- le r ra r le? Pero cómo no comprendéis q u e des ter rado se hace mucho mas temible que aquí en el Louvre á nuestros ojos, donde nada puede hacer que no lo sepamos al instante? —Tampoco quiero des te r rar le . — Q u é queréis , pues! decidlo pronto . —Quiero que, se le ponga en lugar seguro, en tan to que los poloneses permanezcan aquí; en la Bastilla por ejemplo. — 1 2 9 — —Oh! no á fe" mia! osclamó Carlos IX; hoy casamos al javalí : Enr íqui to es uno de mis m e - jores auxi l iares . Sin él, adiós caza. Mordieu m a d r e mia, no pensáis mas que en c o n t r a - r i a r m e . — E h ! mi querido hijo, no digo yo esta m a - ñana! . . . los enviados no llegarán hasta m a ñ a - na ó pasado . . . . Arres témosle después de la c a - za! . . . esla t a r d e . . . . esta n o c h e — —Eso es indiferente. —Pues bienl ya volveremos á h a b l a r de ese negocio. Veremos, después de volver de caza no digo que no. Adiós! Vamos! aqu í , R í s q u e - lou t ! vas tú también á enojarte á tu vez? —Carlos , dijo Catalina deteniéndole por el brazo y esponiéndose á la esdlosion que n e - cesariamente debía resul ta r de este nuevo r e - tardo, creo que a u n q u e no ejecutásemos el a r - resto hasta la noche, seria mejor firmar la or- den atiera. - - F i r m a r , escribir una o rden , ir á buscar el sello de los pergaminos, cuando me agua rdaban para ir á caza, á mí , que no me hago nunca aguardar! Al diablo! —No, no, os amo demasiado para de teneros ya lo he prevenido todo: e n t r a r en mi c u a r t o . Y Catal ina, ágil como si no tuviese m a s que veinte años, empujó una puer ta que comu- nicaba con su gabinete , y señaló al rey u n t in tero , una p luma , un pergamino , un sello y una bugía encendida. E l rev tomóel pergamino y l e l eyócon rapidez : Tono 111. 9 «Orden e t c . , e t c . , e le , para hacer ar res tar v eonducir á la Bastilla, a nuestro hermano E n - r ique de Nava r r a . —Buenol ya es tá! dijo firmando de un r a s - go. Adiós, m a d r e mía . Y se lanzó fuera del gabinete seguido de sus perros y loco de alegría al verse ya l i- b re de Catalina con tanta facilidad. —Todos aguardaban á Carlos IX. con i m p a - ciencia, y como conocían su exact i tud en m a - teria de caza, lodos se admi raban de su t a r - d a n z a . De modo que cuando apareció, los c a - zadores le sa ludaron coa sus vivas, los pi- cadores con sus fanfarras, los e-ballos con s u s rel inchos, y los perros e n sus gri tos; t o - do este ruido, lodo este fracaso hizo subi r un enca rnado vivo á .sus mejillas pálidas, su co- razón se inflamó, y Carlos IX fué dichoso d u - ran te un segundo . Apenas saludó á la br i l lante sociedad r e u - nida en el pal io, hizo un saludo con la c a - beza al d u q u e de Alenzon, con la mano á la reina Margarita, y pasando por delante de En - r i q u e fingiendo no haber le visto, se lanzó sobre, el cabal lo africano que se conmovió, al sen t i r su peso, con impaciencia. Pero á las t r e s ó cua t ro corvetas comprendió quien era el escudero y se ca lmó. Resonaron de nuevo los c lar ines , y salió el rey del Louvre , seguido del d u q u e de A l e n - zon." del rey de N a v a r r a , de Margarita, de m a d a m a d e Nevers , de madama de ¡jauve, de — 131 — Tavannes y de los principales señores de la cor te . No hay necesidad de decir que la Mole y Cocounas no eran de la pa r t i da . En cuanto al d u q u e de Anjou, hacia ya t res meses que estaba en el sitio de la R o - chela. En tan to que agua rdaban al rey , había v e - nido Enr ique á sa ludar á su esposa, q u e al devolverle su saludo le había dicho al oído: —El correo que. l legl de Roma, ha s ido introducido por el mismo Coconnas en la cá - mara de Mr. de Alenzon, un cuar to d« hora a n - tes que el enviado del d u q u e de Nevé is h u b i e - se sido introducido en la del r e y . —Luego, o sabe todo, dijo E n r i q u e . —Al menos debe sabei lo, respondió Marga- rita, por otra pa r le , observadle , y ved como á pesar de su disimulación hab i tua l , br i l lan s u s ojos como faros. —Venl re saint grisl m u r m u r ó el Bea rnés , creo y con fundamento, que el d u q u e de Alenzon cas hoy t res presas ; Francia Polonia y Nava r ra , sin contar el javal í . Saludó a su esposa, volvió á su fila, y l l a - mando á uno d e s ú s pagos, bearnés de origen, cuyos abuelos e ran pages de los s u j o s hacia ya mas de un siglo, y al q u e empleaba casi siempre en sus mensages amorosos; —Or thon , le dijo, loma pronto esta llave y llévala á cosa de esc p r imo de madama* d e Sauve , que ya ves que vive en casa de su q u e - — 1 3 2 — rida á la esquina de la calle de los Cuatro Hijos, y le d i rás que su p r ima desea hablarle esta noche, q u e en t re en mi cua r to , y si no estoy allí q u e me aguarde ; si ta rdo (pie se tire Sobre mi cama mien t ras llego. — A g u a r d o respuesta , sire? —Ninguna , mas que deci rme si le has halla- do: la l lave es para él solo, comprendes? — S í , s i re . — A g u a r d a , y no te separes de mí en este «¡lio, peste! Antes de salir de París , te l l ama- r é como para apre ta r la cincha do mí caballo, t e queda ra s a t r á s , ha rás con natural idad tu comisión, y te r eun i rás con nosotros en B o n d y . El lacayo hizo una señal de obediencia y se alejó. Pusiéronse en marcha por la calle de San Honoré , la de San Denis y el a r r a b a l ; al l le- gar á la calle de San Lorenzo se le aflojó la cincha al caballo del rey de Navara , Orthon acudió al p u n t o , y lodo pasó como se había convenido en t r e él y su señor , el que con t i - n u ó , siguiendo la coñiitiva real por la calle de ¡as Recoletas, en tan to que su liel servidor ganaba la calle del Templo . Cuando E n r i q u e se reunió al r ey , Carlos es taba t an en t re ten ido hab lando !cón el d u - q u e de Alenzon de asuntos interesantes , le ta- les, como el t iempo, la edad del javalí que ha- bía tomado otro camino, que era lo que él l l amaba «un solitario;» en lin, sobre el — 133 — lugar donde había establecido su cueva, que no se apercibió ó Imgió al menos, no haber notado que Enrique se había quedado un instan- te atrás. Durante este tiempo, Margarita observaba de lejos el continente de cada uno, creia notar en los o j o s el pabellón; pero Mouy que como ya h e - mos dicho, esperaba al rey de la es l remidad del paseo de las Violetas, vio á los soldados disfrazados con bandas rojas m a r c h a r á pas» de lobo, v desde aquel momento le p a r « - Toaio 111. 10 — 1/ií) — cieron sospechosos. A parlóse, pues , á un lado para no ser v¡sio y notó ipie aquel vasto c í r - culo se iba es t rechando del modo mas ó p r o - pasito para bloquear la selva y rodear el sitio de la c i ta . Al mismo t iempo ol.servó además que al fondo del paseo principal asomaban los b l an - cos penachos y b r i l l á b a n l o s arcabi .ces d é l a guardia del rey. Vio por íin al monarca en persona y al otro lado divisó al rey de N a - v a r r a . En tonces hizo una cruz en el aire con el sombre ro , seña convenida do an temano para dar a en tende r que todo oslaba perdido . A e,sta seña volvió el rey grupas y desa - pareció. Clavando inmed ia l amen l* Mouy las dos a n - chas estrel las do sus espuelas en los hija res de su caballo, se puso en fuga y do [taso d i - jo a la Mole y Coconnas las pa labras que a t r á s hemos copiado. El r e y , que. babia notado la desaparición de Enr ique y do Margarita, llegó al pabellón acompañado del d u q u e de Alenzon, para ver salir á e n t r a m b o s de la choza en que había m a n d a d o encer ra r cuanto se encontrase no solo en el pabel lón , sino también en la se lva . Lleno Alenzon de confianza, cabalgaba j un to al r ev , cuyo mal humor se a u m e n t a b a mas y mas con sus agudos dolores . Dos ó t res veces habia estado á p ique de desmayarse y — 147 — una do ellas le (lió un vómito en q u e arrojó alguna sangre . — V a m o s , vamos, dijo el rey al llegar; d e s - pachemos; me urge volver al Louvre: s a c a d - me de la gazapera á esos renegados: hoy es San Blas, primo de San Bartolomé. A estas palabras del rey se puso en m o - vimiento lodo aquel hormiguero de picas y arcabuces , y los hugonotes presos, ora en la selva ora en el pabel lón, tuv ieron que salir unos t ras oíros de la cabana . No asomaban, empero , ni el rey de N a - va r ra , ni Margarita, ni Mouy. — ¿Qué es esto? preguntó el r ey : ¿ d o n - de está Enr ique , donde está Margarita? Me ios habéis promet ido, Alenzon, y ellos han de parecer, ¡cuerpo de Cristo! —¡El rey y la reina de Navar ra ! c o n t e s - tó Mr. de Nancy : ni s iquiera los hemos visto. —Ahí vienen, dijo m a d a m a de N e v e r s . Eft efecto, en aquel mismo momento a p a - recieron en la es i remidad de una arboleda que conducía al rio, Enr ique y Margarita t an t ranqui los cual si nada hubiera ocurr ido; a m - bos con el halcón sobre el puño y a m o r o - samente empare jados con tan to a r t e , que al galopar sus cabal los no menos unidos q u e ellos, parecía que se acar ic iaban con las f a u - ces. Entonces fue cuando endurecido Alenzon mandó registrar las cercanías y fueron ha l l a - — 1 4 8 — dos la Molo y Coconnas en su a lbergue de yed ra . También ellos hicieron su en t rada en el corro <|ue formaban los guardias con la roas fraternal unión. Mas como no eran reyes no p u d i e r o n hacerlo con tanta serenidad como E n r i q u e y Margarita. La Mole estaba m u y pálido y Coconnas m u y encendido. CAPITULO XII. La investigación. EL espectáculo q u e se ofreció á los ojos de en - t r a m b o s jóvenes al e n t r a r en el corro, fué de aquelios que nunca se olvidan, aun cuando no se vean mas que una vez y un solo ins- t a n t e . Ya hemos dicho que Carlos IX habia visto desfilar á todos los caballeros encerrados en la choza de los monteros y sacados uno á uno por s u s gua rd ia s . El y Alenzon observaban la escena con ávidos ojos, esperando ver salir á su vez al rey de Navar ra . F rus t róse su esperanza. Mas no bas taba esto; era necesario saber lo que de él habia sidu. Asi es que cuando aparecieron los dos e s - posos á la es t remidad del paseo, Alenzon se — 149 — demudó y Carlos sintió que se le di la taba el corazón, pues ins t in t ivamente deseaba q u e se volviese contra su hermano cuanto es te le h a - bia obligado á hacer. —Con que al lio se escapará? m u r m u r ó F r a n - cisco, poniéndose pando. En aquel momento a tacaron al rey tan v i o - lentos dolores de \ ienlre (pie, sol tando las r ien- das , se puso las manos en ' oscos tados y e m - pezó á gri tar como un frenético. Enr ique se le acercó sol íc i tamente; mas duran te el t iempo que tardó en recorrer los doscientos pasos que de su hermano le separa- ban , Carlos se h a b i a serenado algo. —De dónde venís? preguntó el rey coa una dureza que paralizó á ¡Margarita. —De la cacería, he rmano , respondió es ta . —La cacería estaba á orillas del rio, y no en la selva. —Mi halcón se cebó en un faisán, señor , cuando nos quedamos a t r á s para ecsaminar la garza. — Y dónde está ese faisán? — A q u í : ¿buena pieza, eh? Y con la mayor candidez presentó Enrique á Carlos el pájaro matizado de p ú r p u r a , azul y oro. —Bien, dijo Car los ; pero ¿por qué no os reunisteis á nosotros después de cazar el la isa n? —Porque habia volado hacia el pa rque , se- ñor, de modo que cuando bajamos á la orilla — 150 — del rio os vimos ;'i media legua de deb.nlora volviendo va hacia la selva; entonces ñusnóos los caballos al galope para segónos , porque viniendo de caza con V. M. no q n o i iemos per - dernos . — Y lodos eslos cabal leros; reposo Carlos, es taban convidados también? — Q u é caballeros? pregunló Enr ique pasean- do en torno suyo una indagadora mirada . —Vuest ros hugonotes, ¡pardiez! dijo Carlos1; en todo caso, si alguien les ha convidado, no he sido vo. —No señor , respondió Enr ique , pero tal vez haya sido Mr. de Alenzon. —Mr. de Alenzon! ¿pues cómo? — Y o / esclamó el d u q u e . —Por q u é no, hermano? repuso Enr ique . ¿No anuncias te is ayer que erais rey «le Navarra? Pues los hugonotes que os pedían por soberano vienen á ( t i ros las competentes gracias, á vos por habe r aceptado la corona, y al rey por habérosla conferido. ¿No es asi, seño- res? — S í , sí, gr i taron veinte voces: ¡Viva el d u - q u e de Alenzon! ¡viva el rey Carlos! — Y o no sov rey de los hugonotes, dijo Francisco , poniéndose pálido de cólera, y echando á hur tadi l las una mirada á Carlos, añadió: y espero no serlo n u e c a . = C o : n o qu ie ra , dijo C u l o s , habéis de saber , E n r i q u e , q u e todo esto me parece muy es t raño. —Señor respondió con firmeza el rey de — 151 Navar ra , cualquiera diria jpor Dios! que e s - toy sufriendo un interrogatorio. —Y si os dijera que sí ( ,qué r e s p o n d e - ríais? — Q u e soy tan rey como vos, señor , dijo a l t ane ramente Enr ique , porque la cuna y no la corona es la (pie const i tuye la dignidad real, y que responderé á un he rmano y á un amigo, pero nunca á un juez . —Mucho deseo, m u r m u r ó Carlos, saber á q u é a tenerme una vez en mi v ida . —Que traigan á Mr de Mouy, dijo Alen- zon, y lo sabré is . Deben haber le cogido. —Está Mr. d e Mouy ent re los p r i s ione- ros? preguntó el rey . Enr ique tuvo un momento de, inqu ie tud y cambió una mirada con Margarita; pero aquel momento fué d e coila durac ión . —Nadio contes tó . —Mr. de Mouy no está en t re los pr is io- neros , dijo Mr. de Nancy: algunos soldados creen haber le visto, mas ninguno lo sabe d a c ier to . Alenzon m u r m u r ó una blasfemia. —Señor , dijo Margarita, señalando á la Mo- le y á Coconnas, que habían oido lodo el d iá- logo, y con cuya inteligencia creía poder c o n - tar ; señor, aquí hay dos c a b a l e r o s que s i r - ven á Mr. de Alenzon; interrogadles y c o n - t e s t a r án . El d u q u e conoció el t i ro . —Los ¡be mandado p render j u s t amen te para — 152 — probar que no me s-rven, dijo. Miró el rey á los dos amigos y se sobre- saltó al ver á la Mole. —01)! otra vez este provenzal! murmuró. Coconnas hizo un alentó saludo. — E n qué oslabais oeup dos cuando os pren- dieron? preguntó el rey. —Platicábamos, señor, de guerras y amo- res. — A caballo! Armados de pies á cabeza! ^Dispuestos para huir! — N o , señor, repuso Coconnas; han infor- mado mal á V. M. Estábamos recostados á la sombra de una aya: sur!» tegmine fagi.. — A la sombra de una aya? — Y aun hubiéramos podido huir, si hu- biésemos tenido algún motivo para sustraer- nos á la cólera de V. M. Señores, bajo pa- labra de soldados, dijo Coconnas volviéndose á los ligeros, ¿creéis ó no que hubiéramos po- dido huir si tal hubiese sido nuestro de- seo? — E s muy cierto, dijo el teniente, que es- tos señores no han hecho el menor movi- miento para fugarse. —Porque tenian lejos los caballos, dijo e! duque de Alenzon. —Dispense monseñor, respondió Coconnas, y© estaba montado en el mió, y mi amigo el conde de Lerac de la Mole tenia cojidas las riendas del suyo. — E s verdad esto, señores? preguntó el rey.. — 153 — — E s verdad , repuso el ten iente , y a u n debo añadi r cpie Mr. de Coconnas se apeó a! vernos. Coconnas se sonrió haciendo un inohin que significaba: —Ya lo veis, señor . —¿l 'e io , y esos cab dios de refresco, y e=as ínulas, \ esas arcas con que iban cargadas? p rogen ie Francisco. —Somos por ventura mozos de c a b a l l e - riza? di .Coconnas ; que busquen al pa la - frenero que los gua rdaba . •—No está , esclamó el d u q u e enfurecido. —Habrá tenido miedo, y se habrá escapa- do, repuso Coconnas, no se puede ecsigir de. un villano que demues t re el mismo v a - lor q u e un cabal lero. —Siempie el mismo s is tema! dijo Alenzon rechinando los (fiemes. Afor tunadamente , s e - ñor , hace ya algunos días (pie os part icipé que estos caballero:- habiau dejado de p e r - tenecer á mi s e rv idumbre . —Yol dijo Coconnas: ¿he tenido la d e s g r a - cia de dejar de servir á V. A? — I W d i e z ! señor mió, mejor que nadie p o - déis saber lo , puesto «pie hicisteis dimisión en una ca r ta , no poco descomedida, que he conservado á Dios gracias , y que por for- tuna traigo conmigo. = 0 h ! dijo Coconnas, yo confiaba en que V. A. me perdonase el haber escrito esa carta c e - diendo á un primer impulso de enfado. S u - — 154 — pe que V. A. habia querido ahorcar en un corredor del Louvre á mi amigo la Mole. . . — Q u é está diciendo? preguntó el rey. —Creí que V. A. hubiese, acometido solo e s - ta empresa , prosiguió ingenuamente Coconnas, mas cuando supe (pie o t ras t res pe r sonas . . . —Silencio! dijo Carlos, es tamos suficiente- men te en te rados . Enr ique , a ñ a d i ó volviéndose al rev de Nava r ra , d a d m e palabra de no hui r . — S e la doy á V. M. —Volved á París con Mr. de Nancy , y q u e - daos arres tado en vuestra cámara . Señores , prosiguió dirigiéndose á los dos amigos, e n t r e - gad las e spadas . La Mole miró á Margarita, la cual se sonrió. Inmed ia t amen te dio el provenzal su espada al capi tán que mas cerca tenia. Coconnas le imitó. = ¿ Y Mr. de Mouy, ha parecido? preguntó el r e y . — N o , señor , dijo Mr. de Nancy: ó no estaba en la selva ó se ha escapado. —¡Malo! repuso el r ey . Demos la vuel ta . Tengo frió, me desvanezco. — S e ñ o r , será la cólera, dijo Francisco. — S i , puede ser, vacilan mis ojos. ¿Dónde están los prisioneros? No \ eo . ¿Es ya de noche por ventura? pOh! ¡misericordia! ¡me a b r a - so ! . . . ¡Socorro! Y sol tando el infeliz monarca las r iendas de! cabal lo , alargó los brazos, y cayó de espaldas sostenido por los cortesanos a te r rados con aquel segundo a t a q u e . — 155 — Francisco se enjugaba retirarlo á un lado , el sudor de la frente, pue» él solo sabia 1 « causa del mal que á su hermano aque jaba . A la otra pa r le , el rey do Navar ra , vigilado ya por Mr. d e N a n c y , eontemplabla toda a q u e - lla escena con progresivo a sombro . —¡lil i! m u r m u r ó con la prodigiosa intuición q u e á veces le convertí . ' , por decirlo así , en un profeta, ¿si habrá sido una fortuna para mí que hayan es torbado mi fuga? Y miró á Margari ta, cuyos rasgados ojos dilatados por la sorpresa , pasaban de él al rey , y del rey á é l . Carlos IN estaba sin conocimiento. Ace rca - ron unas angaril las y lo tendierion en el las. Cubriéronle en seguida con una capa quo se quitó un caballero, y la comitiva emprendió t ranqui lamente el camino de París, de donde por la mañana baldan visto salir á una t u r b a de festivos conspiradores y á un rey alegre, y á donde en t raban entonces un rey mor ibundo y un sin número de rebehUs prisioneros. Margarita, (pie á todo esto no había perdido ni su libertad de cuerpo ni su l ibertad de esp í - r i tu , hizo una úl t ima seña de inteligencia á su niai ido, y en seguida pasó tan cerca dé la Mole, que este pudo oír bis s iguientes pa labras gr ie- gas pronunciadas á media voz: —Me acide. Es decir: —Nada tomos. —¿Qué le ha dicho? preguntó Coconnas. — 156 — '«—Que no tonga miedo, respondió 'a Mole. —¡Malo! m u r m u r ó el piamontés; ¡malo! Eso qniere decir que corremos peligro. Siem- pre que me lian dicho esas palabras como pa- ra a n i m a r m e , heree ib ido va un balazo, ya una estocada en el cuerpo , y ,-nin algún tiesto en la cabeza. Nada temas , en hebreo, en griego, en latin y en francés, significa s iempre para mí: \Muc.ho atidadol — E n marcha , señores , dijo el teniente de lijeros. —Sin indiscreción, señor teniente , preguntó Coconnas, ¿á donde vamos? —Creo que á Vinernnes . —Mas quisiera ir á cualquiera otra par le , repuso Coconnas; pero al fin, no lodo ha de sa- lir á medirla del deseo. En el camino volvió el rey de su desmayo y recobró algunas fuerzas. En Nan le i re se empeñó en m o n t a r á caballo, mas no se lo permi t ie ron . — Q u e avisen á maese Ambrosio Paré , dijo Carlos al llegar al Louvre . Y bajándose de la l i tera, subió apoyado en el brazo de Tavannes á su aposento, donde prohibió que en t rase nadie . Todos notaron que oslaba muy serio; por el camino fué absor to en una profunda m e d i t a - ción sin dirijir la palabra á nadie, sin p e n s a r e n la conspiración ni en los conspi radores . Era evidente que le preocupaba su enfermedad. Enfermedad tan súbi ta , t an r a r a , tan aguda — 1 5 7 — y que tenia algunos síntomas semejantes á los que se notaron su hermano Fiancisco II poco antes de su m u e r t e . —No causó sorpresa por tan to la p r o h i b i - ción de que nadie en t rase , escoplo maese P a - ró , en ia cámara real . Sabido era que la mi-> sanlropia formaba el fondo del carác ter del pr íncipe. F u t r ó Garlos en su alcoba, se sentó en una silla muy larga, apoyó la cabeza en una a l m o - hada, y pensando q u e maese Ambrosio Pa - ré podía no estar en easa y t a rda r en p r e s e n - ta r se , quiso aprovechar el t iempo. En consecuencia, dio una pa lmada y se p r e - sentó un guardia . — Decid al rey de Navar ra que quiero h a - blar le , dijo Caídos. Inclinóse el guardia y obedeció. Carlos echó la cabeza a t r á s ; una espantosa pesadez en el cerebro lo permitía apenas coor - dinar sus ideas; flotaba ante sus ojos una e s - pecia de sangrienta n u b e ; tenia reseca la boca y ya había a p u r a d o , sin satisfacer su sed, t o - da una jarra de agua. En medio de su somnolencia se abr ió la puer ta , y se presentó Enr ique ; Mr. de Nancy le seguía, mas se quedó en la an t ecámara . Esperó el rey de Navar ra á que cerrasen la puer ta , y se acercó. —Señor , dijo, me habéis mandado l lamar . Aquí me tenéis. Estremecióse el rey á aquel acento, é hizo — 1 5 8 — al movimiento maquinal de presentarle la mano. —Señor , dijo E n r i q u e sin apa r t a r las s u - yas de sus costados, V. M. se olvida de que ya no soy su hermaan sino su prisionero. —¡Ahí es ve rdad , respondió Carlos; agra- dezco que me lo recordéis. Hay mas; me prometis te is r e sponderme francamente cuando es tuv iésemos solos. —Es toy pronto á cumpl i r mi promesa. In ter - rogadme, señor . El rey se echó un poco de agua fría en la mano , y se llevó la mano á la frente. —¿Qué par te de verdad tiene la acusación del d u q u e de Alenzon? Vamos, respoadedme, E n r i q u e . —La mitad tan solo. Mr. de Alenzon d e - bia huir,) y yo acompañar le . —¿Y por qué le ibais á acompañar? p r - gun ló Carlos; ¿estáis descontento de mi, E n - rique? — N o , señor , por el cont rar io ; V M. no me ha dado mas que motivos de elogio, y Dios q u e lee en los corazones, sabe cuan prolundo es el afecto que me inspira mi hermano y s e ñ e r . — P u e s no es n a t u r a l , repuso Carlos, hui r de las personas que nos inspiraban y nos p ro - fesaban car iño . — Y aun por eso no huia yo de los que m e a m a n , sino de los que me aborrecen. ¿Me pe rmi t e V. M. que le hable sin rebozo? — H a b l a d . — 159 — —Los que aquí me aborrecen, señor , son Mr. de Alenzon y la reina m a d r e . —Kn cuanto al duque de Alenzon, repuso Carlos, no digo que no, pero la reina m a - dre os trata con las may ros atenciones. —Jus t amen te por oso desconfió de ella, se- ñor . Y bueua cuenta me ha tenido c! d e s - confiar. —¿De ella? —De ella ó de los que la rodean . Ya s a - béis, señor , que una de las desgracias de los monarcas consiste á veces en que les s i rvan no demasiado mal , sino demasiado b ien . —Espl icáos: os halieis compromet ido á d e - círmelo todo. —Ya vé V. M. que lo c u m p l o . —Cont inuad. —¿Me ha dicho V. M. que me tenia afecto? —lie dicho que os lo tenia an tes de v u e s - tra t ra ición, Henriot . —Suponed que seguís ten iéndomele . — E n h o r a b u e n a . —Si me lo tenéis , señor , debéis desear que viva, ¿no es así? •—Me hubiera desesperado sí te hubiese su- cedido una desgracia . V —Pues bien, señor , dos veces ha es tado V. M. á pun to de desespera rse . —¿Cómo así? — S í , porque dos veces la Providencia t a n solo me ha salvado la v ida . Verdad es que la segunda vez tomó la Providencia las fac - ciones de V. M. — 1 6 0 — *-¿Y la p r imera , qué máscara tomo? —La do un hombro á quien causaría no p o - ca sorpresa el verse confundido con ella, la de l l ené . Si, señor; vos me salvasteis del h i e r ro . . . Ar rugó Carlos el entrecejo, recordando la noche en que se llevó á Enr ique á la calle des Barres . —¿Y Rene? p regun tó . —Rene me salvó del veneno. —[Vive Dios que tienes sue r te , Henriotl dijo el rey p rocurando sonreírse y c o n t r a y e n - do ne rv iosamente los labios en fuerza de un agudo dolor . No es ese su oficio. —Dos milagros me han salvado, señor. Un milagro de ar repent imiento por par te del flo- rent ino y un milagro de bondad por par te da V. M. Pero confieso francamente que recelé se cansara Dios de hacer milagros, y quise huir fundado en el axioma do: ayúda le y te a y u - d a r é . —¿Por q u é no me digiste antes de ahora l o - do eso, Enr ique? — P o r q u e diciendo ayer estas mismas pa l a - b r a s , hubiera s i l o un dela tor . = ¿ Y (hcíéndolas hoy? —Hoy es otra cosa: me acusan y me d e - fiendo. —¿Es tá s seguro de la pr imera ten ta t iva , Henriot? — T a n t o como de la segunda . —¿Y quisieron envenenar le? — 1 6 1 — — S ¡ , señor . —¿Co-i qué? —Con opia ta . —¿Como se envenena con opiata? — [Psej preguntádselo á Rene , señor , ¿no se envenena con guantes? Carlos frunció el ceño; pero poco a poco se desarrugó su frente. —Sí , sí, dijo cual sí hablara consigo m i s - mo, es na tura l en los seres creados el hu i r de la mue r t e ; ¿por q u é no ha de hacer la inteligencia lo que hace el instinto? —Vamos , señor, p reguntó Enr ique , ¿queda satisfecho V. M. de mi franqueza? ¿ c r e e q u e se lo he dicho todo? —Sí , Ilenriol, sí, eres un buen m u c h a c h o . Y dime; ¿piensas que los que tan mal te quieren no se han cansado a u n , q u e pueden babor hecho nuevas tenta t ivas? = S e ñ o r , todas las noches me admiro de ve r - me todavía vivo. —Mira, Henriot, desean m a t a r m e p o r q u e saben que \ o le tengo cariño pero pierde cuida - do, ya sufrirán la pena de su mala in tención. Por lo pronto quedarás en l ibertad. —¿Para m a r c h a r m e de Par ís , señor? p r e - guntó el rey de N a v a r r a . —¡No! bien sabes que me es imposible p a - sarme sin tí . jVoto á una legión de demonios! Yo necesito de alguien que me quiera . —En ese caso, señor , y puesto que vues t r a raageslad desea tenerme á su lado, dígnese c o n - T o » o l l l . 14 — 1 6 2 — cederme una gracia . . . —¿Cuál? —La do no de tenerme aquí á título de amigs sino de pr is ionero. —¿De prisionero? —Sí por cierto. ¿No vé V. M. que su a m i s - tad es la que me pierde? —¿Prefieres que te odie? —Un odio a p a r e n t e , señor. Estaré mas s e - guro si me creen en desgracia; no les correrá tan ta prjsa mi m u e r t e . —Ilenr io t , dijo Carlos, no se lo que deseas, ni cual lio te propones, pero gran chasco me llevaría si no se cumpliesen tus deseos, si no alcanzases tu fin. —¿Puedo contar con la severidad de . rey? — S í . — Ya estoy mas t ranqui lo , ¿(pié manda a h o - ra V. M? —Vuelve á tu aposento, I lenr iot . Estoy m a - lo, voy á ver mis perros y á acos ta rme. = S e ñ e r , dijo Enr ique , debia V. M. mandar l lamar á un médico; su indisposición es acaso mas grave de lo que parece . —He mandado avisar á maese Ambrosio P a r é . —Siendo asi, me voy mas descuidado. — J u r ó t e por mi alma, dijo el rey , que e n - t r e toda mi familia, creo que eres el único que me quiere de veras . —¿Eso pensáis , señor? — A té de cabal lero. — 163 — = P u o s rccomendadme i Mr. de Naney como hombre dest inado por vuestra cólera á no vivir un mes solo, así os podré querer mucho t iempo- —Mr . de Naney, gritó Garlos. E n t r ó el capitán de gua rd i a s . — E n vuestras manos pongo al mayor d e - lincuente del reino, cont inuó el rey: me r e s - pondéis de él eon vuestra cabeza. Y Enr ique salió con abat ida faz en pos de Mr. de Naney. CAPÍTULO XIII. Acleon. S o r p i e n d i ó á Carlos, luego que se quedó s o - lo, el adver t i r que no se le p r e sen t aba n inguno de sus dos leales; sus dos leales eran su nodr i - za Magdalena y su perro Acteon. —La nodriza habrá ido á can ta r salmos con algún hugonote conocido suyo, dijo para sí, y Acteon estará enfadado todavía por el la- tigazo que le di esta m a ñ a n a . Con esto cogió Garlos una bugía y pasó al cuarto de la buena muge r . No estaba allí . Una puerto del aposento d a b a , como recordará el lector, á la sala do a r m a s . El rey so acercó á esta puer ta . Pero en el camino le dio otro a taque de los r¡ue ya antes había tenido, y que tan inopina- —. 1 6 ! _ c lámente le acomet ían , ¡il rey sufría cual si le revolvieran las en t r añas con un hierro c a n d e n - te ; devorábale una inesl inguible sed, \ í ó una taza de leche r n una mesa, U apuró de un t r a - go, y se quedó algo Tías t ranqui lo . Entonces tomó la luz que había dejado sobre la mesa y en t ró en la sala de a r m a s . Gran sorpresa le causó el que no saliese A c - teon á su encuen t ro . ¿Le habrían encerrado? En ese caso, al conocer que había vuelto su amo déla cacería debía haber ladrado. Carlos le llamó con voces y con silbidos: na- die parecía. Dio cua t ro pasos adelante , y al i luminar la luz de la bujía los r incones de la estancia, divisó en uno de ellos una masa inerte tendida en el suelo - —¡Hola, Acteon, hola! dijo Carlos. Y volvió á s i lvar . El perro no se movió. Corrió Carlos á él y le tocó: el pobre anima! estaba tieso y frío. De su boca, contraída por el dolor, salian a lgunas gotas de hi¡d, mescladas con una espumosa y sanguinolenta baba, ¡ l i - bia el perro encont rado en el aposento una v a - reta de su amo y en ella tenia apoyada la ca - beza cual si hubiese querido morir sobre aquel objeto que le recordaba á un amigo. A es te espectáculo que le hizo olvidar sus propíos dolores y le devolvió toda su energía, fermentó la cólera en las venas de Carlos; quiso g r i t a r , mas los reyes encadenados peí — 1()5 — su grandeza no eslán á cubier to del primer movimiento que lodo hombre convierte en pro de sus pasiones ó de su propia defensa. Refleo- sionando Cir ios que quizá se ocultaría allí al- guna traición so COMIUNO. Arrodillóse entonces jun io á su perro y eesaminó el cadáver can atención. Tenia los ojos vidriosos y la lengua encendida y llena de pús tu las ; enfermedad es l raña que hizo es- t remecer á Garlos. El rey se puso los guantes que antes se habia qui tado y guardado en el cinto; alzó los lívidos labios del peí ro para ecsaminar los dientes , y vio en los intersticios algunos frag- mentos blanquizcos pegados á las p u n t a s de los agudos colmillos. Los cogió y se cercioró do que eran fragmen^ tos de papel . J u n t o á esle papel era mas violenta la hin- chazón, las encías es taban inflamadas, y la piel ulcerada como por efeelo del vitr iolo. Carlos miró a t en tamen te en torno suyo. So- bre la alfombra se veian dos ó tres pedazos de papel semejantes al que tenia el perro en la boca; en uno de estos pedazos mas anchos que los demás, se advertían los restas de un grabado en madera. Erizáronse los cabellos del rey al conocer que aquel pedazo pertenecía a l a eslampa que re- presentaba á un caballero cazando, eslampa arrancada por Acleon del libro de caza. -=Ahl dijo perdiendo el color, el libro esta- ba envenenado. — 1()6 — Y reuniendo sus recuerdos, esclamó de r e - pen te : —Voto á mil demonios! ¡y yo he tocado á todas las hojas con el dedo, y á cada una me he llevado el dedo á la boca para mojarle! Estos desmayos , estos dolores, estos vómitos . . . . Muerto soy! Un momento permaneció Carlos inmóvil , oprimido bajo el peso de esta horrible idea. Levan tándose luego y dando una especie de Sordo ruj ido, se precipitó á la puerta del aposen to . —Maese Rene! gri tó, maese Rene! que va- yan corr iendo al puen te de San Miguel y me t ra igan al florentino; den t ro de diez minutos ha de es tar aqu í . Que monte á caballo uno y lleve olra cabalgadura del diestro para volver mas apr isa . Si viene Ambrosio l 'aré, que e s - pe re . Un guardia marchó corriendo á obedecer esta o r d e n . —Oh! m u r m u r ó Carlos, aun cuando sea ne- cesario d?r to rmen to al mundo entero , he de saber quien ha pres tado este libro á E n r i - q u e . Y bañada la frente en sudor , cr ispadas tas m a n o s , dificultosa la respiración, Carlos se quedó mirando fijamente' el cadáver de su pe r ro . Diez minu tos después llamó el florentino t í - midamen te y no sin inquietud á la puerta del r ey . Hay c ier tas conciencias para las que nunca está despejado el cielo. — A d e l a n t e , (lijo ( 'ar los. Presentóse el perfumista, el rey salió á su e n - c u e n t r o , contraídos los labios y con i m p e - rioso adornan. — V . M. ha mandado que me l lamen, d i - o Roñé temblando. —Si, ¿sois químico muy dies t ro , oh? —Señor —Y sabéis cuanto saben los médicos mas doctos? — Y . M. ecsagera. —No, mi madre me lo ha dicho. Además tengo confianza en vos, y os he preferido á ios demás para consul taros . Mirad, cont inuó descubr iendo el cadáver del porro; mirad lo que tiene ese animal en t re los dientes y h a - cedme el favor do decirme de qué ha m u e r t o . E n t o n t o que l lené con una luz en la m a - no, se inclinaba hasta el suelo, tanto para d i - s imular su emoción como para o b e d e c e r - a i r ey , Carlos de pié , con los ojos fijos en él, e s - peraba con una impaciencia fácil de concebir la palabra q u e debia sor su sentencia de muer t e , ó prenda de su salvación. Sacó l lené una e-pecie de escalpelo del bo ls i - llo, le abr ió , cogió con la pun ta las p a r t í - culas de papel adhe ien le s á las encías del galgo, y contempló largo t iempo y con a t e n - ción la hiél y la sangre que dest i laban las úlceras . —Señor , dijo t e m b l a n d o , t r is tes s ín tomas son estos . — I G S - Cárlos s intió discurr i r por sus venas y p e - ne t ra r hasta su corazón un glacial calofrió, — S í , dijo, ese perro ha muer to envenenado, ¿no es verdad? — L o recelo, señor . — Y con (¡ué clase de veneno? —Con un veneno mineral , según parece. —Podría is saber de fijo si le lian envene- nado? — S í , por cierto, abriéndole y ecsaminándole «1 es tómago. —Abridle, no quiero que me quédela menor duda. —Será preciso llamar á alguien para que me ayude. — Y o os ayudaré, dijo Garlos. —]Vos, sefiorl —S í , yo. ¿Y si está envenenado, qué sín- tomas hallaremos? —Manchas rojas y herborizaciones en el es- tómago. — E a , dijo Carlos, manos á la obra. Rene abrió de una sola cuchillada el pe- cho del galgo y le separó con fueiza, en tanto que Carlos le alumbraba hincada uní rodilla en tierra y sosteniendo la luz con trémulas y crispadas manos. —Vedio, señor, dijo Rene, hé aquí unas señales evidentes. Estas manchas rojas son las que os dije; estas venas sanguinolentas, s e - mejantes a las raices de una planta, son las que designé con el nombre d e herborizaciones. — 1 6 9 — Aquí encuent ro cuanto buscaba . — E s decir que le han envenenado? — S i , señor. —Con un veneno mineral? —Según todas las probabilidad*:?. —¿Y qué sentiría un hombre que por c a - sualidad lomase ese mismo v e n e o ? — Gran dolor de cabe?.;; ardor interno c o m s si hubiese t ragado carbones encendí ios; d o - lores en los intestino.--; vómi tos . . . . —Y tendrá sed? p regun tó Carlos . —I!na sed inesl inguible . — liso es, eso es , m u r m u r ó el rey. —Señor no adivino el objeto de t an t a s pr#- gun la s . —Adivinarlo?¿Y qué necesidad tenéis de s a - berlo? Reducios á r e s p o n d e r m e . —Pregun te V. M. —¿Qué cont raveneno se d e b e r á a d m i n i s - t r a r ó un h o m b r e q u e lomase la misma s u s - tancia que ese perro? l lené reflecsionó un momento y dijo: —Hay varias especies de venenos m i n e r a - les; an les de contestar desearía en estreroo s a - ber de cual se t r a t a . ¿Tiene V. M. a lguna idea del modo con q u e han envenenado at perro? —Si , dijo Carlos: ha comido una hoja d e un l ibro. —Una hoja de un l ib ro . — S í . —¿Se halla ese l ibro en poder de V.M? — 170 — — Aquí está , dijo Garios cogiendo el ma- nuscri to de caza del es lan te en que le había puesto y enseñándoselo á Rene. El florentino hizo un movimiento de sorpresa que no p a s ó d e s a p e m b i d o para el rey . —¿Y ha comido una hoja de este libro? t a r t amudeó Rene. — E s t a . Y Carlos le enseñó el pedazo de la hoja a t r a n c a d a . —¿Permi t í s que a r r a n q u e o t ra señor? —Macedlo. Ar rancó Rene una hoja y la acercó á la hugía: inflamóse el papel y un fuerte olor aliáceo se esparció por el aposento. •—be lian envenenado con una mistura de arsénico , dijo Rene. —Es tá i s seguro? —Como si yo mismo lo hubiera p reparado . . —Y el con t raveneno? . . . . Rene movió la cabeza . = ¡ C ó m o ! dijo Carlos con ronca voz,¿no sabéis el remedio? —El mejor y mas elicaz es leche eon clara de huevo; pe ro . . . — P e r o . . . . ¿qué* Habría que adminis t ra r le sin pérdida de t i empo , pues si n o . . . — A d e l a n t e . — S e ñ o r , es un veneno te r r ib le , repitió Rene. —Sin emba rgo , no mala al ins tante , dijo Carlos. — 171 — —No. poro mata sin remisión; poco impor ta si t iempo {)'i — Tolera, pues , la muer te de tu amante ; poca co- sa es para salvar el honor de la casa real di- Francia . También sufro ve mi propia murrio- porque ¡nuera el secreto conmigo. Margarita dobló la cabeza conociendo que por par te del rey nada debía esperar en favor de la Mole, y se retiró llorando sin conliar v a en otra cosa que en sus propios recursos. E n t r e t a n t o , y conforme h a b í a previsto (Lu- los, no perdia Catalina un momento y escribía al p rocurador general Laguc-.le una carta que nos ha conservado la hislo: ..¡ palabra por pa - labra , y que arroja sangí i.-nlos resplandores sobre todo esto a sun to : «Señor p rocurador , me d, n esta noche p o r cierto, q u e la Mole lia cometido sacrilegio E n su habitación de París so han encontrado m u c h a s cosas malas como libios y papeles Ruégoos que llaméis al pr imer presidente v llevéis ade lante á toda prisa el negocio de la figura de cera que t iene en el corazón una pun- zada contra el r ey . FIN BEL TOMO TKRCIÍIW. M A R G A R I T A D E V A L O I S . MARGARITA DE VALOIS •A ' v NOVELA lilSTORICA, ESCRITA EN FRANCR8 POR > ^ ;? Y TRADUC10X'AL CASTELLANO í por U. A. G. TOMO IV SEVILLA. impreiita (JeGomez, editor, calle de ia Minala, il. 32.—1849. о. t r. i v . r . 1 1 3 . iYo haifjniedo, querida, dijo el bcarnés: tres aspadas velan por nosotros en las tinieblas. M A R G A R I T A DE VALOIS. CAPITULO I. Las egidas invisibles. AL lia siguiente de haber escrito Catalina la anter ior ca r ta , ent ró el gobernador en el ca« labozo de Coconnascon un séquito de los mas imponentes , compues to de dos a labarderos y de cuatro golillas. Invitaron á Cocón ñas á b a j a r á un salón en que le esperaban el procurador Laguesley d o s jueces para interrogai le según las instrucciones de Catal ina. Mucho hi!>¡;> rcíl "\Í(OI,H'O Coconnas «taranto l o s i.'ohf! días que e n su encierro había pasado; 0SiO .sin cooiar con que reunidos diariamente la í i o i c \ él a leónos ins ta r les por c¡ alcaide < p ; o , sin decirle,-, n;ola ios h a l d a dado aquella s o r p r c - a , n o ce!:••Muicnlo deluda según todas 1 p r o b a b i l i d a d e s , a s u !i ¡a: >t ropía; sin con- ¡ a r , d m m o . - , c o n !":e ¡a -..'¡>11> v él se haln'an puesto d e a c u e r d o so lee la eooducta ipie en lo sucesivo debían observar , y 1 ái an. —Sí; pero r.esolras los sa ! \ a romos . —Supongo (pie habrás pensado en nues t ra empresa. —Desde ayer no h" pensado en oirá cosa. —;.V que lias ailelanlado? — Acalio de cerrar el t rato con hVaulieu. ¡Ay amada reina1, ¿qué homhre tan inaccesilile y tan a Miro' Nos cuesta la vida de un hombre y trescientos mil escudos. — Inaccesible v avaro le l lamas, y no pido mas que la vida de un hombre y trescientos mil e s - cudos . . . ¡lis de balde! —¿Do balde trescientos mil escudos? Todas tus ;<>MIS y las niias no valen t an to . —¡Olí! no quede por eso. Pagará e 1 rey de Navarra, pagará el duque do Alenzon, pagará mi hermano Carlos, ó sino —¡l ih! eso es racionar como una loea. Yo tengo los trescientos mil escudos. —¿Til? —Sí , vo. —¿De dónde los has sacado? —Oh! allí está el cuento . — lis un secreto? —Para lodos menos para t í . —Dios mió/ dijo Margarita sonriéndose en medio de sus lágrimas ¿los has robado? —Tú juzgarás . — S e p a m o s . —Te acuerdas de Nanlouil let , el feo? — 12 — —¿De ese r icacho, de eso usurero? —Todo lo que quieras . — A d e l a n t e . = S u c e d i ó que un dia viendo pasar á cierta dama rubia y de ojos verdes , adornada con tres rub íes , uno en la t rente y dos en la sienes, t o - cado que tan bien la s ienta, ó ignorando que aquella muger fuese una duquesa , dijo el r i - cacho, el u su re ro . «Con t res besos en el sitio en que están esos t res rub íes , haré (pie nazcan t res d ia - man te s de cien mil escudos cada uno.» —Y ahora , En r ique t a . —Ahora han nacido los d iamantes y están vendidos . —Oh Enr ique ta , Enr ique ta l m u r m u r ó Mar- gar i ta . —Buena es esa! esclamó la joven con un acento ingenuo y subl ime, á la par que r e a - sumía su siglo y su ca rác te r . . . buena es esa! ahí ve rás que quiero á Anníba l . — V e r d a d es , dijo Margarita risueña y r u - bor izada, le quieres mucho , le quieres d e m a - siado. Esto no obs tan te la cogió la mano y se la a p r e t ó . —Merced á nues t ros t res d iamantes , con t i - nuó Enr ique ta , ya están listos los escudos y el h o m b r e . — E l hombre ! qué hombre? — E l q u e hay que ma ta r . Ya lo has olvidado? — Y has encont rado el h o m b r e que, te hace al caso? —Muclio que sí. —Por ol mismo precio? preguntó Margi-rita Sumiéndose. —Por el mismo precio hubiera encont rado ciento, respondió Enr iqueta . No, no, por q u i - nientos escudo:-., ni mas ni menos. —¿Coi 1 quinientos ewtiilos has hallado quien eonsii nía i i i dejarse matar? —¡>e algún modo se había do busca r la \ ida. —Quer ida , no le ent iendo una pa lab ra . V a - mos habla claio; no perdamos el t iempo en adivinar enigmas en la situación cu que nos ha l lamos . —Pues escucha: el carce 'ero á cuya vigilan- cia están coniiailos la Mole y Coconnas es un soldado viejo que sabe lo poco que supone una herida, y consiente en auxi l iarnos para salvar á nuestros amigos, pero no quiere perder su plaza. Una puñalada descargada con cierta destreza, lo conciba todo: nosotros le damos una recompensa y el estado una indemniza - ción. El buen hombre contera así á dos c a r - rillos y r epe ina l.i fábula de pel ícano. —Pero una puñalada dijo Margarita. —No te apu re s , se la dará Ann íba l . —Verdad es, repuso Margarita r iéndose, q u e aunque le hirió t res veces y la Mole con su espada y su daga, la Mole no murió de ellas; lo cual s iempre da alguna esperanza. —Maliciosa, mereces que no diga m a s . —Obi no , no, todo lo contrar io , dime cuan to — \'i — falta tolo suplico. ¿Y cómo lo salvaremos? —I)." esto modo. La capilla es el único silla de la fortaleza en que pueden penetrar las niu~ geres (pie no están prisioneras. Nos esconde- mos de t rás del a l iar , y debajo del paño de este ponemos dos puñales . La puerta de la sacr is- tía se baila abierta de an temano. Coeonnas hiere al carcelero, el cual cae en tierra y hace la mortecina; aparecemos nosotras; cada cual cubre los hombros de so amigo con una capa; huimos con ellos por la puerta falsa de la s a - crist ía, y como sabemos e': santo y seña sali- mos sin ningún tropiezo. — Y luego que estemos fuera? — A la puer ta les esperan dos caballos: mon- tan , salen de ia isla do Francia v se refugian á Lorena, de donde vendrán deineóiini to alguna (pieotra vez. —Oh! tú me devuelves la vida! dijo Margar i - ta . ¿Con (píelos salvaremos? —Casi te respondo do ello. — Y muy pronto? —Pse ! dentro de tros ó cuatro días. Beaulieu nos av isa rá . — E s que si le conocen en las cercanías de Yinccnnes pueden t ras tornarse todos nues t ros p royec tos . —Cerno quieres (pie me conozcan? Salgo disfrazada de monja con una toca que no deja se me vea siquiera la punta ( le las narices. —Ya sabes que ninguna precaución es s o - b r a d a . — 1 5 — —No lo lio i!e sabor? voló á Sanos! como d i - na el nebro Ai ' .nibal. — Y del rey de Navarra has lomado infor- mes? —Por suplíoslo asa como una música por ent re los l a - bios, y luego nos acogemos al bosque. Un beso á cada uno nos llena de alegría y fortaleza. ¿No te parece, A n t u l n l , que. ya nos vemos t e n - didos sobre nuestros veloces caballos, du l ce - mente oprimido el corazón? ¡Oh! ¡qué buena, cosa es el miedo! ¡el miedo al aire l ibre! l i e - Tono IV. 2 vando desnuda al costado una leal espada, gr i tando ¡Imrral al coreel (pie aguijado por ia espuela ar ranea mas rápido á cada grito. —Si , repuso Cocorinas; ¿pero (pié le parece, la Mole, del miedo en t re cuatro paredes? De ese te puedo YO hablar , porque he sentido una cosa que se le parece: calando asomó por pr imera \ ez en mi encierro el lívido rostro de üealieu, bri l laban tras él y en la sombre, varias par les ,mas, y so oia un siniestro ruido de hierros chocando unos con otros. Juróte que me acordé al momento del duque de Alen» /011, y que creí ver su repugnante faz aso- mando en t re dos disformes cabezas de a la - barderos . Me llevé chasco, y este fué mi único consuelo: mas no todo se me pasó, pues por la noche soñé con esta escena. — T o d o , d i jo la Mole dando curso á sus r i - sueños pensamientos sin acompañar á su a m i - go en las eseiirsiones que hacia en los campos de lo fantástico, todo lo han previsto, hasta el sitio á que debemos refugiarnos. Vamos ¿ Lo- rena , quer ido . Mas me habría complacido en ve rdad ir á Navarra (pie es su reino; pero Navar ra está muy lejos; vale mas Nancy; solo d is taremos cincuenta leguas de París. ¿Sabes que tengo una pesadumbre , Annibal , al salir de aquí? —¡Buen capr icho! Pues las mias aquí se que - dan todas . —Sien 1 o que no podamos l levarnos á ese buen alcaide en vez d e . , . — :lí) — —Xo quer rá , dijo Cocorinas, ,'.no ves que perdería niuclio? quinientos escudos nues t ros , una recompensa del gobierno, un ascenso aca- so, ¡que íelií. va á vivó el I únanlo así que vo ic rr.aíe!.. ¿Pero qué licuó-? —Nada! Me lia pasado por le. menlo una idea. — X'o (lidio de ser inuv graciosa, porque lo pones horr iblemente pál ido. —No entiendo por «pié nos han do ¡levar á la capilla. —Buena es esa! Para comulgar . J u s t a m e n - te es ahora t iempo. —Es que , repuso la Mole, á la capilla no l le - van mas ( p i c ó l o s condonados á muer te ó á los que sacan del lornieid.o. —Oh! dijo Coconnas n untándose levemente . Eso merece l lamar la atención. Interroguemos sobro ei asunto al perillán ó quien he de des- jarretar dentro de poco. Eh! amigo llavero! — Llamáis? preguntó el alcaide ¡pie es taba de acecho en lo alio de la escalera. —Si , ven acá. —Aquí me tenéis. —Está resucito (pie nos escapemos desde la capilla, eh? —Chiten! dijo el carcelero mirando con t e r - ror en torno s'.ivo. —No hay cuidado; nadie nos escucha. —Sí, señor, desde la copula. —Luego nos l levarán á ella? —Tal es la cos tumbre . — 2 0 — —T.a cos tumbre? — S i ; después de toda sentencia de muer- to se permi te al reo que pase toda la no- che en la capil la. Cocorinas y la Molo se miraron con sobre- sa l to . = C o n que creéis quo seremos condenados á mue r l e? —Pues no?. . . supongo que vos también lo creeré is . —Cómo! nosotros también? dijo la Mole. —Cierto (pie s í . . . no creyéndolo no os hubie- rais decidido á fugaros. — S a b e s que tiene mucha razón? pregun- tó Coeonnas á la Mole. — S í . . . y sé también desda ahora que, á lo q u e parece, jugamos el todo por el torio. — P u e s y jo? dijo e! carcelero, ¿creéis que no arriesgo nada? . . . Si este caballero lucra á equivocarse de sitio en un momento de emoción! —Voto á Sanes! en tu lugar quisiera yo es tar , dijo lentamente Coeonnas, y no te- ner relaciones con ot ras manos que con e s - ta , con otro acero que con el que á tí te t oque . —¡Condenados á muer te! murmuro la Mole, ¡es irnposihlcl —Imposib le! dijo candidamente el carcelero, ¿y por qué? —Chi ton! interrumpió Cocorinas, creo que ab ren la puer ta de abajo. — 21 — —En. efecto, repuso v ivamente el alcaide; ¡adentro, señores, adenfrol —Cuándo creéis que se celebre el juicio? preguntó la Mole. —Mañana á mas l a rda r . Pero descuidad; las personas que deben recibir el c o m p e t e n - te aviso, lo rec ibi rán. —Abracémonos , pues , y despidámonos de estas paredes . Abrazáronse es t rechamente los dos amigos y volvió cada cual á su calabozo, la Mole suspirando, y Coconnas can tando en t re dien- tes. Nada notable ocurrió hasta las siete de la noche, que se. desplomó mustia y lluviosa s o - bre el torreón de Vincennes: era una verdadera noche de evasión. Cuando ¡levaron su colación nocturna á Coconnas, este cenó con su o r d i n a - rio apeti to, siii dejar de pensar en el placer que le causaría el verse calado por aquel la lluvia que azotaba las paredes . Disponíase ya á dormir al sordo y monótono m u r m u l l o del viento, cuando le pareció que aquel v iento que solía escuchar con un impulso de melan- colía nunca sentido por él antes de es tar e n - carcelado, silbaba mas fuerte que lo regular por debajo de las puer tas y que la esfid'a mugía con mas furia que de c o s t u m b r e . Este fenó- meno ocurría s iempre que abrían algún ca l a - hozo del piso superior, y sobre lodo el de e n - frente. Por aquel ruido conocía Anníbai cuando debía ir á visitarle el carcelero, pues le r e - Tono IV. 3 velaba que estaba saliendo del encierro de la Mole. Aquella vez, sin embargo , en vano alargó Cocón ñas el pescuezo y aplicó el oido. Trascur r ió el t iempo y nadie parcela. —/Cosa rara! dijo Cocorinas, lian abierto á la Mole y á mi no me a b r e n . ¿Habrá Hu- mado? ¿estará enfermo?¿(pié habrá sucedido? Todas son sospechas é inquietudes , así ' to- mo todas son alegrías y esperanz i s para un pri- s ionero. Pasó media hora , pasó una ; pasó hora y media . Ya empezaba Coconnas á dormirse despe- chado , cuando le hizo estremecerse un ruido en lu ce r r adu ra . —¡Hola! dijo, ¿es ya hora do marchar? ¿nos van á llevar á la capilla sin sentenciarnos? /Voto á Sanes! gran p la ie r seria huir en una noche como es!a; está oscura como boca de lobo, ¡quiera Dios que no sean ciegos los ca- ballos! Iba á interrogar jovialmente al carcelero, cuando vio que este se llevaba un dedo á los labios, moviendo sus saltones ojos del modo mas elocuente . En efecto, á espalda del alcaide so oia r u i - do y s e v e i a n sombras . De repente divisó el piamontés en medio de la oscur idad dos cascos en que la hu - mean te luz t razaba una espiga de oro. —¡Oh! preguntó á media voz, ¿qué signi- — 2 3 — fican estos siniestros preparat ivos? ¿á donde vamos? Solo respondió el carcelero con un susp i ro muy semejante á un gemido. —¡Voto á Sanes! m u r m u r ó Coeonnas, ¡qué existencia tan endiablada! ¡siempre estrenaos y nunca tierra (irme! ¡ó bucear bajo cien pies de agua ó mecerse sobre las nubes ! no h a y medio. ¿Puedo saber á dónde vamos? —Seguid á los a labarderos , dijo uno voz tartajosa, por la que vmo Coeonnas en c o - nocimiento de que los soldados que habia e n - trevisto iban a. empañados de algún golilla. —¿Y Mr. de la Mole? preguntó el p i a - montes, ¿donde está? ¿que es de él? —Seguid á los a labarderos , repitió la m i s - ma tartajosa voz, en el mismo tono. Era preciso obedecer. Cocorinas salió de su encierro, y vio al enlu tado cuya voz le h a - bia sido tan desagradable . Era un e sc r iba - no diminuto y gibo:o, q u e sin d u d a habia entrado en la curia para que el ropón no per - mitiera ver que también era pa t ies tevado. Bajó lentamente por la escalera espiral . E n el piso principal se detuvieron los gua rd i a s . —Mucho bajamos, m u r m u r ó Cocorinas, p e - ro aun no basta . En esto se abrió la puer ta ; Coeonnas t e - nia ojos de lince y olfato d e perro p e r d i - guero; olió á los jueces y vio en la sombra la silueta de un hombre con los brazos d e s - nudos, espectáculo que bañó en sudor su fren,- _ M — t e . Mas no por eso dejó el piamontés de to- m a r la mas risueña espresiou; inclinó la ca- beza á la izquierda, con arreglo al código de la nías refinada moda de aquella época, y en t ró en la estancia, puestos los brazos en j a r r a s . Alzaron un tapiz y Coconnas se vio en efec- to frente á frente con jueces y escribanos. A corta distancia de ellos estaba la Mole sentado en un banco . Fué Coconnas conducido an te el tribuna!. Al llegar frente á los jueces se detuvo, sa- ludó á la Mole moviendo la cabeza y son- r iéndose, y quedó en especlal iva. —¿Cómo os llamáis? preguntó el presidente. — M a r c o - \ n n i b a l de Coconnas, respondió el caballero con esquisito agrado, conde de Mont- panl ier , Glienauv. y otros parages; bien que ha r to conocidos son nuestros t i lulos. —¿De dónde sois? —De Sa in t -Colomban, en las cercanías d* Zuze. —¿Qué edad tenéis? —Veinte y siete años y tres meses. —Bien, dijo el presidente . —Parece que l e g u ' l a , murmuró Coconnas. —Ahora , repuso el presidente después da ua momento de silencio, que dio tiempo al e s - cr ibano para anotar las re-pueste consideraba como una cobardía el declarar; no declarando, cont inuaba la t o r ­ tura , y no solo cont inuaba sino que dupl icaba su i ig r. El juez se dispensó de contestar á Cocori­ nas, pues el final de la sentencia respondía por 61; así es que con t inuó . «Гага obligarle á declarar sus cómplices, y los detalles de sus t r amas y maquinac io ­ nes.» — Voto á.. .! gritó Coconnas; eso es l o q u e se llama una infamia; eso es lo que se l la­ ma mue.'io mas que una infamia, una c o ­ bardía. Acostumbrado á la cólera de las víc t imas , cólera que calma el doler cambiando ' a en l á ­ gr imas, *l impasible juez no hizo mas q u e un ademan . Cogiendo á Coconnas por los pies y por los hombros , le sujetaron, l levaron, t e n d i e ­ ron y ataron en el lecho del t o rmen to , a n ­ tes de que tuviera t iempo para mirar s iquie­ ra a los que así le violentaban. — Miserables! nhullaba Cocorinas, sacud ien ­ do en un paras ismo de furor ei locho y los caballetes de un modo capaz de hacer r c ­ troecd­M­ á los mismos que habían de apli­ Томо IV. 4 carie c! to rmento , Miserables! al i r nun 'nd i i i e , q u e b r a n t a d m e , haeodme p e d a z o s , ¡,er» nada sabré is , 0.4 lo j u r o . Oh! ¿••nvi.-. q u e c.mi t ro - zos lie madera, v con trozos i!.- hierro ,v> obli- ga á hablar á un caballero de mi nombro? E m p e z a d , empozad, á todos os desalío. —'¡'reparaos á escribir . e>cribano, dijo el j uez . — P r e p á r e t e , si! ahulló Curennas , v si es- cribes cuanto yo es d ig i , inl'imes verdugos, t rabajo te mando . Escribe, escr ibe. —Queréis hacer revelaciones? dijo el juez sin salir de su ¡lema. —Nada , ni una pa labra ; ¡dos a' demo- nio. —Ya rclleesioeareis d u r a n t e los prepara- t ivos . E:i, maese, poned los bolines al se - ñor . A estas pa labras , el hombre «pie hasta en- tonces hi.bia permanecido de pié é inmóvil con las cuerdas en la mano, se apar tó de la columna y se dirigió loiuainonle á Cocon- nas , el cual volvió la o.ibeza para hacerle una mueca . Era maese Gaboche, verdugo do la p rc - bosiía de París . Pintóse una dolorosa sorpresa en las faccio- nes de Cócono.is, quien lejos de gritar y ag i - ta rse se quedó inmóvil sin poder apar tar los ojos del ros t ro de a q u e l o l \ idado amigo que en tan er !i ;es momentos se le aparecía. Sin (pac se contrajera un solo músculo de su — 39 — faz; sin que pareciese que había visto á Cocon­ nas en otra parle que sobre aqooi cabal le te , le introdujo Cabocbe dos tablas sobre las pier­ n a s , le puso ot ras dos iguales á la p a i t e es­ terior, y lo aló lodo con ia cuerda que en la mano tenia. Л osle aparato se ( ¡ a b a el nombre de los b o r ­ ceguíes. i'!n el tormento ordinario se iul reducían seis cunas entre las dos tablas interiores que al apretarse t r i tu raban las ca rnes . íin el tormento extraordinario se in t roducían diez cuñas , y las tablas entonces no solo t r i t u r aban las carnes sino que rompían los h u e ­ sos. Terminada la operación prel iminar , maese Caboche iul redujo la esta entidad de una cuña entre laica y tabla, y Con so mazo en Ja mano y u.ia rodilla en tierra miró al juez. —Queréis declarar? preguntó este . —Xo, respondió enérgicamente Coconnas, aunque ya senlia gotear sobre su frente el sudor y erizársele los cabellos en la cabeza. —En ese caso, vamos adelante , dijo el j uez : pr imera cuña ordinar ia . Alzó Caboche el brazo armado con un pe­ sado marti l lo, y descargó un terr ible golpe s o ­ b re la cuña «рае dio un sonido hueco. Tembló el cabal lote . Cocounas no exhaló una sola queja en esta primera cuna , q u e por lo regular a r r ancaba gemidos á los mas resuel los . 'J.) — Hubo mas , la i'iai • : o-.p< (--¡ ' ir) que en Su ros - t ro so pintó l'uó !a .lo un indecible asombro. Mil'" con OSl upefaoi o:, o';oS Ó Ca 1 >or 1)0, ol CU a!, medio vuelto háet > eí pioz v con o! brazo l e - v a n t a d o , so dispon' i á ropoi ir. —¿Con (pió ¡ntenoii.n os ocultasteis cu la sel- va? prego ni ó el pío/.. •—Para .sentarme á la sombra , respondió Go- C O n n a s . — Adelanto, respondió el magis t rado. Gaboolto do-cargó un segundo golpe que r e - sonó como t-l p r imero . Pero !o mismo en el uno que en el otro pe r - maneció Coconnas sin pestañear , v sus o j o s cont inuaron mi rando al verdugo c o n igual es- pres ion . El \\W7. frunció el ceño. — Y a \ a un cristiano duro! m u r m u r ó : ¿ha en- t rado toda la cofia, niaese? Bajóse Cahotdie como para ccsaminarlo y dijo á Goconnas al oido: —Gr i t ad , desgraciad ol —Y enderezándose añadió: —Toda , sí señor. = S e g u n d a cuña ordinar ia , repuso fríamen- te el juez . Todo s e lo esp ' icaron á Coconnas las dos pa labras de Caboche. El buen verdugo acababa de hacer á su ami- go el mayor favor que puede mediar e n t r e au V e r d u g o y un caballero. Le ahorraba mucho mas que el dolor; altor- raba se ¡ a m e n g u a d r ,1 •••• •.••,.)•, in l roi jur icndo e n t r e l as l a b i a s e .sn . s i.' ( r a e¡a.>l lea.-,, que soii. l e n i a n (!,- mal!«•;•,! ! . , ( . , i . . q>:-r»>i\ en vez de introducir CIII- d • • • • <><-n ra lo le dej. i l lemas l.. I,..- ' ¡ u t a rescri- ta r;;- en e! c a b e - o — Ah b u e n C .-be! . 1 • ', C o c o r i n a s , p i e r d e c u i d a d - . ; a n l a r c , ... • - a - ' " o m - a r g a s , V desC(lllte.nt,.dl/.>( l l . i * u c : ••• si o . p I r d a S s a - t i s f e c h o . E n a q u e l intermedio u . t r . . i .¡ > O U m ' h e la eslremidail d e « i r a r.itñ i .>•.> . rt.t g ' o o a que la pr imera . — A i le'a u l e , J i j o el i o , / . . A es ta p a l a b r a la-, • ; a ! ' . i b aa . i i e 11:1 golpe tatl f o r m i d a b l e , r a ;. , ¡ a a a. 1 d-.T. i l r i r el t o r r e ó n d e -*\'¡aren oo.-,. — A i d ah! o h : u a ! g; il.o G o c - m u a s c o n el mas variado diapasón; ¡Rayos del cielo! ved q u e me rompéis los huesos . —Hola! dijo el juez sonrióndose: hace efec- to la segunda; ya me es t rañaba á mí . Cocorinas respiró con la fuerza de un fuelle do fragua. —Qué hacíais en la selva? repit ió el juez. —Ya lo he dicho, ¡voto á c n b a s l lomar el fresco. —Adelan te , repuso el juez. —Declarad, le dijo Calioche al oido. —Qué? —Lo que os acomode, pero decid algo. —Yr dio el segundo golpe con no menor fuer- za que el pr imero . — 4 2 — Cojonnas empozó á ilar desaforarlos gritos. —Oíd ¡hasta , h, i s la! ¿Qué deseáis saber , se - ñor mío? ¿por . ¡ué estaba en el bosque? — S i . ' = p o r ónlen de Mr. de Alenzon. — Escribid, dijo el juez . —Si he cometido algún c r imen, a rmando un lazo al res de Nav, . r ra , cont inuó CocounaS, yo no pasaba de ser un in s t rumen to , obedecía á mi a ruó. El escr ibano se puso á escribir . —Oh! me has denunciado, cara de mater ia , m u r m u r ó el paciente; espera , espera. Y refirió las visitas de Francisco al rey de. Nava r r a , las en t revis tas de Mouv con el du - que de A lo tizón, y la historia de la capa e n - ca rnada , gr i tando por reminiscencia en medio de su narración y haciendo (pie de vez en c u a n - do le aplicasen un nuevo marti l lazo. D ó en fin tantos pormenores precisos, verí- dicos, incontestables y te r r ib les c»ntra el d u - que de. Alenzon; fingió tan bien que solo ce - dió á la fuerza del dolor, hizo gestos, dio b r a - m i d o s , y exhaló q u e : a s t an natura les y en t an dis t in tos tonos, que el mismo juez su espantó á la post re de tener (pie anotar detalles que t a n t o compromet ían á un príncipe francés. —Per fec tamente , decia ('.aheche, á este buen señor no hay que decirle las cosas dos veces; á la pr imera da sobrado que hacer al escr iba- no , ¡.lesus, Dios mío! ¿qué sucedería si en vez de ser las cuñas do cuero fuesen de m a d e r a ? Así fué q u e C u o o n n a s q u e d ó d i s p o n s uh< de ta úlli-.e- : cuña eMraíaaImar ia . p e n i M i l ( : 'o ¡leva.la.a a p l i c a d a s n ' i o w , i iñmcro Uta* «¡UO SUÍa-:fliie p . i ' a b e crie caluna las p i o r n a s . I'l j i iev, enrareció ¡» C o r a l i n a s la benignidad COI¡ (pie le I ra!.a11 •, merced a SUS declaracio- nes, \ se reí iro. Uuedesi' solo el paciente con C a b o e h e . — Vamos, preguntó este pié tal va, señor caballero? — O h amigo', oh escolante amigo! ¡oh q u e - rido Caboehe! dijo Co onnas , ten per s e g u - ro q(l(" toda mi vida te agradeceré lo q u e por mi acá bas de hacer . — So os falla razón, ¡pardiez! pe.es si l le- garan á descubrir lo o r u p a r i a vo vuest ro l u - gar en ese cahalk-'e \ no me Iral ai i iu con las consi leraciones que con vos he usado. —I 'ero , ¿cómo le ha ocurr ido la ingeniosa idea . . . —Asi , respondió Caboehe, envolviendo en t r e tanto las piernas de Coeonnas en un lienzo empapado en sangre; supo que estabais p reso , que os iban a juzgar v que la reina Catalina d e - seaba vuestra muer t e ; adiviné que os dar ían tormento v tomé mis precauciones. —Arriesgándole á euanio le podía s u c e - de r . . . ? —Sí señor , dijo Caboehe; sois el úuico ca - ballero que me ha dado la mano, y todos t e - nemos memoria y corazón, a u n q u e verdugos , y tal vez por ser verdugos veréis mañana con — 4 4 — *¡ué habilidad os saco del paso. —Mañana? dijo Cocorinas. —Mañana , sí pon cierto. —Do (pié paso? Calioelie m i r ó á Cocorinas con es tupor . —Cómo de qué paso? ¿Ya se os lia olvi- dado la s.'olMsci..? —Alil sí, en cfeoio, l.i sentencia , dijo Co- corinas; va se me halda olvidado. —La verdad era que no se le había ol- vidado, sino que no pensaba en ella. En lo que pensaba era en la crpii la, en el puñal escondido bajo el sagrado paño, en Enr ique t a \ en la reina, en la puerta de la sacristía y en los dos caballos que debían e s - perar le á la salida del bosque; en lo que pen- saba era en la i iherlad, en su carrera al aire l ibre , en salvar las fronteras de F r a n - cia. —Ahora , dijo Caboche, es necesario que pa- séis con destroza del caballete a la litera. No olvidéis que para todo el mundo , inclusos mis a y u d a n t e s , tenéis rolas las piernas y que á cada movimienro debéis lanzar un grito. —Ayl gritó Cocorinas, solo de ver que se le acercaban con la litera. —Vamos , vamos , un poco de valor, repuso Caboche, si gritáis ya, ¿qué diréis dentro de poco? —Quer ido Caboche, dijo Coconnas, os rue- go que no dejéis que me toquen vuestros es- t imables acólitos; tal vez no tengan la m a - no tan ligera como vos. —Dejad esa litera junto al cabal lete , dijo maese C.aborhe. Obedecieron los d o s criados. Maese Cabo- che cogió a C o e o ü i i . i . - c u | i r , i / ,«H cumio á un n i ñ o \ le t e n d i ó s o b r e lo s nariluielas, mas ;í jiesar d e todos s u s precauciones (Cocorinas lanzó feroces gri tos . A e s te t iempo se presentó el buen c a r c e - lero con una linterna en la mano . — A la capada, dijo. \ ios dos mozos s e pusieron en m a r c h a , no sai «pie an tes diese Coconnas á Caboche otro apretón de manos . Sobrado bien le h .h ia probado el p r imero al piamonlés para i;ue anduviese entonces con repai os. CAPÍTULO IV. La capilla. E * medio del mas profundo silencio, a t r a - vesó la lúgubre comitiva los dos puentes le- vadizos del to r reón , y el palio principal del castillo por donde se va á la capilla, en c u - yos cristales daba una pálida luz que i lumi- naba los lívidos rostros de los apóstoles y sus pu rpú reos ropajes. Coconnas aspiraba áv idamente el a ire de _ ÍG — fa noche, a u n q u e «"«tuba cargado de l!u \ ».•;. Observando l;e- profundas tinieblas que le cu ian , se CO>>Ü: al o !al a de que l u d a - , l . iseir- cons tanc ias favcreciesen su fuga y la de s u compañero . Fuélc preciso a p e l a r á lodo su leson. a l e - da su p rudenc ia , a lodo su imperio sobro si mismo para no sal tar de la l i teía ruando e n - tró en la capil la , y vio en el coro e tres pasos del a l tar una masa que vacia envuel- ta en una ancha capa b lanca , lira la Mole. Los dos soldados que escollaban la litera se detuvieron á la par le eslerior de la puer ta . —Ya que nos conceden por última gracia el r e u n i m o s aquí dijo Coconnas con lángui- da voz, l levadme al lado de mi amigo. No teniendo los mozos úi den ninguna que lo prohibiese, no opusieron dilieuilad a la pretensión de Coconnas. La Mole estaba torvo y pálido; tenia la cabeza recostada en un pedazo do mármol de la pared , y sus negros cabellos, bañados en un a b u n d a n t e sudor que d ¡ta á su r o s - t ro la palidez mate del tuarli!, parcc.ia (pie habían conservado S L rigidez después de h a - bérsele erizado en la cabeza. A una seña del llavero se alejaron los dos cr iados en busca del sacerdote (pie pidió Co- connas . l is te era el momento convenido. Mirábalos Coconnas con ansia marcharse ; mas no era el único que tuviese lijos en ellos — M — los j i r i S K ' n k ' S «¡os. No liion desaparecieron los n i m i o s , salieron , v corrieron .al cero anunciándose con mues t ras de ¡úHIo \ precedidas por «'1 airo quo agi taban, conio precede á lo tempestad u n ra lido v ro - olloso \ ¡mi o. Margarita corrió procipiiada liácia la Mo'e, y lo estrechó en sus brezos. El pro\eic/.al dio un grito lerrilih ; gri to p a - recido ó los (pie halda oido Coeonnas desde su calabozo y que es tuvieron á punto de v o l - verle loco. —¡Dios miol ¿quó es esto, la Mole? dijo Mar- carita retrocediendo espan tada . Lanzó la Molo un hondo gemido, y se llevó la mano á los ojo» como para no ver á Mar- c i rila. Aun mas a ter rada por aquel silencio y aquel ademan, que por el grito do dolor que a n - tes lanzara, esclamò Margarita: —¡Ohl ¿qué tienes? ¿estás bañado e n s a n - gre? Coeonnas, que ya habia cogido el puñal de l a l tar v (pie tenia abrazada á E n r i q u e - ta, volvió la cara . —Levánta te , doria Margarita, l eván ta le por Dios; mira que os llegado el momento . Una sonrisa cuya tr isteza espantaba pasó por los lívidos labios de la Mole, ya no p o - día sonreírse . —¡Amada reina mia i dijo el joven, c o n - tasteis sin Catalina, y por consiguiente sin un cr imen. Me bao dado tormento , me b.-a roto los hur-M-n. mi en reo es una úlcera vi- va, y el movimiento i|\ie en este insi o i¡í e hago para pomo- los laníos en vuestra fren- te me causan i lo 'o res p-oros (pie la muer to . Y en oí'oo'n. haciendo un esfuor/.o y ponién- dose mu v p v i i i n , acercó li Mole los labios j la frente de i i re ina . — ¡Tormeiilo! ose!.mió Goeonnas; á mi í a m - blen me le Ion da lo; pero, ¿mi ha hecho con- tigo el verdugo !<> une conmigo? Y lo refirió t o l o . —¡Oh! dijo la Molo, fácilmente se com- prende eso; til le • i >.\>u> lodos los hombres so- mos he rmanos , V me hice el desdeñoso, i.)/os mocas t iga : loado sea Dios. La Mole j un tó las manos . Goeonnas y las dos vnugeres se dirigieron una mirada de indecible t e r ro r . — V a m o s , vamos , dijo el carcelero que h a s - ta entonces había estado de acecho á la pue r - ta y que volvió en aquel momento no hay (pie pe rde r t iempo, querido Mr. de Goeonnas; dad- me esa puñalada y arregládmelo todo c u m p l i - d a m e n t e , ved que van á venir. Margarita estaba de rodillas jun to á la Mole eomo una esta tua de marmol inclinada sobre una t u m b a jun to á la imagen de la persona q u e den t ro de ella descansa. — Vaya, amigo, dijo Goeonnas, ánimo; yo soy fuerte y te l levaré; le pondré á caballo; — 49 — irás ( Idante de mi , on ol mió si no puedes so s - tenorio; pero vamonos, vamonos, ya oyes lo que dice oslo buen hombre ; nos va en ello la vida. Hizo la Molo un esfuerzo sobrehumano, un esfuerzo sublime. — lis verdad, dijo; nos va en ello tu v ida . \ procuró levantarse . Cogiólo Anníbal por debajo do los brazos y le puso en pié. Kn aquel intermedio no dejó oir la .Mole mas (pie una especie de sordo r u - gido mas cuando le soltó Goconnas para a c e r - carse, al carcelero, y quedó el paciente a b a n - donado á los brazos de las dos mugeios , so d o - blaron sus piernas , v á posar do los esfuerzos de la llorosa Margarita, cayó como una inerte masa , sin pader contener un grito desgarrador que resonó en !a capilla v vibró largo t iempo en sus bóvedas como un lúgubre eco. —Ya lo reís, dijo la Mole con desesperado acento, ya lo veis; reina una ; dejadme a q u í , abandonadme dándome ol úl t imo adiós. Nada he dicho, Margarita; vuestro secreto vá e n - vuelto en mi amor y morirá conmigo. Adiós, reina mía, adiós Margarita, q u e también yacía casi i n a n i m a - da, rodeó con los brazos aquella bellísima ca- beza, y lo dio un beso que rayaba en re l i - gioso. — T ú , Anníba l , dijo la Mole, tú que te has l ibrado do tantos dolores, (pie eres joven y puedes vivir , huye , amigo, huye; dame el _ _ 51) — últ imo consuelo con saiicr <¡uo te luis salvado' —Se pasa la hora, gritó el c u colero, varaos, despachad . Enr iqueta procuraba suavemente llevarse* Aamibal; Margarita, puesta de m i r l a s juntoá la Mole, desgreñados los cabellos j bañada en un mar de lágrimas, parecía una Magda- lena. Rechazó Coconnas con blandura a Enrique- t a , que le a r r a s t r aba hacia la puer ta , y dijo en tan solemne act i tud que. se convirtió cu ina- gestuosa: —Señora , an te todo dad á este hombre los quinientos escudos que le hemos prome- tido. — Aquí es tán , dijo Enr ique ta . Volviéndose entonces á la "dolé, y movien- do suavemen te la c a b o / a , añadió Coconnas: — T ú , buen la Mole, me has ¡ i i j m iado con pensar un solo momento que me es posible a b a n d o n a r t e . ¿No tengo jurado vivir y morir contigo? Pero padeces t an to , amigo mió, que te perdono. Y se tendió resue l tamente jun to á su amigo, acercándose á él y locando su frente con las labios. En seguida tiró suavemente , muy suave- mente , como haría una «ladre con su hijo, de la cabeza de su amigo, la cual se deslizó res- balando por la pared, y cayó sobre su pe- cho. Margarita estaba ceñuda. Vio el puñal que — 5 1 ~ habí,! dejado caer C I I Í V . S Ü I . I » Y !o reciigió. —¡Oh reina inia! 'lijo alzando á rila ¡os brazos !¡i Molo, i j i ir a ¡ iunó su idoa; ¡oh roina mía! no olvidéis i ¡ u r muero porque no exista ¡a menor sospecha de n u o s l r o s amores . —¿Y qué he de hacer por lí, escbunó la d e - sespei-,ida Margarita, si m> ¡no es lícito siquiera morir eontigo? = P u e d e s haeec, dijo la Mole, p u e d e s hacer (|uc me sea dulce la muer te v se me presente en cierto modo con í.rz ri.-uoña. Acei'cósi'le Margarita y j un tó las manos , co- mo ¡oslándolo á ipie hab la ra . —¿Te acuerdas , Margarita, de aquella noche en que en cambio de una vida que entonces te ofrecí y que te doy ahora , me hicistes una promesa sagrad,;.' *i! mg.ii il.a se estremeció. —¡Ahí sí, le acuerdas , dijo la Mole, po rque has t e m h b d o . —Me acuerdo, sí, respondió Margarita, y por mi alma te ju ro , Jacinto, que cumpl i ré esa p romesa . Y desde el sitio en que. es taba , tendió la reina la mano hacia el a l tar como po- niendo n u e v a m e n t e á Dios por testigo de su ju ramen to . Iluminóse el rostro de la Mole cual sí e n - treabriéndose la bóveda de la capilla, h u b i e - ra descendido á él un rav o celeste. —¡Qué vienen! ¡quev ienen! dijo el carcelero. Margarita dio un grito y corrió hacia la Mo- le: mns el temor de aumen ta r sus dolores, la de tuvo t rémula delante de él . Aplicó Enr iqueta los laidos á la frente de Cocorinas y le dijo: — T e comprendo , Anníhal , y me infundes orgul lo, liien sé (pie tu heroismo te tnatn, pero yo te amo por tu heroísmo. Delante de Dios te prometo amar-te s iempre sobre todas las cosas; y juro he.vr por tí lo ipie Margarita ha jurado hacer por la Mole, a u n q u e ignoro lo que es . Y (fió la mano á Margarita. —¡Bien dicho! ¡gracias! dijo Coronnas. = A n l e s de separarnos , reina mia. dijo la Mole, concededme el postrer favor-: dadme nn recuerdo de vos para besarle al subir a! cu- rial so. — ¡Oh! ¡sí/ esclamó .Margarita, toma. . . Y so quitó del cuello un pequeño roliearic de oro, pendiente de una cadena del tnisme meta l . —Toma , prosiguió, os una santa reliquia que llevo conmigo desde la infancia; mi madre me la puso, cuando yo ora ruña, cuando aun me quer ía : era regalo de nuestro tío el papa Cle- men te ; nunca me a he quitado. Toma, tómala, La Mole la lomó v le dio ansiosos besos. — Q u e abren la puer ta , dijo el carcelero; huid señoras , huid. Las dos mugores corrieron des.dadasal altar y desaparecieron. Al mismo tiempo entraba el sacerdote. CAPITULO Y. La plaza de san Juan en Greve. ERAS las siete de la mañana; la hirviente multilud esperaba agrupada en las calles, ea ¡as plazas y en los muelles. A las seis había salido de Vincennes la mis- ma carreta en que, después de su desafío, fue- ron conducidos desmayados los dos amigos al Louvre, y atravesaba lentamente la calle de San Antonio. Los espectadores, tan apiñados en el tránsito que no podían moverse, parecían estatuas de o;os lijos y dé helados labios. Porque en efecto: aquel dia regalaba la rei- na madre al pueblo de París un espectáculo desgarrador. En la carreta de que hablamos y que habien- do salido de Vincennes por la madrugada, seguía su camino por las calles, iban, apo- yándose uno en otro y tendidos sobre un poco de paja, dos jóvenes con la cabeza des- cubierta y completamente vestidos de negro. Coconnas sostenía sobre sus rodillas á la Mo- le, cuya cabeza salia por encima de los tra- vesanos del chirrión y cuyos errantes ojos m i - raban vagamente en torno suyo. Y la multitud, por clavar mejor sus ávidos TOMO I V . 5 ojos en o! fondo do! e.irruago, so apiñaba, s>i oudt-foa.ih", se cii!|>inaíi.i, subía á los guaní . ¡ - i 'üiiiíiürs, so a fon aba a las hendiduras tic l a s pecados \ i;o se n m-a ra na so 1 ish'cha sino ruan- do logran . ¡ no dej.m virgen (¡e sus ojeadas un solo pimío de .Mjui'li.is dos eu 'Tpos ijiie s a - ¡iau .h'l doh-r para 1:1 r c e . o ' a la des!i'Ueeion . i i . l i im e i , r ie lo !;i \ eá , ;• que 1,1 .Volé 1110- l'ia sin e.oi.lesar un s- lo Oeelio de los q ip se ic i m p u t a b a n , v se aseguraba por el eonliario que Cocorinas lo habla declarado lodo, i,o p o - diendo resistir ai dolor del to rmento . Así es, que por t"bas par les gr i taban: —Mirad, mirad al mas colorado, ese es el q u e ha hablado, el que o ha d'cho todo: es un cobarde que tiene la culpa de la mur r io del o l i o . Su compañero , per el contrario, es un val iente; nada ha ooid'cs.do. Bien oían los dos io \ enes , el uno lo.», elogios y el ot ro las in jur ias que, acompañaban su fúnebre marcha , y en tanto que ¡a Mole e s - t r echaba las manos de su amigo, brillaba un sub l ime des.ion en el rostro del piamonlés . que desde su inmunda cairela miraba ,í la e s - túpida plebe como desde un car io triunfal. El infortunio había consumado su celeste ob ra , ennobleciendo el semblante de Coronnas así corno la muer te debía divinizar su a lma. —¿Llegaremos pronto? p reguntó la Mole. No puedo mas , amigo: creo que vov íí de s - m a y a r m e . . — E s p e r a , espera, la Mole: ahora vamos á pasar por (leíanle (le la cade Tizón y de la calle de la Campana Agujei o.ni,,: mira, m i r a . —¡Oh! aví idamc á lev,o, ta i ; vea y o por Úllima vez r í a venturosa e s a . Alargó Coeonnas el lirazo \ locó con la mano el hombro del verdugo que sentado en la delantera do la c a n e l a g tna iu los c a b a - llos. •—Mase le dijo, haznos el favor d e pa ra r - lo un poco frente á la calió Tizón. Movió Caboehe la cabeza en mues t ra de asentimiento, y al llegar t ien te a la calle T i - ¡on se de tuvo . La Mole se incorporó penosamente aLs i l i a - (lu por Coeonnas, \ i o n o j o s e n q u e b r i - llaba una lágrima, miró .npn-lla silenciosa c a - sita, turnia ) cerrada r u m o un sepulcro; un suspiro dilató su pecho y m u r m u r ó e n voz baja: —jAdiosl pidiosl ¡ juven tud , amores , v i d a ! . . . Y dobló la cabeza sobre el pecho. —Animo , dijo Coeonnas, p u e d e q u e lo e n - contremos lodo allá ari iba. —¿Tal crees? m u r m u r ó la Mole. —Lo creo porque me lo ha dicho ei sa- cerdote, y sobre todo poreuo lo espero asi, Pero no le desmayes , amigo; no se r ían de nosotros e s o s miserables q u e nos están mi- rando. Oyó Caboehe e s t a s frllimas pa labras , y mien- tras azotaba c o n una mano al caballo, a l a r - gó con la o t ra a Cocorinas s i n q u e nadie — 5 6 — i pudiera ver lo , una esponjita empapada en un ! revuls ivo tan violento, que apenas le aspiró la Mole y se restregó con él las sienes, se sintió mas fresco y rean imado . —¡Ahí dijo la Mole, me parece que resu- c i to . Y besó el relicario q u e l levaba al cuello, pend ien te de su cadena de oro . Al llegar á la esquina del muelle y at dar la vuel ta al lindo y pequeño edificio cons- t ru ido por Rnrjquc II, se dejó ver el cadal- so que se alzaba como una desnuda y san- grienta pla taforma, y dominaba todas las ca- bezas . —Amigo , dijo la Mole, desearía morir el p r i m e r o . Coconnas tocó por segunda vez el hombro del verdugo . — ¿ Q u é ocurre señor caballero? preguntó este volviendo la cara . —Buen hombre , dijo Coconnas, ¿es cier- to que quieres complacerme como me has dicho? — S í , y lo repi to . —Mi amigo ha sufrido mas que yo, y por consiguiente t iene menos fuerza. —¿Y q u é pretende? —Dice que le adigiria muoho el verme mo- r i r . Además , si muriese yo primero, no ha- bría quien le subiese al pat íbulo . — Bien, bien, dijo Cahoche enjugándose una lágrima con el dorso de la mano; no tengáis cuidado, se hará como deseáis. —¿V de un solo lajo, eh? preguntó eu voz baja el p iamontés . —De uno solo. —Bien es tá . . . si tenéis que repet ir , que sea conmigo. Detúvose la car re ta ; habían llegado al s i - tio de la ejecución. Coconnas se cubr ió la c a - beza. Llegó á oidos de la Mole un m u r m u l l o s e - mejante al de las olas del m a r . Fué á l e - vantarse, mas le faltaron las fuerzas, y Ga- boehe y Cocorinas tuvieron que sostenerle por debajo de los brazos. La plaza estaba empedrada de cabezas, y las gradas de la casa consistorial parecían un anfiteatro lleno de espectadores . Cada v e n - tana daba p a s o á una mul t i tud de rostros ani- mados cuyos o ja» eentel eaban . Cuando" v io la mul t i tud al gal lardo j o v e n que ya no podia sostenerse sobre sus q u e - brantadas piernas , hacer un desesperado e s - fuerzo para marchar por sí mismo al c a d a l - so, se alzó un inmenso clamor como un gr i - to de desolación universal . Los hombres ge- mían sordamente , las mugeres lanzaban l a s t i - meros ahul l idos. —Era uno de los pr imeros elegantes de la corle, decían los hombres , y no debía mor i r en San J u a n - e n - C r e v e sino en el P r e - a u x - Clercs (1). (1) Sitio célebre por los desafíos que en é se verificaban. — 58 — — Q u é hermoso c d qué pálido está! doci.ia las muíi 'Tes. I'-e os ol que no ha deolarado. — A m i g o , i 1 ¡j i la Mole, no puedo tenerme, ¡llévamol — Espera , respondió Coconnas. Hizo seña al verdugo de (pie se apartara, se incl inó, cogió en brazos á l a M o l e como á un niño, v subió , con esta caiga y sin vacilar, la escalara del tab lado, donde dejó á la Mole en medio do los Ironélicos gritos v de los aplausos de hi t u r b a . Quitóse Coconnas el sombre ro , é hizo un ba- Iudo. En seguida le arrojó á un lado del ca- dalso . — E c h a una mirada , dijo la Mole: ¿no las ves por ahí? Paseó len tamente Coconnas una ojeada cir- cu la r en torno de la plaza, y llegado á cierto sitio se de tuvo y alargó sin volver los ojos una mano con * que tocó ol hombro de su amigo . —Mira , le dijo, m i r a á la ventana de esa tor- recil la. Y con la otra m a n o mostraba á la Mole e/ pequeño m o n u m e n t o que todavía se alza hoy en t r e la calle de la Vannerie y la del Mou- lon como un resto de lo a pasados tiempos. No en el an tepecho de la ventana , sino al- go mas a t r á s , es taban dos mugeres vestidas da negro, sosteniéndose mutuamen te . — A h í esclamó la Mole; no temía mas que — 5 9 — ( una cosa: morir s in v e i s cria á ver ; la he visto, ya miedo «¡oí i r . Y c lavando a . r l a i i r u l o los ojos en la e s - trecha v e n t a n a , ><• l l e v ó c ' relicario á los l a - bios, y lo c u b r i d i le la. so». Cocomws saludo .1 la» dos d a m a s con toda la gracia de que hub ie ra usado en un s a - lón. En rospuesia á esta seña, ag i ta ron ollas SUS pañuelos empapados en l a g r i m a s . En esto tocó Cahoohe con un dedo la e s - palda de Cocón ñas, v le hizo una significativa sen i con lo» ojos. — — S í , si. dijo el p iamontós . Y volviéndose, a la Mole. — A b r á z a m e , lo dijo, y muere en regla. No será l i d i ad , amigo; ¡ c r e s t ó n valiente! —Ah! dijo la Mole; poro méri to t endré en mori r bien. Padezco tan to! Acercóse el sacerdote y presentó un c r u c i - fijo á la Mole, el cual le enseñó sonriéndose el relicario que en la mano tenia . —No impor ta , dijo el religioso, pedid s iem- pre fuerzas al que padeció lo que vais á p a - decer ahora . La Mole besó los pies del crucifijo. — E n c o m e n d a d m e , dijo, á las oraciones de las Hermanas do la Sant ís ima Virgen. —Despacha, la Mole, despacha , dijo Cocon- nns, me haces tanto daño que temo desfal le- cer. — E s t o y p ron to , repuso la Mole. — 60 — —Podréis tener bien derecha la cabeza? pre- gun tó Caboche, prepa>ando su cuchilla por de - t rás de la Mole que ya estaba arrodillado, —Creo que sí, respondió es te . — Entonces lodo irá bien. —No olvidéis vos , dijo la Mole, lo que os he encargado: con este r licario os abrirán las pue r t a s . —Perded cu idado . Pero haced un esfuerzo para tener derecha la cabeza. Enderezó la Mole la garganta y volviendo los ojos á la torrecil la: —Adiós , Margari ta , dijo; bendita se . . . . No pudo acabar ; tic un solo revés de su cuchil la , rápido y l lameante como un r l á m - pago, le cortó Caboche la cabeza que fué ro- dando hasta los pies de Coconnas. El cuerpo se tendió b landamente cual si fuera á descansar . Resonó un inmenso clamor formado de mil c lamores , y en t re todas aquellas voces femeni- les le pareció á Coconnas oír un acento mus desgarrador que todos los o t ros . —Grac ias , buen amigo, gracias, dijo Cocon- • a s dando por tercera vez la mano al verdugo. —Hijo mío, dijo el sarcerdote al piamontés , ¿no tenéis nada q u e revelar á baos? —No á fé, padre , respondió Coconnas; cuan- to tenia que dec ide os lo dijo ya ayer . Y volviéndose a Caboche, añadió: — V a m o s , verdugo, último amigo mío, haz- me el postrer favor. Y an tes de arrodillarse - 61 - paseó sóbre la mul t i tud una mirada tan t r an - quila y serena que un murmul lo de admiración fué á au«riciar sus oidos y á a lha ja r su orgul lo . Estrechando entonces la cabeza de su amigo y aplicando un beso A sus cárdenos labios, echó la última ojeada ó la torrecilla, y arrodil lándose sin soltar 'de las manos aquella amada p renda : —Ahora á mí , dijo. Antes de que acalcara estas pa labras había hecho Caboeiio saltar- su cabeza. Descargado este golpe, embargó al b u e « hombre un convulsivo t emblo r . —Ya era t iempo de acabar! m u r m u r ó : ¡ p o - bre muchacha . •i después de sacar penosamente de las c r i s - padas manos de la Mole el relicario de oro, tendió su c ipa sobre los t r is te restos que de - bían volver á su casa en la ca r re ta . Terminado el espectáculo, se dispersé la t u r b a . CAPITULO VI. La torre de la picota. A c a b a b a la noche de tenderse sobre la c iudad en que aun v ibraba el ruido de aquel suplicio cuyos pormenores , corr iendo de boca en boca, entristecían en todas las casas la alegre hora d e la cena doméstica. En contraposición á la ciudad que estaba silenemsa v lúgubre , el L o u w e s o mostraba alegre, bullicioso ó i luminado, Había gran ¡unción en palacio; función dis¡ u••sla por Carlos IX; (unción manilada disponer para la noche, al misino t iempo q u e s o mandaba d is - poner el suplicio para la m a ñ a n a . La noche anter ior había recibido la reina de Navar ra orden de presentarse en ella, y confiando en que se escapasen la Mole y Co- corinas, convencida de que es taban bien to- m a d a s todas las medidas para el objeto, res- pondió á su he rmano que se atendría á sus deseos. Mas luego que la escena do ia capilla des - vaneció todas sus espera .zas; luego que , ce- diendo a un impulso postrero de compasión en favor de aquel amor , el mayor y el mas profundo (pie en su vida había sentido, p resen- ció la ejecución, hizo firme propósito de no ceder ni á suplicas ni á amenazas para concu- rír á una alegre fiesta en el Louvre el mismo (lia en que t an lúgubre fiesta se había visto en la Grove. El rey Carlos IX dio en aquella ocasión una nueva prueba de la fuerza de voluntad que nadie quizá poseyó en tan alto grado. Llevando quince dias de cama, débil como mor ibundo , lívido como un cadáver, se levan- tó á eso de las cinco y se vistió su mas rico t rage , verdad es que mientras se vestía se de smayó t r e s veces . — 6 3 — A cosa de las ocho preguntó' si habían visto á su he rmana , y si se sabia en (pié se ocupa- ba. Nadie le contestó; porque l.i reina se ha- bía reeojído á sus aposentos á las once de la m a ñ a n a , y encerrándose en el'os había pro- hibido absolutamente que introdujesen á nadie ü su presencia. Mas para Carlos no ha bia puer tas ce r radas . Apoyándose en el brazo de M. de Naney se en- caminó á la habitación do la reina de N a - varra , y en t ró súb i t amen te por el pasadizo secreto . Aunque ya se esperaba un tr iste e s p e c - táculo y se había dispuesto de an temano paca presenciar le , lo (pie vio fué mas deplorable aun que lo (pie había imaginado. Medio muerta Margarita, tendida sobre ttn canapé, con la cabeza sepul tada cu t re a l - mohadones, no lloraba ni rezaba, sino q u e desde su regreso daba roncos quejidos s e m e - jantes al ester tor de un mor ibundo . Al otro es l remo del aposento , En r ique t a de Ncvers , á pesar de toda su in t repidez, yacia sin conocimiento sobre la a lfombra. De vuelta de la Cceve la fallaron las fuerzas, como á Margarita, y la pobre Culona pasaba de una á otra sin a t reverse á dirijirlas una sola pa labra de consuelo. En las crisis que siguen á estas g randes c a - tástrofes, son los que las sufren avaros de su dolor como de un tesoro, y t ienen por e n e - migo á lodo el que pre tende disminuir le en lo mas mínimo. _ 64 — Empujó Carlos IX la pue r t a , y dejando á Nancy en el pasadizo, en t ró pálido y trémulo^ Ni una ni otro le vieron. Solo Gillona, que en aquel momento estaba socorriendo á En- riqueta, levantó una rodilla y miró a t e r r a - da al r e y . A un ademan de este se hicoporó GiHona, hizo una cortesía y se marchó . Dirijiéndose entonces Carlos adonde estaba Margari ta, la contempló en silencio por espa- cio de un ins tan te , y con una entonación de voz s u m a m e n t e agena de su na tura l aspereza: —Margar i ta ! la dijo, he rmana ! Estremecióse la joven y se incorporó escla- tnando: —Señor l —-Vamos, h e r m a n a , án imo. Margarita alzó los ojos al cielo. — S í , dijo Carlos, ya lo sé , pero escucha. La reina de Navar ra hizo seña de que le escu- c h a b a . —Me has p romet ido , venir al bai le , dijo Carlos. —Yol esclamó Margar i ta . — S í , y como lo has promet ido, te esperan todos; de modo q u e si no vinieras causaría sor- presa el no ve r l e . —Dis imulad , he rmano , dijo Margarita; ya lo veis, padezco mucho . —Haced un esfuerzo. Margarita p rocuré al parecer reunir sus fuerzas, mas desfalleciendo de repente y d e - — (¡r> — jando caer la cabeza sobre ¡os a l m o h a - dones: —No, no, dijo, no i ré . Cogióla Carlos la mano , se sentó á su lado, y la dijo: —Acabas de perder ó un amigo, ya lo sé , Margarita; pero mírame, ¿no be perdido yo también á todos los míos? y ademas á mi m a - dre/ Tú S'Htnpre has podido llorar como llo- rasen este momento ; yo, en la hora d e mis mayores dolores he tenido que sonrei rme; tú padeces; mí rame, yo me muero . ¡Vamos, Mar - gari ta , vamos , valor! ¡Te lo ruego, h e r m a n a mía, en nombre de nuesti a gloría! Llevamos como una angustiosa cruz el peso de nues t ro nombre , llevémosle, como el Señor, basta el Calvario, y si como él t ropezamos en el camino , levantémonos como él animosos y r e s i g - nados. —¡Oh Dios mió! ¡Dios mió! esclamó Mar- gar i ta . — S í , dijo Carlos adiv inando su pensamien- to sí, el sacrificio es penoso, h e r m a n a , pero todos tienen que hacer el suyo; los unos el de su honor , los otros el de su v ida . ¿Te parece que no siento } 0 morir , con mis vein- ta y cinco años y el mas hermoso t rono del mundo? Pues m í r a m e . . . los ojos, la tez, los labios son propios de un mor ibundo , verdad es; pero ¿y mi sonrisa? ¿no induce mi s o n - risa a creer que aun tengo esperanzas? Y sin e m b a r g o , den t ro de ocho dias , de q u i n - ce ú de un mes á lo sumo, me. llorarás her - mana , como al que hoy ha muer lo . —¡Hermano! esclamó Margarita enla- zando con sus brazos el cuello de Carlos. —Vamos , vestios, querida M ir . :ar i t . i , dijo el r e s , disimulad vuestra palidez y concurr id al bailo. Acaho de dar orden de q o os t r a i - gan pedrerías nuevas j adornos dignos de vues - t ra he rmosura . — ¡ O h ! ¡d iamantes , adornos! dijo Mar- gari ta ; ¿qué me importa ahora nada de eso'.' — La vida es larga, Margari ta , repuso (dar- los sumiéndose ; á lo menos para tí. — N u n c a , nunca! —Ten presento una cosa he rmana ; el me- jor modo de honrar a los muer los es á ve- eos el «hogar, ó por m e j o r decir, el d i s imu- lar la pena (pie nos causan . —ii¡en está, señor . . . dijo Margiríla t emblan - do; i r é . Una lágrima humedeció los ojos do Carlos. Sus resecos párpados la absorvi r ron al punto . Acercóse á su he rmana , la dio un beso en la frente, se paró un momento delante de E n r i q u e t a , que no le liabia. sentido y dijo: —¡Pobre muger! Con esto ss marchó silenciosamente. T ras el rey en t ra ron varios pagos con co- üvci las y cajas de j o y a s . Margarita hizo seña de que lo dejaran t o - do en el suelo. Fucrojise los pagos. Solo Gillona se quedó. _ (',7 — —Sí, (lijo Mari?.'!rila con acenífl ce;., a a m a r - gura seria imposible describir . Sí, n i o v i s - to, vo\ al bai le . . . me cslan espera ¡ido. | ! e s - paelia, el dia va á ser completo: función por la mañana en la G r e w , función por la n o - che en el bou vi o. —¿Y la señora duquesa? dijo í'e paró . El verdugo abrió la portezuela en tanlo que el criado seguía adelante . Bajó Margarita y ayudó á bajar á la duquesa de Nevéis . En medio del gran dolor que á e n t r a m b a s oprimía, su nerviosa organización era la mas fuerte. Alzábase la tor re de la Picota ante las dos mo.geres como un sombrío y deforme gigante, despidiendo una ropza luz por dos agujeros i d é e l o s en la par le superior . El orí i d o d e l verdugo apareció nuevamente en la puer ta . —Podéis e n t r a r , señoras, dijo Caboche, todos due rmen en la tor re . En el mismo instante se a p e g ó la luz de las l i o n e r a s A ; v \ a d a » una en otra las dos mugeres, — 71 — saron por una pequeña purr ia ojival hollando á OSCIiras un lia» hílenlo húmedo v resbaladizo. Al fondo de un pasadizo que hacia esquina vie­ ron una luz, y guiadas por e¡ repúgname d u e ­ ño de aqiieh'a mansión, s< dirigieron á el la . La puerU se cerró á sus espac ias . Gahoche, con una hacha de cera en la mano , las introdujo ен una sala ba ja \ a h u m a d a , lin SU centro se veía una mesa con los restos de una c e n a y tres culiierios. Estos iros cubier tos pertenecían sin duda al verdugo, á su muger y á su principal a y u d a r t e . En el sitio mas v i s i b o ­ pendía de la p a ­ red un pergamino ­«¡diado con el sello real . Era el diploma pat ibular io . En un rincón habia un gran sable de l a r ­ ga e m p u ñ a d u r a . Era la flamante, espada de la justicia. Diseminadas por la estancia se veian al­ gunas groseras es lampas que r e p r e s e n t a b a n á los santos martir izados por toda clase de suplicios. Llegado allí, Caboche so inclinó profunda­ mente . —Disimule V. M.. dijo, si me he a t r e v i ­ do á penetral­ en el Louvre y á traerla aqu í . Mas como era la última voluntad del d i ­ funto caballero, creí de mi deber . . . — Habéis hecho bien, i n a e . s e , habéis hecho bien, dijo Margarita; tomad esto en r ecom­ pensa de vuestro celo. Caboche miró tr iste mente el bolsillo He­ no de oro que dejó Margarita sobre la mesa . —-Orel ¡siempre oro! m u r m u r ó . ¡Ay setio- ra l pija a pudiera yo rescatar con dinero la sangro que hoy he tenido (pie der ramar l •—Maese, dijo Margarita con dolorosa zozobra y m i rando en torno suyo; maese, maese, ¿ten- dremos que andar mas todavía? aquí nada v e o . . . —No, señora, no , aquí es tán; pero es un es- pectáculo muy t r i s te , y yo podría libraros de él t r ayendo tapado con una capa lo que venís á busca r . Margari ta y Enr ique ta se miraron simultá- n e a m e n t e . —No, dijo Margari ta, leyendo en las miradas de SU amiga la misma resolución que aca- baba ella de tomar; no, enseñadnos el cami- no y os seguiremos. Cogió Caboche el acbon y abrió una p u e r - ta de encina q u e d a b a á una corta escalera que se in ternaba en t ier ra , lio el mismo ins- t a n t e pasó una ráfaga do aire llevándose al- gunas chispas del b landón, y azotó el rostro do las princesas m n el nauseabundo olor de! moho v de I,» sangre . Pálida Enriqueta como una estatua do ala- b a s t r o , se apovó ( i i el brazo de su amiga, que demostraba mas íirmeza; pero en el primer escalón vaciló. — ¡ O h ! ¡ m e e s imposible! dijo. —Cuando se ama do veras , Enriqueta, r e - — 7 3 — plicó la reina, se debe amar hasta mas allá de la muer te . Espectáculo I o' i ;b!e v tierno á la f. .: era el (pie p ros . . i • •-. i i i iuelUis muí : . - • •• .¡ue tanto h r i l l a d a >i e i - e i i t u d , M I le ¡ .: • «lira J' S U S ¡ld.it . : .a lu>e ba jo ble V caliza !..•!• . d., la ni • i , la mas fuerl . . . ., Tie OI I el l u a z d a v e r - dugo. Llegaron al úl t imo escalón. En el fondo del sótano yacían dos formas humanas cubier tas con un ancho paño de sarga negra. Alzó Gaboche una punta de aquel velo, acer- có la luz y dijo. —Mirad, señora reina. Vestidos con su negro trago los dos jóvenes , reposaban uno pinto a otro con la horr ible simetría de la muer te . Sus cabez is, incl inadas y colocadas junto al t ronco, solo parecían h a - llarse divididas de él por una línea de color de púrpura (pie rodeaba la garganta . No h a - bía la muer te desunido s u i manos , pues , fuese casualidad ó piadosa atención del verdugo, la mano derecha de la Mole descansaba sobre la izquierda de Coconas. Bajo los párpados del pr imero brillaba una mirada de amor ; en los labios del segundo vagaba una sonrisa de desden. Arrodillóse Margarita jun to á su a m a n t e , y con sus manos cubie r tas de des lumbradoras pedrerías, levantó suavemen te aquella cabeza que tanto había amado . — 74 — La duquesa de Novors, recostada en la pared no p o d í a ü¡>-,rt,ir los ojos (lo aquel pálido r o s - t ro , en que t u l l a s veces h a b í a buscado la a l e - gría y e a m o r . —/La M o l e ! /quer ido la Mole! m u r m u r o Mar- gar i ta . —¡Ario ihaü ¡Annibal! esclamó la d u q u e - sa de Nevers : ¡lan gallardo! u n noble! ¡tan val iente! ¿no me respondes? Y brotó de sus ojos un lo r í en le de lágr i - m a s . Aquella muger tan desdeñosa, tan intrépi- da , tan insolente en los t iempos de felici- dad : aquella muger , que llevaba el escep- t icismo basta la úl t ima duda y la pasión h a s - ta la c rue ldad , aquella m u g i r nunca Labia pensado en la mue r t e . Margarita le dio el ejemplo. Guardó en un saco, recamado de perlas y perfumado con las mas delicadas esencias, la cabeza de la Mole, que parecía mas her- mosa al lado del terciopelo y del oro, y que merced á una preparación part icular usada en aquella época para los embalsamamientos reg ios , debía conservar toda su he rmo- s u r a . Enr ique ta se acercó también y envolvió la cabeza de Coconnas en una pun ta de su m a n t o . Y agoviadas e n t r a m b a s por su dolor aun m a s q u e por el peso, subieron la escalera echan- do la ú l t ima mirada á los restos que que- — 75 — daban á merced del verdugo en aquel s i - niestro asilo d é l o s (r ini inales vulgares . —Nada lomáis, señora, dijo Cabocbo, c o m - prendiendo aquella mirada; serán sepul tados sanlan-iente, \ o os lo juro. —Y manda rás que les digan misas con oslo, respondió K riquota, qu i tándose del cue- llo un magnífico eoilar de rubíes y e n t r e g á n - doselo al \ o rdugo . Volvieron al l.ouvrc por el mismo orden con que de él habían salido. En la puer ta se dio á conocer la reina; al pié do la es- calera de su habitación se apeo, ent ró en su estancia, guardó la tr iste reliquia en el g a - binete contiguo á la alcoba y dest inado des - de aquel momento á conver t i rse en un ora- torio, dejó á Enr iqueta de centinela en su cuarto, y mas p í i la y hermosa q u e n u n - ca en t ró á cosa de I >s diez de la noche en el gran salón (hl baile, en .b;e de! ;ipo-ento. Dominada Catal ina por la supremacía que tomaba Carlos sobre ella, se acercó l en ta - mente al cofre, le a i e ió y echó una ansiosa mirada al inter ior , retrocediendo do súbito cual si en alguno de le ; ángulos, del mueble h u - biese visto á un reptil d o r m i d o . —Vamos , dijo Ciarlos que no la perdía de vista, ¿qué hay en ese cofre que tan to os e s - panta? — 82 — —Nada respondió Catalina. — E n eso caso, introducid en él la mano, señora y sacad un libro: allí debe haber un libro, ¿no es cierto? añadió Carlos con su mortuoria sonrisa mas terrible en él (pao la mayor amenaza en otro . —Sí , t a r t amudeó Catalina. — U n libro de caza. — S í , sacadle y t raédmele . Apesar de toda su presencia de espíritu Cata'dna se inmutó , y alargó, temblando, la mano al interior del cofre. —Fatal idad! m u r m u r ó cogiendo el libro. —Bien, dijo Carlos. Escuchadme ahora. Es- te libro de caza . . . yo era un insensato. . . a m a - ba la caza sobre todas las eosas . . . y le leí de- masiado: ¿comprendéis , señora? Catalina lanzó un sordo gemido. — E r a una debibdad, continuó Carlos; q u e - madle , señora: no conviene que sepan las de- bilidades de los reyes . Acercóse Catalina á la encendida chime- nea, dejó caer el libro sobre las brasas, v permaneció de pié inmóvil y muda mirando son inmóviles ojos » la azul llama que de- voraba las envenenadas paginas. Conforme se iba (plomando el manuscr i - to , se esparcía por el aposento un fuerte olor á ajo. En breve quedó enteramente consumido. —Ahora , señora, llamad á mi hermano, d i - j» Carlos con irresistible magostad. Llena Catalina de es tupor , ab rumada ba- jo el peso de una múlt iple emoción (pie no podía analizar su profunda sagacidad, ni com- batir su fuerza casi sobrehumana , dio ua p a - so hacia adelante y (puso hablar . La madre sentía un icmord miento; la r e i - na sentía un terror; la env: nena ¡ora sentía renacer su odio. Prevaleció este últ imo sen t imien to . Maldito seal esclamó precipi tándose fuera de la alcoba; al fin triunfal se cumplen sus propósitosl ¡Sí, maldi to , maldito s e d —Va lo oís; í mi hermano, á mi he rma- no Enr ique , gritó Carlos per. iguiondo á su madre con la voz: ó mi hermano Enr ique , con quien quiero hablar en este mismo i n s - tante sobre h-s asuntos del reino. Casi al mismo tiempo ent ró maesa A m - brosio Paré por la puerta opuesta á la que acababa de dar paso á Catalina, y delcnién.- ilose en el umbra l para aspirar el tufo aliáceo de la alcoba; r-Ouién ha quemado arsénico? preguntó . — Yo, respondí» Carlos. CAPITULO VIH. La plataforma del torreón de Vinceunes. PASEÁBASE en t re tan to Enr ique de Navarra solo y pensat ivo por la azotea del torreón: sa- bia q u e la coi to estaba en el castillo que veia á cien pasos de distancia, y al t r avé i de las gruesas mura l las sus penetrantes ojos adiv inaban á Oíbles ino • ibundo. Hacia un t iempo tnagninoo: brillaba en las lejanas l lanuras un ancho r a j o de sol, y ba- ñaba con Muido oro las trapas do los a r b o - les de la selva, orgul 'osos con la riqueza de su pr imer fol'age. Las mismas piedras c e - nicientas de! torreón pareció que se impreg- n a b a n del dulce calor del cielo, y los a lhe - líes llevados por los soplos del Este á Lis quiebras de la mura l la , abrían sus discos de rojo y amaril lo terciopelo i los besos do la t ibia br isa . No se lijaban empero las miradas de En- r ique ni en aquel las verdes l lanuras , ni en las viejas y doradas copas de los árboles; sus ojos sa lvaban los espacios intermedios, ó iban mas allá á fijarse ardientes de ambición en la capital de Francia, des t inada á ser un día la capital del m u n d o . — 8 5 — = P a r i s , m u r m u r a b a el rey de Nava r ra , allí está París , es decir, la alegría, el t r iunfo, la gloria, el poder y la felicidad; París, donde está el l .ouvre, y el Louvi'o donde está el t r o - no; y pensar «pie de ese París tan deseado solo nú" separan las m u r a d a s e (paitó la loea v agito en el aire su b r i i i u . i . Nuevamente se movieron todas las bandero- las b lancas e«n una v ivad ¡ad (jue detooalra- ba SU alegría . — V.e i sperett ; ! dijo Knrispic; v w» pue- do reunire.;e co . i e c o s . . . ,;J''>r ..pié n; lo luce !;i/.¡! 1 1 ' ' a b a en mi mano'.' .Vliora es va it' . ••esperai <• • En a¡!inM.i¡ei!i< . envainaron hrj espadas v oculta» ¡a;',í ar ique en \ or sai ir de u escalera .1 !> ' ! ; ¡ ; r r ' r a n a ' ' . i i ; , ,,,,,, |-t spií-ae'oli era i l i- licio de ua . t cápt i.i •• M-I-.T.:. N o sin el see re - í, torro.' >• c onpre le ,tt oüfeU . i al ver la , ro- ouí.-CÍO '" ' -óa á "ó,daliu.t de Mediéis. ! ; • ' . , ! t; <¡.)S gu.'1'di..s ! J u - que de A lein',11,1. En a q u e l momento se oyó en el vestíbulo un sordo ruido do a rmas y de voces militaros. —Muer to soy, m u r m u r ó Enr ique . —¿Temes ; vacilas! dijo Carlos con z o z o - bra . —¿Yo, señor? repuso ¡ a r i q u e , <•<- teme ilí vacilo; acepto. Carlos le apretó la mano. Y viendo que se le acercaba !a nudr i / . a ron una pócima que a c a b a b a de p r e p a r a r en la \oeina estancia sin cuidarse d " q u e ó ír-.s p a s o s de ella se es- taba d r o i d i ' O i d o la suerte t M reino: — Llama ó mi madre, buena nodriza, le dijo. \ sus amigos. Ardien te y vigoroso se arrojó en pos do ellos con espada en mano. Un grito que salió de la barrera de los sargentos le guió . Era Maurevel, que segui- do m u y de cerca por Mouy, llamaba por se- — 1 1 7 — gunda vez en su auxilio á sus compañeros dominados por el t e r ro r . Preciso le era hacer frente ó mor i r á p u - ñaladas por las espa ldas . Maurevel volvió la cara y se encontró con el acero de su e n e - migo, quien le t iró inmedia tamente una e s - tocada con tal acierto, que le a t ravesó la b a n - da . Sin perder momento hundió Mouy n u e - vamente su espada en el cuerpo , ya herido de su adversar io , y de e n t r a m b a s her idas b r o - taron dos chorros de sangre . —Aun resistel gri tó Enr ique que l legaba á la sazón. A él 1 á él Mouy. Mouy no necesitaba que le azuzasen . Dio otro a taque á Maurevel , pero este no le e s - peró . Cubr iéndose la her ida con la m a n o iz- qu ie rda emprend ió una desesperada c a r r e r a . —¡Mótale pronto! ¡Mátale! gritó el rey . Ya se paran sus soldados, mas la desesperación de los cobardes nada significa pa ra los v a - l ientes. Maurevel, cuyos pu lmones se le sa l taban del pecho, que silvaba en vez de r e sp i ra r , p u e s á cada resoplido de r r amaba un sangr ien- to sudor , cayó de repente en t ier ra rend ido de cansancio; pero casi al mismo t iempo se levantó, y sosteniéndoee sobre una rodilla p r e - senté la pun ta de ¿u espada á Mouy. —¡Amigos , amigos! gri tó Maurevel , no son mas que dos. ¡Fuego, fuego en «llosl En efecto, Saucour t y Barthelemy se ha- bían apa r t ado persiguiendo á dos esbi r ros q u e TOMO I V . 9 — 11S — iban por la calle de las Garruchas , y el rey y Mouy es taban solos para hacer frente a cua t ro h o m b r e s . —¡Fuego! cont inuaba ahul lando Maurevel, en tan to que un soldado p reparaba efectiva- m e n t e su mosque te . —Sí , pero an tes mori rás , t ra idor; morirás miserable; mori rás condenado como asesino. Y a p a r t a n d o con una mano la afilada es - pada de Maurevel , molió con la otra la s u - ya hasta la e m p u ñ a d u r a en el pecho de su enemigo, con tanta fuerza que le clavó en t i e r r a . —¡Defiéndete! ¡defiéndete! gritó En r ique . Mouy dio un salto hacia a t r á s , dejando su a rma en el cuerpo de Maurevel, pues le e s t a - ba a p u n t a n d o un soldado, y le iba á t irar á boca de j a r r o . Mas en el mismo ins tan te a t ravesó Enr ique de una estocada al soldado, el cual cayó jun to á Maurevel lanzando un gr i to . Los otros dos se fugaron. — V e n , Mouy, ven , dijo E n r i q u e . No hay que perder un ins tan te ; si nos conocen so- mos perd idos . — A g u a r d a d , señor , respondió Mouy; ¿creéis q u e he de dejar mi espada en el cuerpo de ese miserable? Y se acercó á Maurevel que yacia al pa- recer sin movimiento; mas al e m p u ñ a r Mouy su espada que efectivamente so había q u e - dado en el cuerpo del asesino, este se l evan- — 1 1 9 — tó a r m a d o con el mosquete que soltó el e s - birro al caer , y le disparó á boca de j a r r o contra el pecho de Mouy. El joven cayó redondo sin da r un gr i to . •—Arrojóse Enr ique sobre Maurevel , mas ya había este caído otra vez en t ierra y era también cadáver . lira necesario hui r ; al ru ido se habia reu- nido mucha gente y podia acudi r a lguna patrulla. E n r i q u e buscó e n t r e los curiosos una cara conocida y de repente lanzó una e s - clamacion de júb i lo . Habia visto á maese la I lur r ie re . Como esta escena pasaba al pié de la cruz del Trahoir ó sea frente á la calle del Árbol seco, nuestro antiguo conocido, cuyo c a r á c - ter na tu ra lmen te tr iste se había vuelto mas y mas melancólico desde la muer t e de la Mole y Coconnas, sus predilectos huéspedes , hab ia abandonado sus hornillos y cacerolas en que jus tamente estaba disponiendo la cena del rey de Navar ra , para acudir al ru ido . —Amigo la I lur r ie re , os recomiendo á Mouy aunque me temo que sea inúti l cuanto por él se haga. Llevadle á vuestra casa y nada eco- nomicéis si vive todavía; ahí va mí bolsillo: en cuanto al otro dejadle en medio del a r ro - lio y que se pudra ahí como un perrol —Pero ¿y vos? dijo la I lu r r ie re . —Yo tengo que desped i rme de una p e r - sona. Voy allá y den t ro de diez minutos v u e l - vo á vues t ra casa; t enedme preparados los caballos. — 120 — Y efect ivamente, En r ique echó á correr en dirección á la casita de la Cruz de Petits Champs ; mas al desembocar por la calle de Granel le se de tuvo lleno de ter ror . Habíase reunido delante de la puerta un nu- meroso p rupo de gente . —¿Qué hay en esa casa? preguntó Enrique: ¿qué ha sucedido? —pOh! respondió la persona á quien se di- rigía, una gran desgrat ¡a, caballero. Un ma- rido acaba de dar de puñaladas á su muger, joven m u y l inda, á consecuencia de haber recibido una carta en (pie le tiecian que la encont ra r ía aquí con su a m a n t e . —¿Y el marido? preguntó E n r i q u e . — S e ha escapado. —¿Y la muger? = A h í es tá . —¿Muerta? — A u n no, pero lo mismo que si lo estuviera. —¡Ohl esclamó Enr ique , llevo una maldición conmigo . Y en t ró corriendo en la casa. Es taba la alcoba llena de gente agrupada en to rno de una cama en que se hallaba la po- b r e Carlota a t ravesada por dos puñaladas. Su mar ido , precisado á disimular por espa- cio de dos años los celos que le daba Enrique; habia aprovechado aquella ocasión de vengarse d e el la . - ^ C a r l o t a , Carlota! gritó Enrique hendiendo la t u r b a y cayendo de rodillas junto al lecho. — 1 2 1 — Abrió Carlota sus hermosos ojos, velados v a p o r la m u e r t e , lanzó un grito que hizo b ro - tar sangre de sus dos her idas , y haciendo un esfuerzo para incorporarse: —¡Oh,' bien sabia yo , dijo, que no podia mor i r sin volverle á ver . Y en efecto, cual si solo hubiese aguardado á aquel momento para ent regar á E n r i q u e el alma con que t an to le habia a m a d o , aplicó sus labios á la frente del rey de N a v a r r a , m u r m u r ó por u ' t i m a vez «te amo» y cayó exá- n ime. E n r i q u e no podia de tenerse m a s sin p e r - derse . Sacó su daga, corló un rizo de aquel los hermosos y rubios cabellos que t a n t a s veces habia desenlazado para admi ra r su profusión, y se alejó sollozando en medio de los so l lo- zos de los c i rcuns tan tes , muy ágenos de p e n - sar q u e deploraban infortunios de t an elevada esfera. —¡La amis tad , el amor l esclamó E n r i q u e fuera de si, todo me abandona , todo h u y e de mí , todo me falta á un t iempo. —Sí , señor, le dijo al oido un h o m b r e q u e apa r t ándose del grupo d e curiosos ap iñados frente á la casi ta , le habia seguido; pero os q u e - da el t rono . —¡Reno! esc lamó Enr ique . —Sí , señor; l l enó , q u e vela sobre vos . Ese miserable ha p ronunc iado vuestro n o m b r e al espirar: ya se sabe que estáis (n París y os a n - dan buscando los a rqueros ; huid, hu id . — 122 — —¿Y decís que he de ser rey, Rene? ¿yo que ando fugitivo? —Mirad, señor, repuso el florefttino mos-4 trando al rey una estrella que se iba aliando brillante sobre una negra nube, ella lo dice, yo no. Dio Enrique un suspiro y desapareció en la oscuridad. FIN. LOS B A Ñ O S NOVELA TRADUCIDA DEL FRANCÉS P O R SEVILLA. nprenta de Gómez, editor, calle de la Muela, n. 32.—1849. LOS BAÑOS DE ALBANO- I . D o s hombres se hallaban sentados en el in- terior de una gruta campestre, circuida de frondosas ramas, apoyando sus codos sobre una rústica mesa y fumando aromáticos c i - garros. El de mas edad parecía de unos cua- renta años, de alta estatura y pálido sem- blante; su buen trage, aunque sencillo, te- nía algo de grave y de militar. El mas jo- ven se diferenciaba por la suntuosidad y ele- gancia de la moda francesa é italiana. Es- te fué el que primero rompió el silencio, v o l - viendo á entablar una conversación, que i n - dudablemente interrumpieron durante algu- gunos minutos. — E n verdad, mi querido Alfieri,—dijo, sa- _ 4 — endiendo con el dedo menique la ceniza do su cigarro,—que no esperaba haber tenido el placer de encontrarte en los baños de A l - tano. — S i n embargo, es el lugar mas apropósí- to de hallar á un enTermo. — E n efecto,—continuó Gelini, fijando sus ojos en los del conde,—estás desconocido; j a - más te vi tan pálido... ¿Has consultado con algunos médicos acerca de tu enfermedad? — S í . — Y qué te han dicho? — L o que siempre... En el invierno me pro- meten el restablecimiento para el próximo ve- rano, y en el verano para el invierno. Los facultativos de Milán me aconsejan los aires de Ñapóles, y los de Ñapóles los aires de Mí- lanl Hago todo cuanto me dicen, y lo que se les antoja, y veo con tranquilidad aproc- simarse el fin de mi vida. —-Esoeleote ¡dea por ciertol ¿Piensas tú que tan fácilmente se muere á tu edad? — N o es lo mas común; pero tampoco es un caso rarol—replicó el conde con aire me- ditabundo, fijando su vista en el suelo. — A h í ya lo entiendo,—repuso el joven:— apostaría que estás pensando en lo que te predijo aquella mala bruja. — Y bien, Celini; ¿crees tú que sea sin mo- tivo? Cuando aquella muger me anunció to- do lo que después me ha sucedido, solo con- taba ya doce años... Díjome que saldría del Piamonte.... quellegaria á ser poeta... que mi nombre seria célebre. — Y que debías morir á los treinta y cin- co añosl... ¿Acaso hay quien ignore lu his- toria? ¿No compusiste tú mismo, acerca de la tal predicción, un hermoso soneto, que toda la Italia sabe de memoria?... Pero ¡qué diantre! tú eres demasiado ¡lustrado para ser supersticioso!... Un profundo suspiro, al que se siguieron algunos momentos de silencio, fué la sola res- puesta del conde. —Quieres saber cuál es tu enfermedad?— continuó Celini;—no es mas que una pnra manía; tú no tienes nada... tú no estás malo... —Varios médicos me han asegurado lo mis- mo,—contestó el conde, sonriéndose,—y me hallo convencido de que he de morir en la mas perfecta salud... —¿Por qué, di, no te procuras algunas dis- tracciones...? Cuando saliste de Milán rae ha- blaste sobre un proyecto de viaje... yo te creia en España. —-Vengo de allí. —Bien; pero debiste haber ¡do á Francia. —Vengo de allí. — A la Alemania. —Vengo de allí. —Entonces di que vienes de todas par- tes!—dijo Celini, mirándole fijamente.—Por cierto que eres un escelcnte viajerol Atra- viesas todos los paises al galope de tu ca- bailo, y este es, sin disputa, el mejor mo- do de viajar para no ver nada. — T e equivocas: he visto montañas, carrete- ras, ciudades; y en medio de todo esto, mu- chos hombres, al parecer, muy ocupados en no hacer nada. — Y de todo cuanto has visto, ¿qué es lo que mas ha llamado tu atención? —Tres instituciones, á cual mas buenas. El schcaque de Alemania, la policía de Francia y la inquisición de España. —Siempre el mismo!—repuso Gelini,—mi- sántropo y republicano; un verdadero descen- diente de Bruto y vasallo del papa...—Y aña- dió, tomando un tono mas serio:—¿Sabes, A l - fieri, que tú no mereces los favores de que la suerte te ha colmado? No hay teatro que no re- suene con el eco de los aplausos que se tr ibu- tan á tu talento, que no sea testigo de tus triunfos; la Italia entera tiene los ojos fijos en t i ; has nacido noble y rico; eres joven aun, y con todo, parece que estás disgustado de la v i- da... ¿Qué es lo que quieres? qué te falta para ser feliz? —Qué sé yo! algo quizás de lo que posee el mas ínfimo de esa multitud, que, dices, tiene en mí fijos los ojos... Una felicidad oscura, una choza oculta entre las ramas de un espeso bos- que y una encantadora muger sentada en mis rodillas... —Pero ¿quién te impide que lo tengas? _ 7 — Otro suspiro y un ligero movimiento de hombros fueroD la contestación de Alfieri. L u e - go anadió: — T ú no tienes en cuenta q u e el dest ino ha querido hacer de mí un hombre célebre, y un hombre célebre es un an imal m u y r a ro , que todo el mundo desea ver . En vano busco !a soledad; es indispensable que viva espuesto siempre á las miradas del público y en con- tinua representación. Nadie hay que no se crea con derecho á pene t ra r has ta el fondo de mi ecsistencia. . . Mis libros son como mis la- cas os, que en todas pa i tes me anuncian an t e s de e n t r a r ó sa l i r . . . apenas l legoá un sitio, d e - saparece la l ibertad de discusión. . .el que desde donde está no alcanza á ve rme , se levanta s o - bro la pun ta de los pies, alzando la cabeza por encima del hombro del que an te sí t iene . . . las rr-ugeres en mi presencia callan por temor ú obran por van idad . . . y . . . en fin, Gelíni, t ú lo sabes; educado en el fondo de las m o n t a ñ a s , separado por tanto t iempo del gran m u n d o , e s - t ' 3 so lo me inspira ¡deas t r is tes y melancól icas . Todas estas miradas , que en mí se fijan, me incomodan, me hacen s u b i r . . . y como no es posible dis t inguir á aquel los que me buscan por una verdadera s impat ía , ó á los que lo h a - cen por mera cur iosidad, me apa r to de todos y los recibo con indiferencia. . . Y me juzgan, o r - gulloso cuando no soy mas que un desd icha - do! Ahí viórame pobre y oscuro, y entonces creyera el interés que se me manifestase, míen- _ 8 — t r a s q u e ahora dudo s iempre de la sinceridad de todo afecto, y nunca puedo discernir si se me quiere por mí misino, ó por la posición que ocupo. — T e ent iendo. . . l is necesario convenir en q u e eres desgraciado como un rey . — A u n q u e lo tomes á r isa, sin embargo , es la puro ve rdad . Cuando llegó aquí , creí po- der evi tar este fastidio: en los pr imeros días he vivido como los demás hombres ; libre, independien te y feliz; pero toda esta dicha, toda esta felicidad la ha dest ruido la p resen- cia de una sola persona, que me había conoci- do, no sé en donde . . . —Tal es la injusticia de la suertel—dijo Celini :—tu celebridad te aflijo, ínterin yo, que con tan to afán la busco, j amás puedo salir del profundo abismo rio la nada . — T ú tienes la culpa , porque no quieres dedicar te á a sun tos formales. —Bahl bueno estoy yo para ello. ¿Olvidas acaso mis compromisos con el empresario, y q u e tengo q u e escribir á lo menos t res piezas origínales cada mes? ¿No sabes , querido, que los escritores de tea t ro son como las abejas , q u e t ienen que chupa r de una y otra parte? —Expues tos á no hallar recursos pa ra ello. ¿No es cierto? —Prec i samente es lo que á mi me ha sucedi - do , después de haber har to t iempo vivido sobre una docena de ideas . . . Ya sabes que un pensamiento puede presen ta rse de dist intos — 9 — modos; so coloca el principio al fin, el medio al principio, y á esto el público lo llama fe- cundidad. Tres años consecutivos he seguido es - to s is tema; los espectadores han llegado á c o - nocerlo, y me han s i lbado. . . —Qué hiciste entonces? —Lo único (¡ue me res taba hacer . Cuando fué necesario producir algo nuevo , he resuelto viajar para regenerar mis inspiraciones y b u s - car materia De modo, quer ido conde, que ya ves no soy yo, sino el t ea t ro de Milán el que , ahora está enfermo y lomando los b a - ños . —¿Y te figuras que con ese plan sa ld rás adelante con tu empresa? —Es toy seguro. En t r e la numerosa c o n c u r - rencia que aqui se e n c u e n t r a , no pueden dejar de haber bas tantes entes originales. Sab ré algunas anécdotas , descubr i ré varias in t r igas , y como apenas pasa dia en que no se r e p r e - senten cincuenta comedias y otros t an tos d r a - mas , difícil será que no halle mater ia , siquípra para uno; m a y o r m e n t e , cuando el papel q u e trato de adoptar aquí , no ha de ser otro q u e el de un verdadero espía. —Pero con todo, supongo q u e nada habías descubierto a ú n . . . . —No ignoras que solo hace un día que estoy aquí Veo que , le sonr íes . . . pues bien; si te dijiera que ya estoy á la pista de una i n t r i - ga, ¿qué dirías entonces? Aliieri hizo un gesto de incredul idad. — 10 — —Atiende ,—cont inuó Celini, bajando la voz ,—anoche , algo ta rde ya, no pudiendo do rmi r á causa de la agitación del viaje, bajé al j a rd ín ¿ Sabes aquella lonjita que se en- cuen t r a al e s l r emo? . . . —Sí por c ier to . —Acababa de llegar allí é iba ó pasar ai lado opuesto , cuando oigo repen t inamente el ru ido de una puerta ó ventana , que alguien cer raba con estrépi to:esto me hizo volver atrás, y hé aqu í que me encuen t ro cara á cara con un desconocido. —Hola! — A p e n a s me vio, se de tuvo , é hizo ademan de q u e r e r m e hab la r ; pero parece que cambió da proyecto; me volvió la espalda y desapa- reció . — Y viste su fisonomía? —Gomo estoy viendo la l uya , porque hacia una luna bas tan te c lara . —Entonces podrás conocerle? —Ya lo c reo . . . t ambién le he visto después. Esta mañana le encont ré con oíros junto á los baños . — S a b e s su nombre? — S í ; se llama Mariliano. —¿Estás seguro q u e cuando le visto salía de la lonjita? dijo el conde, levantándose precipita- d a m e n t e . —No puedo afirmarlo; pero es muy probable. •—Aseguras que es al estremo del jardin,ecr- ca de los álamos donde le hallaste. . .? — 11 — —Debajo de las ventanas de la marquesa de Alcanzo. El ros t ro de Alíieri se cubr ió de una mortal palidez,y t u s labios se agitaron convuls ivamen- t e . . . y sin embargo, al momento dominó todas sus emociones. — Va ves que no he perdido mi t i empo .—con- tinuó Celini,que ocupado ún icamente en su liar - ración, no habia observado el interés q u e en ella lomaba el conde;—y (pie como te he dicho, estoy ya á la \ i t l a de un imbroijlio amoroso , que puede pres tar materia para esoelentes es- cenas. El tal Mariiiano me ha chocado por su fealdad y aire socarrón, y romo v e o q u e á todas par les signe á la marquesa,;! quien su presencia parece serle fastidiosa, creí fuera su marido; pero me han asegurado que no. Aquí, amigo, hay un misterio, que es preciso me ayudes á poner en clare . Efect ivamente habia un mister io; pero no era aquel el momento en que el conde quer ía p r o - fundizarlo. Gelini, por otra fiarle, es taba m u y lejos desospecha r del grande interés que su amigo tenia en aquella historia,ni la te r r ib le i n - ce r t i dumbre en que su relación lo habia sumer - gido. 2 II. EIACIA. unos t res meses quo In marquesa de Alcanzo habia llegado á los baños sola y en- ferma. Altieri t r a tó desde el principie de huir de su presencia, sin dejar por eso de bus- car la ocasión en que pudiese dárselo á co- nocer . Semejante conducta hizo que la joven viuda desease saber los motivos quo le in- dujeran á obra r de tal suer te . Al cabo de algún t iempo, el aire frió y reservado del conde se trocó en una cortés y afable u r - banidad, y después en una confianza é in t i - midad , que cada dia tomaba mayor incre- m e n t o . Esta era la primera vez que Alfieri habia hallado las gracias y hermosura de una mnger embellecidas por una inteligencia, que parecía ignorarse en sí misma, sin que desme- reciese su brillo. La mayor armonía reinaba en t r e ellos; y no tardó el conde en aperci- birse de que la marquesa entraba en su vi- da y ecsisteneia como una parte necesaria y tal vez la mas preciosa. Un dia se dispoma sin duda á manifestár- selo, cuando de repente apareció Marilíano. Su presencia tu rbó de tal modo á Blanca, que — 1 3 — apenas fué dueña de ocultar lo, á pesar d e la afectada amabil idad con que le recibió. S iguió- se en t re ambos un mudo combate , del q u e la marquesa salió vencida y humil lada! Desde aquel momento conoció Alfieri el c u i - dado con (pie ella le huía, y el poder a rb i t ra r io con que Mariliano la dominaba . ¿Cuáles, p u e s , podían ser sus derechos? Si era el a m a n t e de la marquesa , ¿qué motivos podría esta t ener para temerle? . . . Y si no lo era,¿á qué debía a t r i - buirse aquel poder que sobre ella ejercia? El conde quiso hacer sobre esta mater ia a l - gunas investigaciones; poro inú l i l tnen te ,porque la marquesa se obs t inaba s iempre en gua rda r o! mas rigoroso silencio sobre este pa r t i cu la r . El relato de Celini desvaneció de pronto todas estas dudas , en perjuicio del carác ter de la marquesa ; pero somej in te suposición no fué mas que ins tan tánea : se negaba á da r cab ida en su bello corazón á injuriosas sospechas, y prefirió mas bien no comprender las causas , que duda r de la v i r tud do Blanca . No obs tan te , su inquietud se a u m e n t a b a por momentos . No es suficiente creer en la pureza de un objeto amado , es menes te r una convicción ínt ima para que nues t ro corazón se t ranquil ice. Ademas , ¿quién era esto Ma- riliano? ¿Qué esperanzas ó temores podía ins- pirarle? A pr imera vista podía lomársele por uno de esos hombres ociosos y vulgares , q u e emplean el tiempo en frivolidades y desórde- nes mundanos ; pero observándole mas a t e n t a - — 1 4 — m e n t e , era fácil descubr i r bajo este disfraz venal un carác te r violento y tenaz, aunque dotado de una inteligencia mediana y sin no- bleza. En vano quiso Alfieri sondear el abis- mo de esta alma oscura ; el genovés , con el a ire de una política fría y reservada , supo con- tener le s iempre y hacerse invu lnerab le . La m a r q u e s a , por su pa r l e , evi taba , en cuanto le era posible , toda discusión, cuyo resulta- do parecía temer , y que casi s iempre tenia la habi l idad de i n t e r rump i r . Una mañana en que el conde bajó al j a r - d in mas t emprano tío lo que acos tumbraba , vio á la marquesa sentada en un banco de césped . Era la pr imera vez que , desde la lle- gada de Mariliano, había podido hallarla sola, y quiso aprovechar este momento , A su rista, Blanca se sonrojó. Alfieri le rogó le dispensase el haber t u r b a d o su soledad. La conversación fué al principio algo indiferente y frivola; des - pués el conde, in ter rumpiéndola repent inamen- te y t o m a n d o la mano de la marquesa , —¿Qué os he hecho yo, señora ,—le dijo,— p a r a que con tan to empeño huyáis de mí? —Yo huiros , conde?—contestó ella temblan do .—Ignoro qué sea lo que os induzca á creerlol —Acaso soy ciego? Esta es la pr imera vez, después de quince dias, en que he podido ve- ros y hab la ros . —¿Y podéis a segura r ,—repuso la m a r q u e - sa , que había recobrado su seren idad ,—que tenga yo la culpa de ello? El no hallar á — 1 5 — ¡os que ao se buscan suele suceder muy á menudo, conde:—añadió con una graciosa s o n - risa. —Dudáis , según eso, de mi afecto, señora? —Poi' qué no? Yo sé lo mucho que nú ven i - da á ¡os baños contrarió vuestros deseos en u n principio, y después de algunos (lias de i n t i m i - dad podríais haber vueUo al mismo es tado . El conde quedó absor to al oir una acusación, (¡ue, a u n q u e juai.i , no la esperaba , é iba á e s - cusa rse, cuando ¡a marquesa le i n t e r rumpió . —Ohl no os imitéis la molestia de n e g á r - melo: no faila (p ian os haya denunc iado . Me hallo bien penetrada de que solo la necesidad de esperar a lgunas car tas ha sido lo único (¡ue pudo prolongo- vuestra permanencia aqu í y haceros tolerar >¡ sociedad. —Ignoro quién h- . \ . t jiodido en te ra ros t an deta l ladamente ,—dijo el conde con sencillez y dignidad;—pero e r a d , señora , que soy i n - capaz de negar cualquiera falta en que p u e - da haber incurr ido, n i de ocul tar lo que p i e n - so. Es positivo ipie en los primeros (lias v u e s - tro n o m b r e d i spe r tó en mí emociones h a r - to sensibles , de que os hice os tentac ión. Si es esta la causa de la indiferencia q u e m e manifestáis hace algunos días , en verdad , s e - ñora, (pie castigáis con bas tante sever idad e s - tas mismas pr venciones, que solo vues t ra presencia fué suficiente para dis iparlas . —¿Y podré saber , cabal lero, cuáles son esas prevenciones? — 1 6 — —Si rehusara csplieároslas,seria haceros creer a lguna repugnancia injuriosa. Debo confesá- roslo: cuando l legísleis, quise abandonar e s - tos sitios, porque vues t ra presencia avivó el sen t imien to de un recuerdo para mí muy d o - loroso. —Dios mío! Decid, conde, ¿qué recuerdo. . .? —El de un antiguo compañero de colegio, con quien me había cr iado, y al que ama ba como se ama en la niñez. Hacia tiempo q u e vivíamos separados , sin olvidarnos. Se hal laba en Genova, y sabia (pie era feliz; a lgunos de sus amigos me daban de cuando en cuando noticias suyas . Hace un año me dijeron amaba á una muger hermosa, noble y de todos env id iada . . . dos veces le escribí, sin haber obtenido contestación. Al cabo r e - cibí una carta de su m a d r e . . . su amor le fué funesto! un rival le a t ravesó el pecho de una estocada. — Y ese amigo se l l amaba . . . —Jul io A ¡di . .! Ai oír este nombre , la marquesa ecshaló u n profundo susp i ro . — E n t o n c e s fué también la primera vez que oí p ronunc ia r vuest ro nombre !—cont inuó Al- fieri. La afligida v iuda , entregada á las mas t r i s - tes ideas, ocul taba con a m b a s manos su he r - mosísimo ros t ro . — P e r d o n a d m e , señora ,—anadió el conde con voz enternecida y supl icante ,—el haberos r e - — 1 7 — novado una memoria tan fatal . . . pero era indispensable . . . Ahora podréis' conocer lo que me mot ió h evi tar el encon t ra ros . —Ayl Alfieri; cuánto me habréis a b o r r e - cido!—esclamó la marquesa , d e r r a m a n d o un to r ren te de lágr imas . —No por cierto, señora. Sé m u y bien q u e hicisteis lodo cuan to es tuvo de vues t ra p a r - te para impedir ese duelo, del (pie solo fuis- teis causa inocente, y que hasta os a r ro jas - teis al lugar del comba le . —Ah! demasiado l a r d e ! . . . —La culpa no fué vues t ra , y la misma m a d r e de Aldi os hace justicia. No os a c u - sa ella á vos, en medio de su aflicción, s i - no á su hijo, á quien una loca t emer idad precipitó delante do la espada, s iempre des- nuda de ese barón de Boceó. . . Ah! c u á n t a s veces le he condenado yo mismo por h a b e r vo lun ta r iamente espuesto ó los azares de un duelo una vida llena de esperanzas! E n t o n - ces ignoraba yo el furor que inspiran los c e - los . . . no sabia lo terr ible (pie es el encon t r a r con t inuamente cerca del objeto que uno ama á otro (pie se aborrece , y cuya posibilidad es un sa rcasmo, un nuevo insul to! Ahora no es t raño que Aldi prefiriese una muer t e s e - gura á semejante t o rmen to ! . . . pues que yo propio, hombre de ideas y de inspiraciones, que j a m á s he manejado una espada, me s i en - to impulsado hace algunos dias de deseos de comba te ! . . . Mas de veinte veces la pa labra — 18 — desafio lia salido do mis labios, y otras t a n - t a s hubiera querido encon t ra rme con una e s - pada en la mano , comprando con el peligro de mi vida el derecho de amar solo. . . l La voz de Alfieri era fuerte y sonora; sus ojos b ro taban fuego y su semblan te estaba c u - bier to de una palidez mor ta l . Al pronunciar las ú l t imas pa labras , tenia el brazo tendido en ademan de b landi r una espada . La m a r - quesa hizo un movimiento maquinal para con- tener le . —Oh! nada temáis ,—añadió el conde con un amargo suspiro:—toda mi cólera se ha reconcen t rado ya den t ro del corazón! ¿Con q u é derecho puedo yo hacerme rival de na- die? . . . No . . . no lo creáis; los celos no me ator- m e n t a n . . . Este privilegio es esclusivo ú n i - camen te para aquellos que pueden inspirar a m o r . . . Ademas ,—repuso después de un c o r - to in te rva lo ,—¿qué aventurar ía yo en los aza - r e s de un duelo? ¿Es por ven tura menos t e - mible la lucha q u e inút i lmente sostengo con mi enfermedad, cuyo funesto fin se me ha profetizado? La marquesa , que habia permanecido l a r - go ra to con los ojos fijos en el suelo, los levantó llenos de t e rnura y amor hacia Alfie- r i , y asiéndole a m b a s manos, esclamó con la espresion del mas profundo sentimiento: —¿Será posible, conde, (pie os entreguéis á semejantes ideas que cerréis así vuestro coraron á la esperanza?. . . — 19 — — Sufro muchol contestó Alfieri con aire me- lancólico. Aeeroósele en tóneos la viuda insens ib lemen- te : sus ojos observaron con indecible inqu ie - tud el lívido semblan te del poeta, y con voz entrecortada y conmovida, solo pudo decirle: —Dios mió! Dios mío! ¿Qué tenéis , amigo. —¿Y sois vos quien me lo preguntá is , s e - ñora?—repuso Allierí .—¡Ahí ya veo q u e no comprendéis mí enfermedad, ni conocéis los remedios que pueden cu ra r l e ! . . . Bastaba un poco de afecto que me diese el deseo y el placer de vivir . . . ¡Hubo un momen to en que creí haberlo ha l lado. . . la sangre que en mis venas circula no era ya un líquido a b r a s a d o r . . . principiaba á respirar con ca lma . . . había sen- tido renacer de nuevo mi j u v e n t u d y mis fuerzas, y la aurora de un dichoso porveni r había bril lado oirá vez para mí . . . l Todas estas ilusiones no han du rado m a s q u e a l g u - nos días pronto , demasiado pronto he c o - nocido cuan efímeras eran mis esperanzas! —Tal vez os equ ivocas te i s . . .—balbuc ióBlan- ca. Estas pa labras , apenas p ronunc iadas , q u e del corazón se t ransmi t ie ron á sus labios , hallaron eco en Allieri, que , cojiendo con amoroso t ranspor te su hermosa mano, —Blanca l—esc lamó.—Qué. . . qué has di- cho?. . . ah , por Dios. . . por Dios, conc luye . . . La marquesa iba á responder : de repen te se separó del lado del conde, sol tando un — 2 0 — ligero grito de sorpresa . Levantó el poeta los ojos, y vio á Mariliano, que , en pié y parado á la e n t r a d a del Losquecillo, les salu- dó , a u n q u e con bas tan te frialdad. Blanca, á su vista, se volvió á sen ta r en el banco de césped. El genovés, sin da r á conocer que habia adver t ido su agitación, se le acercó y le p reguntó por su salud s u m a m e n t e a ten to . Por lo q u e hace i Alfieri, la presencia de aquel h o m b r e en el ins tan te precioso en que iba sin duda á oir una declaración, t an to t i e m - po apetecida, le a r raneó un ademan de có- lera, q u e apenas (ué dueño de contener; pe- ro bien p ron to toda su atención la lijó en Blanca, c u y a s inciertas miradas parecían i m - plorar á Mariliano. Lo an imado de la conversación en que este les habia sorprendido, no podía escusar seme- jan tes emociones de par te de la marquesa . ¿Acaso era a lgún cr imen el que les hubiese visto da r se las manos , ó el que hubiese adi- vinado el objeto de su conversación'? En el amor de Alfieri nada habia q u e pudiera m e - noscabar el honor de Blanca. ¿No eran ambos dueños de su voluntad? ¿Por qué ,pues , t embla- ba ella de lante de aquel hombre? lis innegable q u e en todo esto habia un gran mi- ler io . Todas es tas reflexiones hicieron renacer las d u d a s e n el a lma del poeta. Un ins t in tosobrenatura l le hacia mi r a r ó Mariliano como ó un r ival , y deci- d i d a m e n t e se resolvió á a r ros t ra r lo lodo pa ra salir de este estado de ince r t idumbre . — 21 — Mas t ranqui la oslaba ya la marquesa , y h a - bia vuel to á recobrar su natural serenidad; sin embargo , de cuando en cuando dirigia sus ojos hacia el genovés de un modo algo dudoso. Alfieri le recordó que ya era hora de ir al b a ñ o , y se ofreció á acompañar la . —Os doy mil gracias , conde ,—contes tó ella con voz confusa:—debo permanecer ; pero no quisiera que por mí abandonase is vues t ros p ro - ¡ce los . —Mis proyectos son los vues t ros , señora ,vos lo sabéis: las únicas horas dichosas de mi vida son aquellas quo paso ;i vuestro lado. —Veo, caballero conde, (pie vuest ro ta len to no es menor en el madrigal que en la t rage- dia;—contestó la m a r q u e s a , haciendo u n es- fuerzo. Alíieri movió la cabeza con g ravedad , y cont inuó: —¿Queréis acaso ridiculizar la espresion de un sent imiento , cuya sinceridad os es tan co- nocida? Oh! no ignoráis, señora, el cambio que vuestra presencia ha operado en mi . A n - tes de conoceros era muy desgrac iado! . . . Al derredor mió no se escuchaba mas que ese vano ruido que l laman gloria Pero os vi , y tristeza, fastidio, lodo desapareció vues t ra sin ignal hermosure ha reflejado como un nuevo sol sobre mi ccsislencia, y lodos mis sentidos han vuelto á renacer —Señor conde!—esclamó la marquesa , l e - vantándose , poseida de un temblor convulsivo 2 2 y fijando sus ojos llenos de espanto en los do Mariüano. Este conservaba s iempre su aire impasible y t r anqu i lo . Ninguno de estos movimientos y mi- radas liabian pasado desapercibidos para Al-- fieri. —Dispensadme, caba l le ro ,—repuso , dir i - giéndose al genovés :—sé muy bien que decla- raciones semejantes no se hacen comunmente delante de testigos; confieso que he sido muy i m p r u d e n t e en hacerlo, y que en cierto modo be violado las leyes convencionales. —Me tengo por muy dichoso,—contestó Ma- r iüano ,—de inspirar a! señor conde bas tante confianza para que abra su corazón en mi presencia . —No es menos placentero para mí, caba- llero, el que sepáis mis senlimieiiios. —Al contrar io , esta satisfacción es mía . Vos lo sabéis ; un grande poeta encuen t ra , para hab l a r de su pasión, una elocuencia, que en vano los demás hombres buscarían cu los sen l imien 'os de su corazón. El tono irónico con que fueron espresadas es tas ú l t imas pa labras , encerraba algo tan frió, que el cierto que, produjeron sobre Al- fieri, puede compara r se al que nos causa una de esas her idas , cuyos dolores no se sienten en el momento ; mas apenas comprendió el sent ido , se sintió súb i t amen te a r reba tado por un impulso de cólera, y sus ojos se e n - con t ra ron con los de Mariüano. blanca, so adelantó con viveza, colocándose e n t r e estos dos hombres , en cuyas n i ñ a d a s , uno y ot ro , se manifestaban su odio, y dirigiéndose á Alfieri, —Hasta do b romas , señor conr 'e,—le dijo; —os dispenso de toda galantería; pero desea- ría que por mí no dejaseis vuestro poseo á los baños; y espero que á vuestra vuelta m e traeréis un ramillete do malva s i lves t re . Dudaba aun el conde; pero ios ojos de la marquesa le sup l icaban . Hizo, por ú l t imo , un 'esfuerzo sobre sí mismo, y después de haberla saludado con aire resignado y un l i - gero movimiento de cabeza, les dejó. Mar i - liano (puso seguirle. —Señor barón , acordaos que me p r o m e - tisteis una lectura, dijo la m a r q u e s a . El geno vés so volvió hacia el la: una m a - ligna sonrisa asomó á sus labios. —Mucho toméis por él , señora marquesa Puso blanca su mano sobre el corazón y se sentó sin poder ar t icular una pa lab ra . —Sin embargo , no tenéis mot ivos para estar (piojosa do mí ,—añadió Mariliano con alguna aspereza:—he dejado que os m a - nifestara su amor ; he sufrido sus insu l tos . . . porque, vos lo habéis visto, su idea era in- su l t a rme , lie tenido con él toda la calma pos i - ble para que me juzgue un cobarde Marquesa , ¿aun no os basta esto? — Debo ausen ta rme,—contes tó ella s u m a - mente cons te rnada .—No puedo permanecer — 24 — mas aqu í . . . . quiero regresar a Genova. . . —Es toy pron to . Blanca echó sobre Mariliano una mirada llena do miedo y de indignación. —Sí ,—repi t ió ;—volveré á Géeova; pero será para renunc ia r al m u n d o . Algunas ve- ces he pensado en ello por lin, ya lo he de te rminado ; me re t i raré á un convento. —Qué decís, sonora? Vos á un convento! —Es toy decidida á ello. Es imposible! Tan joven y tan liedla que- rerse sepul ta r para s iempre en una prisión.. .! J a m a s ! —¿Por ven tura no soy aun arbi t ra de mis acciones ? ¡Dios mío! —Decid, pues ,—repuso el genovés, mi rán- dola con aire sombr ío ,—que es únicamente por huir do mí, por lo que queréis a b a n - donar el m u n d o . Veo que me odiáis toda- vía mas de lo que amáis los placeres con que este pueda b r indaros . — Y aun cuando así lucra, ¿no sois vos el que á hacerlo me obliga? —Señora . . . ? Qué mal os hecho yo? — A h ! ¡sois vos el que me lo pregun- tá is ! . . .—contes tó la infeliz, mirándolo con la mayor indignación y sorpresa.—¿fia echado en olvido el barón de Bocea lado lo pasado? ¿No sois vos el que ha trazado á mi a l re- dedor este círculo fatal, que nadie ha podi- do t rans l imi ta r sin que le haya costado la v ida? . . . ¿Me preguntá is qué es lo que me l ia- beis Iiecho, después de haberos a p r o v e c h a - do de vuestra malvada habilidad de e s p a d a - chin para consti tuiros en curador mió, sin d e - recho alguno, y pedir satisfacción de su a u d a - cia á cuan tos so han a t revido á acercárse- me . . . ? ¡Ay! Sola en este m u n d o , sin fami- lia, sin amigos, no he podido resolverme á implorar la protección de nadie contra s eme- jante t iranía; ni aun la de aquellos que h u - biesen tenido valor para defenderme, p o r - que era esponerlos á una pérdida infalible; porque , al abrigo de la palabra honor, hu - bieseis aguardado á que os provocasen, y des- pués , con la elección de a r m a y las cond i - ciones les habríais asesinado, como lo h ic i s - teis con el desgraciado Aldi l . . . ¡Tres anos ha que vivo sujeta á vuest ro tiránico yugo, t e m - blando siempre en vuestra presencia, r ec i - biéndoos por temor y alejando á los demás por prudencia! En vano he quer ido huir de vos; en todas par tes me habéis perseguido. Aquí mismo, donde creía vivía ignorada, h a - béis sabido encont ra rme; os habéis p r e s e n - tado ante mí con el falso n o m b r e de Mariüano, como si hubierais temido que , sabiendo el q u e verdaderamente lleváis, recurr iera yo á la fuga!... ¿Y aun me preguntá is qué es lo que me habéis hecho?. . . Durante el t iempo que de esta suer te h a - blaba la marquesa , el rostro del barón p a - lidecía cada vez mas : su fisonomía contrajo una espresion indefinible: veíase en él p in tada — 26 — una aflicción, que tenia algo de cruel; una desesperación, que p e n e t r a b a , sin inspirar piedad: en fin, era la imagen de Lucifer, cons- t i tuido en soberano del cr imen y del sufri- miento . •—Vos no habéis quer ido amarmel—di jo , c lavando en ella una sombría mirada:—no os quejéis , pues , de lodo lo (pie ha acon- tecido. Esta dicha hubiera domesticado mi co- razón, y vos le habéis ee sasp r r ado . . . La h a - bilidad de espadachín , que me echáis en c a - ra , son los hombres los (pie, me han obl i - gado á adqu i r i r l a . Mi fealdad ha s-ido causa de q u e me viese despreciado; y como t e - nia necesidad de una defensa contra el des- precio, me hice hábil en el a r le de ma ta r . . . Luego lo (pie al principio no fué mas que un cálculo, llegó á ser una cos tumbre , y p u - se mi honor bajóla salvaguardia de una cien- cia, que solo había adquir ido como un me- dio de defensa. Ademas , ¿debía yo c o m p a - decerme de los mismos (pie me aborrecían? El odio de los demás nos hace malos . . . juz- gadlo bien, m a r q u e s a ! . . . Ahí Dios es testigo de q u e cuando os conocí, estaba bien lejos de mí la idea de haber de der ramar s a n - g r e . . . pero ¿tuve acaso la suficiente calma p a - ra bor ra r de mi mente todo lo ocurr ido?. . . Mi amor fué rechazado. . . vi vues t ro d e s p r e - cio al t r avés de vuestro miedo, y la rabia me volvió frenético! ¿Había de permit ir á otro q u e gozara de la dicha que á mí se me r e - husaba? ¿Me lo hubieseis siquiera agradec i - do en el tondo de vuestro corazón? Ah! os hubieseis reido de mí en los brazos del r i - val preter ido!. . . Ved ahí lo que yo no he q u e - r i do . . . porque es necesario que lo sepáis: no puedo sobrellevar ni I.i idea siquiera de que otro sea am ido por vos. —Luego soy esclava da vues t ra pas ión . . . ¿no es eso? —Os amo y estoy celoso. —Pero también es preciso que convengáis en que yo no os amo. —Ahí . . . Lien persuadido es toy! . . . Sin e m - bargo, este amor podría cambiar mi e x i s t e n - cia, y hacerme olvidar lo pasi .do!. . .—Y a ñ a - dió, cojiéndole a m b a s manos" y apre tándolas con violencia sobre su corazón.—Si supiera is , Blanca, cuánto os am o! . . . ¿Por qué no habéis do tener piedad de mí? —Dejadme!—gritó la marquesa , p r o c u r a n - do hacerle soltar sus manos . —¿No queréis oírme? por p iedad! . . . por p i e - dad l —Sol t adme . . . . so l tadme, os repi to . —Blanca, vos no podéis rehusaros s i empre á oir mis ruegos; vuestra obst inación cederá á la violencia de mi amor! —Antes un convento l—esclamó la infeliz. — A u n de allí os a r r e b a t a r i a l . . . — E n t o n c e s . . . . la t u m b a ! ! —Ya lo veo; amáis a! conde!. . .—dijo Mar i - iano con un acento te r r ib le , soltando con 3 pron t i tud las manos de 1 » marquesa. Esta desventurada se hallaba en un esta- do el mas deplorable : en vano quiso esfor- z a r a á hab í , i r ; un tor ren te do lágrimas inun- dó sus hermosas mejillas. El genovés permaneció un momento inmó- vil, contemplando á su víctima. —Mañana , señora, par t i ré is para Genova,— le dijo al fin. Iban aprocsimándose ya algunas personas. Mariüano entonces ofreció el brazo á la m a r - quesa , y ambos se alejaron. Luego que desaparecieron por ent re los á r - boles, un hombre salió de en espeso bosque de acacias contiguo á aquel sitio. Era Gelini. Había llegado poco después que Alfieri se au - sentó de allí, y habiendo reconocido la voz de Blanca y la de Mariüano, como la discreción no era la v i r tud favorita del maestro, quiso aclarar las dudas que le había sugerido el en- cuent ro del genovés debajo de las ventanas d é l a marquesa . En fin, todo lo había oído. Sorprendióle el principio de la conversa- ción, y, según su idea, no vio en ello mas que un escenario s imple , sin mas que un objeto; pero el final le hizo conocer la parte que tam- bién tenia en él Alfieri. Al momento fué á buscar le ,y le refirió todo lo que acababa de oir. Para el conde fué este relato tanto mas agra- dable , cuanto inesperado. Sus recelos se habían desvanecido en te ramente ; ya no podía dudar- lo , era amado! Todo se esplicaba entonces muy senci l lamente: la sorpresa de Blanca á la l ie- — 2Í) — garla de Mariliano; MI suscricion á la volun- tad de este hombre ; el repentino cambio que observó en la marquesa cuando fueron so r - prendidos por el gonuvés; todo esto justificaba la conducta de Blanca. El conde no podia d i - s imular ni contener la alegría en el fondo de su corazón. —Tú te olvidas, amigo —le recordó Ce- Jini,—que Blanca debe par t i r m a ñ a n a , según ella misma ha prometido á Mariliano, ó mas bien, al barón de Roccá. —Que hablar de par t i r?—esclamó Alfieri:— (día no se irá, porque yo así lo quiero A h í . . . loado sea Dios por habe rme dejado conocer la verdadl El barón de Roccá encont ra rá esta vez una persona en t re ól y la muger q u e p r e - tende subyuga r ! . . . —Tco que olvidas también q u e tú no c o n o - ces el manejo de las a r m a s , y q u e este h o m b r e puede impunemente ases inar te . —-Qué me impor ta? —Tienes razón: eres demasiado feliz en es te momento para apreciar tu vida; pero si s u - c u m b e s , la marquesa queda sin defensa y a b a n - donada á su perseguidor . —Es cierto; pero ¿será menester ba t i rme con él para l ibrar á la marquesa de sus pe r secu - ciones? ¿no es suficiente acaso el publ icar la verdad? •—Esta verdad es perjudicial al barón; t e provocará y no podrás rehusar darle una sa t i s - facción, sin ser tenido por un cobarde . —Se la da ré . — 3 0 — — I n d u d a b l e m e n t e te mata rá , y la marque - sa quedará como an tes , liste es un laberinto, que no- conduce .-iempre al mismo punto. —¿Será verdad ,—esclamó Allieri con cólera, dando una patada en el suelo,—que los m a - yores cr ímenes puedan ocultarse detrás d e es- ta palabra honor? Qué! ¿será suficiente el s a - ber esgrimir una espada para obligar á cua l - quier hombre honrado á sufrir ó á mori r? . . . ¡O m u n d o ! ¿cuál es tu justicia? Si rehuso hacerme asesinar por un miserable , n.il voces se l evan- t a r á n contra mí , l lamándome cobarde, y toda mi celebridad servirá únicamente para hacer mas pública mi deshonra , mas general el des- precio! Ya que la vida es una palestra de gla- d iadores , ¿por qué no se me ha enseñado á mí t ambién el a r te de d e r r a m a r sangre? ¿De qué me sir^e lo que soy ni lo que sé? Toda mi c ien- cia, toda mi gloria la daría hoy por saber ¡o que un maestro de a r m a s . Qué ha ié . . . qoé haré! — E n otro t iempo, un valiente cualquiera le hubie ra sacado del apuro ; pero desgraciada- mente esto ha caído en desuso. Alfieri se quedó un momento pensativo: des- p u é s , con aire resuel to , dijo: — S í , sí; es forzoso que así sea es el ú n i - co med io . . . — Q u é piensas hacer?—le preguntó Celini. — E s t a noche lo sabrás!—respondió el conde, y se re t i ró . El poeta empleó los horas que siguieron en ar reglar sus negocios y en escribir su t e s t amento . II!. un cuando el hombre se hallo dotado de un valor ¿ toda prueba , es dilicil q u e , á la vista do los preparat ivos que le manif ies- tan el terrible fin de su preciosa existencia, su imaginación no se ve asal tada do c o n t i - nuo de encontrados sent imientos , y que por mas aislado que se encuent ro cu este m u n - do, no tenga algún objeto, cuyos dulces r e - cuerdos le hagan sentir sa pérd ida , y d e r - ramar algunas lágrimas /Cuántas d u d a s le ocurren entoncesl pcuántas inquietudes le a to r - men tan! ¿Quién llorará su muer te? fcSerá observado siquiera el vacio que deja? ¿Vivirá mucho tiempo su nombre cuando ya no exista? ü e esta suer te discurrió Alfieri, recordando las montañas en que había pasado su infancia, sus pr imeros afectos, sus pr imeros versos y , por úl t imo, las predicciones de aquella v i e - ja , que pronto , tal ves muy p ron to , iban á tener cumpl ido efecto. Púsose á ecsaminar sus papeles ; separó las composiciones ya concluidas, echando una melancólica mirada sobre las que quedaban aún incompletas . Ohl do cuán la s inspiraciones se hallaba entonces peseidol Cuanta!, veces l l e - vó convuls ivamente su mano á la frente, como para a r r anca r este tesoro de ideas que iba á perecer con él! Tal es el deseo de la pe rpe tu i - dad . El hombro no puede determinarse á se- p u l t a r consigo u n solo pensamiento , porque den t ro de sí mismo hay una voz que le dice, que cuanto su inteligencia encierra es heren- cia de la human idad , y que el guardarse la menor par te , es cometer un roho. Así que hu- bo concluido de ponerlo todo en orden, escri- bió á su he rmana ; se despidió menta lmente de todo cuanto había amado , y bajó al salón. Celini y Mariliano es taban »ll¡: ocupábase aquel en hacer el elogio de Maquiavelo, cu- yo l ibro tenia en la mano . —No conozco sus obras ,—contes tó fríamen- te Maril iano. —Queré is leerlas?—le dijo Celini, p re sen tán - dole el l ibro. —No leo j a m á s . El amigo de Al fien quedó admirado al oír semejante contes tación. Acababa de en t r a r el conde, y o b s e r v a n - do la sorpresa de Celini, — E l señor Mariliano tiene razón,—dijo:— ¿qué pueden enseñar los libros á la gente honrada! El genovés le miró, como para a segura r - se del tono satírico con que estas palabras fueron pronunc iadas ; pero el rostro de Al- fierí permanecía tan impasible, que no s u - po q u é pensar . — E n t o n c e s , querido conde ,—repuso Celini, r iendo,—ignoro por qué te q u e m a s tú las pes t añas , leyendo toda3 las noches. — A h ! ya..". Esto es d is t in to . . . yo soy un poe- t a . . . un loco! Soy par t idar io de Plutarco; a d - — 3 3 — mito como formales algunas pa labras ridiculas. como las de patr ia , de l ibertad y o t r a s . . . , Yo quisiera una ley y derechos iguales p a - ra todos . . . deseara que á cada cual se le mi - rase según su capacidad, y no según su na- cimiento, fin fin, yo sueño un mundo en que las recompensas sean el pat r imonio de los mas dignos; el poder, el de los mas virtuosos é in- tel igentes, y la felicidad, el de lodos . . . Ya ves que , según lo q u e acabo de decir te , no tengo ni siquieía sentido coonin, ínterin el señor es un por tento . Comprendió Mariliano lo irónico de este discurso; pero como había resuello evi tar en lo posible toda querel la , por miedo de q u e sus consecuencias indujesen á la marquesa á tomar un partido c s t i emo , contuvo su cóle- ra , y respondió ron tono algo impaciente . —Ya que no admita los elogios que el s e - ñor conde me prodiga, debo decir, sin e m - bargo , que , en efecto, dejo ó o t ras manos mas dies t ras que las mías, á aquellos q u e creo se dan el título de filántropos y filósofos, el cuidado de regenerar el m u n d o , como s u e - len hacerlo con una tragedia ó un d rama e n - medío de sus banque t e s . —Cómol gentes diestras decís, hablando de filósofos y filántropos?—esclanió Alfierí.— A h ' sois por cierto bas tan te indulgente . . . ¡Vaya! lisos hombres que dicen que quieren i lus t ra r al género h u m a n o . . . miserablesl q u e aman á sus semejan tes . . . imbéci les l . . . . Los hombres sabios son os que se aprovechan de — 34 — los abusos en vez de combatir los; los que de - sean su duración, por el provecho ó el placer de s u b y u g a r á los demás , y los que , si fue- se menester , prender ían fuego á una ciudad solo para calentarse las manos . . . esos, esos son los que debiéramos imitar! ¿Hay,por ventura , alguna persona de buen tono que no piense así? Se contraen deudas y no se pagan; se deshonran cuántas mugeres sea posible; se ma tan unos cuantos amigos en des;:lios, y se muere con la reputación de un hombre honrado...! Cada vez se aumen taba mas la irritación d e Mariliano en t re tan to que Alfieri hablaba; pero á las u l t imas pa labras , no pudiéndose aquel contener , le volvió bruscamente la espalda, y, como si á toda costa quisiera ev i ta r un rompimiento, tomó el sombrero para m a r c h a r s e . —Sentir ía v ivamente , señor Mariliano, el habe r herido vues t ra susceptibil idad en m a - teria de opiniones, y mas que todo el obliga- ros á cederme el t e r reno . —Yo no cedo el terreno,—dijo el gonovés con tono a l tanero , arrojando con violencia el som- b re ro sobre, el sofá. Hizole Allieri una leve inclinación acom- pañada de una vaga sonrisa. Los t res in t e r - locutores guardaron silencio du ran te algunos momen tos . Estupefacto estaba Celini, y no podia adiv inar cuál era el objeto del conde. Discurría sin duda Mariliano el modo d e e v i - t a r una provocación, así es que se aproximó — 35 — á ia chimenea como para respirar al p e r f u - me de unas flores que habia en un j a r r o de porcelana, y lijando su visla en una ca j i - ta de pistolas, que Celini dejó á su regreso del t i ro , la abrió, cojió u n a , la e x a m i n é , y , jugueteando con ella, se acercó á la v e n t a n a . —Son buenas estas [l istólas?—preguntó á Celini. —Son escelentes; como que son de Cosimo. —¿Me permit i réis que las pruebe? —Podéis hacerlo. —Allí veo una flor por cima de aquel r o - sal,—dijo Mariliano, mirando hacia el j a r d í n con aire indiferente. —l£n efecto.. . pero está fuera de t i r o , — objetó el a'ingo de Alíieri . Mariliano disparó. —llíen! bien!—esclamó Celini. —Ya cayó,—dijo t r anqu i l amen te el conde desde el interior del salón, de donde no sa habia meneado. — A u n q u e lo toméis á chanza ,—repuso el genovés . Conociendo Alfieri que el objeto del barón no habia sido otro que el demost ra r su h a b i - lidad para a temorizar le , se sonrió. —Por quien soy, señor Mariliano,—dijo C e l i n i , — q l l e g¡ alguna vez nos ba t imos , no elegiré la pistola. —Por qué? por aquella flor q u e he d e r r i - bado. . .? —No por aquella flor, sino por mí . —Bahl bahl Quien saba l—repuso Alfieri; — 36 — — m u c h a s veces suele acontecer que, en el momento del peligro, desaparecen esas habi- l idades que tan to nos admi ran ! . . . El genovés hizo un movimiento como para contes ta r le . No digo esto por vos, señor Mariliano,— prosiguió el conde;—pero el mas hábil espa- dachín t iembla á veces cuando se vé frente á frente con un hombre decidido. Muchos hay t ambién que hacen ostentación de su habi- l idad, dando p ruebas de ella para a terrar , y ev i ta r de este modo el que sea conocida s u cobard ía . —Gondel—gri tó Mariliano, dirigiéndose á Al- fieri. —Os digo otra ve»,—replicó este con frial- d a d , — q u e no aludo á vos. — E s inútil que lo aseguréis ,—repuso el genovés , agitado por la cólera.—Sé muy bien señor conde que no osaríais dirigirme s e m e - jan tes invect ivas . Los poetas son prudentes; no insul tan mas que por ilusión, ni provocan sino á cubier to de precauciones oratorias; y cuando alguna vez encuent ran alguno que se canse de su enmascarada insolencia, finjen co en tender lo , y si llegase el caso. . . protes- tar ían es tar enfermos, diciendo que el e s t a - do de su salud no les permite tener honor.. . —Creo que tampoco vos diréis esto por mí, ¿no es verdad?—dijo el conde con voz afable. —.luzgadlo vos mismo. —Oh! no,—replicó Alfierí;—porque si asi fuese, el señor Mariliano sabe muy bien que — 37 — podría pedirle una satisfacción. —Quién os lo impide? —¿Luego vos reconoceréis que tendría e s - te derecho?. . . que vuestros ul trages se d i r i - jen á mí . . . que yo soy el insul tado. . .? —Sea pues. Alíieri corrió hacia el genovós y le cojió de la mano. —Caballero: tengo la elección de arma.'— esclamó. — Y b í e n l —Vais ó saberlo,—dijo el conde, soltando la mano de su antagonis ta . Dirigióse á la chimenea, cojió las pistolas de Celini, y volvió jun to ó Maril iano. — T e m a d , escoged la que gustéis . —Una de ellas está vacia y no es pos ib le . . . —La otra está cargadal —Qué! queréis ba t i ros? . . . —El arma de cada uno al pecho de su ad- versario, y Dios decidirá! —l is to es imposible,—dijo el genovós . — O h ! d ispensadme, cabal lero; yo soy el insultado, vos mismo lo habéis dicho: ten- go por consiguiente el derecho de imponer las condiciones, y no podéis rehusar lo sin ser un cobarde! La palabra honor, de que tan- tas veces os habéis servido, hoy está en con- traposición á vuestro carác te r . ¿ l isperábaisqui- zás que iria yo, como tantos desgraciados lo han hecho, á serviros de blanco para reci- bir un balazo ó una estocada? ¿Esperabais poderme der r ibar impunemen te y sonríen- — 3 8 — doos, como lo hicisteis con aquella flor del j a rd ín? . . . Estáis equivocado, harón de l\occ;V. —Sabía is mi nombre l —Sí ; y no juzgeis por ello que renuncTé, a mis venta jas . Yo no me bato por el so - lo hecho de hacer a larde de valor ni de ge- nerosidad; me bato para l ibertar á la marque- sa de vues t ra tiránica persecución; me bato en fin, porque quiero maturos . —¡Tal vez salgan fallidas vues t ras espe- ranzasl—dijo el ba rón , cuya sorpresa se ha- bía trocado en fu re r . — E s dable; pero sea cual fuere el resultado, Blanca no tendrá que temer ya vuestras per - secuciones; porque mis medidas están bien lo - m a d a s . Si s u c u m b o , loda la Italia sabrá la cau- sa de mi muer te , y con mi sangre habré ad- quir ido el derecho de patentizar quien sois; y seré creído, porque los muertos jamás mien- t en ! . . . Entonces la maledicencia no me ases- ta rá sus t i ros , y todos tendrán conmiseración de mí , mient ras que vuestra funesta celebri- dad quedará unida á la mía, cual la de un miserable lazar i l lo . . . Con mi muerte, queda- rá roto el yugo con que esclavizáis á la m a r - quesa , que , colocada ba¡o la salvaguardia de la opinión pública, os echará eñ cara vues- t r a s vilezas, y nadie entonces tendrá necesi- dad de morir por defenderla; porque no se os concederá ya el privilegio que tienen los hombres de honor . . . y cualquiera podrá r e h u - sar el daros salisfacionl. . . —Bastal basta!—esclamo el barón, a r roba- — 39 — íati'o por la cólera .—Es forzoso que uno de los dos muera ! . . . Vamos! —Estoy pronto . Dirigíanse ambos á la puer ta ; pero de ten ién - doles Celini, —Juzgo que no debéis batiros sin test igos,— dijo;—y sobre todo, con semejantes condicio- nes! , . , e s toes imposible. —Tú lo serás por mi par te ; que el señor barón busque otro,—dijo el conde . —Voy en seguida. —Dentro de una hora os esperamos e n el manant ia l . —Allí me encontraré is . Celini y el barón se marcharon jun tos . Cuando Alíieri *e vio solo, un sent imiento moral se apoderó de sus sent idos. Al cabo de una hora Mariliano ó él se verían pr ivados de la vid.), y era menester aprovecharse de e s - te corto intervalo para echar aún una ojeada sobre su pasada ecsislencia, y para pensar en la suer te de Blanca. A juzgar por la relación de Celini, no hay duda , su amor era correspon • dido; pero esta ce r t idumbre no era suficiente en eí momento en que por ella iba á abandona r un mundo , en el que tan r isueño porvenir en- treveía. Tal vez su amigo había in te rpre tado los sentimientos de humanidad por los de un interés mas t ierno. Cuánto le a to rmentaba esta duda! Si tuviera la seguridad de ser amado , ¿con cuánto gusto no daría por ella la vida? Tales eran sus pensamientos , cuando en t ró , i marquesa en el salón con un libro en la m a - — 4 0 — no . La presencia de Alíieri ie turbó algún tan- to; pero al momento recobró su serenidad, y le dijo con afectuoso acento, mostrándol el libro: —l i s t aba con vos, conde. Vuestros libros na son como los demás , que suelen tomarse como un objeto de distracción, no; son amigos ver- daderos , cuyos pensamientos y sensaciones pe- net ran hasta el fondo del a lma . —Por esto mismo estoy celoso de ellos, se- ñora . —¿Celoso de vuestros libros decís? —Oh! sí; porque á ellos son á quienes se quiere y no á mi! . . . Antes de conocerme se me busca en mis obras , y al t ravos de mí poe- sía se in te rpre tan mis sent imientos . Se me cree semejante á los héroes que hago hablar , y cuan- do aparece el au tor , causa á todos estrañeza el ver en él un hombre como los demás: entonces cae el ídolo desde la a l tura á que había sirio e n c u m b r a d o . Vos misma podéis juzgarlo: de- cís que mis libros son escelentcs, que mis ver- sos os agradan , y , sin embargo , huís de mí! La marquesa quiso hab la r . —No lo neguéis, señora,—continuó Alíie- r i ;—huís de mí No obs tante , hubo un mo- men to en que creí ser correspondido. . . ahí ¡en- tonces sí que amaba mi gloria y me creía fe- liz, con la idea de haceros partícipe de ella! ¿Por q u é me habéis ar rebatado tan lisonjera esperanza? Había en las mi radas del conde tanta espre- sion, t an to cariño en sus palabras , que Blanca ya no era arbitra de contener su emoción; pero — 41 — era tal su s i tuación, que casi pudo ar t icular a l - gunas pa labras inconocsas. —Ahí hablad , señora, no me hagáis padecer , hab lad ,—repuso , cogiéndole las manos y apre- tándolas contra su corazón,—contiadrne v u e s - t ros sentimientos! ¡Vos sabéis cuánto os amo! Si este amor no os es odioso, ¿por qué no queréis confesármelo! ¿ p o r q u é me a r reba tá i s esta dicha, la últ ima quizás que podré gozar? —Conde! ¿por q u é . . . por qué habláis así? . . . —¡Quién sabe , señora, los decretos de la Providencia! ¿Ignoráis la predicción q u e se me hizo? —Oh! no me lo recordéis! Vos no sabéis los mot ivos . . . . —Y bien. . . si esta predicción debiera r e a - lizarse; si esta fuese la úl t ima vez que os v i e - ra , ¿vacilaríais aún en acceder á mis megos? ¿Querríais verme morir desgraciado?. . . Mi b l a n - ca; vos temblá i s . . . ¡Eterno Dios!.. . una p a l a - bra , una sola pa labra . . . Blanca . . . ¿me amáis? —Y me lo pregunta l—dijo , d e r r a m a n d o un t o r r en t e de lágrimas. Allieri dio un grito de alegría. —Es cierto, me a m a l . . . ¡Gracias, Dios S u p r e - mo! ¡Blanca, querida Blanca! —¡Ahí ¿por q u é me habéis hecho h a b l a r ? . . Si supierais lo fatal —Nada; no quiero saber nada, sino que tú me amas . . . ¡Pero no llores; yo no quiero que dores . . . no quiero que t iembles Oh! tú me amas ! ¡Ahora, que mi suer te se cum- pla!! . . . — 42 — Y el reloj d i o la hora . El eondo hizo un movimiento convulsivo: cojió la mano de la marquesa ; le dio el ú l - t imo adiós, acompañado de un prolongado beso, y salió del salón. Ent regada e n t e r a m e n t e la marquesa á las < sensaciones de amor y temor,